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Categoría: Opinión (página 8 de 17)

En defensa del comunismo

En el campo del pensamiento y acción revolucionaria, socialismo, comunismo, anarquismo… cuando se ha tenido la intención de hurgar el pasado reciente, para extraer lecciones que puedan ser utilizadas en el presente, con una perspectiva de futuro, aparecen tres problemáticas que han sido una constante a lo largo del siglo XX.

Por un lado, toda una tradición de mirada superficial, de consigna vacía, de aceptación de cualquier postulado aunque este entrara en contradicción con las bases teóricas que se decía defender. El motivo de este comportamiento tendríamos que buscarlo tanto en cuanto al poco afán militante para pensar con cabeza propia (el ejercicio de pensar, que decía Fernando Martínez Heredia) y la tranquilidad que comporta el hecho de tener total confianza con las directrices emanadas de los correspondientes órganos “superiores” que, en momentos determinados habían acertado en sus orientaciones. Confianza ciega en los dirigentes, más que en la raíz ideológica de la cual se decían portadores y, cuando ha quebrado algún proyecto, la respuesta más fácil -que no la más cuidadosa- ha sido la culpabilización de estos dirigentes con varios despectivos nombres, (traidores, vendidos, etc.) pero que al fin no se ha buscado los motivos de fondos, entre ellos el análisis de una trayectoria.

En un momento el Che decía:

“El Estado se equivoca a veces. Cuando una de esas equivocaciones se produce, se nota una disminución del entusiasmo colectivo por efectos de una disminución cuantitativa de cada uno de los elementos que la forman, y el trabajo se paraliza hasta quedar reducido a magnitudes insignificantes; es el instante de rectificar.

Se corre el peligro de que los árboles impidan ver el bosque. Persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etcétera), se puede llegar a un callejón sin salida. Y se llega allí tras de recorrer una larga distancia en la que los caminos se entrecruzan muchas veces y es difícil percibir el momento en que se equivocó la ruta. Entretanto, la base económica adaptada ha hecho su trabajo de zapa sobre el desarrollo de la conciencia” (1).

En la edición de los “Apuntes filosóficos”, hay una carta que Ernesto Guevara escribió al revolucionario cubano Armando Hart desde Tanzania en 1965, en la que lamenta el sistema de edición de textos marxistas en la isla y propone un plan de lecturas filosóficas para publicar: “En Cuba no hay nada publicado, si excluimos los ladrillos soviéticos que tienen el inconveniente de no dejarte pensar; ya el partido lo hizo por ti y tú debes digerir. Como método es de lo más antimarxista”.

Por otra lado, ha sido una tradición constante los que se han encarnizado a una crítica destructiva “per se”, tal vez enfadados por no poder ocupar el lugar social que se pensaban merecer, tal vez deslumbrados por el discurso de la democracia del capital, tal vez por lecturas mal digeridas, tal vez por las promesas de una vida regalada, vete a saber. Pero el que si se ha podido constatar es que junto a una crítica brutal ha habido la negación de la totalidad del proyecto transformador. Así hemos podido ver como aparentes revolucionarios de ayer, se han convertido en portavoces del capital. Ejemplos sobran en nuestra casa, que empezando por los “revolucionarios” maoístas de Bandera Roja, encarnizados anticomunistas como Solé Tura, Antoni Castells, Jordi Borja, Salvador Milá, Manuel Campo Vidal, Ferrán Mascarell, Enric Canals, Carmen Alborch, Celia Villalobos, Emilio Pérez Touriño, Joan Tardá, Javier Puyol, Federico Jiménez Losantos… entre muchos otros, los hemos visto y los vemos, los que todavía están vivos, comiendo de la mano del PSOE, del PP, de Vox, de Convergència, de ERC… y siguiendo por los “críticos” del PCE Y PSUC que trás los pasos de Jorge Semprún y Solé Tura, en su totalidad abrazaron la socialdemocracia del PSOE, donde por fin encontraron su lugar y unas buenas retribuciones. Los residuos catalanes reunidos en el PCC no han tenido mejor suerte hasta el punto que su máximo dirigente está viviendo con el sueldo de parlamentario de ERC y otros anclados en el sindicato de Comisiones Obreras, haciendo de almohada de la patronal catalana.

Lo mismo podemos decir de los dirigentes “revolucionarios” de la IV internacional, la enseña de los cuales era tan solo el antisovietisme. El ejemplo más significativo es el de Fernández Teixidó que pasó de la alta dirección de la LCR a ser uno de los fundadores del Instituto Mises de Barcelona y es uno de los abanderados del liberalismo catalán. Podríamos seguir con el PTE y otros. No hace falta.

Pero también han habido comunistas, militantes revolucionarios, que han intentado con su crítica, dejar patente, no una vuelta atrás, sino un intento de reflexión que fuera algo más allá de la superficialidad, sobre la posibilidad que el camino seguido no fuera lo mejor para avanzar hacia la transformación social. Pero las arteriosclerosis partidarias, al no disponer de argumentos para contradecir los fuertes razonamientos puestos sobre la mesa, han utilizado el recurso de calificar a dichos militantes de herejes, con lo cual se ha bloqueado la posibilidad de un proceso de rectificación de errores. El resultado de todos estos elementos ya los tenemos a la vista: la casi desaparición de la ética revolucionaria, de las formaciones comunistas y el repliegue de sus residuos alrededor tan solo de inmediatas reivindicaciones que en nada pueden diferenciarse de cualquier otro colectivo agredido por la ofensiva permanente del capital.

Unas consideraciones previas

Uno de los problemas que ha tenido que afrontar cualquier intento emancipador, ha sido la dificultad para romper años, siglos, de estructuración cultural, ideológica, moral y económica presidida por el espíritu del capitalismo, que decía Max Weber.

No ha sido, ni es tarea fácil, en un breve lapso temporal, hacer un cambio en las conciencias, una frase atribuida al Che sobre el concepto de comunismo es que se debe crear riqueza con la conciencia, no conciencia mediante el dinero.

Los intentos revolucionarios que se han realizado, han partido de situaciones de extrema necesidad, de sangrientas luchas de liberación colonial, de miseria,… tal vez la única excepción haya estado Cuba, en la cual los principios éticos de los revolucionarios pesaron más que la lucha por reivindicaciones meramente económicas.

Para intentar poner en pie un edificio vacilante, para salvar del acoso y derribo perpetrado por el capitalismo mundial, se han tenido que realizar auténticas proezas y ejercicios malabares para proteger lo conquistado y evitar un retroceso a situaciones anteriores. Tal vez para lo cual, se han puesto en funcionamiento métodos, estructuras, prácticas, que estaban más en sintonía con la sociedad que se pretendía sobrepasar que no coherentes con la sociedad que se quería construir. Se trataba de pura necesidad.

Nada a cuestionar sobre estas actuaciones cuando está en juego la supervivencia. El problema real aparece cuando, para dar cobertura a estas, se intenta teorizar su legitimidad a tenor, no de la necesidad, sino para presentarla coherente con el discurso político e ideológico emanado del proyecto emancipador. Cuando elementos intrínsecamente nocivos se dibujan como los elementos positivos de la sociedad anterior que deben ser mantenidos e incluso ampliados, es la idea que subyace, en mi opinión de manera errónea, que un sistema basado en la explotación de la mayoría por parte de una minoría, y el horizonte de la cual ha sido la acumulación y reproducción del capital, pueda haber elaborado técnicas, métodos, formas, maneras, tanto por lo que respecta al sistema productivo como educativo, ético o político aprovechables para la construcción de una nueva sociedad.

La teorización, errada en mi opinión, que el proletariado es el continuador de los avances más aparentemente progresistas de la sociedad burguesa, ha comportado a no poner el tela de juicio los grandes paradigmas de la Ilustración incluso en sociedades culturalmente antagónicas al espacio centroeuropeo, señalándolo incluso, como modelo de futuras transformaciones y siguiendo este hilo conductor, la ética, la moral, las relaciones interpersonales igualmente se pueden aceptar con el prisma del capital, pero bajo el dominio socialista con el calificativo de científicamente neutros. Pero pienso que acertadament señala Edgardo Lander que: “La ciencia pura es la ciencia de-purada de conciencia… Las formas de constitución y legitimación del conocimiento científico, su vínculo inseparable con la racionalidad instrumental, o los problemas relacionados con la naturaleza de la verdad científica y su relación con el ejercicio del poder en la sociedad contemporánea, quedan fuera del foco de la mirada crítica. Esto no es un problema de segundo orden, sino una limitación medular, de la crítica marxista a la sociedad capitalista. Esta naturalización del desarrollo científico como potencia autónoma no tan solo desarma teórica y políticamente el pensamiento crítico en torno a dimensiones constitutivas del “ser” de la sociedad capitalista, sino que además, contribuye activamente a su legitimación… El pensamiento tecnocrático cientifista es cada vez más central en las ideologías legitimadoras de las sociedades capitalistas. Un pensamiento crítico que sea incapaz de desenmascarar la relación existente entre las formas de organización social dominantes y el desarrollo científico y tecnológico de estas, tiene muy poco que aportar en la dirección de la transformación de la sociedad” (2).

No se trata de situar frases o escritos específicos de Marx y Engels mirados cómo si fueran piezas únicas de un museo o de afirmar que esta o aquella cita condensa la totalidad de un pensamiento, tan solo es a manera de reflexión que, como otras tantas podemos atribuir a cualquier pensador, unas acertadas, otras erróneas, puesto que Marx era humano, no un Dios, y por tanto falible, en caso contrario los que afirman su infalibilidad pretenden situarlo a la altura de los Papas católicos y mediante este ejercicio convierten sus tesis en dogmas y la organización revolucionaria en una Iglesia.

Solo una rápida lectura en ciertos escritos de Marx, como el escrito en 1853: “India no podía escapar a su destino de ser conquistada, y toda su historia pasada, en el supuesto de que haya habido tal historia, es la sucesión de las conquistas sufridas por ella. La sociedad hindú carecía por completo de historia, o al menos de historia conocida. Lo que denominamos historia de India no es más que la historia de los sucesivos invasores que fundaron sus imperios sobre la base pasiva de esta sociedad inmutable que no les ofrecía ninguna resistencia. No se trata, por lo tanto, de si Inglaterra tenía o no tenía derecho a conquistar India, sino de si preferimos una India conquistada por los turcos, los persas o los rusos o una India conquistada por los británicos” (3).

Cuando Marx pose en entredicho si la India había tenido “historia”, no hace otra cosa que aceptar la historia falseada escrita por los historiadores al servicio del imperio colonial, cuando era ya ampliamente conocido el quehacer “científico” hindú, entre otros la notación del símbolo matemático 0, alrededor del año 450, mientras los europeos todavía no habían definido un alfabeto común. La sucesión infinita de números naturales desarrollada por el hindú Pingala alrededor del año 200, pero descrita, como si fuera suya, en el siglo XIII por Leonardo de Pisa con el nombre de Fibonacci. El sistema binario, la solución a las ecuaciones de 2.º grado desarrollada por Brahmagupta en el siglo VII. El año 400 a.n.e., Sushruta el cirujano de Varanasi, alumno de Dhanwantari «el padre de la medicina India», escribió en sánscrito 184 capítulos sobre como hacer tratamientos oculares y describió las primeras cirugías de catarata mediante reclinación del cristalino. Sin pretensión de alargar este tema, tan solo para poner en entredicho algunas de las “lagunas” de Marx, que estaba deslumbrado por los descubrimientos del capitalismo a partir de la Ilustración, y seguramente por cuya causa el carácter eurocéntrico de algunas de sus consideraciones.

Del mismo modo que las investigaciones para escribir la biografía de Simón Bolívar (4) Marx utiliza como referencia obras de europeos en la guerra de independencia latinoamericana, primero aliados de Bolívar y posteriormente enemigos acérrimos de él como Ducoudray Holstein, que después de abandonar su lugar en el ejército de Simón Bolívar, en 1821 se incorporó a un grupo mercenario financiado por los Estados Unidos para un golpe militar en Puerto Rico, y que posteriormente, establecido en Boston escribió el libelo contra Bolívar (“Memoirs of Simón Bolívar”. 1831). Del Coronel británico Gustavus Mathias Hippisley que abandonó así mismo a Bolívar al no ser ascendido a general (“Journey tono the Orinoco”. 1819). Y las “Memorias” del general William Miller siempre al servicio de la corona británica, publicadas en Londres en 1828.

El 23 de enero de 1848, Engels, escribe en el Periódico Alemán de Brusselas: “En América hemos presenciado la conquista de México, lo que nos ha complacido. Constituye un progreso, también, que un país ocupado hasta el presente exclusivamente de sí mismo, desgarrado por perpetuas guerras civiles e impedido de todo desarrollo, un país que en el mejor de los casos estaba a punto de caer en el vasallaje industrial de Inglaterra, que un país parecido sea lanzado por la violencia al movimiento histórico. Es en interés de su propio desarrollo que México estará en el futuro bajo la tutela de los Estados Unidos. Es en interés del desarrollo de toda América que los Estados Unidos, mediante la ocupación de California, obtienen el predominio sobre el Océano Pacífico” (5).

El año 1849 vuelve a escribir polemizando con Bakunin: “¿Cómo ha ocurrido, entonces, que entre estas dos repúblicas, que según la teoría moral tendrían que estar “hermanadas” y “federadas”, haya estallado una guerra a causa de Texas; como la “voluntad soberana” del pueblo norteamericano, apoyada en la valentía de los voluntarios norteamericanos, ha desplazado, basándose en “necesidades estratégicas, comerciales y geográficas”, unos cuántos centenares de millas más en el sur los límites trazados por la naturaleza? ¿Y les reprochará Bakunin a los norteamericanos el realizar una “guerra de conquista”, que por cierto propina un rudo golpe a su teoría basada en “la justicia y la humanidad”, pero que fue llevada a cabo única y exclusivamente en beneficio de la civilización? ¿O quizás es una desgracia que la magnífica California haya sido arrancada a los perezosos mexicanos, que no sabían qué hacer con ella?; ¿Lo es que los enérgicos yanquis, mediante la rápida explotación de las minas de oro que existen allí, aumenten los medios de circulación, concentren en la costa más apropiada de este apacible océano, en pocos años, una densa población y un activo comercio, creen grandes ciudades, establezcan líneas de barcos de vapor, tiendan un ferrocarril desde Nueva York a San Francisco, abran en realidad por primera vez el Océano Pacífico a la civilización y, por tercera vez en la historia, impriman una nueva orientación al comercio mundial?. La “independencia” de algunos españoles en California y Texas sufrirá con esto, tal vez; la “justicia” y otros principios morales quizás son vulnerados aquí y allá, pero, ¿Que importa esto frente a los hechos históricos universales?” (6).

En un artículo de 1850 escribe Marx: “Hace dieciocho meses que han descubierto las minas californianas y los yanquis ya se han abocado a la construcción de un ferrocarril, de una gran carretera, de un canal desde el golfo de México; los vapores navegan en viajes regulares de Nueva York hasta Chicago… el comercio del Océano Pacifico se concentra ya en Panamá… arrastra a los reacios pueblos bárbaros al comercio mundial, a la civilización… gracias a la infatigable energía de los yanquis, pronto las costas del Pacifico estarán tan pobladas tan abiertas al comercio, tan industrializadas como lo está hoy la costa de Boston” (7).

Hay que recordar que estos textos están escritos a tan solo dos años de la publicación del Manifiesto Comunista. De todo esto, si fuéramos dogmáticos, tendríamos que aplaudir el colonialismo, el imperialismo, el neocolonialismo y como consecuencia agradecer a Estados Unidos y a la Unión Europea la sangría que están realizando actualmente en todo el mundo para llevar la “civilización productivista” enmarcada en la agenda 2030 y el gran cambio de patrón tecnológico que se está implementando. En cambio si somos consecuentemente comunistas tendremos que contradecir tanto el eurocentrismo de Marx y Engels como su visión de las guerras de rapinya, en nombre del “progreso”. Y esto no impide contemplar y asumir la mayor parte del legado de ambos revolucionarios.

Va como el anillo al dedo la composición del cantautor comunista venezolano Alí Primera “Perdóneme tío Juan” cuando irónicamente, en unos versos dice: “No te dejes engañar / cuando te hablen de progreso / porque tú te quedas flaco / y ellos aumentan de peso”

Forma y fondo

Según Evgeni Pasukanis (8), en el capitalismo, la intervención estatal es opresiva por su forma misma, al margen del contenido específico de la acción del Estado. A raíz de su existencia como una instancia diferenciada respecto al proceso inmediato de producción (esto es, a su abstracción real de las relaciones sociales capitalistas), siempre tiende a fragmentar la clase trabajadora en un conjunto de átomos, desvinculados los unos de los otros. La constitución del ciudadano alienado y vaciado de toda reminiscencia material es imprescindible para la existencia del Estado. De aquí viene que lo importante no sea solo lo que el Estado hace, sino también la forma en que lo lleva a cabo. En ambos casos, la neutralidad no tiene cabida, puesto que cada aspecto de la organización y accionar estatal expresa y refuerza su naturaleza de clase.

