Cuando era adolescente, Marco Rubio se ganaba un dinero extra trabajando para su difunto cuñado Orlando Cicilia, que importaba y vendía animales exóticos como fachada para el tráfico de cocaína y marihuana. Más tarde, cuando el capo Mario Tabraue se convirtió en protagonista de la serie documental Tiger King, se rumoreó que la cocaína se introducía en cuerpos de víboras y boas constrictoras.
“Traficaba para mantener mi hábito animal”, declaró Tabraue con humildad a los documentalistas de Netflix sobre la red de narcotráfico que importó y distribuyó drogas entre 1976 y 1987. Según la biografía de Marco Rubio, escrita por Manuel Roig-Franzia en 2012, Rubio era el encargado de construir las jaulas.
El actual secretario de Estado jura que no sabe nada de las drogas. Solo tenía 16 años, pero uno de los coacusados de Cicilia tenía solo 16 años cuando Tabraue le ordenó asesinar a su exesposa para evitar que revelara a la policía lo que habían hecho con el cuerpo de otro hombre al que habían asesinado el año anterior.
Cuando en 2011 Univisión reveló la historia de sus vínculos con el negocio de Cicilia, Rubio le declaró la guerra a la cadena, primero enviando a representantes como Ana Navarro para presionar a los ejecutivos para que archivaran la noticia, y luego convenciendo a una multitud de políticos republicanos para que boicotearan el debate porque la cadena había intentado usar la información sobre su cuñado como “chantaje” para “extorsionarlo” con una entrevista.
Al año siguiente, en sus memorias Rubio presentó a Cicilia como un hombre piadoso. La casa donde Cicilia cortaba y almacenaba la cocaína en cartones vacíos de cigarrillos fue un santuario que mantenía unida a la familia durante los años difíciles. Cicilia le pagaba suficiente dinero al joven Rubio para limpiar jaulas de animales y bañar a sus siete perros samoyedos. El día en que la policía se llevó esposado a Cicilia de la casa donde había vivido, la familia quedó atónita.
El mentiroso más grande de la camarilla de Trump
Hoy Marco Rubio es el mentiroso más grande del gobierno de Trump, pero sus índices de aprobación son los más altos del Partido Republicano, a pesar de ser el artífice de la política más cínica de Trump: el plan para nombrar a los jefes de cárteles de la droga y a sus compinches al frente de los gobiernos de los países latinoamericanos, en nombre de la lucha contra las drogas.
En septiembre Rubio elogió al presidente ecuatoriano Daniel Noboa, quien encabeza un país cuya tasa de homicidios se ha multiplicado por ocho desde 2016, como un “socio increíblemente dispuesto” que “ha hecho más en los últimos dos años para combatir a los narcoterroristas y las amenazas a la seguridad y la estabilidad de Ecuador que cualquier gobierno anterior”. Tan solo cinco meses antes, una investigación reveló que entre 2020 y 2022 el negocio frutero familiar de Noboa había introducido 700 kilos de cocaína en Europa en cajas de plátanos. Rubio ha promovido incansablemente la causa del narcotraficante convicto (y, lamentablemente, recién indultado) Juan Orlando Hernández. En 2018 elogió públicamente a Hernández, entonces presidente de Honduras, por combatir al narcotráfico (y apoyar a Israel), tan solo siete meses antes de que su hermano fuera acusado de introducir 158 toneladas de cocaína en contenedores con el sello “TH”, en honor a Tony Hernández.
