Corría el año 1988. El régimen racista blanco de Sudáfrica, dirigido en aquel momento por Pieter Botha, mantenía una guerra contra la República Popular de Angola, en interés de los recursos mineros que este país tenía en la franja norte del Rio Okavango. A Sudáfrica la apoyaba incondicionalmente los Estados Unidos (y sigilosamente Israel), mientras que un tercer país, Cuba, apoyaba militarmente a las tropas angolanas.
El 17 de marzo de 1988 ocurría un evento inesperado. Estudiantes de la Escuela Secundaria Ponhofi, en la región fronteriza de Ohangwena, próxima a Angola, lanzaron una convocatoria de huelga general contra las fuerzas de ocupación sudafricanas, que mantenían una base militar en las cercanías del centro educativo. Namibia era un territorio ocupado desde 1915.
El detonante fue el asesinato por los sudafricanos de varios estudiantes de la Escuela en un enfrentamiento contra las fuerzas del PLAN, el brazo militar de la Organización Popular del África Sudoccidental (SWAPO). El alumnado de Ponhofi inició una huelga escolar indefinida con una demanda clara: la retirada de la base militar de las inmediaciones de su escuela.
La protesta se extendió como la pólvora. La huelga se extendió muy rápidamente, llegando a unas 40 escuelas primarias y secundarias en localidades como Tsumeb, Windhoek, Gibeon, Walvis Bay, Swakopmund y Arandis. En su punto álgido, en junio de 1988, se calcula que entre 40.000 y 75.000 estudiantes se encontraban en paro, marcando un antes y un después en la lucha anticolonial.
El movimiento estudiantil creció en fuerza y ambición. Sus exigencias evolucionaron de la retirada de las bases militares a la abolición de la educación Bantú -sistema segregador que formaba a la población negra como mano de obra inferior- y, fundamentalmente, a la implementación de la Resolución 435 de la ONU, que establecía el plan para la independencia.
La Unión Nacional de Trabajadores de Namibia (NUNW) convocó un paro nacional de tres días en apoyo a los estudiantes. El paro afectó gravemente la economía al detener la producción en las minas de uranio y diamantes, y se estima que unos 60.000 trabajadores se sumaron a la protesta, paralizando de facto el país. Un líder sindical lo calificó como el inicio de una campaña para expulsar a Sudáfrica de Namibia.
La huelga, liderada por la Organización Nacional de Estudiantes de Namibia (NANSO), duró aproximadamente un año, y muchos de sus miembros tuvieron que exiliarse para unirse al PLAN y pasar a la lucha armada.
La población namibia iba viendo cómo Sudáfrica iba perdiendo la guerra contra la República Popular de Angola, apoyada por Cuba y la Unión Soviética. La derrota militar sudafricana en la llamada Batalla de Cuito Cuanavale unos días antes de la rebelión de la Escuela Ponhofi, creó las condiciones objetivas para que el levantamiento popular interno (huelgas estudiantiles y obreras de 1988) pudiera cristalizar en un salto cualitativo: el fin de la ocupación. No fue solo la presión externa ni solo la insurrección interna; fue su unidad dialéctica lo que quebró el sistema.
Lo que parecía un ejército invencible como el sudafricano, arrogante, criminal y racista, tuvo una severa derrota a la que le sucedió la insurrección. La prensa internacional dominada por las grandes agencias leales al régimen del apartheid intentó reducir tanto las victorias angolanas contra Sudáfrica, como la propia rebelión namibia, a meras escaramuzas, hasta que el colonialismo se dio de bruces con la realidad.
Fidel Castro definió la lucha contra el apartheid como «la causa más bonita de la humanidad». La única forma de que el régimen racista blanco cayera era apoyar militarmente a la Angola independiente. Si caía Angola, el apartheid hubiera continuado hasta nuestros días.
Fuente: The namibian