Pienso que ha sido precisamente un desacierto asimilar la construcción de una nueva sociedad socialista y comunista a partir solo del enunciado de acabar con la propiedad privada de los principales medios de producción, manteniendo la totalidad de las formas de organización de la misma. Erik Olin Wrigt, en su ensayo sobre las clases sociales, apunta que: “El socialismo, tal y como lo hemos definido, es una sociedad en la que el control sobre los bienes de capital y de organización ya no tiene que suponer una fuente significativa de explotación. Para que sea así, la propiedad privada de los bienes de capital y el control jerárquico y autoritario sobre los bienes de organización tienen que desaparecer… Sin una redistribución de los bienes de organización por medio de una democratización del proceso de control y coordinación de las producciones, la explotación de bienes de organización seguirá, y sobre esta explotación se construirá una nueva estructura de relaciones de clase” (9).

Göran Therborn, en su ensayo “Como domina la clase dominante: Aparatos del Estado en el feudalismo, capitalismo y socialismo” expone: “La dominación y la ejecución (la organización) están vinculadas entre sí por una relación análoga a la que existe entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Una determinada forma de dominación presupone ciertos medios de organización y ejecución, e inversamente , la forma de dominación determina la manera en que se ejecutan las funciones organizativas… Por ejemplo las monarquías feudales confiaron cada vez más en secretarios, arrendatarios y administradores que no pertenecían a la nobleza (y fueron el germen del posterior dominio burgués)… La administración de los Estados socialistas ha necesitado, en mayor o menor medida, recurrir a la utilización de expertos burgueses… Las necesidades económicas forzaron a los bolcheviques rusos a reproducir el capitalismo y la producción mercantil simple en la década de 1920” (10).

Ahora bien, según Lenin, existe un aparato estatal que se encuentra exento de esta lógica. De acuerdo con sus propias palabras: “Además del aparato de opresión por excelencia, que forman el ejército permanente, la policía y los funcionarios, el Estado moderno posee un aparato enlazado muy íntimamente con los bancos y los consorcios, un aparato que efectúa, si vale expresarlo así, un vasto trabajo de cálculo y registro. Este aparato no puede ni tiene que ser destruido. Lo que hay que hacer es arrancarlo de la supeditación a los capitalistas, cortar, romper, desmontar todos los hilos por medio de los cuales los capitalistas influyen en él, subordinándolo a los Sóviet proletarios y darle un carácter más vasto, más universal y más popular… Hace falta no confundir la cuestión del control y del registro con la cuestión del personal científico… estos señores trabajan hoy subordinados a los capitalistas y trabajarán todavía mejor mañana, subordinados a los obreros armados… Esto se puede hacer, cogiendo las conquistas ya realizadas por el gran capitalismo” (11).

De este modo, Lenin establece una diferencia sustancial entre las funciones de los burócratas y las de los “expertos técnicos”. Estos últimos pueden ejercer idénticas tareas tanto en la sociedad capitalista como en la transición al socialismo: “El mecanismo de la administración ya está preparado aquí. No hay más que derrocar a los capitalistas y tendremos ante nosotros un mecanismo de alta perfección técnica, libre de ‘parásitos’ y perfectamente susceptible de ser puesto en marcha por los mismos obreros unidos, contratando técnicos, inspectores y contables” (12).

Lenin no concibe que el conocimiento técnico especializado contenga en sí mismo una cuota de poder burocrático que amenace seriamente las bases del proceso de democratización creciente implícito en su idea de la transición al socialismo.

Durante el octavo Congreso de los Sóviets, realizado a finales de 1920, Lenin pronosticó: “El inicio de este tiempo tan feliz en que la política pasará a segundo plano, en que la política se discutirá con menos frecuencia y en menor extensión, y los ingenieros y agrónomos serán quienes hablen más… De ahora en adelante, la menor política será la mejor política”.

Lenin retoma aquí los principios de Karl Kautsky sobre la necesidad que el proletariado tome el poder y utilice el aparato estatal técnico en lugar de destruirlo. En sus propias palabras: “Para que podamos construir el comunismo, es necesario que hagamos más accesibles a las masas los medios que proporcionan la ciencia y la tecnología burguesas. De otro modo, no será posible construir la sociedad comunista. Y para poder construirla así, tenemos que arrancar el aparato de manos de la burguesía, tenemos que incorporar al trabajo a todos estos especialistas” (13).

Resulta claro que la intención de Lenin es simplemente desmontar los vínculos que ligan a estos técnicos a los capitalistas, para después avanzar hacia el socialismo. Ahora bien, es lícito preguntarse si el propio aparato estatal que se intenta desatar no se encuentra estructuralmente organizado para estos fines.

Esta errónea caracterización permite explicar por qué Lenin llegó a expresar que “el socialismo no es más que el monopolio capitalista del Estado puesto al servicio de todo el pueblo” (14). Lo que según él tenían de malo los métodos burgueses de producción y administración era simplemente que se encontraban al servicio de los capitalistas, por lo cual su mera utilización, por parte del Estado obrero, posibilitaría inscribirlos en una lógica inversa a la hasta este momento vigente.

Lenin había escrito en 1913, al analizar el sistema Taylor:

“De lo que más se habla actualmente en Europa, y en parte de Rusia, es del ‘sistema’ del ingeniero Federico Taylor. Hace poco, en Petersburgo, en el salón de actos del Instituto de Ingenieros de Vías de Comunicación, el señor Semiónov pronunció un informe sobre este sistema. Taylor mismo lo ha descrito denominándolo sistema “científico”, y su libro se traduce y se propaga celosamente a Europa.

¿En que consiste este ‘sistema científico’? A estrujarle al obrero tres veces más trabajo en el transcurso de la misma jornada laboral. Se hace trabajar al obrero más fuerte y hábil; se registra valiéndose de un reloj especial -en segundos y décimas de segundo- el tiempo que se invierte en cada operación, en cada movimiento; se elaboran los procedimientos de trabajo más económicos y productivos; se reproduce el trabajo del mejor obrero en una cinta cinematográfica, etc..

El resultado es que en las mismas 9 ó 10 horas de la jornada laboral se le estruja al obrero tres veces más trabajo, se dilapidan despiadadamente todas sus energías, se absorbe con triplicada rapidez cada gota de energía nerviosa y muscular del esclavo asalariado. Quién se morirá antes? Hay muchos esperando a las puertas de la fábrica!

El progreso de la técnica y de la ciencia es en la sociedad capitalista el progreso en el arte de estrujar sudor… Se estruja el sudor según todos los cánones de la ciencia” (15).

En 1914 vuelve a escribir sobre lo mismo: “El capitalismo no puede permanecer parado ni un solo instante. Tiene que avanzar y avanzar. La competencia, que se agudiza sobre todo en época de crisis, como la que estamos sufriendo, lo obliga a inventar nuevos y nuevos medios de abaratar la producción. Pero la dominación del capital convierte todos estos medios en instrumentos de opresión, cada vez mayor, del obrero. El taylorismo es uno de estos medios. Hace poco, los partidarios de este sistema recurrieron en Norteamérica al siguiente procedimiento: En el brazo del obrero se sujeta una bombilla eléctrica. Se fotografían los movimientos del obrero y se estudian los de la bombilla. Se ve que algunos son “superfluos” y se obliga el obrero a evitarlos, es decir, a trabajar más intensamente, sin perder ni un segundo a descansar. Se confeccionan proyectos de nuevas naves fabriles para que no se pierda ni un solo minuto al llevar a ellas los materiales, al pasarlos de un taller a otro y al sacar los productos acabados de la empresa. El cinematógrafo se emplea sistemáticamente para estudiar el trabajo de los mejores operarios y para aumentar su intensidad, es decir, para “espolear” todavía más al obrero.

Por ejemplo, se estuvo filmando todo un día el trabajo de un mecánico. Después de estudiar sus movimientos, se le proporcionó un banco especial, bastante alto porque no tuviera que perder tiempo a inclinarse. Pusieron además de ayudante suyo a un chico, que tenía que pasarle cada pieza de la máquina de manera determinada, de la manera más conveniente. ¡Al cabo de unos días, el mecánico gastaba en el montaje de la máquina la cuarta parte del tiempo que invertía antes! ¡A los obreros recientemente admitidos los llevan al cinematógrafo de la fábrica, que les muestra la producción “ejemplar” del trabajo. Obligan al obrero a “llegar a la altura” de este ejemplo. Cada semana le muestran en el cinematógrafo su propio trabajo y lo comparan con el “ejemplar”. Todos estos enormes perfeccionamientos se hacen contra el obrero. En orden a aplastarlo y oprimirlo más todavía y a limitar la distribución racional, sensata, del trabajo dentro de la fábrica. El taylorismo, sin que lo quieran sus autores y contra la voluntad de estos, aproxima el tiempo en que el proletariado tomará en sus manos toda la producción social y designará sus propias comisiones, comisiones obreras, para distribuir y ordenar acertadamente todo el trabajo social” (16).

En 1918 vuelve a escribir sobre el taylorismo pero con un giro de ciento ochenta grados:

“Se tiene que poner al orden del día la aplicación práctica y el ensayo de la remuneración por unidad de trabajo realizado, el aprovechamiento de lo mucho que hay de científico y progresista en el sistema Taylor, la observancia de las proporciones entre el salario y los resultados generales de la producción de artículos o de la explotación del transporte ferroviario, marítimo, fluvial, etc., etc.

El ruso es un mal trabajador comparado con los de las naciones avanzadas. Y no podía ser de otro modo en el régimen zarista, dada la vitalidad de los restos del régimen de servidumbre. La tarea que el Poder soviético tiene que plantear con toda amplitud al pueblo que debe aprender a trabajar. La última palabra del capitalismo en este terreno -el sistema Taylor-, igual que todos los progresos del capitalismo, reúne toda la refinada ferocidad de la explotación burguesa y varias conquistas científicas de sumo valor concernientes en el estudio de los movimientos mecánicos durante el trabajo, la supresión de movimientos superfluos y torpes, la adopción de los métodos de trabajo más racionales, la implantación de los sistemas óptimos de contabilidad y control, etc. La República Soviética tiene que adquirir cueste lo que cueste las conquistas más valiosas de la ciencia y de la técnica en este dominio. La posibilidad de realizar el socialismo quedará precisamente determinada por el grado en que conseguimos combinar el Poder soviético y la forma soviética de administración con los últimos progresos del capitalismo.

Hay que organizar en Rusia el estudio y la enseñanza del sistema Taylor, su experimentación y adaptación sistemáticas. Al mismo tiempo, y con el propósito de elevar la productividad del trabajo, hay que tener presentes las peculiaridades del periodo de transición del capitalismo al socialismo que reclaman, por un lado, el establecimiento de las bases de la organización socialista de la emulación y, por otro, la aplicación de medidas coercitivas para que la consigna de la dictadura del proletariado no quede empañada por un poder proletario blando en la práctica” (17).

Como podemos ver hay un cambio fundamental respecto al concepto de “ciencia burguesa” de 1913 a 1918, seguramente evaluado por la angustiosa situación económica que atravesaba Rusia después de la firma de la paz de Brest-Litovsk que comportó la pérdida de un 21,5% de la industria pesada; un 84,4% de la lana; un 57,8% del cuero; un 54% del papel; un 50% del iute; un 32,5% de la madera; un 28,6% de la industria química; un 26,2% del textil y un 22,7% de la metalurgia.

Si bien es cierto que se consiguieron aumentos de productividad de un 30 a un 40% comparados con resultados de 1913, estos fueron conseguidos, a expensas de suprimir las iniciativas de los trabajadores y sin ninguna consideración por su seguridad, de tal manera que aumentó un 50% el número de accidentes de trabajo al mismo tiempo que imperó el trabajo a destajo que fue creciente de los años 1923 a 1925.

La apología del sistema taylorista

El taylorismo, igual que el fordismo, ha expresado históricamente la ofensiva del capital contra el trabajo para conseguir su disciplina. Como vía tecnológica de la represión, ha intentado e intentaba descalificar a los obreros profesionales a través de la expropiación intelectual, destruyendo así la base de sostén de su poder en el seno del proceso productivo. Lenin impulsará el estudio y la posterior utilización masiva de este recurso. Como expresara él mismo: “lo más necesario para nosotros, ahora, consiste a aprender de Europa y de los Estados Unidos”.

A pesar de que, con posterioridad y en el último tercio del siglo XX, el propio capital se dio cuenta que era más rentable mantener y alentar las capacidades intelectuales de los obreros y así extraer todavía más plusvalía, dando al que denominó sistema toyotista de trabajo en equipo que con varias modificaciones está vigente hoy en día. Es lo que se denomina “capital humano”.

El aumento de la productividad industrial llevó Lenin a apologetizar el sistema Taylor que años más tarde sería rechazado y el concepto de productividad reformulada en función de las particularidades de la sociedad rusa por el stajanovismo el cual, tenía una diferencia sustancial con el taylorismo, que era el intento de sacar de las manos de los directores y otros burócratas, los incrementos de producción, y que estos aumentos surgieran de la conciencia y voluntariedad de los segmentos comunistas del proletariado. Sin embargo, en cuanto que base productiva gestada en condiciones alienantes, es decir la no participación del proletariado en la toma de decisiones y el mantenimiento mayoritario de unas relaciones de producción muy piramidales, llevaba impresa las relaciones sociales capitalistas en su seno. Seguramente, uno de los errores de Lenin y de buena parte de los dirigentes soviéticos fue creer que el objetivo principal del desarrollo tecnológico capitalista consiste en la máxima producción de bienes, cuando el objetivo es la reproducción del capital por medio de la producción de estos bienes, que al capital le da lo mismo que sean de uso, de cambio o de inutilidad total.

El planteo de Lenin de que: “el comunismo empieza, cuando los obreros sienten una preocupación -abnegada y más fuerte que el duro trabajo… para aumentar la productividad del trabajo” (18), lleva implícito que la emancipación humana es conquistada a través del culto a la tecnología a pesar de que exacerba al máximo la alienación. Y que la derrota definitiva del capitalismo será conseguida por el hecho que “el socialismo consigue una nueva productividad del trabajo mucho más alta” (Lenin. Una gran iniciativa). El único elemento es la productividad del trabajo dejando de lado el concepto de productividad social que puede llegar a ser antagónica con el “trabajo”. Es lo que en catalán y castellano dispone de dos definiciones: en catalán “treballar” o “fer feina”, que el castellano tiene también dos concepciones diferenciadas: “trabajo”, relacionado con una carga pesada derivada del tripalium latino, y “faenar”, derivado del catalán relacionado con aquello que se tiene que hacer, es decir la participación en el mantenimiento de la sociedad y las personas.

La defensa explícita por parte de Lenin de la concepción burguesa del progreso técnico resulta sorprendente. Su equivocada creencia en que se estaba nadando, al decir de Walter Benjamin, a favor de la corriente dinámica del desarrollo tecnológico, lo llevó a expresar que “la forma de organización del trabajo no la inventamos, sino que la tomamos ya hecha del capitalismo, por lo cual no tenemos más que adoptar el mejor de la experiencia de los países avanzados”.

El rechazo de Lenin y más todavía de Trotsky, a la extensión masiva del control obrero y su inclinación por “la dirección de un solo hombre”, es totalmente comprensible en el marco del despotismo fabril que suponía la aplicación férrea del sistema Taylor.

Pero existia paralelamente un movimiento anti-taylorista encabezado por el profesor Ermansky, el cual plasmó su crítica al taylorismo mediante el libro “Teoría y práctica de la racionalización” (19). Desde su perspectiva, el taylorismo reducía la calidad del trabajo y bestialitzaba al obrero, no haciendo un uso óptimo del trabajo, sino solo un uso máximo.

En 1946 el psicólogo del trabajo húngaro Béla Székely publica un libro (20) en el que analiza los métodos de Taylor y Bedeaux de explotación máxima de los obreros y como contrapartida las circunstancias y objetivos del sistema Stajanov. Realiza una explicación de la diferencia entre el movimiento de las brigadas de choque: los Udarniki, las cuales estaban concebidas para situaciones de emergencia y el método Stajanov como organización racional del trabajo. Lo define de la siguiente forma: “La base del movimiento de Stajanov es la actividad voluntaria. Cada uno de estos obreros entiende no solo su máquina, sino todo el régimen del taller, o mejor dicho, todo su oficio. En los talleres donde está implantado su método, cada obrero tiene que ser capaz de realizar hoy cualquier trabajo secundario y dirigir mañana todo un taller”.

