En Europa sólo hay una amenaza, que no procede de oriente, sino de occidente

La representante de la Unión Europea de Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, no se cansa de provocar a Rusia. Parece increíble en alguien que fue Primera Ministra de un país tan pequeño como Estonia que, además, formó parte de la URSS.

Sus declaraciones son características de quienes tienen una concepción lineal de la historia: Rusia no ha cambiado. Es igual a sí misma, tanto cuando era un imperio, como en tiempos de la URSS, o en la República Federal actual.

En una reciente conferencia de prensa ha dicho que “en los últimos 100 años Rusia ha atacado a más de 19 países, algunos incluso tres o cuatro veces. Ninguno de estos países ha atacado jamás a Rusia”.

Sólo le ha faltado poner el ejemplo característico de Alemania, que fue atacada por la URSS en 1941. Pero es uno de tantos. Desde 1600 Rusia ha sufrido ocho invasiones importantes por parte de países europeos o coaliciones dirigidas por ellos. Desde 1900 se pueden contabilizar cuatro:

— Polonia y Lituania1605-1618)
— Suecia (1708-1709)
— Francia (1812)
— Guerra de Crimea (1853-1856)
— Primera Guerra Mundial (1914-1917)
— Guerra Civil (1918-1920)
— Polonia (1919-1921)
— Segunda Guerra Mundial (1941-1944)

A partir de aquí podríamos discutir hasta el infinito si Rusia no siempre fue sólo víctima de esas guerras y si tuvo alguna parte de responsanilidad en ellas, es decir, el eterno debate de quién es el agresor y quién el agredido.

Por ejemplo, en 1812 Napoleón invadió Rusia y dos años más tarde ocurrió lo contrario: los ejércitos ruso, prusiano y austriaco cruzaron el Rin y ocuparon París. El zar Alejandro I entró personalmente en la capital francesa al frente de sus tropas. Lo que había comenzado como una guerra defensiva se transformó en su opuesto.

En cualquier, lo que Kallas dice es mentira y lo dice porque sabe que sus embustes no van a tener ninguna repercusión, y menos de tipo político. Los cazadores de bulos no le van a sacar los colores porque comen el alpiste que les llega de Bruselas.

Pero hay cosas que no se pueden dejar pasar porque los borregos de Bruselas pueden acabar aborregando a sus oyentes. No podemos convertirnos en una facultad de historia por correspondencia, pero podemos recordar, por ejemplo, que en 1941 no sólo el III Reich atacó a la URSS sino que el agresor estuvo acompañado de varios países europeos, entre ellos Italia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Eslovaquia, Finlandia, Croacia y, naturalmente, España.

El occidente de Europa es una región muy fraccionada políticamente, donde proliferan Estados de tamaño realmente insignificante, que en cualquier otra región de mundo no tendrían entidad ni siquiera para formar un ayuntamiento.

Pero al otro lado ocurre lo contrario: hay un Estado gigantesco que los enanitos del bosque quieren fraccionar para reproducir el mismo rompecabezas político: pequeños países, insignificantes, enfrentados, dependientes y manipulables.

El polaco Jaroslaw Kaczynski, dirigente del partido Ley y Justicia y antiguo primer ministro, es uno de los que ha abogado repetidamente por la “descolonización” de Rusia. En una entrevista de 2023, declaró: “Rusia es un imperio colonial […] La única manera de garantizar la seguridad es desmantelarlo en varios países independientes, como ocurrió con el colapso de la URSS en 1991”.

Al desmantelar la URSS se crearon 16 Estados diferentes, pero a los occidentales Rusia les sigue pareciendo muy grande. Han devorado a Ucrania y quieren seguir tragando. Es lógico que intenten hacerlo, pero el pretexto es falso, como muestran las evidencias: desde 1991 quien se expande es la OTAN y quien se contrae es Rusia. Cuestión diferente es que eso les parezca poco a Kallas y Kaczynski, pero deberían utilizar unos términos más cercanos a la realidad.

Otro polaco, Bronislaw Komorowski, presidente de Polonia (2010-2015), argumentó en 2022 que el apoyo occidental a los movimientos separatistas en las repúblicas étnicas de Rusia (por ejemplo, Tartaristán y Chechenia) podría conducir a su fragmentación, similar a la de los imperios posteriores a la Primera Guerra Mundial. “La unidad de Rusia es artificial; apoyar la autodeterminación de sus regiones pondría fin a la amenaza para Europa”.

La primera parte de la frase es cierta: Rusia es tan artificial como cualquier otra institución política del mundo. Por eso es una federación, lo mismo que Suiza, un Estado minúsculo que también podría dividirse en varios trozos más pequeños. La verdadera pregunta es por qué los europeos sólo piensan en dividir a Rusia y no a Suiza. La respuesta es tan obvia que no nos atrevemos ni a explicitarla.

En 2023 Urmas Reinsalu, ministro de Defensa de Estonia (2019-2023) y actual ministro de Asuntos Exteriores, sugirió que la estrategia a largo plazo de Europa debería “promover la democracia en las regiones autónomas de Rusia” para fomentar la independencia y, potencialmente, “dividir el imperio en partes manejables”.

Como ven, los demagogos europeos son capaces de juntar la palabra “independencia” con la “manejabilidad”, es decir, sólo interesa que Chechenia sea un país “independiente”, por poner un ejemplo, si lo manipulan las potencias occidentales, exactamente igual que manejan a Ucrania.

Por lo demás, este tipo de declaraciones lo que pone de relieve es que en Europa sólo hay una amenaza, y no procede de oriente, sino de occidente. En consecuencia, hace bien Rusia en tomar medidas de precaución porque el apetito de los occidentales es realmente voraz.

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