La brutal represión contra los emigrantes no es propia de Minnesota, ni ha surgido ahora de repente, por culpa de Trump. Hace ocho años la policía belga mató a Mawda, una niña kurda de dos años. Con el tiempo, el caso se ha convertido en un símbolo de las políticas migratorias racistas en Bélgica.
La directora de cine Marta Bergman se inspiró en el crimen para rodar una lamentable película de ficción, “L’enfant bélier” (La niña carnero), que se estrenó el miércoles. La ficción reconvierte un crimen de Estado en un relato sicológico. Elimina la responsabilidad política y oculta la solidaridad popular.
“Quería hacer una película de verdad, no un manifiesto”, dice Bergman para justificarse. Por eso muestra la angustia del policía que disparó. Es una manera de equilibrar la balanza: los policías también tienen su corazoncito. Primero disparan a los recién nacidos, pero luego lloran.
Mawda fue asesinada por la policía durante un operativo contra emigrantes en la frontera belga y desde entonces los medios de comunicación tendieron una cortina de mentiras, reproducidas una y otra vez.
Se saturaron de declaraciones políticas, que en la película están casi totalmente ausentes. Criminalizan a las víctimas por su falta de papeles y, con ayuda de la camarillas políticas, empiezan a hablar de la “trata de personas” para echar balones fuera.
Difunden a los cuatro vientos el mito de la “niña carnero”: durante el forcejeo con la policía, los emigrantes se sirvieron de la cabeza de la niña como ariete para romper el cristal de la furgoneta en la que viajaban, causándole un traumatismo craneal mortal.
Así la fiscalía, la policía y los intoxicadores profesionales crearon uno de los fraudes más burdos del periodismo moderno. Había nacido un mito moderno, un escarnio para los padres del bebé fallecido y una auténtica burla hacia la población, engañada y manipulada por enésima vez por las grandes cadenas de comunicación.
La película es otro eslabón más de aquella intoxicación madiática. En la realidad el funeral de Mawda y la manifestación conmemorativa fueron financiados por la solidaridad popular, algo que no aparece para nada en la ficción.
Uno de los trucos del guión consiste en cambiar el nombre de la Operación Medusa a Hidra, una operación represiva de la policía iniciada en 2015, donde los emigrantes se presentan como una amenaza para la seguridad. El asesinato de Marwan, pues, forma parte de una política, no del exceso individual de un policía de gatillo fácil. El juicio reveló que el policía había sido entrenado para disparar y, que además, existían otros métodos para capturar emigrantes: bloqueo de carreteras, clavos para neumáticos…
Cuando se destapó el cúmulo de falsedades, el policía fue condenado a… ocho meses de cárcel por “negligencia”, que nunca cumplió.
Bergman reivindica un enfoque casi documental de la película, pero no es más que una película, otra más, en el peor sentido de la palabra. Es todo ficción; se lo ha inventado. El espectador que cree estar viendo un caso real, está siendo engañado miserablemente.