Donde hay un Estado terrorista se ve la mano de Estados Unidos: el caso de Nicaragua

Durante casi cuarenta años Nicaragua estuvo sometida a los Somoza, una familia con inmensas propiedades. La fundación de la dinastía fue el asesinato en 1934 de Augusto Sandino, dirigente de la guerrilla que luchó desde 1926 contra la influencia de las empresas estadounidenses sobre el país.

Las primeras victorias de la guerrilla, compuesta principalmente por nativos, campesinos pobres y trabajadores, obligaron a Estados Unidos a enviar allí varios buques de guerra y setenta aviones en 1927. La tropa de Sandino, mal armada y bombardeada por aviones estadounidenses, se vio obligada a retirarse a un lugar de difícil acceso, Cerro el Chipote.

En 1933 se firmó un tratado de paz, a pesar de lo cual Washington exigió la cabeza de Sandino. Fue una tarea que se apresuró a cumplir el jefe de la Guardia Nacional, Anastasio Somoza García. Dos años después, Somoza tomó el poder, imponiendo un estado de terror. “Puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”, dijo el presidente Roosevelt.

El poeta Rigoberto López Pérez, que hoy es un héroe nacional, le ejecutó en 1956 durante un baile. Como en una monarquía, le sucedieron sus dos hijos, Luis Somoza y luego Anastasio Somoza. Bajo el reinado del primero, el puerto de Puerto Cabezas sirvió como base de lanzamiento para la operación en Bahía de Cochinos organizada por la CIA y destinada a acabar con la Revolución Cubana. En cuanto al segundo, se hizo especialmente famoso por haberse apoderado del dinero de la ayuda internacional enviada tras el terremoto de diciembre de 1972.

Los Somoza tuvieron que enfrentarse a un movimiento guerrillero, el Frente Sandinista de Liberación Nacional, fundado en 1961 e inspirado en la lucha revolucionaria de Sandino contra la oligarquía, los terratenientes y la influencia de Estados Unidos.

Uno de los puntos de inflexión en la lucha de la guerrilla contra la banda de los Somoza fue el asesinato, ante su camarógrafo, del periodista de la cadena ABC, Bill Stewart. Le disparan en la cabeza en un control de carretera. Inicialmente el ejército nicaragüense quiso aparentar que el periodista había sido asesinado por un tirador sandinista, aunque las imágenes del asesinato finalmente salieron a la luz, indignando a la población de Estados Unidos y del mundo y obligando al presidente Jimmy Carter a retirarle su apoyo.

A pesar de las masacres cometidas por las tropas de Somoza en el campo, los bombardeos a las ciudades y el apoyo militar estadounidense, en 1979 los sandinistas pusieron fin al régimen de Somoza, que se exilió en Estados Unidos después de vaciar las arcas del Estado.

Tras la victoria de la revolución, los sandinistas expropiaron a los grandes terratenientes, nacionalizaron las minas y parte de la industria, e iniciaron una reforma agraria destinada a proporcionar tierras a los campesinos pobres. También comenzaron una campaña de alfabetización, legalizaron los partidos políticos y los periódicos. Se abolió la pena de muerte y el acceso a la atención médica se hizo gratuito.

El dirigente sandinista Daniel Ortega fue elegido en 1984 con el 67 por cien de los votos, un resultado electoral que no gustó en Washington, que hizo como en Venezuela en 2024: las elecciones sólo son legítimas cuando las ganan sus lacayos.

Entonces Estados Unidos empezó a jugar la carta de los Contras, una organización contrarrevolucionaria fundada en 1979 y formada por antiguos matones somozistas y paramilitares de la reacción que habían quedado en el paro tras la victoria de la revolución.

Los Contras recibieron el apoyo del dictador argentino Videla, responsable de la muerte de decenas de miles de opositores en su país. La financiación procedía del narcotráfico y la CIA, que son las dos caras de la misma moneda.

El periodista que se suicidó dos veces: Gary Webb

Como demostró el periodista y ganador del Premio Pulitzer Gary Webb en 1996, no se trataba sólo de que la CIA obtuviera financiación para los Contras a través del tráfico de drogas, sino también de inundar los barrios de Los Ángeles con el crack, una forma de cocaína que se presenta en forma de pequeños cristales o piedras.

Luego la CIA orquestó una campaña de desprestigio contra Webb con el manoseado recurso a su “teoría de la conspiración”. Perseguido y calumniado, en particular por los periódicos estadounidenses más vendidos, como el New York Times, el Washington Post y Los Ángeles Times, el periodista apareció “suicidado” en 2004 de dos disparos en la cabeza.

La Contra atacó cooperativas, escuelas y centros de salud recién creados, quemaron cultivos y fábricas. Su violencia rayaba con la locura: torturaban sistemáticamente a sus prisioneros antes de ejecutarlos y secuestraban periódicamente a trabajadores enviados como parte de campañas de alfabetización o salud. Las violaciones formaban parte de sus prácticas corrientes.