Rubio ha elogiado la lucha contra el crimen de los jóvenes autócratas salvadoreños y argentinos Nayib Bukele y Javier Milei, a pesar de la alianza del primero con la MS-13 y los diversos escándalos de tráfico de cocaína en Miami que envolvieron a su partido político el otoño pasado, así como la férrea devoción de ambos dirigentes por el método predilecto de lavado de dinero de los cárteles de la droga. Rubio ha sido uno de los mayores apoyos en Washington al recién elegido presidente chileno José Antonio Kast, hijo de un criminal de guerra nazi, quien ha dedicado toda su carrera política a ensalzar, encubrir y prometer la restauración del brutal régimen de Augusto Pinochet, quien ordenó personalmente al ejército chileno construir un laboratorio de cocaína, consolidó el narcotráfico dentro de su policía secreta y “desapareció” a conspiradores clave como el químico de su policía secreta, Eugenio Berrios. Durante al menos una década, Rubio ha elogiado, diseñado estrategias y condenado con saña las numerosas investigaciones criminales contra el expresidente colombiano Álvaro Uribe, a quien algunos describen como una especie de figura kissingeriana para el exsenador de Florida. Un análisis del Pentágono de 1991 describió a Uribe, a quien Rubio califica como una especie de guerrero paradigmático de la droga, como uno de los 100 narcoterroristas colombianos más importantes, amigo íntimo de Pablo Escobar y una figura política que colaboraba con el cártel de Medellín en las altas esferas gubernamentales.
Esto nos lleva a la actual campaña de terrorismo de Estado de Rubio contra Venezuela y los pescadores que emana de allí, bajo el pretexto de que Maduro dirige el llamado “Cartel de los Soles”, que ha inundado Estados Unidos con cocaína barata. La endeblez del argumento se ve subrayada por las diminutas embarcaciones que el SOCOM, el Comando de Operaciones Especiales de Estados Unidos, ha elegido para atacar con drones.
El apoyo de la CIA al narcotráfico
Durante décadas la mal llamada “guerra contra las drogas” ha sido una tapadera para que la CIA apoye a los narcotraficantes. Esto es especialmente cierto en Venezuela. Investigadores del Servicio de Aduanas que indagaron sobre una incautación de 450 kilos de cocaína en el país en 1990 descubrieron que la CIA dirigía una empresa conjunta con generales de alto rango para introducir cocaína con el supuesto objetivo de infiltrarse en los cárteles colombianos. La empresa se conocía como “Cártel de los Soles”, y el propio Times informó que había logrado introducir toneladas de cocaína de contrabando en Estados Unidos , hasta que Hugo Chávez encarceló al general que encabezaba el cártel y expulsó a la DEA de Venezuela. A partir de ese momento, se puso de moda financiar sabotajes industriales, golpes militares y, en última instancia, proyectos de atentados terroristas, bajo la premisa de que Venezuela era un “narcoestado”.
El laberíntico escándalo conocido como “Irán-Contra” se comenzó a desentrañar en 1986, cuando la Fuerza Aérea de Nicaragua lanzó un misil contra un avión de carga Fairchild. Mientras el fuselaje, repleto de lanzagranadas, AK-47 y municiones, dos pilotos y un operador de radio, se precipitaba a tierra, un solitario hombre de Wisconsin descendió en paracaídas intacto y admitió trabajar para un proyecto de la CIA con un tal “Max Gómez”, que resultó ser Félix Rodríguez, uno de los antiguos camaradas de Guillermo, el padre de Mario Tabraue, del Movimiento de Recuperación Revolucionaria (MRR), un colectivo anticomunista encabezado por el médico Manuel Artime, que dirigió la invasión de Bahía de Cochinos y varios ataques terroristas y operaciones de sabotaje posteriores en Cuba durante años.
El avión pertenecía a Barry Seal, un piloto de las fuerzas especiales convertido en traficante de cocaína, quien acababa de ser asesinado por sicarios del cártel. Tras ser condenado por contrabando de metacualona, Seal permitió que la CIA instalara cámaras ocultas en el avión y emprendió una operación encubierta para incriminar al gobierno sandinista de Nicaragua por narcotráfico. Para ello capturó imágenes de Pablo Escobar metiendo cocaína en bolsas de lona en Managua junto a un alto funcionario de un general sandinista. Las imágenes se convirtieron en el argumento para pedir más de fondos al gobierno de Reagan para financiar un cambio de régimen en el país centroamericano. “Sé que todos los padres estadounidenses preocupados por el problema de las drogas se indignarán al saber que altos funcionarios del gobierno nicaragüense están profundamente involucrados en el narcotráfico”, declaró Reagan en un discurso televisado en 1986. “Parece que no hay delito al que los sandinistas no se inclinen”. Pero el “funcionario sandinista” resultó ser un exmiembro de la embajada estadounidense, y Seal era un veterano agente de la CIA que también participó en Bahía de Cochinos e incluso fue fotografiado en 1963 con el mismo Félix Rodríguez, quien más tarde se convertiría en su contacto en la central de espionaje. Tres funcionarios involucrados en la investigación del truculento asesinato de Kiki Camarena, agente de la DEA radicado en México, en 1985, han afirmado repetidamente que Rodríguez ordenó el asesinato después de que el agente descubriera pruebas que revelaban el alcance de la colaboración de la central de espionaje con los cárteles mexicanos.
