Ayer el discurso del primer ministro canadiense, Mark Carney, en la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos se centró en la agudización de las contradicciones entre las grandes potencias: Estados Unidos, China y Rusia.
Cuando Carney llegó al cargo en junio del año pasado, publicamos una entrada que titulamos “El estado número 51 de Estados Unidos se baja los pantalones”. Ahora hay que decir que el dirigente canadiense ha cambiado de registro, poiendo de manifiesto un estado de ánimo muy común en los tiempos que corren. Hay que volver a ponerse los pantalones en su sitio.
En Davos ha lanzado un llamamiento a una ruptura radical: los países deben dejar de fingir y adoptar un “realismo basado en valores”, basado en los derechos humanos, la soberanía y la integridad territorial. No obstante, se mostró conciliador al reconocer las contradicciones que impulsan los recientes acontecimiento mundiales.
El dirigente canadiense comparó la complacencia de los países intermedios, como Canadá, con una mentira habitual: la aceptación tácita de la desigualdad entre los países para evitar conflictos.
Anunció que Canadá está adaptando su postura estratégica: aumento del gasto en defensa (duplicándolo para finales de la década), diversificación de las alianzas comerciales (acuerdos con la Unión Europea, China, Qatar, negociaciones con India, ASEAN, etc.) e inversiones en independencia energética y materias primas.
Abogó por coaliciones “de geometría variable” para abordar cuestiones específicas, como el apoyo a Ucrania, la defensa de la soberanía ártica con Groenlandia y Dinamarca, y la creación de un bloque comercial transpacífico con la Unión Europea.
Canadá se posiciona como una superpotencia energética con activos (recursos, una población formada, valores pluralistas) para atraer socios y resistir la coerción de las potencias hegemónicas.
En resumen, es un llamado a las potencias intermedias para que se unan y creen una “tercera vía” entre las grandes potencias, para presentar un frente colectivo en lugar de fortalezas aisladas, para evitar una fragmentación que empobrecería a todos.
Es algo que ya se ensayó en los años sesenta, aunque la historia demuestra que política exterior nunca se ha basado en “valores”, como no sean los de la bolsa de valores.
No obstante, no cabe duda de que el discurso marca un punto de inflexión en la política exterior canadiense bajo la dirección de Carney, antiguo gobernador del Banco de Inglaterra, quien se es primer ministro desde el año pasado.
Carney diagnosticó la decadencia del orden posterior a 1945, donde las grandes potencias están militarizando la economía (aranceles, cadenas de suministro) a expensas de las normas multilaterales.
El canadiense critica muy suavemente a Estados Unidos, refiriéndose a los aranceles sobre Groenlandia y a una América “transaccional”, evitando el enfrentamiento directo y optando por acuerdos con China y Qatar.