La transferencia de 4 billones de euros de la generación del baby boom a sus herederos no es una simple noticia económica. Las entidades financieras se preparan para la mayor transferencia de riqueza intergeneracional de la historia reciente de España, un fenómeno que sin duda hace salivar a los grandes bancos pero que a la vez puede ser su principio del fin.

No es una nueva ley, ni una crisis financiera, sino un hecho demográfico: la generación del baby boom, que acumula el grueso del patrimonio nacional, ha comenzado a traspasar sus activos a sus herederos, en un acontecimiento que pretende extenderse a lo largo de ésta y la próxima década. Este fenómeno, bautizado por los analistas como la «Gran Sucesión», movilizará unos 4 billones de euros y está siendo visto por el sector financiero como la gran oportunidad de negocio del siglo previa al precipicio.

Las entidades han declarado la guerra por captar al «heredero millennial», un cliente nuevo, digital y dueño de un patrimonio repentino. Sin embargo, mientras los bancos frotan sus manos, economistas y analistas de think tanks lanzan voces de alerta. Más allá del negocio financiero inmediato, la Gran Sucesión podría agravar algunos de los males crónicos de la economía española.

Según un informe de alerta publicado en mayo de 2021, la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) advierte que por un lado la «Gran Sucesión» será un acicate para sectores como el lujo, la reforma del hogar y los servicios financieros de alta gama. Pero por otro, advierte que este flujo masivo de riqueza va a exacerbar la desigualdad, al hacer más evidente que nunca que el destino económico de los jóvenes depende menos de su formación y su trabajo y más de la lotería del nacimiento.

La brecha crítica no es solo entre jóvenes y mayores, sino entre jóvenes ricos y jóvenes pobres. Mientras algunos millennials heredarán activos que resolverán su vida económica, la mayor parte quedará excluida de este flujo, consolidando la «generación inquilina»: aquellos cuyos padres no acumularon patrimonio o cuyo patrimonio se diluirá en repartos o cuidados.

Ellos competirán en un mercado de alquiler desbocado, destinando una parte abrumadora de sus salarios precarios a la renta, mientras ven cómo la brecha con sus coetáneos herederos se hace insalvable. La propiedad, lejos de ser un derecho accesible, se convierte así en un privilegio hereditario.

Para una minoría afortunada, resolverá el problema de la vivienda o proporcionará un colchón. Pero para la sociedad en su conjunto, agravará la percepción de injusticia que hasta ahora se mantenía oculta: la vida digna deja de ser una meta alcanzable con un buen trabajo para convertirse en un premio que se gana en la lotería del nacimiento. Esto puede alimentar la frustración y la desconfianza en el sistema, especialmente entre quienes, trabajando a jornada completa, ven cómo sus perspectivas económicas son inferiores a las de un compañero que ha recibido una herencia.

Lo que para la banca es a priori una gran noticia, sin embargo encierra una contradicción. La ‘Gran Sucesión’ es la forma concreta que adopta la acumulación capitalista en el siglo XXI: consolida el poder de la clase propietaria de una manera tan extrema que revela la naturaleza no meritocrática del sistema -nunca lo fue- y mina su propia base de apoyo social.

Al hacer que la riqueza dependa abrumadoramente del nacimiento y no del trabajo, esta aparente buena noticia para el sistema capitalista desenmascara sin embargo a la ideología dominante, y prepara el terreno para lo que algunos teóricos llaman una «crisis crónica de legitimidad» cada vez más evidente y extendida.