A partir de 1964 el MRR se apoderó del hampa latinoamericana chantajeando a Manuel Artime. La CIA obtuvo fotos pornográficas de su esposa lesbiana, quien había sido amante de Fulgencio Batista y del exdictador venezolano Marcos Pérez Jiménez. Por esas mismas fechas, el MRR mató accidentalmente a tres marineros españoles en las costas de Cuba. Para contener las consecuencias, le recomendaron a Artime pasar más tiempo en Managua, donde la dictadura de Somoza podía impulsar sus proyectos con mayor libertad. Pero Artime pronto fue noticia por un escándalo diferente: una joven inmigrante cubana de Nueva Jersey, cuyo esposo había sido reclutado para uno de sus campos de entrenamiento centroamericanos, había recibido una carta anónima en la que se le informaba que Artime había contratado pistoleros para asesinar a su marido porque “no aprobaba las actividades inmorales en los campos; entre ellas, el contrabando de licor que tuvo lugar en el barco de Artime, en connivencia con un dirigente del gobierno nicaragüense”.
De Bahía Cochinos a la Operación Cóndor
Casi al mismo tiempo, los funcionarios de aduanas costarricenses descubrieron un avión abandonado lleno de whisky de contrabando y ropa de mujer por valor de decenas de miles de dólares en la selva, cerca de lo que parecía ser un campamento guerrillero no autorizado. Un soplón del FBI advirtió que los dirigentes del exilio cubano afirmaban que Artime y el MRR se ganaban la vida con las actividades contrarrevolucionarias; se dedicaban al contrabando en lugar de a la guerra anticomunista y malversaban fondos destinados a la desestablización. Los hombres de Artime regresaban desencantados de centroamérica, o con grandes sumas de dinero obtenidas mediante actividades ilegales.
En aquellos años Guillermo Tabraue era el “pagador” del MRR, y pronto se aclararía a qué bando pertenecía. En 1970 la Oficina de Narcóticos y Drogas Peligrosas llevó a cabo una redada relámpago en siete ciudades, a la que denominaron la “mayor redada de narcotraficantes importantes” de la historia. Ninguno de los 150 hombres detenidos era un “miembro conocido del crimen organizado”, dijeron, aunque no mencionaron que la mayoría, hasta un 70 por cien, pertenecía a la organización de veteranos de Bahía de Cochinos de Artime. Tan solo dos años después la fiscalía abrió una investigación sobre la joyería de Tabraue tras descubrir que había regalado unos gemelos a un juez que había reducido las condenas de dos jóvenes condenados por vagancia y que había vendido diversos artículos al jefe de la policía.
Al año siguiente, Artime reclutó a Ramón Milián Rodríguez, un genio de la contabilidad de 23 años, quien llegaría a ser el contable principal del cártel de Medellín y confidente cercano de Noriega, para que blanqueara dinero en bancos nicaragüenses y así financiar la defensa legal de cuatro exalumnos de Bahía de Cochinos que habían participado en el robo de Watergate.
En 1972 la CIA ofreció asignar un equipo de sus propios especialistas en operaciones encubiertas para ayudar al FBI a vigilar sus antiguos lacayos, garantizando al mismo tiempo que las investigaciones sobre drogas no entraran en conflicto con las preocupaciones de “seguridad nacional”. La BNDD creó una sofisticada base de datos llamada Red de Inteligencia Encubierta de la Oficina de Narcóticos (posteriormente rebautizada como DEACON cuando la Oficina fue absorbida por la DEA) y contrató a Tabraue como su primer recluta importante para fortalecer su red de inteligencia. La CIA le pagó a Tabraue 1.400 dólares mensuales durante la década de los setenta por su información sobre narcotraficantes rivales.
