Para tensar la cuerda con Sudáfrica y los Brics, Estados Unidos inició una campaña contra el “racismo a la inversa”, diciendo que tras el fin del apartheid, los blancos estaban siendo marginados y discriminados. Les abrieron las puertas para que emigraran a Estados Unidos. A ellos la ICE no les molestaría.
Los que llegaron hace dos meses no han encontrado ningún paraíso en Estados Unidos. Viven en condiciones precarias y se enfrentan a serias dificultades: viviendas infestadas, hambre crónica y reasentamiento en zonas de alto riesgo, según una investigación de Free Press (*). Han encontrado una brecha entre las promesas oficiales y la realidad que viven.
En febrero Trump firmó un decreto que reforma el programa de asilo, redirigiéndolo hacia los sudafricanos de ascendencia europea. Esta decisión se basa en acusaciones sobre una supuesta amenaza para esta parte de la población en Sudáfrica.
El gobierno de Pretoria rechazó categóricamente la afirmación. Pocas semanas después de la aprobación de la legislación, un grupo inicial de 49 emigrantes recibió la condición de refugiado, lo que marcó el inicio del programa.
Las proyecciones oficiales indican que casi 30.000 de las 40.000 plazas asignadas a solicitantes de asilo en 2026 se reservarán para solicitantes de Sudáfrica. Esta política desencadenó una crisis diplomática que condujo a la expulsión de representantes diplomáticos sudafricanos.
Sin embargo, ha surgido una profunda brecha entre las intenciones declaradas y la experiencia real de estos migrantes. Según el informe, las instituciones responsables de su integración, a pesar de recibir cientos de millones de dólares anuales en fondos públicos, han demostrado una gestión caótica del albergue. Las deficiencias documentadas por la investigación exhaustiva exponen las fallas del sistema de recepción.
Las instituciones encargadas de facilitar la integración reciben una asignación de aproximadamente 2.000 dólares por persona para cubrir gastos urgentes. Sin embargo, según los testimonios recopilados entre una decena de beneficiarios, esta financiación resulta lamentablemente insuficiente. El alquiler absorbe inmediatamente la mayor parte de los recursos disponibles, no dejando prácticamente nada para comida, muebles o transporte.
Varios refugiados relatan que, ante esta escasez, se limitan a una sola comida al día para reducir sus gastos. Cuando solicitan alojamiento en condiciones más seguras, se encuentran con las mismas respuestas invariables: falta de presupuesto disponible o recursos insuficientes.
Una joven entrevistada tuvo que conformarse con un espacio subterráneo ruinoso y contaminado en Denver, ubicado en un barrio conocido por sus problemas de narcotráfico y explotación sexual.
Una pareja que vivía cerca de Detroit tuvo que recurrir a carreteras cubiertas de nieve para llegar a un pequeño restaurante local, la única opción que les permitía comer adecuadamente, dada la falta de cocinas y ropa de invierno disponibles.
En Michigan, a otro emigrante recién llegado lo llevaron a un suburbio asolado por la delincuencia.
Si bien las declaraciones públicas afirman apoyar a estos emigrantes, la realidad revela una gran brecha entre las promesas y su implementación.
(*) https://www.thefp.com/p/south-african-refugees-are-left-to