En este libro, Székely hace alusión al libro que escribió Stajanov en 1935 “Mi método”, y realiza unas breves transcripciones ilustratives del mismo “Mi método es una combinación del trabajo manual con el intelectual. Permite a los trabajadores que se adhieren a él desplegar sus facultades, dar curso a sus ideas creadoras, significa la victoria del hombre sobre la máquina. Un trabajo que no exige un sobreesfuerzo físico, sino que requiere una abierta disposición voluntaria hacia el trabajo que un mismo realiza y un profundo estudio de la máquina y su técnica. Es el toque inicial de la elevación de cada obrero al nivel cultural y técnico de un ingeniero”.

El libro está dedicado a los militantes comunistas húngaros Fürst Sandor y a Imre Sallai, guillotinados el 29 de Julio de 1932, falsamente acusados de hacer descarrilar un tren en el puente de Biatorbágv, a pesar de que el autor de los hechos (Szilveszter Matuska) había sido detenido y condenado en Viena por este hecho el 7 de octubre de 1931. Según investigaciones posteriores, el atentado fue organizado por el ministro de Defensa Gyula Gömbös con la aprobación del gobernador Miklós Horthy dentro de una campaña de exterminio de comunistas. Fueron los Sacco y Vanzetti húngaros, pero de los cuales, a diferencia de los anarquistas nordamericans, solo han estado presentes en la memoria revolucionaria húngara hasta 1989 y desde entonces sus nombres borrados de la historia.

Este hecho fue imitado por el gobierno de Hitler un año después con el incendio del Reichtag el 27 de febrero de 1933 realizado por el propio partido nacionalsocialista, del que culparon falsamente al militante comunista Marinus van der Lubbe, que fue ejecutado el 10 de enero de 1934. Hasta después de 75 años (2008) el Tribunal Supremo alemán no lo declaró inocente.

La neutralidad de la ciencia

En Rusia, a 1920, se dio un intenso debate sobre el papel de la ciencia, el arte y la literatura alrededor de dos concepciones: una la encabezada por Anatoli Lunacharski y Aleksandr Aleksándrovich (Bogdánov), y el otro encabezada por Lenin, con los cuales había polemizado en 1909 por medio de la obra “Materialismo y empirocriticismo”. El nudo central del debate fue sobre el carácter “neutro” de la ciencia o el sustrato ideológico de la misma.

Que el dominio de clase se presente bajo la mistificación de un aparato administrativo neutro, o bien asuma en el ámbito productivo la forma pervertida de saberes técnicos especializados -tendentes, los dos, a “ser autónomos” y cobrar vida propia- es parte del proceso de fetichización propio de la sociedad capitalista.

Las tesis de Bogdanov tienen una serie de implicaciones epistemológicas, especialmente en relación al sentido y significado de la verdad para la ciencia. De este modo, Bogdanov afirmó que la noción de “verdad objetiva” era un fetiche metafísico, y que la ciencia solo producía “verdades epocales”. La ciencia tenía que restablecer su unión con el trabajo, puesto que “la ciencia es la experiencia colectiva del trabajo organizado”, y la verdad es una “forma organizativa de la experiencia” en la cual los hechos son relativos a la experiencia. Desde este punto de vista, la ideología es considerada la organización de ideas que expresan, en cada momento de la historia, las formas de organización del trabajo.

Bogdanov rechazaba, entonces, el concepto de verdad objetiva y la noción correspondiente de un mundo objetivo independiente del sujeto cognoscitivo. Para él, el mundo, es decir, el “mundo conocido por nosotros”, en oposición a la “cosa-en-sí-misma” metafísica, es producto de la praxis colectiva humana. La noción de leyes objetivas e irrevocables de desarrollo social no era para él una explicación científica del mundo humano, sino que era una cosa que tenía que ser explicado en términos históricos y sociológicos.

Bogdanov centraba su crítica de la práctica científica contemporánea en la separación entre ciencia y trabajo. Esta unión original entre ciencia y trabajo había sido rota en las sociedades capitalistas. De este modo, la ciencia olvidó sus orígenes por completo y todos sus problemas contemporáneos derivan de este hecho. Una de las consecuencias de este olvido, es que la ciencia perdió de vista la idea de la unidad de los métodos y se desintegró en un grupo desorganizado de disciplinas especializadas, donde cada una de ellas se desarrollaba en forma completamente independiente de las otras y perdían la posibilidad de beneficiarse mutuamente.

En China, en 1964 se produjo un debate similar de la mano de Lu-Ting Yi: “Cómo todo el mundo sabe, las ciencias naturales, incluida la medicina, no tienen carácter de clase. Tienen sus propias leyes de desarrollo. La única forma en que se relacionan con las instituciones sociales es que bajo un mal sistema social progresan con bastante lentitud, y bajo uno de mejor progresan con bastante rapidez. La parte teórica de esta cuestión quedó resuelta hace tiempo. Por lo tanto, es un error etiquetar una teoría particular en medicina, biología o cualquier otra rama de la ciencia natural como feudal, capitalista, socialista, proletaria o burguesa” (21).

Poco después, en 1966, durante la Revolución Cultural, fue acusado de ser un promotor de la línea reaccionaria en la cultura y ciencia puesto que no aceptaba la idea que la cultura y la ciencia tenían que servir ampliamente a la política proletaria. Posteriormente fue rehabilitado por la nueva dirección encabezada por Deng Xiaoping (22).

Este resumido esbozo del planteamiento sobre el concepto ciencia sirva para recordar que en 1950, un grupo de científicos y filósofos franceses, entre los cuales se encontraban Raymond Guyot y Jean Desanti, publicaron un manifiesto titulado “Ciencia burguesa y ciencia proletaria”. En él se establece que la ciencia tiene un componente de clase, que no solo afecta las condiciones sociales y materiales de investigación, sino que también determina los conceptos y teorías a las cuales dan origen. Este manifiesto surgió a consecuencia de un fuerte debate que apareció en torno al científico Trofim Lysenko.

En 1948, el PCUS revitalizó algunas de las propuestas que en los años 20 habían surgido del debate realizado alrededor de la construcción de una nueva sociedad, entre ellas el tema educativo y el papel de la ciencia. Los enemigos internos y externos en la URSS hicieron estragos, y la instrumentalización maniqueista organizada por las fuentes “científicas” capitalistas arrastraron un puñado de discípulos marxistas de todo el mundo. Proceso que tuvo un punto culminante con el triunfo de las posiciones revisionistas en el XX Congreso del PCUS en 1956.

En una de las muchas respuestas y contribuciones a un artículo sobre la teoría de las dos ciencias publicado el 2012 por el profesor Agustín Ostachuk de la argentina Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), uno de los contribuyentes al debate planteaba: “Si estuviera vivo, Bogdanov habría reemplazado el término ‘capitalista’ o ‘burgués’ por los nuevos amos del mundo: conjuntos de transnacionales financieras, industriales, de la banca internacional (FMI, BID, OCDE, Bancos Centrales, etc.) y el Vaticano, el poder económico de los cuales en el flujo financiero ha sobrepasado infinitamente al de todos los Estados y se ejerce sobre una dimensión planetaria, a diferencias del poder de los gobiernos de países que están limitados a una dimensión nacional específica. Sin embargo, esta crítica tiene un Gran Ausente: el Sistema de Enseñanza que actualmente y en la mayoría de países, la ‘Educación de calidad’ en continua expansión, recoge la herencia de esta cultura falaz, comercial y discriminatoria, fomentadora del más atroz darwinismo social (supervivencia exclusiva de los alumnos con mejores ritmos de aprendizajes y exclusión como basura de los otros niños), que aprovecha los ‘valores’ del mercado para su propio enriquecimiento”.

Se acaba el debate

Marx en 1852 escribió sus reflexiones críticas sobre la revolución de 1848 en Francia: “La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solo del porvenir. No puede empezar su propia tarea antes de desnudarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse sobre su propio contenido. La revolución del siglo XIX tiene que dejar que los muertos entierren en sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. Allí, la frase desbordaba el contenido; aquí, el contenido desborda la frase… La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando estos se disponen precisamente a revolucionarse y revolucionar las cosas, a crear una cosa nunca vista, en estas épocas de crisis revolucionaria, es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio a los espíritus del pasado, toman prestado sus nombres, sus consignas de guerra, su vestidura, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal. Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814 se vistió alternativamente con la vestidura de la República Romana y del Imperio Romano, y la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789” (23).

Diez años después, arreciando este punto de vista, escribia a Lassalle: “Se podría decir que toda adquisición de un periodo anterior, apropiada por un periodo ulterior, es la antigüedad mal comprendida” (24).

Esta advertencia de Marx respecto a lo que tiene que marcar la diferencia entre las anteriores revoluciones y la revolución socialista, parece que no fue acogido por la mayoría de comunistas rusos. En la primera mitad de octubre de 1920 en Moscú se celebró el I Congreso de Proletkult de toda Rusia. En el discurso pronunciado ante el Congreso, Anatoli Lunacharski, en contra de las indicaciones de Lenin, abogó por la autonomía completa de Proletkult en el sistema del Comisariado del Pueblo de Instrucción. Con este motivo, Lenin escribió una propuesta de resolución que se discutió en la reunión del Buró Político del CC del PC(b) de Rusia, celebrada el 9 de octubre de 1920, y aprobada unánimemente posteriormente por el Congreso con el cual se concluyó el debate.

Este es el punto 4 de la citada resolución: “El marxismo ha conquistado su significación histórica universal como ideología del proletariado revolucionario porque no ha rechazado de ninguna forma las más valiosas conquistas de la época burguesa, sino, por el contrario, ha asimilado y re-elaborado todo el que tuvo que valioso en más de dos mil años de desarrollo del pensamiento y la cultura humanos. Solo puede ser considerado desarrollo de la cultura verdaderamente proletaria el trabajo ulterior sobre esta base y en esta misma dirección, inspirado por la experiencia práctica de la dictadura del proletariado como lucha final de este contra toda explotación” (25).

En aquellos momentos eran totalmente desconocidas las obras de Marx como los Manuscritos de 1844 o la Crítica a la filosofía del derecho de Hegel que en 1920 tan solo había sido publicada la introducción sobre el papel de la religión. En esta obra Marx planteaba un imperativo ético – político que prefiguraba su posición crítica frente a la civilización del Capital: “Subvertir todas las relaciones sociales en las cuales el ser humano es un ser envilecido, humillado, abandonado, despreciable” (26).

En cambio sí era suficientemente conocida la polémica de Engels con los bakuninistes, fruto de la cual fue su escrito sobre la autoridad de 1873:

“Suponemos que una revolución social hubiera derrocado a los capitalistas, la autoridad de los cuales dirige hoy la producción y la circulación de la riqueza. Suponemos, para colocarnos completamente en el punto de vista de los antiautoritarios, que la tierra y los instrumentos de trabajo se hubieran convertido en propiedad colectiva de los obreros que los emplean. ¿Habría desaparecido la autoridad, o no habría hecho más que cambiar de forma?

Además, para mantener las máquinas en movimiento, se necesita un ingeniero que vigile la máquina de vapor, mecánicos para las reparaciones diarias y, además, muchos peones destinados a transportar los productos, etc. Todos estos obreros, hombres, mujeres y niños están obligados a empezar y acabar su trabajo en la hora señalada por la autoridad del vapor, que se burla de la autonomía individual.

El mecanismo automático de una gran fábrica es mucho más tiránico que lo han estado nunca los pequeños capitalistas que emplean obreros. En la puerta de las fábricas, podría escribirse: “¡Lasciate ogni autonomía, voi che entrate!” (¡Quién entre aquí, renuncie a toda autonomía!). Si el hombre, con la ciencia y el genio inventivo, somete a las fuerzas de la naturaleza, estas se vengan de él sometiéndolo, mientras las emplea, a un verdadero despotismo, independientemente de toda organización social” (27).

Había, pues, varias interpretaciones del legado de Marx y Engels, del mismo modo que los socialdemócratas alemanes se decían ser sus continuadores y herederos, puesto que cada grupo u organización hacía suyo un fragmento u otro de su enorme obra. Lenin hacía años había advertido sobre la lectura escolástica de Marx de la siguiente forma: “No consideramos, en absoluto, la teoría de Marx como algo acabado e intangible: estamos convencidos, por el contrario, que esta teoría no ha hecho sino colocar las piedras angulares de la ciencia que los socialistas tienen que impulsar en todas las direcciones, si es que no quieren quedar rezagados de la vida. Creemos que para los socialistas rusos es particularmente necesario impulsar independientemente la teoría de Marx, porque esta teoría da solo los principios directivos generales, que se aplican en particular en Inglaterra, de una manera diferente que en Francia; en Francia, de una manera diferente que en Alemania; en Alemania, de una manera diferente que en Rusia. Por lo mismo, con mucho gusto daremos cabida en nuestro periódico (Iskra) los artículos que traten de cuestiones teóricas e invitamos a todos los camaradas a tratar abiertamente los puntos en discusión” (28).

Hoy podríamos añadir unas nuevas consideraciones. Marx dedicó su vida a elaborar una crítica del capital, y también deslumbrado por los “adelantos científicos” del mismo que, hurgando en la historia anterior a la expansión capitalista, concluyó que la ciencia era apropiada por el capital. Esto tiene una raíz basada en el paso del feudalismo a la dominación burguesa, pero, hoy, estamos en una etapa histórica que ni Hobsbawm ni Lenin cuando escribieron sobre el imperialismo, podían imaginar. Pero ya a partir del último tercio del siglo XIX el desarrollo científico queda totalmente subordinado a los intereses de la reproducción del capital en todas sus ramas, pues en una sociedad dirigida por las grandes corporaciones, la financiación de los grandes laboratorios de investigación son una inversión del capital del cual solo esperan sacar un rendimiento; no es una financiación “desinteresada” de cualquier tipo de investigación.

Pensar la ciencia en abstracto y alejada de la estructura de poder del capitalismo, a partir de la concepción de la apropiación de esta, como si fuera ajena al sistema político imperante, por el capital, deja a la actividad científica fuera de la reflexión crítica. Mientras la mirada esté puesta solo en el tema de la propiedad privada o apropiación del conocimiento científico, o en la “forma” en que este se utilizado, se deja de lado la necesaria reflexión sobre la constitución y legitimación del conocimiento científico, los problemas respecto a la “verdad” científica y sus relaciones con las estructuras de poder.

Pienso que debe utilizarse el análisis basado en los principios de la dialéctica y ver de este modo las implicaciones de la actual financiación, investigación, conocimiento y aplicación científica con el modelo imperante del capitalismo corporativo internacional. Lo que en otras ocasiones he denominado Imperialismo S.A.

Conversión de la necesidad en virtud

En 1920, Alekséi Kapitonovich Gástev fue fundador y Director del Instituto Central del Trabajo (I.C.T.) en Moscú. El Instituto desarrolló métodos “científicos” de entrenamiento para trabajadores en operaciones mecánicas de la forma más eficiente, de acuerdo con los principios de Taylor y la psicología del alemán Hugo Münsterberg sobre la eficiencia industrial que estaba directamente relacionada con las propuestas del taylorismo pues su psicología intenta suprimir la voluntad y reducir con esto la conciencia a sensación, siendo uno de los motores de la transformación de la Psicología en una «ciencia general de la conducta”. A su lado también había la influencia de Charles Bedaux, Frank Gilbreth y Lillian Moller, ingenieros norteamericanos, estos dos últimos instalados en Rusia, técnicos en campos del estudio de movimientos y factores humanos y medición del trabajo.

Paralelamente fueron acogidas las propuestas del pedagogo norteamericano John Dewey, que sintetizó las Influencias de Hegel, James Y Darwin. Hegel influencia a Dewey sobre todo en la parte de los caracteres filosóficamente más importantes de su planteamiento de racionalidad absoluta, necesidad y certitud. James influenció a Dewey en el aspecto de analizar el significado de una idea en términos de consecuencias practicas y tomó de Darwin el modelo biológico de supervivencia del más apto. Sus ideas pedagógicas están íntimamente ligadas al pragmatismo y el instrumentalismo, pues según él “las ideas solo tienen un valor instrumental para la acción en la medida en qué ellas estén al servicio de la experiencia activa; de donde el valor de una idea radica en su éxito”.

Posteriormente, en 1956, Ivan Alexandrovich Kairov publicaba una obra que llevaba por título “Pedagogika” (29). Unos pocos fragmentos de su obra nos dan cierta dimensión de su pensamiento. En el primer capítulo de Pedagogika, Kairov afirma que «la educación es un fenómeno puro de la humanidad». Afirmación que hizo suya Lu-Tig-Yi en defensa del sistema educativo burgués en China: “La definición de educación es muy clara: transmitir conocimientos y asimilar conocimientos”.