Los narcotraficantes aliados a la CIA recibían protección, asistencia o reclutamiento como buenos lacayos, mientras que los narcotraficantes que traicionaban a la central de espionaje eran enjuiciados o descartados. Los procesos judiciales eran una prioridad baja y el equipo de DEACON no aportó ninguna prueba admisible a los procesos de la DEA por drogas en la década de los setenta. Como lamentó el exfuncionario de la DEA Dennis Dayle en 1986, “en mis 30 años de experiencia con la DEA y agencias afines, los principales objetivos de mis investigaciones casi invariablemente resultaron ser empleados de la CIA”. Los ingresos del narcotráfico financiaban atentados terroristas, asesinatos e infiltraciones que, posiblemente, intensificaron el clima de miedo, desconfianza y desesperanza que facilitó la represión contra la izquierda.
En 1975 los veteranos de Bahía de Cochinos estuvieron involucrados en casi la mitad de los atentados terroristas ocurridos, aunque eligieron sus batallas con sabiduría. Durante la investigación del Watergate, Artime testificó que E. Howard Hunt, agente de la CIA convertido en agente de Nixon, lo había reclutado para asesinar al dirigente panameño Omar Torrijos porque el gobierno de Nixon estaba muy preocupado por la filtración del flujo de narcóticos hacia Estados Unidos a través de Panamá.
El Plan Cóndor marcó la pauta de la época: un programa continental clandestino iniciado oficialmente en 1975 por Augusto Pinochet y la junta argentina y revelado solo dos décadas después con el descubrimiento de un “archivo terrorista” paraguayo de alto secreto, para desplegar escuadrones de la muerte financiados con cocaína con el fin de hacer desaparecer a militantes de izquierda, disidentes, denunciantes y demás personas incómodas de Sudamérica. Pero el verdadero origen de la Operación Cóndor fue la operación de 1967, supervisada por el omnipresente Félix Rodríguez y otro veterano del MRR, para cazar y ejecutar al Che Guevara. Es necesario defender la política occidental donde sea necesario. Por lo tanto, es necesario actuar contra quienes podrían convertirse en una segunda Cuba y colaborar con Estados Unidos directa o indirectamente.
El Plan Cóndor en México
Casi al mismo tiempo y bajo el mismo nombre, una colaboración oficial de la DEA estadounidense, el ejército mexicano y la policía mexicana erradicó miles de hectáreas de plantas de amapola y marihuana, devastando a muchos pequeños agricultores y desatando una epidemia de asesinatos y violencia que persiste hasta nuestros días. El verdadero propósito del Plan Cóndor mexicano era erradicar a la izquierda populista, básicamente criminalizando la agricultura a pequeña escala, mientras reorganizaba y centralizaba el ejército mexicano en beneficio de un puñado de actores dominantes; en otras palabras, servir a una agenda oculta casi idéntica a la de su homónimo. Cuando Marco Rubio difama la eficacia de la interdicción y otros enfoques tradicionales de aplicación de la ley para mitigar el narcotráfico en favor de operaciones “militares”, contradice todas las evaluaciones empíricas existentes sobre la eficacia de la guerra contra las drogas; sí, pero también anhela una especie de licencia general de la Guerra Fría para emprender una guerra sucia en nombre de un objetivo mayor.
El gobierno de Trump ha prometido 40.000 millones de dólares para estabilizar el peso argentino, pero el dinero se esfumará si el partido de Milei pierde la mayoría en las elecciones. A principios de diciembre, el veterano agente de la CIA Bob Sensi fue acusado de conspiración para cometer “narcoterrorismo” junto con un exfuncionario de alto rango de la DEA por lavar 750.000 dólares y comprar lanzagranadas y drones comerciales con capacidad para transportar seis kilogramos de C-4 para un soplón del gobierno que se hizo pasar por miembro de un cártel mexicano. El dúo aconsejó al soplón que “creara la percepción de que estaban trasladando operaciones de fentanilo de México a Colombia para desviar la atención de México” y hacia el gobierno de Petro. El plan se puso en marcha pocas semanas después de las elecciones de noviembre de 2024.
