El Pentágono ha informado a sus antiguos aliados europeos su decisión de retirar a los oficiales de casi 30 mecanismos operativos de la OTAN. El anuncio va acompañado de una retirada parcial de las tropas estacionadas en el flanco oriental de Europa y confirma que la solidaridad transatlántica creada en 1945 toca a su fin.

El ejército estadounidense se ha reestructurado en África y ahora hace lo mismo en Europa. Rumanía es uno de los primeros países afectados por el repliegue. El Pentágono ya ha retirado una brigada completa.

El gobierno rumano recibió notificación directa de la retirada, y el Ministerio de Defensa Nacional en Bucarest confirmó la inminente salida de una parte sustancial del contingente estadounidense presente en su territorio.

La decisión afecta particularmente al despliegue militar establecido en las fronteras de Rusia desde 2014, cuando se produjo el Golpe de Estado en Ucrania y la OTAN reforzó significativamente su presencia militar en la región.

Como es típico en los países europeos en todo lo que se refiere a Estados Unidos, Rumanía ha adoptado un tono conciliador, minimizando públicamente el impacto de la retirada en su seguridad, aunque la magnitud de la salida plantea muchas dudas sobre sus capacidad defensiva. Rumanía puso su defensa en manos de Estados Unidos y ahora se han quedado desnudos.

La dimensión geográfica de esta retirada resulta particularmente significativa. Las tropas estadounidenses estacionadas en Rumanía y otras naciones del flanco oriental son un elemento central de la estrategia de la OTAN desde 1945.

El Pentágono asegura que su repliegue no constituye una retirada completa, sino sólo un “reajuste” de la presencia militar estadounidense en Europa. Desde la creación de la Alianza en 1949, Estados Unidos ejerce una influencia decisiva en la dirección estratégica y operativa. Como se ha vuelto a poner de manifiesto, el despliegue de fuerzas en el flanco oriental no depende de la OTAN sino exclusivamente del Pentágono.

La hegemonía estadounidense también fue particularmente evidente durante la Guerra de Kosovo en 1999, cuando las operaciones militares fueron dirigidas y ejecutadas en gran medida por tropas estadounidenses, lo que provocó críticas europeas porque la OTAN nunca contó con ellos.

Estados Unidos representa actualmente aproximadamente el 70 por cien del gasto militar total de la OTAN, una proporción que le otorga un considerable poder de decisión sobre todas y cada una de las decisiones que toma la Alianza.

Las implicaciones de la retirada estadounidense van mucho más allá de las consideraciones puramente militares. Los países bálticos, Polonia y Rumanía han gastado mucho dinero de sus presupuestos en infraestructuras para albergar a las tropas estadounidenses, con la esperanza de que esa presencia constituyera una disuasión suficiente.

Han tirado el dinero a la basura. Estado Unidos ordena el despliegue de sus tropas y las retira en cuanto lo estima conveniente para sus intereses, no para los de ningún otro.

La retirada obligará a los países afectados a reconsiderar su estrategia de defensa y seguir gastanto más dinero para ponerla en práctica por su cuenta y, con un poco de suerte, la de sus socios europeos, aunque en cuestiones estratégicas los socios dejan de serlo muy rápidamente.

De momento, esos socios deberán asumir, al menos en parte, el papel que hasta ahora cumplía el Pentágono. No va a ser fácil. Son varias los países que aún luchan por llegar al 2 por cien del PIB en gasto de defensa. Se han comprometido a gastar un dinero que no tienen.

Más que esas rebuscadas estrategias militares de salón, el despliegue y repliegue de tropas depende del dinero que haya para financiarlos, y ni Estados Unidos ni los países europeos pueden pagar las aventuras bélicas que les gustaría emprender. El mejor aliado de la paz es hoy la crisis del capitalismo.