Sigue Kairov en Pedagogika que: “Todo irá be si los alumnos pueden asimilar lo ya conocido, los conocimientos ‘existentes’ acumulados por los hombres a lo largo de los siglos, porque constituyen un tesoro científico sólido y seguro, una verdad absoluta e inmutable… Cada palabra, cada directriz del director se reviste del carácter de ley. Lo que es discutible o que incluso no está confirmado en el campo de la ciencia tiene que ser excluido de los cursos… La obtención de buenas calificaciones es el motor de la vida de los estudiantes y el estímulo para sus estudios”.

Para él la meta de la educación soviética era edificar una sociedad científica basada, decía, en el materialismo dialéctico. El mundo tenía que comprenderse según las leyes de la materia, y la interpretación del mismo corría a cargo del partido comunista. La filosofía de Kairov supone un estímulo a la precisión y el dominio de materias concretas (sistema Taylor). Todas las escuelas de la URSS tendrían que recalcar las materias fundamentales, además no se permitiría ninguna independencia local y se desalentaría cualquier tipo de experimentación pedagógica con métodos independientes. Presidente del Academia de Ciencias Pedagógiques de la URSS recalcaba que el maestro es la autoridad absoluta las ideas de la cual tienen que ser aceptadas por los discípulos.

Tan solo el brillante pensamiento de Vasili Alexandrovich Sujomlinski, después de la segunda guerra mundial, puso en práctica en la Escuela Secundaria de Pavlish una experiencia de pedagogía comunista próxima a la que había propuesto Krupskaia en su momento y que era una reivindicación del Komsomol. Algunos extractos de su “Pensamiento Pedagógico” nos pueden dar un acercamiento a la perspectiva comunista diferenciada de Kairov: “La crítica de la escuela parece haber conseguido su punto culminante en toda la redondez de la tierra. Injuriar contra la escuela es casi moda; «reorganizarla», casi hobby nacional de muchos países. Se vaticina con relativa seguridad la invasión de las máquinas enseñantes. Ahora bien, la escuela no es una fábrica; no son las instalacions ni la tecnología, sino las ideas los factores que la configuran” (30).

“La educación no tiene que consistir en la orden desde arriba y la subordinación agobiada desde bajo… tienes que decir lo que pienses de una persona, un hecho, un fenómeno, un suceso. Nunca trates de acertar lo que le gustaría a otro sentirte dir. Esto puede hacer de ti un hipócrita, un adulador, en fin de cuentas un tipo despreciable… Si se habla y se vuelve a hablar en la escuela sobre las buenas acciones y estas no se ven por ninguna parte, las fuerzas del personal pedagógico se consumirán a combatir las contravenciones” (31).

“Estoy profundamente convencido que el objetivo de la educación comunista es el hombre, mientras la colectivitat no es sino el medio para conseguir este fin” (32).

“Vuelvo a decir con dolor que la irreflexiva obstinación a aplicar literalmente todas las opiniones de Antón Makarenko, la obstinación a demostrar que es cierto todo el que dijo y que el que disienta es un hereje, causa un mal inmenso ante todo al propio sistema de Makarenko, por cuanto mengua el papel de cuánto en él hay de ciertamente valioso y permanente” (33).

“Embutiendo en el ninguno de los niños verdades que se dan por demostradas generalizaciones y conclusiones, a veces el maestro no los deja acercarse al manantial del pensamiento y la palabra viva. De un ser activo y vivaz, el niño a menudo se convierte en una memoria mecánica… Para no hacer del niño un embalse de conocimientos, un depósito de verdades, normas y fórmulas hay que enseñarle a pensar” (34).

“Muchos males y muchas dificultades de la vida escolar tienen sus raíces en la indigencia pedagógica del maestro, la cual se manifiesta en que este maestro proporciona los conocimientos, los transfiere de su cabeza a la cabeza del alumno sin saber el que sucede en esta” (35).

“La teoría vive, es decir se enriquece, se perfecciona, porque la vida pule en ella nuevas facetas y suprime lo viejo, lo caduco. Mientras la teoría vive en la experiencia refractándose en el trabajo creativo individual de miles y miles de pedagogos, esta teoría se desarrolla. Si los preceptos teóricos se conciben como una cosa eterna, inmutable, apta para todos los casos, se produce la esclerosis de la teoría. La teoría se transforma en dogma” (36).

Experiencia que acabó cuando murió, todo y dejando tres mil setecientas páginas escritas y siendo galardonado como héroe del trabajo socialista y miembro de la Academia de Ciencias Pedagógicas de la URSS, su legado no tuvo continuidad.

Podemos entrever que el concepto taylorista y el pragmatismo impregnaron todos y cada uno de los ámbitos sociales, educativos, económicos, culturales y políticos.

Por la misma época, Gramsci también reflexionó sobre el sistema Taylor y lo expresaba así: “Taylor expresa con cinismo brutal la finalidad de la sociedad norteamericana: desarrollar en el trabajador, en un grado máximo, las actitudes maquinales y automáticas, destruir el viejo nexo psicofísico del trabajo profesional cualificado que exigía cierta participación activa de la inteligencia, de la fantasía, de la iniciativa del trabajador, y reducir las operaciones productivas al mero aspecto físico, maquinal. Pero, en realidad, no se trata de novedades originales, sino solo de la fase más reciente de un largo proceso que ha empezado con el nacimiento del industrialismo mismo, fase que es, simplemente, más intensa que las anteriores, y que se manifiesta con formas más brutales, pero que será superada ella misma con la creación de un nuevo nexo psicofísico de tipo diferente del de los anteriores y, sin duda, superior a ellos” (37).

Al mismo tiempo que reflexionaba sobre el papel de la ciencia: “¿Es ‘objetivamente’  verdadero todo lo que afirma la ciencia? ¿De manera definitiva? Si las verdades científicas fueran definitivas, la ciencia dejaría de existir como tal, como investigación, como experimento nuevo, y la actividad científica se reduciría a una divulgación de lo ya descubierto. Lo cual, por suerte, no es verdad en la ciencia. Pero si tampoco las verdades científicas son definitivas y perentorias, entonces la ciencia misma es una categoría histórica, un movimiento en desarrollo continuo.

Poner la ciencia en la base de la vida, hacer de la ciencia la concepción del mundo por excelencia, la que disipa las nieblas de todas las ilusions ideológicas, la que pone al hombre ante la realidad tal como esta es, significa recaer en la idea que la filosofía de la práctica necesita bases filosóficas fuera de sí misma. Pero, en realidad, también la ciencia es una superestructura, una ideología. ¿Puede afirmarse, sin embargo, que en el estudio de las superestructuras la ciencia ocupa una posición privilegiada, por el hecho que su reacción sobre la estructura tiene un carácter particular, de mayor extensión y continuidad de desarrollo, especialmente a partir del siglo XVIII, desde que la ciencia ha conseguido una posición separada en la estimación general? Que la ciencia es una superestructura se prueba por el hecho (entre otros) que ha tenido periodos de eclipse, para quedar oscurecida por otra ideología dominante, la religión, que afirmaba haber absorbido la ciencia; por eso la ciencia y la técnica de los árabes parecia a los cristianos brujería pura. Además: la ciencia misma, a pesar de todos los esfuerzos de los científicos, no se presenta nunca como una desnuda noción objetiva; aparece siempre revestida por una ideología, y es concretamente ciencia la unión del hecho objetivo con una hipótesis o un sistema de hipótesis que superan el mero hecho objetivo.

La superstición científica lleva consigo ilusiones tan ridículas y concepciones tan infantiles que la misma superstición religiosa queda ennoblecida. El progreso científico ha dado nacimiento a la creencia en y a la espera de un nuevo Mesías que realizará en esta tierra el País de Jauja; las fuerzas de la naturaleza, sin ninguna intervención de la fatiga humana, sino por obra de mecanismos cada vez más perfeccionados, darán abundantemente a la sociedad todo el necesario para satisfacer sus necesidades y vivir cómodamente. Contra esta vanidad los peligros de la cual son evidentes (la supersticiosa fe abstracta en la capacidad taumatúrgica del hombre lleva paradójicamente a esterilizar las bases mismas de esta fuerza y a destruir todo amor al trabajo concreto y necesario, para dedicarse a fantasear, como si se hubiera fumado una nueva especie de opio), hay que poner en obra varios medios, el más importante de los cuales tendría que ser un conocimiento mejor de las nociones científicas esenciales, divulgando la ciencia por obra de científicos y estudiosos serios, y no por medio de periodistas omniscientes y presuntuosos. En realidad, como se espera demasiado de la ciencia, se la concibe como una especie de brujería superior, y por eso no se consigue valorar con realismo el que la ciencia ofrece concretamente” (38).

¿Es revolucionaria la concepción neutra de la ciencia?

“Si comparamos la ciencia soviética con la ciencia occidental, no en términos de discurso filosófico o de intencionalidad política, sino en términos de la práctica… podemos llegar a la conclusión que ha estado mucho más lo que han tenido en común que lo que los ha separado…. En los debates soviéticos de las últimas décadas han ido desapareciendo todas las referencias a las diferencias entre la ciencia de la sociedad capitalista y la ciencia de la sociedad socialista. Los debates soviéticos se limitan al terreno de la interpretación filosófica de los resultados de la ciencia. Hay varias concepciones filosóficas, pero una sola ciencia: la “ciencia moderna”, la “ciencia contemporánea”, una ciencia universal compatible con los modelos capitalistas y socialistas debido a que el paradigma general de las ciencias, sus objetivos definidos en términos globales, corresponden con los valores y mitos, con las finalidades sociales que comparten ambos sistemas y porque son igualmente similares la forma en la cual l ciencia y la tecnología “organizan” la vida y fundamentan el ejercicio del poder… No hay un replanteo sobre la naturaleza cultural e histórica particular del conocimiento científico, sobre los valores y objetivos que encuentran su realización por la vía del conocimiento científico y la posibilidad de que otras finalidades o valores humanos puedan encontrarse amenazados por el desarrollo científico. No hay dudas ni diferencias, respecto a los objetivos de la ciencia ni en relación al hecho que esta se considerada como máxima expresión del desarrollo de la especie humana, como única vía por medio de la cual es posible el acceso a la verdad” (39).

Llama la atención la similitud existente entre los textos del conductista Burrhus Frederic Skinner sobre la ingeniería social aplicada de forma rigurosamente científica, para modificar la conducta en la sociedad capitalista, y los textos editados por la Academia de Ciencias de la URSS que, por boca de I.Andréiev afirmaba que “la gestión científica es antes de que todo y más que nada, el poner la actividad subjetiva de los hombres en correspondencia con las exigencias de las leyes objetivas”. En los dos casos no se pretende aumentar la capacidad de razonamiento y autonomía de pensamiento de los miembros de la sociedad, sino aumentar su status alienado.

La pregunta de si es revolucionaria la concepción neutra de la ciencia viene a cuento de la actitud tomada por la mayoría de formaciones comunistas actuales que han abrazado sin ningún tipo de duda la “ciencia” capitalista ligada a la impuesta pandemia que ha trastocado la sociedad mundial, y que como he escrito en otras ocasiones ha dejado patente la subordinación ideológica del proletariado a los intereses del capital.

Paz Francés, José Loayssa y Ariel Petruccelli han escrito un interesante libro, “La respuesta autoritaria y la estrategia del miedo”, con una extensa cantidad de datos profundamente estudiados y contrastadas en el entorno de la pandemia. Libro que estaba previsto hacer una presentación del mismo a la Feria Literal, en teoría una feria de libros autodenominada “radical”, “transgresora”, “revolucionaria”, etc., pues prohibieron su presentación y coloquio previsto. De este libro vale recoger algunas de las consideraciones que realiza: “La pandemia transparentó procesos y situaciones preexistentes. En primer lugar que solo algunos sectores del gran capital poseen proyectos sociales a gran escala espacial y temporal, y recursos para llevarlos a cabo. El capitalismo digital está reorganizando la vida, la cultura y la economía. Sus agentes saben lo que quieren, conocen donde van y tienen capacidad para marcar la ruta y, ante situaciones imprevistas, adecuar la forma de actuación para conseguir sus hitos. Mal que nos pese, la izquierda política no dispone de la misma claridad de objetivos… de manera desigual y llena de contradicciones y excepciones, a largo plazo el teletrabajo y la cultura digital tienden a producir subjetividades individualistas y aisladas; pautas culturales fundamentalmente consumistas; tribus digitales cerradas en sí mismas; poderosos mecanismos por el control del trabajo y de la vida por parte de las corporaciones capitalistas.

Desde el momento en que las fuerzas de izquierda no supieron oponerse frontalmente a la estrategia sanitaria dominante, y asumieron el discurso de que estamos ante una epidemia equivalente a un cataclismo frente al cual se tienen que adoptar medidas extraordinarias a cualquier precio, la defensa de las libertades fundamentales ciudadanas cayó en picado. Peor todavía, se dejó esta defensa a manos de la derecha más reaccionaria… las fuerzas antisistema quedaron en una especie de limbo… El hecho de que la izquierda radical haya sido presa del pánico, asumiendo la hipótesis de la eficacia y viabilidad de las medidas de excepción, es un indicio de la carencia de autonomía e independencia de criterios.

En las grandes crisis, las vías más seguras suelen ser contraintuitivas. O mejor dicho, las grandes crisis ofrecen oportunidades de transformación social radical, a condición de que las fuerzas revolucionarias adopten políticas independientes y en general “arriesgadas” según dicen los que quieren conservar el estado de cosas preexistentes. Al cabo de más de un año no se ha conseguido instalar en el debate público de la inmensa mayoría de países (ni siquiera en aquellos gobernados supuestamente por fuerzas progresistas)” (40).

A lo largo de estas reflexiones, podemos intuir que la raíz del problema recae en la negación de realizar un análisis materialista y sacar unas conclusiones a la luz de lo que ha sido la evolución de las sociedades que en un momento dieron un paso importante con intención de modificar y trastocar la sociedad capitalista, pero también hemos podido comprobar como poco a poco, no avanzaron, sino retrocedieron en la historia hasta coincidir nuevamente con los postulados del liberalismo tanto en su base económica, como cultural.

Hace falta pues, profundizar la raíz del legado de Marx, Engels y otros revolucionarios desde una visión de totalidad, pues de lo contrario nos encontraremos en un callejón sin salida para analizar la realidad actual, tanto a nivel concreto de nuestro entorno, como más allá en los análisis internacionales. Pienso que más que nunca son ilustrativas las palabras de Polibio que fue uno de los primeros historiadores, entre el 203 y 120 a.n.e., que excluyó la acción divina entre las causas materiales y sus consecuencias: “Porque en general, los que están realmente convencidos de que por medio de las historias monográficas tienen una cuidadosa visión del conjunto creo que se les pasa una cosa parecida a quienes una vez han visto esparcidos los miembros de un cuerpo antes lleno de vida y belleza, juzgan al fin y al cabo que han estado testigos oculares suficientes de su vigor, vida y belleza. Pero si alguien volviera a componer de repente el cuerpo vivo y pudiera devolverle su integridad, con la forma y el bienestar de su espíritu y, una vez hecho esto, mostrara de nuevo el cuerpo a aquellos mismos que lo vieron hecho a pedazos, estoy seguro que todos confesarían que se habían quedado muy lejos de la verdad, tanto como los que ven visiones mientras sueñan. Es cierto que las partes pueden ofrecer cierta idea del todo, pero es imposible que de ellas se llegue a obtener un conocimiento completo y un juicio exacto” (41).

O, como afirmaba el filósofo humanista y vicepresidente de Cuba entre 1913 y 1917 y avalador de la Federación Estudiantil Universitaria fundada por Julio Antonio Mella: “Saber dudar… Nada más contrario al ejercicio normal de nuestras actividades mentales; nos entusiasma lo categórico y nada nos enamora tanto como un dogma” (42).

No se trata de renegar del pasado como han hecho y hacen los oportunistas, ni de quedar anclado en el siglo XIX o XX como hacen la mayoría de organizaciones que se autodenominan comunistas, se trata de recuperar la memoria de lo que fue, de lo que podía haber sido y de lp que no fue, para poder hacer nuestros los aciertos, rechazar los errores y avanzar en teoría y praxis, hacia el comunismo.

Para esta tarea, hace falta en primer lugar disponer de un proyecto, un proyecto que tiene que velar para que se lo hagan suyo las personas decididas a ser militantes comunistas que piensen con cabeza propia, que sean capaces de establecer una organización de acuerdo con el proyecto y no subordinar el proyecto a la organización.

Proyecto que, al hacer un serio análisis de nuestra historia reciente, tenemos que sacar conclusiones para establecer prioridades en la lucha cotidiana; proyecto que tiene que cuestionar hasta el tuétano la red política, educativa, cultural, económica y científica del capital y de sus lugartenientes. Para hacer patente este cuestionamiento , hace falta, como escribe Lenin en Materialismo y Empiriocriticisme, haciendo mención a la novela de Turguénev, Tierras Vírgenes, “Wer den “Feind will verstehen, mus im Feindes Lande gehen” (Quien quiera conocer su enemigo, que vaya al campo enemigo). Hace falta, pues, conocer, estudiar, analizar contenidos y formas del capitalismo corporativo de los siglo XXI, -el Imperialismo S.A.-, entre ellas el modelo llamado científico, e intentar dar respuestas desde una perspectiva de clase a todo el entramado.