Una autobiografía titulada “America at Night”, escrita por Larry Kolb, también de la CIA, describe al blanqueador de dinero como un astuto intermediario que le fue presentado personalmente por George H.W. Bush en 1985 y que informaba directamente al entonces director de la CIA, Bill Casey. Entonces Sensi estaba involucrado en los canales secretos de Irán-Contra en Oriente Medio, donde espías y colaboradores informales se reunían clandestinamente con funcionarios de Hezbollah e Irán para negociar rescates secretos por varios rehenes. Sin embargo, fue acusado de desviar fondos de un trabajo encubierto en Kuwait Airways y, según el libro, desde entonces busca venganza. Un ex oficial de inteligencia comentó que los problemas legales actuales de Sensi no durarían mucho, ya que el gobierno de Trump lo considera útil, como lo han hecho los gobiernos anteriores con la mayoría de los principales protagonistas del caso Irán-Contra que lograron salir con vida a principios de la década de los noventa.
La DEA dirige una fábrica de cocaína en Bolivia
La familia Tabraue, que en la década de los setenta pertenecía a una vasta organización de narcotráfico asociada con José Medardo Alvero Cruz, peluquero y veterano del MRR, conductor de Rolls-Royce. Cuando Cruz y un grupo de colaboradores de los Tabraue fueron detenidos en 1979, un grupo de veteranos de Bahía de Cochinos se involucró en el primer gran éxito de la Operación Cóndor en la década de los ochenta, el “golpe de la cocaína” en Bolivia. En él, el criminal de guerra nazi Klaus Barbie y el gurú de operaciones sicológicas argentino, entrenado en Israel y convertido en traficante de cocaína, Alfredo Mario Mingolla, colaboraron en las semanas posteriores a la elección de un candidato presidencial de izquierda para instaurar uno de los narcoestdos más descarados del mundo. Mientras una junta militar se apresuraba a liberar a narcotraficantes de la cárcel e incluso a abrir una fábrica de cocaína que el jefe más destacado del cártel del país afirmaba estar “controlada por la DEA”, los narcotraficantes se apresuraron a colaborar con el nuevo régimen, en un ciclo que se repitió al año siguiente con la repentina muerte de Torrijos y la llegada al gobierno de Noriega, un narcotraficante afín.
El verdadero objetivo del imperialismo para invadir Panamá en 1989
Pero Nicaragua, donde Somoza había sido un anfitrión complaciente para los mercenarios anticomunistas durante la Guerra Fría, había sido conquistada por los sandinistas en 1979, y las antiguas bases del MRR lo tomaron como algo personal. Para combatir a los sandinistas, la CIA y los florecientes narcotraficantes financiaron una confederación de milicias anticomunistas conocidas como la “Contra”, con bases en El Salvador, Costa Rica, Guatemala y Panamá. Estas incendiaron tanques de almacenamiento de petróleo, colocaron minas magnéticas en los puertos y bombardearon el aeropuerto de Managua, todo con la idea, como lo expresó un funcionario del Departamento de Estado, de convertir a Nicaragua en “la Albania de Latinoamérica”.
Mientras tanto, la represión provocó un aumento repentino de la población carcelaria del 250 por cien entre 1975 y 1990, traumatizando permanentemente a familias y colectivos. Debido a que el Congreso operaba de forma ligeramente diferente en aquel entonces, aprobó una serie de cinco leyes que intentaban impedir que el gobierno de Reagan utilizara el dinero de los contribuyentes para financiar a la Contra. La extensa red de narcotraficantes de la CIA ya lo había hecho, pero el endurecimiento de las restricciones dio lugar a una intensa campaña de recaudación de fondos extraoficial. Tabraue organizó eventos para la “lucha anticomunista” en Nicaragua en un club social de su propiedad llamado Club Olympo, y la secta de la Iglesia de la Unificación organizó giras de conferencias anticomunistas con dirigentes de la Contra, que buscaba a traficantes con problemas legales para ofrecerles servicios de cabildeo en el estado profundo a cambio de dinero y armas. Milian Rodríguez, antiguo protegido de Manuel Artime, aportó poco menos de 10 millones de dólares en nombre del cártel de Medellín, entregados directamente a Félix Rodríguez.