El terrorismo llegó a los titulares de los medios, incluso en Estados Unidos, tras el asesinato el 28 de abril de 1987 del ingeniero estadounidense Ben Linder, quien viajó a Nicaragua para ayudar al nuevo gobierno sandinista. Durante su primer año en el país centroamericano le escribió a su madre: “Es una sensación maravillosa trabajar en un país donde la principal preocupación del gobierno es su gente, toda su gente”. Fue herido por una granada durante una emboscada de la Contra y recibió un disparo en la cabeza.

Fue el propio presidente Jimmy Carter quien alimentó los fondos destinados a los Contras y luego Reagan se apresuró a multiplicarlos por diez. Mientras, el entrenamiento de los terroristas estuvo organizado por la CIA.

El caso Irán-Contra

El 6 de octubre de 1986 un avión de carga pilotado por cuatro agentes de la CIA, que contenía decenas de toneladas de equipo militar destinado a los Contras fue derribado en medio de la selva nicaragüense. Los tripulantes llevaban sus documentos de identidad que los vinculaban con Southern Air Transport, una conocida aerolínea de la CIA.

Así comenzó el caso Irangate (1). Estados Unidos había impuesto un embargo de armas a Irán después de la revolución de 1979 y presionaba a los países que les vendían armamento. A partir de 1986 era obvio que eran los propios Estados Unidos los que eludían su propio embargo.

Además, la Enmienda Boland, aprobada por el Senado en 1982, trató de impedir que Reagan apoyara a los terroristas nicaragüeses.

La CIA estaba con las manos atadas, así que fue el Consejo de Seguridad Nacional, quien se encargó de apoyar a la Contra a través de una filigrana, a la que Secord llamaba “La Empresa”: el dinero procedente de la venta de armas a Irán (también sujetas a un embargo) debía permitir financiar una red de contrabando de armas destinada a los terroristas nicaragüenses.

Los Contras también contaron con la generosidad de Israel, aprovechando las buenas relaciones que el gobierno de Tel Aviv mantenía con el sátrapa guatemalteco Efraín Ríos Montt, condenado a 50 años de prisión en 2013 por genocidio: cerca de 500 aldeas destruidas y 10.000 indios asesinados, en particular mediante los “vuelos de la muerte” (2), más otros 30 años adicionales por crímenes contra la humanidad.

“La Empresa” era una organización paralela y secreta dirigida por el coronel Oliver North, del Cuerpo de Marines y miembro del Consejo Nacional de Seguridad, Richard Secord, un general retirado de la Fuerza Aérea y Albert Hakim, un empresario iraní-estadounidense que hacía de testaferro.

La red se creó para burlar cualquier tipo de ley u orden de las cámaras parlamentarias y tenía como objetivos principales recaudar dinero para los terroristas nicaragüeses, de fuentes privadas y extranjeras, así como organizar el transporte de armas y equipos.

El tinglado era como un monstruo de dos cabezas. Tenía una parte secreta (pública) y lo demás parecía una empresa con múltiples cuentas abiertas en Suiza. Controlaba cinco aeronaves, incluyendo aviones de transporte C-123 y C-7, contaba con un aeródromo, almacenes en una base aérea, un arsenal de armas y equipo militar para lanzar por aire a la Contra y equipos de comunicaciones seguras obtenidos por North de la Agencia de Seguridad Nacional.

La dilatada biografía de un mercenario al servicio de la CIA

De los cuatro tripulantes del avión de la CIA que fue derribado en Nicaragua sólo se salvó Eugene Hasenfus. La Casa Blanca le hubiera preferido muerto porque los muertos no hablan.

Hasenfus había sido un marine que había realizado misiones de suministro para las aerolíneas de la CIA durante la guerra de Vietnam. Sus puertos de escala incluyeron Saigón (hoy Ciudad Ho Chi Min) y Vientiane, en Laos.

Fue juzgado y encarcelado en Nicaragua, que luego lo indultó. Salió de una para caer en otro juicio en Estados Unidos contra los 14 implicados en “La Empresa”. El costo de su defensa judicial no fue pagado por el gobierno porque intentaba aparentar que fuera un empleado público… “Roma no paga a traidores”.

Finalmente, Bush indultó a todos los implicados en aquella chapuza, que ha pasado a la historia más absurda de las operaciones encubiertas.

La CIA tambien se desentendió de su mercenario. Hasenfus demandó sin éxito a las empresas de la central de espionaje para las que trabajaba, Southern Air Transport y Corporate Air Services, diciendo que habían prometido verbalmente cubrir todos sus honorarios legales, pero perdió.

En Estados Unidos fue condenado por exhibicionismo tres veces, en 2000, 2003 y 2005.

(1) http://www.brown.edu/Research/Understanding_the_Iran_Contra_Affair/v-on11.php
(2) Los vuelos de la muerte consistían en arrojar a los detenidos desde un helicóptero o un avión al mar.

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