Esta tendría que constituir una tarea urgente ante la imposición “manu militari” de la declaración de pandemia mundial y los intereses escondidos detrás, entre ellos el gran cambio de patrón tecnológico que intenta revertir la tendencia decreciente de la tasa de ganancia.

Hurgar en sus mentiras y romper los miles de hilos invisibles, llamados “neutros” que subordinan el proletariado a los intereses del capital.

No es tarea fácil enfrentar por un lado los intereses del capital y por otra intentar una tarea pedagógica hacia los diversos colores de los que se denominan anticapitalistas pero que han quedado atrapados en las diversas trampas de la diversidad, donde se diluye, cuando no desintegra la concepción de unidad de clase e internacionalista.

El proletariado existe, el comunismo tiene que ser el futuro. Recuperar el nudo teórico y la praxis en unas condiciones que no habían podido imaginar ni los revolucionarios del siglo XIX ni los del siglo XX. Esta es la apuesta, este es el reto.

(1) Carta a Carlos Quijano. 1965
(2) E. Lander. Verdad, ciencia y tecnología. 1990.
(3) K. Marx. Futuros resultados de la dominación británica en la India. 1853
(4) K. Marx. Bolívar y Ponte, Simón. 1858
(5) F. Engels. “Die Bewegungen von 1847”, publicado el 23 de enero de 1848 en la Deutsche Brüsseler Zeitung.
(6) F. Engels. La magnífica California. De la primera parte del artículo Der demokratische Pávslawismus, publicada el 15 de Febrero de 1849 en la Neue Rheinische Zeitung
(7) K.Marx. El oro californiano. 1850
(8) Teoría general del derecho y del marxismo. 1924
(9) E. Olin Wrigt. Clases. pg. 316. Siglo XXI. 1994
(10) G. Therborn. Como domina la clase dominante: Aparatos del Estado en el feudalismo, capitalismo y socialismo. Pàg. 209. Siglo XXI. 1979
(11) El Estado y la revolución. 1917
(12) El Estado y la revolución. 1917
(13) Por ejemplo, en el famoso párrafo del ¿Qué Hacer?, en el cual escribe la tesis de la incorporación de la consciencia desde fuera a los trabajadores.
(14) Lenin. La catástrofe que nos amenaza y como combatirla.
(15) Lenin. Sistema “científico” de estrujar el sudor. Publicado en “Pravda”, núm. 60, 13 de Marzo de 1913
(16) Lenin. El taylorismo es la esclavización del hombre por la máquina. Publicado en “Put Pravdi”, núm. 35, el 13 de Marzo de 1914.
(17) Lenin. Las tareas inmediatas del poder soviético. Publicado el 28 de Abril de 1918 en el núm. 83 de “Pravda”
(18) Lenin. Una gran iniciativa
(19) Ermanski, J. Theorie und Praxi der Rationalisierung. Publicat per Wien – Berlin, Verlag für Literatur und Politik. 1928
(20) De Taylor a Stajanov, “La máquina devora al hombre. El hombre domina la máquina. Ed. Calomino. 1946)
(21) Let A Hundred Flowers Blossom. A undred schools of thought contend. LuDingyi-1964, pág. 15)
(22) https://marxists.architexturez.net/portugues/dicionario/verbetes/l/lu-ting-yi.htm
(23) K. Marx. El 18 brumario de Luis Bonaparte. Pág. 8. Escuela de Filosofía Universidad ARCIS).
(24) K. Marx: Carta a Lassalle del 22 de Julio de 1861
(25) Lenin. La cultura proletaria. Escrito el 8 de Octubre de 1920. Publicado por primera vez en 1926 en el núm. 3 de la revista Krásnaya
(26) Marx, 1843, “Crítica a la filosofía del derecho de Hegel”
(27) Federico Engels, “La autoridad”, diciembre de 1873 en Almanacco Repubblicano per l’anno 1874.
(28) V. I. Lenin, ”Marx, Engels, Marxismo”, escrito en la primera mitad de 1900. pg. 129
(29) https://www.anticariat-unu.ro/pedagogia-sub-redactia-lui-ia-kairov-l-v-zankov-1958-p191336
(30) S. Solovéichik. La paradoja de Sujomlinski. Prefacio. 1973
(31) V. A. Sujomlinski. El nacimiento del ciudadano. Molodaia gvardia. 1971
(32) V. A. Sujomlinski . El pedagogo, la colectividad, el individuo. Literatúrnaia Gazeta. 1970
(33) V. A. Sujomlinski . El pedagogo, la colectividad, el individuo. Literatúrnaia Gazeta. 1970
(34) V. A. Sujomlinski . Mi corazón es para los niños. Radiánskaia shkola. 1969
(35) V. A. Sujomlinski . Ensayos sobre la educación comunista. Naródnoe obrazovanie. 1967
(36) V. A. Sujomlinski . El pedagogo, la colectividad, el individuo. Literatúrnaia Gazeta. 1970
(37) Gramsci. Cuadernos de la cárcel. Racionalización de la producción y del trabajo
(38) Gramsci. Cuadernos de la cárcel. La ciencia y las ideologías “científicas”
(39) Edgardo Lander. Contribución a la crítica del marxismo realmente existente. Pág. 187. Universidad Central de Venezuela. 1990
(40) (Paz Francés, José R.Loayssa, Ariel Petruccelli. Civid-19: la respuesta autoritaria y la estrategia del miedo. Pág. 406-411. Ed. Salmón. 2021
(41) Polybe. Histoire générale, http://remacle.org/bloodwolf/historiens/polybe/index.htm
(42) Enrique José Varona . Seis conferencIas. 1888

Sobre élites, elitismos y otras minorías dirigentes

A veces, parece que llamar a las cosas de siempre de otra manera cambia la esencia de esas cosas mismas. como si en la renovación fuera implícita la transformación del contenido, del significado. Es como cuando a los «grises» (policía armada con Franco) les cambiaron, ya en «democracia», la indumentaria, que pasó a ser marrón, y voilà, ya dejaron de repartir palos y hostias. Como diría el nominalismo medieval (Roscelino, Ockham), aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

De un tiempo a esta parte, y sobre todo entre intelectuales de izquierda, o que así se le figuran, se oye con frecuencia el término «élite», «élites», queriendo decir -pensamos-, pero orillando, el más tradicional «clase dirigente» o, por mejor decir, «dominante». No se trata de un eufemismo sino de vestir al santo remozándolo (me prohibo decir «modernizándolo» porque no veo aviesa intención). Pero sucede que, en realidad, el término es más viejo que la pana. Veamos.

La teorías sobre las élites políticas surgen en Europa a finales del siglo XIX. Las reflexiones se dan, en un primer momento, desde una òptica antidemocrática. El elitismo tiene como trasfondo teórico una valoración negativa, cuando no despectiva, del papel de las masas: quienes han de defender el sistema político son las élites, la clase dirigente. En todos los grupos sociales hay una minoría que dirige, que se eleva sobre las demás, que sobresale. El poder no recae ni en uno ni en todos, sino siempre en una minoría: la élite. En contradicción con el marxismo, opone la primacía de lo político sobre lo económico y lo social. Su éxito y su poder radica en que es una minoría organizada en contraposición con una mayoría desorganizada. Para la teoría de las élites la verdadera lucha por el poder se da dentro de la clase gobernante -y no a través de la lucha de clases-. Es la «circulación de las élites» -concepto acuñado por su principal teórico, Pareto– la sustancia real de la Historia. Concibe que las aristocracias no son eternas, caducan, motivo por el cual «la historia es un cementerio de aristocracias». Para perdurar necesitan organizarse con refuerzos provenientes de las clases «inferiores», con sus mejores elementos. La lucha y la circulación de las élites es la esencia de la Historia. En esta concepción burguesa y fascista (Mussolini llamaba a Pareto «el padre del fascismo»), en toda sociedad organizada siempre ha existido una clase gobernante poco numerosa que se mantiene en el poder en parte por la fuerza y en parte por el consentimiento de los gobernados que son muchos más. Saben que la movilidad social es el mejor antídoto contra las revoluciones.

Según Pareto, la élite logrará sus fines más eficazmente mientras más ignorantes permanezcan las masas. Parte de la premisa de que la verdadera lucha por el poder no se realiza entre las masas y los líderes, sino entre los líderes existentes y los líderes nuevos desafiantes y en ascenso (¿les suena de algo?). La constante en la Historia, para Pareto (1848-1923) es la aristocracia como clase gobernante, la de los mejores, diría Platón, o la oligarquía, como pregonaba el estasiólogo Gonzalo Fernández de la Mora. Inspirado, quizá, en Maquiavelo, Gaetano Mosca (1858-1941) esboza en 1884 su teoría de la «clase política». Basándose en Saint-Simon, dirá que un sistema descansa en dos clases con una minoría dominante y una mayoría dirigida. Toda agrupación humana -dirá- requiere jerarquía, y esto exige que unos manden y otros obedezcan. Mosca nunca creyó en la efectividad del
sufragio universal por considerar que se funda en la falsa creencia de que los electores eligen a sus representantes, cuando la verdad es que el representante se hace elegir por ellos (piénsese en las «listas cerradas» de hoy y habrá que convenir con él). En la conformación de la clase política Mosca destaca dos modalidades: la forma de «casta» y la forma de «camarilla». En la primera estarían las castas hereditarias y/o nepotistas, y en la segunda, grupos más o menos cerrados que se disputan los puestos más prominentes del Estado. La conclusión es que no puede haber organización humana sin jerarquía, y cualquier jerarquía exige necesariamente que unos manden y otros obedezcan, unos gobiernen y otros, la mayoría, sean gobernados.

Por último, en 1911, Robert Michels (1876-1936), discípulo de Mosca, daba a conocer su ley de hierro de la oligarquía, que es supuestamente, según él, en lo que desemboca la democracia. La organización del Estado necesita una burocracia numerosa y compleja. En ella se apoyan las clases políticas dominantes para asegurar su dominio y retener en sus manos el timón del Estado. Se esforzará siempre por controlarlo -el poder- y sustraerse al control de las masas. De este modo, los líderes se emancipan de las masas y se hacen independientes de su control. Todo ello facilitado por lo que Michels entiende como «apatía de las masas» en que, figuradamente, las masas necesitan del liderazgo y se sienten contentas de que otros se ocupen de sus asuntos. Las considera apáticas por lo que forzosamente requieren un guía. O, mejor, «expertos», funcionarios, profesionales para el buen funcionamiento de la organización, «técnicos», diría Fernández de la Mora (tecnocracia). De este modo, «pueden triunfar los socialistas, pero no el socialismo». Y es que, como diría Max Weber, «el político es alguien que vive de la política». Y el partido político sería transformado en una «empresa» (o agencia de colocación. añadimos nosotros).

Ortega y Gasset es uno de los grandes representantes de la teoría aristocrática de la sociedad en España: «una sociedad sin aristocracia, sin una minoría egregia, no es una sociedad». La aristofobia sería «una enfermedad». No identifica Ortega al aristócrata con la imagen vulgar, pero muy real, de un vago y un vividor, sino con un disciplinado gentleman que se esfuerza y se entrena, como un «sportman», para entrar en la élite de los mejores: una decisión ética, dirá Ortega.

Creemos que es desacertado e inapropiado emplear «élite» cuando se quiere decir «clase dirigente». El concepto «élite» quedaría más acorde con el deporte, con el sentido deportivo que le daba Ortega y Gasset a la palabra.

Una ocupación militar rodeada por un cuento hadas: 20 años en la historia de Afganistán

Afganistán acabará siendo una leyenda, como Jauja, que fue una de las primeras ciudades fundadas por los colonizadores españoles en el actual Perú y acabó como sinónimo de prosperidad y abundancia. Pero no es seguro que los colonizados crean que por su calles corren ríos de leche y miel, como escribió el dramaturgo Lope de Rueda. Más bien al contrario.

El mundo moderno vive de las fantasías que alimentan los medios. Hasta Brzezinski admitió ante el Senado de Estados Unidos que la “guerra contra el terror” posterior a los atentados del 11-S era “una narrativa histórica mítica”. En tiempos de Nixon la “guerra contra las drogas” promocionó las drogas más que nunca; en los de Bush, la “guerra contra el terrorismo” ha llevado el “terrorismo” por todos los rincones.

La leyenda dice que en Afganistán todos los imperios han sido derrotados, en especial el soviético. Lo cierto es que las tropas del Ejército Rojo donde retrocedieron fue en Moscú, a causa de los manejos internos que se produjeron en el Kremlin durante la perestroika. Cuado abandonaron Afganistán, el “gobierno prosoviético” de Kabul se mantuvo por sus propias fuerzas durante varios años.

También dice la leyenda que, además de los talibanes, el Ejército Rojo se topó en el valle de Panshir con las fuerzas de Ahmed Massud, la Alianza del norte, a las que no pudo derrotar, como dice la Wikipedia. Lo cierto es que los soviéticos tampoco lo intentaron. Se limitaron a una serie de incursiones cortas, unas nueve, durante el primer periodo de su estancia en el país asiático.

Tras las incursiones, el KGB llegó a un acuerdo de alto el fuego con Massud. El ejército soviético cesaba sus ataques en Panshir y las tropas de Massud no volverían a impedir el tráfico militar a través del túnel de Salang, que conecta Kabul con el distrito militar del sur del Uzbekistán soviético, desde donde se dirigía la operación afgana.

El acuerdo se mantuvo hasta la retirada soviética de 1989, que se llevó a cabo a través del túnel de Salang precisamente, un auténtico embudo.

La Alianza del Norte era una plataforma muy frágil de grupos enfrentados. Varios países, como Irán y Rusia, la apoyaron y sin ellos se habría derrumbado. Fue perdiendo territorio a manos de los talibanes y, de no ser por la intervención de Estados Unidos tras el 11-S, los talibanes habrían acabado con ella muy rápidamente.

Massud: un león en el valle de los leones

En persa la palabra “panshir” significa “cinco leones” y Massud fue otro “león”, el último y más venerado de ellos. El Wall Street Journal lo calificó como “el afgano que ganó la guerra fría”. En Europa le adoraban más que en Panshir. En abril de 2001 fue invitado al Parlamento de Estrasburgo por iniciativa de su presidenta francesa, Nicole Fontaine. Los parlamentarios franceses le nominaron al Premio Nobel de la Paz. En septiembre de 2003, el correo oficial francés emitió un sello postal con su efigie, en conmemoración del segundo aniversario de su muerte. En marzo de este mismo año la alcaldesa de París concedía su nombre a una calle.

El Presidente Hamid Karzai le declaró “héroe nacional”.​ En 2012 el Parlamento afgano declaró como Día de los Mártires el 9 de septiembre, aniversario de su muerte.

Afganistán es así: los portavoces del imperialismo quieren mucho a unos y a otros los desprecian profundamente. El pretexto es que unos (talibanes) son islamistas y otros (Alianza del Norte) no. Lo cierto es que Massud inició su carrera política en los años setenta del siglo pasado dentro de un partido que se llamaba Sociedad Islámica (Jamiat-e Islami). El nombre oficial de la Alianza del Norte era “Frente Islámico Unido por la Salvación de Afganistán”. Si estuviéramos hablando de Siria, diríamos que Massud era un “yihadista moderado”.

Junto con otros señores de la guerra, el 24 de abril de 1992 Massud firmó el Acuerdo de Peshawar para establecer el Estado Islámico de Afganistán que debía suceder al “gobierno prosoviético” de Kabul. El islamismo de Massud y de su partido nunca fue un obstáculo para obtener el reconocimiento oficial de la Asamblea General de la ONU. Al “León de Panshir” le nombraron ministro de Defensa del nuevo gobierno.

Cuando en 1996 los talibanes le echaron de Kabul, Massud volvió al embudo de Panshir, que transformó en un estudio de televisión, hasta que dos falsos periodistas le mataron en un atentado suicida. Sólo faltaban dos días para el 11-S.

La leyenda cuenta que ambas acciones fueron obra de Al-Qaeda que, a su vez, vinculan a los talibanes en una especie de revoltijo característico de la nebulosa yihadista. La versión oficial es: Estados Unidos invade Afganistán porque el gobierno talibán daba refugio a Bin Laden y Al-Qaeda.

Esa versión oficial se contradice con otra, igualmente oficial: a Bin Laden no lo mataron en Afganistán sino en Pakistán. ¿Por que no invadieron Pakistán? O mejor todavía: ¿por qué invadieron los dos países?