Tabraue, Cicilia y… Marco Rubio
Orlando Cicilia emigró a Miami al año del nacimiento de Marco Rubio, comenzó a salir con su hermana poco después y fue una figura destacada en la infancia de Rbio cuando era niño. Cuando los Rubio vivían en Las Vegas, Cicilia comenzó a trabajar para la red narco de Tabraue.
La prematura muerte de Ricardo Morales y la negligencia de la futura fiscal general, Janet Reno, desenredaron una serie de casos interrelacionados de narcotráfico contra Tabraue y unas cinco docenas de cubanos, en su mayoría de Miami. Morales era otro veterano de Bahía de Cochinos y un terrorista confeso sospechoso de estar involucrado en el asesinato de Kennedy.
Que la familia Tabraue traficaba con drogas era un secreto a voces, según memorandos policiales de la década de los setenta y también el registro de Guillermo Tabraue de 1981 de un negocio en la dirección de la joyería con el nombre de “Mota Import Corp Inc.” Pero era intocable: decenas de policías de Miami y los Cayos de Florida estuvieron al servicio de Tabraue durante la década de los ochenta. Pero Morales y otros informantes dijeron al FBI que las luchas internas habían descontrolado la empresa y dejado un reguero de cadáveres, entre ellos el de la esposa de Tabraue, de quien estaba separado, y el de un informante de la ATF llamado Larry Nash. Para 1981 la fiscalía había elaborado un escrito de acusación. Un registro en las viviendas de Tabraue localizó 5.400 kilos de marihuana y más de 150 rifles de asalto y metralletas.
Los expedientes judicial comenzaron a desmoronarse cuando los abogados defensores comenzaron a centrarse en las escuchas telefónicas. Argumentaron que Morales carecía de credibilidad, no solo por ser un delincuente profesional, sino también por estar asociado con un grupo de agentes corruptos de la CIA que habían trabajado para Gadafi y que luego también conspiraron para asesinarle.
Morales fue asesinado a tiros por un policía fuera de servicio durante una pelea en un bar en los Cayos de Florida. Fue un “homicidio justificado” por el que nadie debía ser acusado. Alguien necesitaba a Morales muerto y simplemente lo ejecutó. ¿Quién? Pudieron ser los anticastristas, los narcotraficantes, la CIA… Morales no fue la única víctima del espionaje. Apenas unos meses antes, un agente de la DEA afincado en México fue torturado y ejecutado minuciosamente en un crimen que tres investigadores del gobierno afirmaron haber sido orquestado por Félix Rodríguez, nada menos.
¿No sabe el gobierno lo que hace su mano izquierda?
El año en que Cicilia se unió a la tienda de mascotas de Tabraue, otro Tabraue, Jorge, fue acusado en Detroit junto con un policía que la red había contratado por traficar “gran parte de la [marihuana] vendida en Michigan durante los últimos cinco años” a través de una red de caravanas. La banda había descargado su marihuana en Luisiana a la vista de los funcionarios de la Guardia Costera, quienes habían sido sobornados. Luego, en 1985, un tercer Tabraue llamado Lázaro fue acusado junto con Alberto Rodríguez, editor de periódicos y pilar de la gusanera cubana, por vender cocaína a un policía encubierto cerca del aparcamiento de la joyería. En 1987 el chanchullo finalmente se vino abajo en una operación encubierta interinstitucional denominada “Operación Cobra”, en la que Guillermo Tabraue fue descrito como el “patriarca”, su hijo Mario como el “presidente de la junta” y Orlando Cicilia como el “testaferro” y el “número dos”.
