La Casa Blanca no ha respondido a la propuesta del Kremlin de alargar la vigencia del Tratado de Reducción y Limitación de Armas Estratégicas (START) durante un año más. Ayer se acabó su vida útil. El último documento bilateral que regulaba las relaciones entre Estados Unidos y Rusia en materia de estabilidad estratégica ya no existe.
Estaba con respiración asistida desde 2021, cuando se prorrogó su vigencia. En setiembre el Kremlin quiso volver a llevarlo a la UVI, pero Estados Unidos no ha respondido. El silencio de Washington “también es una respuesta”, dijo Serguei Ryabkov, viceministro ruso de Asuntos Exteriores.
Desde hoy “el mundo está en una situación más peligrosa que antes”, dijo Dmitry Peskov, portavoz del Kremlin.
La postura de Estados Unidos es conocida: no quiere firmar otro acuerdo sólo con Rusia; quiere que China entre en el mecanismo, a pesar de que ambas partes poseen más del 90 por cien de las armas nucleares del mundo.
Se avecina una nueva carrera de armamento estratégico. Por primera vez desde principios de la década de los setenta, ya no habrá límites legalmente vinculantes para los arsenales estratégicos de Estados Unidos y Rusia.
El acuerdo START fue el último pilar de una arquitectura de control de armamentos desarrollada durante décadas entre las dos mayores potencias nucleares de nuestro tiempo. Este tratado, negociado en 1982 por el presidente estadounidense Ronald Reagan y firmado en el verano de 1991 por su sucesor, George Bush, y Mijaíl Gorbachov, limitó el número de ojivas estratégicas desplegadas por cada país a 1.550.
Moscú y Washington siempre han intercambiado datos y realizado inspecciones mutuas. Aunque Rusia suspendió su participación en 2023 y Estados Unidos reaccionó, hasta la fecha ambas partes han respetado informalmente los límites máximos. Es precisamente este compromiso de facto el que ha demostrado que el tratado tiene un efecto más o menos estabilizador, incluso durante profundas crisis políticas como la Guerra de Ucrania.
Con el Tratado a punto de expirar, el último marco comúnmente aceptado dejará de aplicarse. Este es un claro punto de inflexión. Por primera vez en muchas décadas, nos encontramos sin un tratado que limite las armas estratégicas ofensivas y sin negociaciones al respecto. Esto constituye, sin duda, un factor desestabilizador. Rusia y Estados Unidos basarán su planificación militar en el peor escenario posible para el futuro.
Sin límites acordados y sin transparencia, la planificación estratégica volverá a caracterizarse por la desconfianza y las suposiciones más pesimistas. Esto, por sí solo, será el punto de partida de una nueva dinámica en la carrera nuclear.
Es un acontecimiento particularmente peligroso para Europa, que se encuentra entre las dos mayores potencias nucleares, forma parte de la disuasión nuclear de la OTAN y, a la vez, constituye un posible escenario de escalada.
Las inspecciones y el intercambio de datos llevan años suspendidos, pero ahora también desaparecerán los límites máximos formales. No obstante, aún existen canales de emergencia, como los centros nacionales de reducción del riesgo nuclear y las líneas telefónicas directas. La falta de contacto en cuestiones estratégicas conduce a una creciente desconfianza mutua.