Después de 20 años ya nadie cree la leyenda oficial del 11-S, aunque hay distintos grados de escepticismo: los que se creen muy poco y los que no se creen nada. El asesinato de Massud corre la misma suerte y, hasta la fecha, las únicas pistas conducen a… Bruselas, donde se celebró un primer juicio en 2003, seguido de otro en… París en 2005.

Maaroufi: un terrorista que concede entrevistas a los medios europeos

Aunque muchos se imaginan que estas cosas ocurren muy lejos, que son ajenas, los tentáculos llegaban hasta aquí. Massud había recorrido Europa en olor de multitudes y sus asesinos también. Los autores materiales eran dos belgas de origen tunecino. Carne de cañón. En el juicio celebrado en Bruselas condenaron por la muerte de Massud a otro belga de origen tunecino, Tarek Maaroufi, considerado como el inspirador del atentado.

Maaroufi era un yihadista muy conocido, no sólo porque en 1995 ya le habían condenado por tráfico de armas sino porque era frecuente verle hablar en la televisión. Incluso un periódico como El Mundo le entrevistó en 2016. Hay ciertos “terroristas” a los que los medios no hacen ascos en publicitar. Son capaces de llevar a las primeras planas de los informativos tanto al asesino (Maaroufi) como a su víctima (Massud).

En los viejos tiempos, o sea, antes de la loada Primavera Árabe, a Maroufi el gobierno de Túnez le perseguía por ser uno de los dirigentes yihadistas que preparaba los atentados en el norte de África, incluidos los del GIA argelino, que en los noventa estaba en su apogeo. La policía italiana le consideraba como cabecilla del GSPC, los salafistas que cometían las masacres por Europa.

En 2003 a Maaroufi le volvieron a condenar en Bruselas por segunda vez a seis años de cárcel y le privaron de la nacionalidad. En 2011 la Primavera Árabe llegó en su ayuda. En Túnez cayó una horrible “dictadura” y llegó la “democracia”, que liberó a ciertos “presos políticos” que, como Maarufi, habían luchado por ella (tanto en Túnez como en Europa).

Las leyendas son culebrones como estos, que empiezan en un remoto embudo del norte de Afganistán y terminan en Bruselas, sede de a Unión Europea y de la OTAN. ¿Será todo pura coincidencia?

El homófobo y fascista Carlos Marx

Ha aparecido en la revista jurídica Confilegal un artículo del periodista Carlos Berbell sobre «el marxismo», que acude al últimamente manido argumento del «totalitarismo» de las ideas comunistas y donde la obra de Marx se tiende a equiparar con el fascismo. El artículo es un extracto del libro de la estadounidense Lynn Hunt, historiadora y autora de «La invención de los derechos humanos». Leer más

El curiosísimo y decimonónico caso de la señora Kingsford

Aunque los menos, algunos activistas por los derechos animales han llegado a la agresión física de sus oponentes: por ejemplo, fueron objetivos diana los partidarios del uso de animales en experimentación (eso que aún se sigue denominando “vivisección”).

Médicos, farmacéuticos y hasta simples teóricos recibieron en sus buzones cartas amenazantes, e incluso descubrieron horrorizados bajo su automóvil paquetes, que dejaron de ser sospechosos para pasar a ser oficialmente bombas caseras. Los militantes más corajudos se la jugaron, pagaron por ello con la cárcel, y hasta alguno con la propia vida tras varias huelgas de hambre. A buen seguro que cualquiera de ellos daría gustoso sus dedos meñiques por conocer la fórmula secreta de la señora Kingsford, quien se llevó por delante con total impunidad a más de un afamado vivisector. O eso tienden a creer las mentes más fantasiosas.

Ya desde niña, la entonces Annie Bonus aprovechó la condescendencia de su padre, un próspero comerciante inglés, y comenzó a leer… ¡y a escribir! ―mediado el siglo XIX y con vagina de serie, sendas proezas―. La chica era más bien rarita, mas no por las aficiones relatadas, sino por la obsesión que acabó condicionando su vida. Dada al ocultismo, y por zanjar cuanto antes algo tan inevitable en la época como el matrimonio, contrajo nupcias con un clérigo (familiar cercano, por más señas), de quien tomó su definitivo apellido. La pareja consensuó desde el primer momento la absoluta independencia de cada cual, a tal punto que Anna se trasladó a París con la doble intención de estudiar Medicina y continuar con sus investigaciones esotéricas. No gozó de especial simpatía entre la comunidad universitaria, fuera por su convencido vegetarianismo, fuera por sus ideas en general radicales, o quizá debido a su férrea condena de la vivisección. Y sí: para la buena de Anna resultaba del todo compatible estudiar una ciencia empírica y comunicarse con genios y espíritus.

La señora Kingsford sentía verdadero odio hacia las prácticas que sus compañeros de estudios realizaban con toda suerte de animales, y solía retar a los profesores a que experimentaran con ella misma si tenían valor. Le eran insoportables los aullidos desesperados de las víctimas, y sobre ello escribió: “He hallado mi Infierno en esta Facultad; un Infierno más real y terrible que cualquiera que pueda encontrar en otra parte”. En cierta ocasión llegó a espetarle un contundente ¡Asesino! al mismísimo Claude Bernard ―entonces profesor suyo― en plena clase, cuando este explicaba cómo cocinó vivos a unos pobres animales para estudiar la cuestión del calor corporal. Con toda su rabia anheló que el profesor muriese esa misma tarde. Si bien no satisfizo su deseo al completo, apenas tuvo que esperar seis semanas, pues al poco del incidente en el aula Bernard cayó enfermo, y falleció mes y medio después sin diagnóstico médico.

Anna asumió con relativa naturalidad que había sido ella la inductora de la muerte del profesor Bernard, y se prometió en la intimidad de su dormitorio que a partir de entonces, en calidad de “ángel exterminador”, dedicaría parte de su energía a acabar con todo vivisector que se cruzara en su camino, convencida de que con ello no hacía sino impartir una especie de Justicia Divina para la que sin duda había sido elegida. Fijó su próximo objetivo en otro profesor: el Dr. Paul Bert. Tras graduarse con notable éxito, pasaría a la historia como la primera estudiante que objetaba a las horribles prácticas de vivisección. Pero ahora estaba centrada en su particular cruzada. Bert no tenía empacho alguno en dejar agonizando durante toda la noche a los animales objeto de sus experimentos, pavoroso escenario que hasta provocaba el insomnio en parte del barrio. El doctor expiró a finales de ese mismo año.

Si su primer “logro” la convenció de ciertos poderes sobrenaturales ―y hasta justicieros―, el segundo la animó aún más en su particular empresa. Metida en faena… ¿por qué no Louis Pasteur? Desdeñó la lenta y antropocéntrica mano de la Justicia, persuadida de que su método era mucho más eficiente, audaz y rápido. Pero la magia es ante todo caprichosa, y lo mismo te ofrece confianza que te da un disgusto de los gordos. Una tormenta, por ejemplo, al salir a hurtadillas del despacho de quien pretendía fuera su tercera víctima. De aquella incursión nocturna cogió una neumonía de las de hace siglo y cuarto, ninguna broma. Y de ahí a la neumonía y posterior tuberculosis, un paso. Mal asunto. Efectivamente, Anna murió en febrero de 1888. Según contaron quienes la acompañaron en el trance, la pobre pasó sus últimos meses atormentada por los gritos e imágenes de los animales en las mesas de prácticas.

Pasteur le sobrevivió siete años largos, con lo que quedaría en parte desmontada la supuesta habilidad mental de la señora Kingsford. O no. Porque en la época en que la mujer ejercía con todo ahínco su odio hacia el científico, este cayó gravemente enfermo, recobrando la salud al poco de que Anna abandonase este valle de lágrimas.

En Cuba no hay democracia

Pues claro que no la hay, ni falta que hace, tal y como se la entiende en Occidente, en el «mundo libre», es decir, la democracia formal con Parlamentos, que son Charlamentos, elecciones entre guatemalas y guatepeores, separación de poderes que brilla por su ausencia, libertad de expresión que es irrisión y burla con artistas presos por decir simplemente las verdades del barquero, etc., etc. No, esta clase de «democracia» no la busquen en Cuba ni vamos a comparar la democracia participativa de la isla con la democracia representativa occidental donde cada vez más impera un alto índice de abstención. En Cuba, por no haber, no hay ni libertad de corromper ni ser corrompido, que es un índice básico para homologar una democracia que se precie. Allá no hay escándalos financieros gordos porque no hay libertad. Es por todo esto que en Cuba lo que hay es una dictadura, de izquierdas, pero dictadura, ¿o pensaban que las dictaduras sólo pueden ser de derechas?

Estos últimos días hemos asistido a patéticas escenas inquisitoriales donde el facherío le pedía a un amerengado presidente socialdemócrata (vamos a usar este lenguaje políticamente correcto y formal) que dijera que Cuba es una dictadura. Un acto solipsista y performativo en que una sola palabra bastará para configurar la realidad. Cuba es una dictadura porque lo ha dicho el presidente, palabra de presidente, te alabamos, señor. Pero no lo dijo, lo que dijo es que Cuba no es una democracia, por supuesto entendida a la usamericana manera, no como la entendemos los comunistas, demócratas y antifascistas en general.

Entre decir que Cuba es una dictadura o que allá no hay democracia no hay apenas diferencia y sí un nexo común en proclamar la necesidad de «democratizar» la isla, del mismo modo, fíjense, que los Reyes Católicos pretendían cristianizar América una vez «descubierta», que no invadida ni explotada. Previamente se tuvo la delicadeza de discutir si el indio aborígen tenía o no alma, y si la tenía, pues se le crismaba a hisopazo limpio. Tuvo que ser la «intelligentsia» de la época en forma de monjes de convento (P.Vitoria) quienes justificaran la conquista mediante el derecho… de comercio, de libre comercio, pretextando ideológicamente la evangelización de la indiada. Ayer, cristianizando; hoy democratizando. Siempre interviniendo.

Recuerda mucho esto los tiempos no tan lejanos -parece que fue ayer, ¿no es cierto?- en que para obtener la pátina y el lábel de «demócrata» había que condenar el «terrorismo». Ya no se trataría de la libertad de expresión sino del derecho al silencio (o guardar silencio, como se contempla judicialmente) que, en caso de hacerlo, esto es, callar, te convertía meridianamente en «filoterrorista». Como en la época feudal con la distinción por razones de sangre entre «cristiano viejo» y «cristiano nuevo» (judíos, moros), o la penúltima discriminación entre quienes tienen el pasaporte sanitario o verde y quienes no, entre los que se vacunan y los que no.

No, Cuba no es una democracia al uso. Pero lo que no es, desde luego, es una seudodemocracia de tres centavos. Por algo se hizo una Revolución.

‘Bienaventurados los mansos porque ellos heredarán la tierra’

Según los mansos, el gobierno del PSOE y Podemos hizo lo correcto al imponer el estado de alarma porque fue una medida necesaria -imprescindible incluso- para frenar la pandemia. Hizo lo que tenía hacer. Cumplió con su deber.

Es más, la ilegalidad del estado de alarma no desmerece sino todo lo contrario: es un añadido al coraje del gobierno para hacer frente al virus. De no cometer esa ilegalidad habrían muerto muchas más personas, casi medio millón más, según la ministra de Justicia.

El gobierno del PSOE también hizo lo correcto cuando en 1983 puso en marcha el terrorismo de Estado. Es verdad que asesinar a 30 personas es ilegal, pero había que hacerlo y se hizo, con coraje y determinación.

No obstante, muchas personas, sobre todo los juristas, tienen prejuicios con este tipo de asuntos porque creen en el “Estado de Desecho” y que el gobierno siempre debe actuar dentro de la legalidad.

Están muy confundidos. Los que deben respetar la legalidad son los catalanes y los que son como ellos. Las leyes se promulgan para que las cumplan los demás, de lo contrario, si todos cumplen con la ley de la misma manera, incluso quienes las redactan, sería como la pescadilla que se muerde la cola.

Desde el 18 de julio de 1936 los fascistas españoles siempre han actuado así. Hacen lo que deben, aunque no les guste. Alguien debía acabar con la República, aunque fuera ilegal, y ellos acometieron la tarea porque era necesario hacerlo.

¿Algún insumiso sospecha que los gobiernos españoles hacen lo que les da la gana? Se equivocan. Cuando reducen los salarios y amplían la jornada de trabajo, no lo hacen para perjudicar a los obreros, sino porque no queda más remedio. Ese tipo de medidas están avaladas por los “expertos” del Banco de España, que publican sus informes todos los años puntualmente, que siempre son los mismos; sólo les cambian la fecha.

Los que no sabemos ni tenemos título no podemos interrogar sobre la historia, ni sobre la economía, ni sobre las opciones políticas. El mero hecho de preguntar es sembrar la duda. Es imposible que los “expertos” de Banco de España digan en uno de sus informes: “la única manera de salir de la crisis del capitalismo es la revolución socialista”.

Los “expertos” proponen medidas técnicas: dicen a los políticos lo que tienen que hacer y ellos, a su vez, nos transmiten esas recomendaciones para que las cumplamos mansamente, como recomiendan las Sagradas Escrituras, aunque siempre hay alguien que no sigue la palabra de dios al pie de la letra, hace preguntas y plantea alternativas más que dudosas.

Pero no hay que precuparse por ellos porque sólo son una minoría. Los demás hacemos lo que nos dicen, y si tenemos alguna duda nos callamos. El mundo, dice la Biblia, nos pertenece a los mansos; los insumisos irán al infierno que, como saben, está debajo, en un abismo del que no es posible salir. Las promociones, el estrellato, los focos están reservados para los que agachan la cabeza en señal de aceptación.

El mundo es habitable gracias a los mansos y sólo los mansos pueden vivir en este mundo. Cuando los mansos dejan de serlo, ocurren desgracias como en 1917. La historia deja ser apacible y ocurren demasidas cosas en muy poco tiempo.

Cuba se resiste a ser ‘libre’

Ya es una constante la periodización de los intentos contrarrevolucionarios por devolver a Cuba al «mundo libre» y sus excelencias. Cada cierto tiempo se fomentan, auspician y financian intentonas gusanas socolor de «revoluciones naranjas» con soporte en firmas de la «intelectualidad» más vendida y rastrera nativa y occidental. Dejan pasar un intervalo y vuelven, sin desmayo, a las andadas apoyados por la reacción internacional, léase europea y latinoamericana. Si a ello se añaden firmas de renombrados «izquierdistas», incluso que se llaman a sí mismos «marxistas», miel sobre hojuelas. Cuando un «intelectual liberal» denuncia la presunta falta de libertad de expresión en la isla, en realidad está preguntando hasta qué punto y límite se puede ser contrarrevolucionario y tocapelotas sin que se le falte a uno, por supuesto, al respeto, que sería atentar contra los «derechos humanos» (concepto hace tiempo manoseado nauseabundamente por la reacción internacional). Reclamándose, esto sí, y ante todo, «demócrata» de terciopelo, otrosí: contra las dictaduras, sobre todo de «izquierdas», como la cubana. Antes, en otro tiempo, era contra las dictaduras sin adjetivos y se daba por hecho que eran fascistas tipo Pinochet. La sociología norteamericana «descubrió» que también existían las «dictaduras de izquierdas», por ejemplo, la cubana, la de Fidel Castro. Había que admitir que, por lo menos, el gobierno de Castro era de izquierdas, comunista, totalitario, una satrapía (sin saber siquiera qué es una «satrapía» y menos un «sátrapa»). Ya tenemos, pues, metidos en el mismo saco, insaculados, dos clases de dictaduras: la fascista y la comunista. Y en medio, nuestros lindos e inmaculados intelectuales y artistas ergo: demócratas por definición y ex nihilo.

El modelo de democracia que se pide para Cuba es el occidental, o sea, lo que entraña lo formal: elecciones, un Parlamento, separación de poderes y para de contar. Sabemos lo que da de sí este sistema en la realidad de los países que vivimos, pero hay una libertad que está debajo de estas supuestas libertades formales que se exigen para Cuba (o Corea del Norte), y es la sacrosanta libertad no ya de propiedad, que se da por sagrada, sino la libertad de corrupción. Un país será verdaderamente libre cuando se pueda corromper y ser corrompido por quien pueda hacerlo. Y ese país será plenamente democrático si hay unos tribunales que condenen a los corruptos pillados en sus agios y chanchullos y, en el colmo de las libertades, sean condenados a penas de cárcel. Que eso es la quintaesencia de la democracia: que haya corrupción y se pague por ella. Y eso es lo que diferencia una oscura dictadura de una democracia transparente. No queremos ser irónicos, pero en una dictadura se tapaban las corruptelas, y en una democracia la «prensa libre» puede destaparlas para que el juez «independiente» proceda a limpiar los establos de Augías. No es cierto porque, bajo Franco, surgió el llamado «caso Matesa», un ajuste de cuentas político entre «familias» del régimen franquista (entre tecnócratas y opusdeístas), o Reace (con muertos) o Sofico, aunque es cierto que la mayoría de las corruptelas se tapaban… igual que se hace ahora pues hay cientos de casos que duermen en los cajones de las redacciones de periódicos que se sacan a la luz por razones políticas y no por afanes de limpieza democrática. Esto es como las vacunas: se sacan al mercado de prisa y corriendo, experimentalmente, sin probaturas previas, no por razones sanitarias, sino comerciales. Así pues, cuanto mayor sea el grado de corrupción, más alto será el gálibo de la democracia que el pueblo -como gustan decir en España con humor fúnebre- «se ha dado a sí mismo».

