Estados Unidos está endureciendo su postura hacia Cuba y ha anunciado su intención de identificar a personas dentro del gobierno de La Habana que podrían desestabilizar el país, al estilo de Venezuela.
Para aumentar la presión, también ha anunciado su intención de bloquear la entrada de petróleo venezolano a Cuba. Según Washington, en pocas semanas, el gobierno podría quedarse sin materias primas, lo que facilitaría el derrocamiento del actual gobierno.
Hasta ahora los imperialistas se han centrado en la gusanera de Miami, pero ahora los buscan dentro de Cuba y en las más altas instituciones del Estado. Es una estrategía que empieza desde dentro. Trabajando con disidentes sobre el terreno, el gobierno estadounidense espera acelerar un proceso controlado de derribo.
Forma parte del nuevo manual de desestabilización: una transición rápida y estable. Sin embargo, ningún documento oficial detalla una estrategia formalizada, lo que sugiere que Washington aún está considerando sus opciones al respecto.
La Casa Blanca también cuenta a su favor con la pérdida de apoyo externo, especialmente en Latinoamérica. La Habana ya no dispone del apoyo de algunos de sus antiguos socios, como Venezuela.
El gobierno cubano no ha emitido ningún comentario oficial sobre su situación ni sobre el deseo estadounidense de desestabilizar el país. Sin embargo, se muestra más vigilante ante las señales que llegan de Washington.
Desde la Revolución de 1959, Estados Unidos financia programas golpistas con el pretexto de la “promoción de la democracia”, la “libertad de información” y similares, lo que mantiene en pie a colectivos opositores, a través de instituciones como USAID, NED y Radio/TV Martí. En 2024-2025 se aprobaron decenas de millones de dólares para la desestabilización.
Washington siempre ha mantenido una presión constante contra el gobierno de La Habana, que incluye la invasión de Bahía Cochinos y el bloqueo económico. Últimamente la táctica ha cambiado. Lo que el imperialismo busca son deserciones internas de alto nivel, traidores del gobierno dispuestos a negociar una “revolución de colores” al estilo de Venezuela.