En la décima semana del juicio contra Guillermo Tabraue en 1989, un hombre llamado Gary Mattocks se presentó en el juzgado y testificó que había sido su contacto durante cuatro años en el proyecto DEACON de la CIA dentro de la DEA. Mattocks había sido antes el enlace del desertor sandinista Edén Pastora, un prolífico narcotraficante de la Contra radicado en Costa Rica. Ambos habían estado presentes durante la operación encubierta de Barry Seal. Se rumoreaba que el propio George Bush había ordenado personalmente a Mattocks que interrumpiera las operaciones.
La revelación de que Tabraue era un espía fue la revelación menos sorprendente de todos los tiempos. La fiscalía acusó a la defensa de ocultar deliberadamente su “bomba” hasta el momento de máximo impacto; el juez acusó al gobierno de “que sabía lo que hacía su mano izquierda”. Resultó que Tabraue había operado bajo el seudónimo de “Abraham Díaz” durante sus años como informante de DEACON, aunque su condición de soplón había sido noticia en la primera gran redada contra el patriarca de los Tabraue en 1981, que entonces tenía 65 años. Finalmente fue liberado en marzo de 1990 tras solo unos meses en un campo de prisioneros de mínima seguridad en la Base Aérea Maxwell.
Para entonces, el fiscal de la banda de Tabraue, Dexter Lehtinen, había pasado a un pez más grande, Noriega. El gobierno de Bush había utilizado la acusación de narcotráfico y lavado de dinero como pretexto para invadir el país. Su testigo estrella fue Ramón Milián Rodríguez, contable del Cártel de Medellín, quien había sido protegido de Manuel Artime en la década de los setenta y afirmó haber pagado a Noriega entre 320 y 350 millones de dólares para proteger los envíos de dinero del narcotráfico a bancos centroamericanos.
Pero eso no fue todo. Milián Rodríguez también declaró que había enviado unos 10 millones de dólares a la Contra nicaragüense, a cargo de Félix Rodríguez, con la esperanza de congraciarse con la CIA. Posteriormente, Noriega afirmó que la CIA le había pagado decenas de millones de dólares por su participación en la guerra sucia contra las drogas. La central de espionaje solo pudo encontrar registros de que le había pagado 330.000 dólares. La campaña para invadir Panamá y culpar a un antiguo títere de la CIA por los pecados de la central, conocida como Operación Causa Justa, fue un éxito tan rotundo que los gigantes de la política exterior de Trump, como Elliott Abrams y Brett McGurk, dicen que un cambio de régimen en Venezuela se parece más a Panamá que a Irak o Libia.
El verano posterior a la invasión de Panamá, Marco Rubio consiguió una contacto con Ileana, la esposa de Lehtinen, hija de otro exiliado cubano anticomunista afiliado a la CIA, quien acababa de ser elegido el primer congresista cubanoamericano. Rubio regresó a Miami y nunca se fue. Cualquier duda sobre sus vínculos con una temible banda de narcotraficantes se vio anulada por su conspicuo talento político.
A finales de los noventa se postuló a concejal y uno de sus donantes fue el gobernador Jeb Bush. En uno de los episodios más exclusivos de Miami de la historia reciente, un barco mediano incautado por la Guardia Costera en el Océano Pacífico en 2001 resultó tener 12 toneladas de cocaína ocultas en su tanque de combustible, junto con un superficial rastro documental que condujo a los investigadores a una estafa piramidal con sede en Miami que blanqueaba las ganancias de los cárteles de la droga.
En un vano intento de dar carpetazo a sus problemas legales, su cabecilla canalizó millones de dólares a las diversas fundaciones y comités de acción política de Alan Mendelsohn, quien organizó el primer evento de recaudación de fondos para la campaña de Rubio. El escándalo abatió a David Rivera, amigo íntimo de Rubio y compañero de piso ocasional, quien fue elegido al Congreso en las elecciones de 2010 que llevaron a Liddle Marco al Senado. Como le dijo un consultor político al biógrafo de Rubio, “entonces ya era el niño mimado”.
Maureen Tkacik https://prospect.org/2025/12/23/narco-terrorist-elite-rubio-south-america-iran-contra/