No diremos aquí, aunque nunca sobra, que las mentiras que se dicen de Cuba (o Venezuela) se calla de Colombia o Ecuador porque, primero, se da por supuesto que lo que se dice de Cuba es cierto, y segundo, porque se equipara y se pone al mismo nivel países de regímenes distintos e incomparables salvo en rubros específicos como el desarrollo de sus sociedades en materias sensibles para el pueblo como la educación, sanidad, etc. Son conceptos heterogéneos. Es locución popular oír decir, por ejemplo, «¡no vas a comparar (esto o Fulano) con… (lo otro o Mengano)!», queriéndose decir que son magnitudes incomparables. A Bolsonaro no se le puede comparar, políticamente, con Díaz-Canel, presidente cubano, sino con, por ejemplo, Pedro Sánchez, donde ambos países tienen un sistema capitalista y, por tanto, son cantidades homogéneas. En Cuba se sale de eso, son otros los parámetros. Resulta un tanto pueril, y hasta infantil, contestar, cuando se oye difamar sobre Cuba, «joer, pues mira lo que pasa en Brasil…» porque se mide con el mismo rasero. Y no, aunque supongo que es inevitable…

Productividad, violencia y maltrato hacia los improductivos

La carrera contrarreloj, en el proceso productivo, en las relaciones personales, en la difusión de cualquiera noticia, verdadera o falseada, en el deleite del consumo, en las calificaciones escolares… se considerada productiva, con independencia de su contenido. Un aumento de la productividad, dicen, nos hará más felices, más competitivos y tendremos más para elegir.

Esta carrera lleva aparejada una serie de comportamientos violentos, a veces una violencia escondida, otras a la luz del día, una carrera en la cual el premio al ganador consta de un reconocimiento social de marcado carácter darwinista: la supervivencia del más apto.

Cuando una persona no quiere correr, o no puede correr, queda estigmatizada como no productiva. En este segmento hay las personas llamadas “excluidas”: criaturas, ancianos y dependientes de servicios sociales. Todos ellos, claro, pertenecen en la clase obrera.

Una exclusión que no es solo del proceso productivo generador de plusvalía, sino del conjunto de asuntos sociales en los cuales no sirven de ejemplo para la reproducción de la carrera contrarreloj. Tan solo unos pocos elegidos, que ocupan las portadas de los medios de comunicación, son puestos como ejemplo de su salida de la lacra de la exclusión, emiten un mensaje que dice: “el sistema capitalista da oportunidades para todo el mundo, si no las aprovechas, eres un incapacitado”.

Esto lo podemos ver reflejado cuando nos muestran alguna persona autóctona de un núcleo familiar adicto a las drogas o delictivo, o inmigrada, originariamente sin papeles, que ha conseguido una titulación universitaria, un galardón cualquiera, que ha escrito un libro, que ha ganado una carrera, etc., es la excepción que confirma la regla, es un ejemplo de persona “productiva”. Nombramiento que no puede obtener la persona que se dedica a sacar la mierda de las casas, a cavar la tierra sin seguro, a recoger frutos en invernaderos o a trabajar bajo el sol o las heladas en la construcción de las obras públicas.

El poder, acompañado muchas veces por los que se dicen sus oponentes, ha sabido estructurar espacios diferentes para cada uno de estos colectivos: guarderías o aparcamientos de criaturas para los más pequeños, bancos de alimentos, albergues nocturnos y subsidios para los pobres de solemnidad, y geriátricos o aparcamientos de viejos para morir en soledad. Con solo que damos un vistazo a los llamamientos reivindicativos de la llamada izquierda veremos cómo hay una coincidencia entre estas reivindicaciones y la apuesta del capital.

¿Cómo es esto? Nada más y nada menos que la constatación de una afirmación que ya hizo Marx en su momento: que la ideología de la sociedad es la ideología de la clase dominante.

Cuando una persona, al cabo de los años, ya no dispone de la fuerza necesaria para ser productivo, es decir, cuando dicen que “es vieja”, se convierte en un peso que es antagónico al concepto moderno de productivismo. Entonces, con independencia de la tendencia política, tanto reaccionaria como progresista, se reclama la existencia de unos espacios donde poder aparcar esta gente “improductiva”. La única diferencia entre los que se consideran conservadores y los que se llaman progresistas radica en que unos plantean aparcamientos privados y los otros aparcamientos públicos. El hilo conductor común es que nadie quiere hacerse cargo personalmente de padres, madres, abuelos y abuelas, y quienes no tienen más remedio que hacerlo, lo hace a regañadientes.

“En nuestro ámbito sociocultural, los valores referidos al envejecimiento han sufrido una profunda transformación en pocos años. Tradicionalmente, en nuestra cultura mediterránea el anciano era una figura con un importante papel dentro de la dinámica familiar y social; representaba la memoria histórica y sus posibles limitaciones físicas eran suplidas por la experiencia y la sabiduría, que en una sociedad eminentemente agrícola eran elementos muy considerados para la supervivencia de los pueblos y el mantenimiento de la identidad cultural… La era de la industrialización y de la tecnología ha aportado unos vertiginosos cambios socioeconómicos que han contribuido a un cambio también de valores, entre ellos lo de la vejez. El papel actual del anciano o anciana está poco definido y con mínima relevancia. La revolución de los medios de comunicación que promueven el consumo como valor básico para el mantenimiento del sistema productivo actual, la exaltación de la juventud y la caducidad cultural desacreditan todo el que anteriormente representaban los ancianos, con una pérdida importante de significado social… La situación es de tal magnitud que el maltrato y el autoabandono están asociados directamente con el aumento de la mortalidad… Diferentes estudios sugieren que el abuso tiende a ser cometido por un miembro familiar próximo de la víctima. Quién abusa tiende a ser mujer, de mediana edad, con otra persona dependiente a su cargo, con un nivel bajo de autoestima y que se siente atrapada”… Aunque hace falta no olvidar que el mayor y quizás más impactante maltrato no es el físico sino el psicológico y el social. El desprecio por la vejez, el aislamiento, la soledad, la falta de estímulos, ya no solo afectivos sino también sensoriales, pueden ser igual o más nocivos que el maltrato físico evidente. La indiferencia puede ser el peor de los maltratos” (*).

Así como otras violencias llenan las páginas de los diarios, esta queda silenciada. Pero si algo ha hecho visible la llamada pandemia ha sido la constatación de la violencia hacia las personas ancianas, y no ha sido casual la gran mortalidad en los llamados geriátricos o entre personas mayores que vivían en soledad. Como no se ha podido esconder el exterminio de ancianos, se ha intentado esconder la existencia de esta violencia con excusas de todo tipo, entre ellas que si la carencia de personal en los geriátricos, que si estas instituciones están organizadas con ánimo de lucro, que si las gerencias han estado incompetentes, que si ha faltado asistencia sanitaria, etc.

Pero no ha sido estas las razones de fondos de la gran mortalidad, sin duda ha sido la violencia derivada de la concepción económico – productivista de la sociedad, concepción que impregna, consciente o inconscientemente, el conjunto del tejido social.

Las criaturas, desde su nacimiento, son consideradas como improductivas hasta que pueden incorporarse al sistema educativo obligatorio donde ya se considera que empiezan a ser productivas, es decir que se inician en el largo camino que tiene que conducir a la generación de plusvalía. El reclamo de plazas de aparcamiento para criaturas no es muy diferente del reclamo de geriátricos, se trata de lugares donde dejar estas pequeñas personas a despecho de sus necesidades vitales como pueden ser el vínculo materno tan necesario en los primeros años de vida. Y dejando claro que el vínculo materno no significa hacer de ama de casa y ocuparse de las tareas de mantenimiento del núcleo parental, esto puede hacerlo cualquier otra persona. Los mamíferos, y los humanos somos mamíferos, precisan de este vínculo en los primeros años de vida, a despecho de los portavoces de la teoría-trampa de la diversidad que con algunas de sus teorías legitiman la violencia hacia las criaturas.

Los grandes defensores de estos centros, tanto si los reclaman públicos como privados, no se han parado a escuchar los llantos de las criaturas cuando, a partir de los seis meses de vida las dejan en manos de personas extrañas. Y aquí empieza una violencia que durante la vida adulta se esconde detrás de un contrato de trabajo y en la vejez se agudiza.

Los millones, centenares de millones gastados para vestir estos aparcamientos de humanos no productivos, más valdría abonarlos a las personas próximas, consanguineas o no, que aseguraran un bienestar y atención tanto en los primeros años de vida como en los últimos, rodeados del necesario vínculo materno para los bebés; y un espaldarazo tanto físico como emocional rodeado de recuerdos para los abuelos y abuelas.

Esto no excluye la posible existencia de asilos u hospicios públicos para aquellas personas que no tienen ninguna vinculación parental o de amistad comprometida, pero tendría que ser la excepción. Pues nacer, crecer, vivir, envejecer y morir junto a personas próximas tendría que ser la normalidad deseada. Y para ello no hacen falta más aparcamientos para humanos “improductivos”, sino cambiar la inmoralidad derivada del concepto social y moral impuesto por el capital.

No habrá adelanto en el camino hacia otro tipo de sociedad, mientras las consignas reivindicativas sean un eco de los intereses de la clase dominante.

(*) A. Bover Bover, M.L. Moreno Sancho, S. Mota Magañay J.M. Taltavull Aparicio. El maltrato a los ancianos https://core.ac.uk/download/pdf/82175229.pdf

La (de)generación del pensamiento y acción revolucionaria

En la primera mitad del siglo XX la generación de pensamiento relacionado con otro tipo de sociedad, estaba vinculado a las organizaciones comunistas. A medida que se fue debilitando, por motivos diversos, entre ellos la paralización burocrática y la sumisión a las teorías del “mercado guiado” socialista y el espejo de la producción capitalista, en una supuesta “emulación” con el productivismo del capital y no tanto en un enfrentamiento con él, esta generación de pensamiento quedó por un corto espacio de tiempo a manos de pequeños núcleos de la socialdemocracia de izquierdas, que fue aniquilada en unas ocasiones o integrada plenamente en el sistema en otros, y como eje común la carencia de acción revolucionaria escondida bajo el manto de un discurso aparentemente radical totalmente distanciado de la práctica política, social, cultural, económica y militar, sin hacer caso de unas acertadas palabras de un revolucionario del siglo XIX: “Las armas y la organización, he aquí el elemento decisivo del progreso del proletariado, el medio serio de acabar con la miseria! Quién tiene el hierro, tiene el pan” (1).

Desde aquel momento, esta generación de pensamiento en los países del centro imperialista, quedó reducida a personas de diferentes lugares, muchos de ellos sin vinculación orgánica con ningún tipo de organización comunista o de la izquierda socialdemócrata. Pensamiento acertado algunas veces, errado otros, pues ha faltado el marco de debate organizativo colectivo necesario para que las propuestas generadoras de pensamiento socialista y comunista pudieran tener un espacio de confrontación de ideas y en función de ellas estructurar una síntesis de acuerdo con los grandes cambios sociales, culturales, económicos y políticos que se han ido produciendo a lo largo de los años.

No puede decirse que no existan formaciones políticas que se reclamen comunistas o de la izquierda socialdemócrata en los países del centro del sistema imperialista. Existen, pero por motivo de su poca o nula incidencia en el seno del nuevo proletariado, la carencia de comprensión o la aceptación de la compleja y diversa estructuración del proletariado en la actualidad, y a menudo por augurar la quiebra inminente del capitalismo, ha hecho derivar su discurso solamente a corto plazo, victimista y reivindicativo en lo material, con el pensamiento puesto a finales del siglo XIX o principios del siglo XX. Algunas formaciones que han querido romper con la memoria revolucionaria llamada ortodoxa, en un aparente revolucionarismo posmoderno, han caído en el engaño de las mil y una trampas de la diversidad, ideadas por el sistema capitalista para fragmentar la clase obrera y sus aliados en un conjunto de pequeños reductos a los cuales incluso el mismo capital magnifica, subvenciona y multiplica publicitariamente.

Tan solo han quedado, en los países de los centros imperialistas, pequeñas organizaciones que han intentado, y lo están intentando todavía, mantener firme la esperanza en un futuro comunista. Muchos miembros de dichas organizaciones, hace años que están encarcelados ante la indiferencia de los comunismos domesticados y otras organizaciones similares.

En los pocos países donde formalmente se reclaman continuadores de las luchas revolucionarias por el socialismo del siglo XX, la generación de pensamiento no anda precisamente en dirección de romper con el maldito legado ideológico, cultural, económico y social del capitalismo, sino en la dirección de hacer malabarismos para incorporar las tesis fundamentales de este legado por medio de un ejercicio posibilista al estilo del que en los años sesenta utilizó Deng Xiaoping: «No importa que el gato sea blanco o negro; mientras pueda cazar ratones, es un buen gato” (2).

Y, siguiendo este hilo, el pragmatismo fue supliendo el análisis basado en las aspiraciones del legado revolucionario, llevando como consecuencia la aceptación que la única manera de juzgar la “verdad” social, económica, científica o política consiste en considerar solo sus efectos prácticos a corto plazo, olvidando que el camino hacia el comunismo puede estar lleno de trabas. Camino que es una apuesta a medio o largo plazo que tiene que trastocar todo tipo de relaciones humanas, pero que día a día, lucha a lucha se deben modificar estas relaciones para llegar a la raíz de los problemas.

A pesar de que públicamente los comunistas han denunciado las teorías de Eduard Berstein, que repudiaba el socialismo como objetivo final del proletariado, y teorizaba que la tarea del movimiento obrero era la lucha por las reformas, la práctica política en los países de los centros imperialistas, el objetivo no ha sido otro que mejorar la situación económica de los trabajadores dentro del marco del capitalismo, utilizando la máxima bersteiniana: “El movimiento es lo todo; el objetivo final no es nada”. Lenin decía que nada mejor que esta máxima para expresar la naturaleza del revisionismo: “determinar el comportamiento de un caso u otro, adaptarse a los acontecimientos del día a día, olvidando los intereses vitales del proletariado, sacrificando estos por efímeras ventajas, reales o supuestas, no es otra cosa que la influencia burguesa dentro del movimiento obrero encarnada por la aristocracia obrera” (3).

Las formas de manifestar el enfrentamiento con el capital se han transformado en unos “happenigs democráticos” en la calle, unos llenos de canciones, silbidos, colorines y algunos originando ciertos disturbios. “Pero para los proletarios que se dejan divertir por paseos ridículos en las calles, por plantaciones de árboles de libertad, por frases sonoras de abogados, habrá agua bendita primero, injurias a continuación, finalmente la metralla, y, siempre la miseria” (4).

Dentro de los muchos olvidos históricos, uno vale la pena evocar, el Primer 1º de Mayo en Catalunya de 1890 en el cual se reivindicaba la jornada de ocho horas y el debate surgido entre las organizaciones obreras reformistas, dirigidas en su mayoría por miembros de las Tres Clases del Vapor y Círculo Socialista y los sectores revolucionarios. El periódico “La Publicidad” del día 28 de abril informaba de los acuerdos mayoritarios: “Somos partidarios de la manifestación, no de la huelga”. El día 30 de abril el periódico “El Productor” insertaba en su editorial otro punto de vista reivindicando la huelga indefinida hasta la consecución de las reivindicaciones: “La libertad no se ruega, se toma. Las mejoras no se obtienen implorando humildemente, se obtienen exigiéndolas. Por esto creemos que actúan mal los compañeros que para conseguir una importante mejora: la jornada de ocho horas, se limitan a convocar una manifestación y acudir a las autoridades para que sea atendida su petición. ¿Qué obtendrán nuestros compañeros con esta actitud? De lo que desean, nada, pero en cambio rebajarán su dignidad. Ya lo hemos dicho: la jornada de ocho horas no la conseguiremos con pacíficas manifestaciones y con inútiles y serviles peticiones, la obtendremos imponiéndola, y la imposición está en la huelga. Queremos la huelga, no la manifestación” (5).

