Durante siglos, en la Europa medieval y en muchísimas culturas previas, el conocimiento se transmitía fundamentalmente de forma oral: sermones, juglares, trovadores, la lectura en voz alta en los monasterios, las disputas académicas habladas en las universidades.

La retórica y la memoria eran las artes intelectuales por excelencia. Para «saber» algo, había que haberlo escuchado, internalizado y ser capaz de repetirlo y discutirlo. El saber estaba indisolublemente ligado a la experiencia comunitaria del acto de escuchar y recitar.

La llegada de la imprenta de tipos móviles de Gutenberg (s. XV) fue una auténtica revolución. Su apariencia fenoménica era la de la democratización y preservación del conocimiento: libros más baratos, acceso a textos clásicos, difusión de ideas. Pero, al igual que la IA hoy, su irrupción generó una profunda contradicción y fue vista por muchos como una amenaza que banalizaba el saber.

El libro impreso masificado separaba el conocimiento de la persona que lo transmitía. Convertía el saber en un objeto, en una mercancía que se podía poseer sin haber pasado por el esfuerzo de la memorización o la relación con un maestro.

Humanistas como Marsilio Ficino o incluso el propio Erasmo de Rotterdam mostraron recelos. Se temía que, al tenerlo todo escrito, la gente dejara de ejercitar la memoria, volviéndose más perezosa intelectualmente. Se acusaba a la imprenta de llenar el mundo de «basura» (libros sin valor, panfletos, obras superficiales) que confundían más que ilustraban. El conocimiento, antes un proceso vivo y auditivo, se estaba convirtiendo en un producto visual y frío.

Lejos de destruir la transmisión del conocimiento, la imprenta generó una síntesis que transformó tanto la cultura oral como la escrita. La «oralidad» no desapareció, sino que fue negada, conservada y elevada.

La oralidad dejó de ser el único vehículo del saber, pero se convirtió en algo más: en el espacio de la interpretación, el debate y la sociabilidad. La imprenta puso el texto en manos de muchos, pero eso generó la necesidad de juntarse a leer, a comentar, a discutir lo leído. Los cafés, los salones literarios y las sociedades científicas del siglo XVII y XVIII son hijos de esta dialéctica. Eran espacios de oralidad donde se discutía lo que se había aprendido en los libros.

El conocimiento, al ser masificado por la imprenta, perdió su «aura» de objeto sagrado y único, pero ganó en capacidad de ser contrastado y criticado. Esto impulsó el método científico y la Ilustración, que son, en esencia, un diálogo (oral y escrito) entre pares. La «autoridad» del sabio que recitaba de memoria fue sustituida por la «verdad» que surge del debate público de las ideas impresas.

La irrupción de la IA Generativa no es solo una herramienta neutra. Su apariencia fenoménica es la de una fuente de conocimiento omnisciente, instantánea y descontextualizada. Esta apariencia encubre una contradicción fundamental: bajo la promesa de democratizar y facilitar el acceso al conocimiento, en realidad lo banaliza, lo despoja de su proceso histórico y social, y lo presenta como un producto acabado y desechable. La IA, en este sentido, niega el conocimiento humano profundo al simularlo y mercantilizarlo. Es la fuerza que contradice y pone en crisis la forma tradicional de concebir y transmitir el saber.

Y al igual que ocurrió con la imprenta, la síntesis dialéctica de este proceso da lugar a una negación de la negación: una nueva oportunidad para la oralidad y la transmisión humana, que ahora surge no como un residuo del pasado, sino como una respuesta consciente y elevada para preservar la esencia del conocimiento frente a su simulacro digital.

Es cierto que la IA está «banalizando» el conocimiento al producirlo en masa y descontextualizarlo, igual que la imprenta lo hizo con los manuscritos. Pero, dialécticamente, esta crisis está generando la oportunidad para una nueva oralidad que no es la de antes de internet, sino una que surge después de la IA, consciente de su valor: la transmisión de la experiencia, la emoción, el contexto, el juicio crítico, la y la construcción colectiva de significado en el diálogo cara a cara.

Una oralidad que, paradójicamente, se vuelve más valiosa en un mundo saturado de información textual y visual generada por máquinas, y que además encubre la ideología de quienes ostentan la propiedad de estos medios de producción de información. No se trata de reivindicar un retorno nostálgico al pasado pre-técnológico. Se trata de convertir la oralidad en un acto de resistencia y de redefinición de lo que significa «saber». La oralidad, el diálogo, la transmisión basada en la experiencia compartida y la emoción, se convierten en el espacio donde se custodia la profundidad del conocimiento que la IA solo puede darnos respuestas superficiales.