“A partir del VI Congreso de la UGT de septiembre de 1899, se comenzó una reforma de los Estatutos en el sentido de delimitar los requisitos para considerar una huelga como reglamentaria”. Esto perfilaba una doctrina general de moderación sindical, reforzada por la necesaria prudencia que debía impregnar las peticiones a los patronos” Las huelgas debían ser por tanto sensatas y juiciosas” La huelga, en resumen, para los dirigentes de la UGT era un medio para lograr el fin limitado de la mejora económica, pero nunca la emancipación social y mucho menos la política a través de ella” (6).

El 5 de febrero de 1919, al cabo de veintinueve años del primer 1 de mayo, se inició en Barcelona la huelga contra la eléctrica Riegos y Fuerzas del Ebro, propiedad del banco Canadian Bank of Commerce of Toronto (La Canadiense). El 23 de febrero se unieron a la huelga los trabajadores de la compañía Energía Eléctrica de Cataluña, consiguiendo detener por completo la actividad de las compañías eléctricas y paralizar el 70% de la industria catalana. Esta huelga indefinida se prolongó durante 44 días. El Gobierno en el Decreto de 3 de abril de 1919 fijó la jornada máxima de ocho horas diarias, siendo España el segundo país del mundo, después de la Unión Soviética, en establecer por ley la jornada laboral de ocho horas.

Quedaba patente la aseveración realizada en el editorial de “El Productor” de 1890 aludido anteriormente.

Al cabo de más de cien años ni siquiera se ha utilizado dicho mecanismo con toda su intensidad: La huelga indefinida hasta la consecución de los objetivos. Con la excepción de unos pocos centros de trabajo o a nivel comarcal.

Esta, se ha utilizado simbólicamente con un día de duración y utilizada más para justificar la existencia subvencionada de las grandes centrales sindicales, o como protesta puntual ante algún acontecimiento, que no como una amenaza al sistema en su totalidad. Una huelga general de larga duración contra el sistema tiene que ser fruto de una preparación y organización que pueda prever las necesidades de los huelguistas en materia económica, alimentaria, de transporte… de resistencia, en definitiva. No se trata de un día de fiesta, se trata de un enfrentamiento que llevará confrontación con los mecanismos y aparatos represivos del Estado y la represión laboral de los patrones.

Tan solo en la periferia del sistema, los enfrentamientos tienen otro cariz, aunque no tengan como objetivo fundamental y estratégico la transformación social, sino la mejora de las condiciones de supervivencia, el acceso a la tierra o al agua y la resistencia a las multinacionales ya sean agrarias o extractivas.

Los enfrentamientos

En algunos casos las organizaciones apoyadas por estructuras militares, tienen como objetivo, al menos teóricamente, el socialismo, en otros una indefinición basada en la mejora de las condiciones de existencia o la propia supervivencia (ELN y Farc segunda Marquetalia en Colombia; PCP sendero luminoso en Perú; Ejército del pueblo de Paraguay; Partido comunista marxista leninista de Turquía; Nuevo ejército del pueblo en Filipinas, Partido comunista de la India M).

La mayoría de movimientos político-militares existentes tienen como objetivo la liberación nacional o la independencia (EPB Macheteros en Puerto Rico; Frente de liberación nacional en Córcega; Ejército republicano irlandés auténtico en Irlanda del norte; Partido de los trabajadores del Kurdistán; el Movimiento Papúa libre en Indonesia, Jaish-e-mohammed en Cachemira, Frente nacional de la revolución Pattani en Tailandia; Frentes de liberación Tigray, Ogaden y Oromo en Etiopía).

A su lado algunas organizaciones político – militares de cariz marcadamente anticomunista o pro imperialista en Asia y América latina.

Ahora, muy entrado el siglo XXI, hay carencia de un pensamiento de alcance universal, en la perspectiva de un nuevo tipo de sociedad similar a la que intentaron elaborar los teóricos al servicio de la clase obrera en el siglo XIX, pero que hay que actualizar con la mirada puesta más allá de Europa, en la nueva concepción del proletariado de servicios del mundo imperialista (la fábrica difusa) y en el proletariado industrial y agrario de la periferia del sistema.

No es una tarea fácil, dadas las grandes diferencias existentes entre estos dos mundos. Es muy difícil elaborar propuestas cuando el estómago está vacío, y cuando está lleno, no solo el estómago sino el bolsillo, aunque esté hipotecada por créditos, también se hace difícil elaborar cualquier teoría que tenga la mirada puesta más allá del círculo de afortunados. O en el mejor de los casos optar por actividades filantrópicas en forma de ong,s hacia grupos minoritarios en competencia laica con las instituciones eclesiásticas o fundaciones multinacionales.

¿Cómo hacer coincidir organizativamente el nuevo proletariado europeo de las fábricas sin humo con el proletariado industrial y agrario de la periferia? No es nada fácil, dadas las cosmovisiones muy diferentes e incluso antagónicas, donde tenemos una muestra de contradicción en aquello tanto sencillo como es disponer de un pasaporte que permite al proletariado europeo pasearse por el mundo entero, cuando si el pasaporte, en caso de que se pueda disponer, está en manos de cualquier proletario de la periferia, tiene muy difícil ir legalmente a ninguna parte. Haciendo evidente que dentro del proletariado, a nivel internacional, existen unas grandes diferencias en las condiciones de su base socioeconómica, y que los factores superestructurales no sólo deben relacionarse dialécticamente, sino que juegan un papel muy importante, poniendo en evidencia que el proyecto revolucionario actual debe saber estructurar un proyecto ideológico y político que aborde la propuesta integral de este conjunto de factores, y donde la perspectiva de la sociedad sin clases vuelva a estar en el horizonte.

Amnesia o pérdida de memoria colectiva

A diferencia del siglo XIX, hoy, muchas personas con titulación universitaria, ya no son solamente los cachorros de la burguesía, sino hijos de obreros de la industria, construcción o servicios. Por este motivo parecería más sencillo que dedicaran sus conocimientos al servicio de la mayoría social obrera y campesina, vallando el paso a los historiadores, filósofos, médicos, sociólogos, psicólogos, periodistas, economistas, y toda la tropa que hasta hoy ha escrito la historia, ha diseñado la moral imperante, ha manipulado la sociedad y ha estado al servicio de la acumulación de capital.

Este caudal humano provisto de capacidades y conocimientos se está desaprovechando debido a varios factores, uno de ellos, como señala Eric Hobsbawn: “La destrucción del pasado, o de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea a la de las generaciones anteriores, es uno de los fenómenos más característicos y etéreos de finales del siglo XX. La mayoría de los hombres y mujeres jóvenes al final del siglo crecen en una especie de presente permanente sin ninguna relación orgánica con el pasado público” (7).

No es por casualidad, que varios factores hayan coincidido: uno de ellos la autodisolución de los partidos comunistas mayoritarios, los cuales en una forma más para justificarse ha sido condenar al olvido todo un pasado de lucha, resistencia y generación de pensamiento a cambio de unas migajas o sillas en estamentos públicos. La renuncia o la aceptación de una “mea culpa” de la propia historia de las luchas anteriores ha tergiversado todo aquello que no ha estado posible olvidar.

Otro factor ha sido la repartición de dinero público. En España 23 millones de euros de la llamada “memoria histórica” se han utilizado para mantener unas plantillas de funcionarios, “historiadores/as a la carta”, la tarea de los cuales ha estado fabricar un conjunto de anécdotas sin sustancia, eliminando todo aquello que pudiera ayudar a seguir el hilo conductor de la generación de pensamiento revolucionario de una época pasada, con una musicalidad anclada en un permanente lamento de las vivencias, convirtiendo una necesaria memoria política, ideológica, social y económica en un “collage” del cual no se puede extraer ninguna lección que sirva para constatar aciertos y errores a utilizar en el presente y en una perspectiva de futuro. Se ha minusvalorado u obviado la afirmación de que la lucha y la resistencia eran un valor en sí mismo y una lección para las generaciones futuras que tendrían que emular o persistir.

No es tan solo que esta amnesia sea privativa de las sociedades del centro imperialista, sino que atraviesa geográficamente las varias sociedades que en su momento intentaron un cambio radical. Una reflexión cubana sobre este tema nos indica la problemática actual: “Estos cambios, han tenido un impacto sustancial en una nueva generación en la cual los vínculos con la lucha revolucionaria, producto de la distancia temporal y la experiencia, se vuelven más difusos y como consecuencia, manipulables… A la desconexión histórica inevitable de una nueva generación que no integra en su memoria reciente el significado y el contexto de la consigna “Patria o muerte”, se le apilonan nuevos significados para antagonizar el peso de la herencia espiritual… Ruptura histórica y caos en la memoria” (8).

Lo que sucedió con los pobres desplazados por la construcción masiva de vías del tren en el siglo XIX en el corazón de grandes ciudades puede y tiene que ilustrar las posibles consecuencias de construcciones masivas de autopistas en el siglo XX, y las variadas experiencias del “poder estudiantil” en las universidades medievales tienen relevancia en los intentos para cambiar la estructura de las universidades modernas.

Los socialistas del siglo XIX y XX sin duda usaron el “comunismo primitivo” como una aproximación meramente teórica, pero el hecho que la usaran indica la ventaja de ser capaz de tener un precedente concreto incluso para lo que no tiene precedentes (9).

Conocemos el papel que ha tenido, y tiene, el sistema educativo en las sociedades dominadas por el capitalismo, como instrumento ideológico del Estado, en el cual se desdibuja la realidad social y su estructura clasista, escondiendo o negando la necesidad de la lucha de clases y situando “la educación” en una nube tecnocrática, o de simple hiperacumulación de registros de conocimientos, pero desvinculados de la relación con el contexto social actual y en especial de su utilidad social desmercantilizada. Siguiendo la falsa proclama que con cierta titulación será posible ascender en la escala social, aunque sea por medio de una competencia feroz. Tan solo es el aprendizaje para formar parte de una sociedad en la que cualquiera tiene que ser el lobo de sus semejantes.

Debemos hacer una pregunta: ¿Que ha pasado en otros tipos de sociedad que en su momento intentaron cambiar el sistema imperante? ¿Cuál ha sido el contenido real de los sistemas educativos? ¿Cuál ha sido el espejo en el que han mirado las nuevas generaciones?

En las sociedades capitalistas hay una coherencia entre los contenidos curriculares de lo que se enseña y la práctica social darwinista necesaria por la reproducción del sistema. Pero en las sociedades que en el siglo XX intentaron construir su propia historia tal vez ha faltado esta coherencia: Tal vez ha existido un precipicio entre el que se decía y el que se hacía, olvidando la vieja y reiterada parábola de que “O vives como piensas o acabarás pensando cómo vives”.

Tal vez la deriva hacia un tecnicismo desaforado, situándolo como única base para construir una sociedad socialista, ha ido dejando de lado o ha debilitado los aspectos éticos, culturales, sociales y políticos que deberían imprescindiblemente corresponder a la continuación de un proceso revolucionario hasta llegar a su meta.

La aceptación de la tesis que la ciencia es neutra ha sido una de las puertas de entrada de la ideología capitalista. Y esta ideología ha comportado la existencia de un abismo entre “los expertos” o “científicos” y el resto de la sociedad, tratada de ignorante cómo hemos podido comprobar en este último año de represión mundial con la excusa de una enfermedad. Y esto se ha dado también en las sociedades socialistas, tal vez con características diferentes, pero la planificación desde arriba, sin participación de la base social, ha comportado unas decisiones sobre qué debe hacer y qué debe ser cada miembro de la sociedad.

Esta estratificación social, no derivada de la posesión de capital ni de la extracción de plusvalía, sino derivada del control organizativo, tiene unos efectos culturales similares a los que operan en las sociedades estructuradas en clases sociales, o incluso en castas más estáticas. Y hemos podido comprobar cómo, con el paso del tiempo, técnicos, científicos, administradores, políticos”, han ido ocupando espacios de clase dominante y para mantener su estatus han abrazado el legado de la sociedad capitalista.

Derechos y deberes

A cualquier manifestación de acción política reivindicativa encontramos la palabra “derechos”. Derecho al trabajo, derecho a la vivienda, derecho a unos ingresos, derecho a la sanidad, derecho en la educación, derecho a… pero cualquier propuesta que mire algo más allá del corto plazo y pretenda ir más allá del sistema imperante, tiene que incorporar otra palabra: “deberes”.

Una versión en castellano de la Internacional incorpora un par de versos muy significativos. “No más deberes sin derechos / ningún derecho sin deber”. Expresión aclaratoria del papel que le corresponde al proletariado en la perspectiva de una nueva sociedad, el deber de su construcción, el deber de luchar para conseguirla, el deber de la ayuda mutua, el deber de la fidelidad a su clase social, en definitiva una ética de la clase obrera que aspire a emanciparse.

En recuerdo del cumpleaños del nacimiento del Che, ahora hace 93 años es oportuno resaltar algunos aspectos de su persona y pensamiento que no han tenido el merecido reconocimiento, pues su imagen comercializada es la correspondiente a la vertiente militar, como si el socialismo tuviera tan solo este aspecto.

El Che concebía la lucha por el socialismo como una dialéctica revolucionaria consistente en la creación de una sociedad basada en vínculos solidarios, que generase la cobertura de las necesidades básicas y los deseos de satisfacción individual y colectiva. Para conseguirlo proponía que había que combatir, por medio de la acción consciente y organizada, el predominio de los vínculos mercantiles, del individualismo, el egoísmo y la carencia de capacidades suficientes para la mayoría, que así con estos predominios y conductas quedaba subordinada a unas minorías que mantenían su dominio. Para él el socialismo tenía de romper estas lacras herencia del capitalismo.

Podemos pensar en todo el año pasado y lo que llevamos de este en relación con la impuesta pandemia, donde las voces “progresistas” no han parado de clamar “derechos”, “derechos”, “derechos” a la salud, a la vivienda, a los ingresos, a las vacunas, a… olvidando unos “deberes” fundamentales como pueden ser el “deber” del conocimiento de nuestro propio cuerpo, el “deber” de poner en cuestión la razón de las órdenes derivadas del estado de excepción, el “deber” de enfrentarse al criterio de los científicos mercenarios a sueldo de las multinacionales, el “deber” de contrastar la manipulación mediática, el “deber” de saber en qué consiste la salud, el “deber” de abrazarnos y reunirnos… en definitiva “el deber” de mantener un pensamiento y acción crítico ante las decisiones de un poder establecido que se presenta como el paladín al servicio del sistema capitalista.

Las propuestas del Che tenían muy presente las complejas relaciones internas entre la política, la economía, la educación, la salud, la ética, el conocimiento, la justicia y la conducta humana, entendidos como un conjunto a integrar y no abordarlo disgregadamente. El hombre nuevo que proponía el Che no era el símbolo de una persona, sino la expresión de masas de ciudadanos con un nivel cada vez más elevado de conciencia, luchando unidos por la construcción de una nueva sociedad. Este “Hombre nuevo” tenía que desarrollar un alto nivel ideológico, que dejara atrás los sentimientos de egoísmo, que fuera cada vez, más solidario, humanista y, al mismo tiempo internacionalista (10).

Sería incomprensible para el Che exigir un derecho sin correspondencia con un deber, del mismo modo junto al derecho a unos ingresos tiene que haber el deber de contribuir a la sociedad, pues no podemos olvidar que los ingresos onerosos que puede recibir cada cual se han extraído de los impuestos pagados por el resto de la clase obrera, y no deben entenderse como una exigencia legal de democracia fiscal, sino como un factor de solidaridad entre la clase, pues la burguesía tiene mil y una maneras de evadir como pagar los impuestos, porque para ellos el Estado es un instrumento recaudador respecto a la clase obrera, para financiar sus objetivos de reproducción del capital.

Y, tiene que ser “un deber” contribuir a la organización de la clase obrera para la consecución de otro tipo de sociedad.

(1) Auguste Blanqui. Crítique Sociale II. XXXIV Les sectes et la révolution.
(2) The great pragmatist: Deng Xiaoping. 18 de Diciembre de 2008.
(3) https://www.filosofia.org/enc/ros/bernste.htm
(4) Auguste Blanqui. Avis au peuple, toast du 25 février 1851
(5) Joaquim Ferrer. El Primer 1er. de Maig a Catalunya. 1972
(6) Francisco Sánchez Pérez. Protesta colectiva y cambio social en los umbrales del siglo XX. Tesis doctoral. Universidad complutense de Madrid. 2002
(7) Age of Extremes. The Short Twentieth Century 1914-1991. Ed. Abacus.1995, pág.3
(8) https://lapupilainsomne.wordpress.com/2021/06/07/golpe-blando-y-geopolitica-radiografia-del-movimiento-san-isidro-en-cuba-por-instituto-samuel-robinson/
(9) https://sociedadfutura.com.ar/2018/04/19/eric-hobsbawm-texto-inedito-en-castellano-la-funcion-social-del-pasado/
(10) https://correodelalba.org/2021/06/14/el-che-y-el-hombre-nuevo-en-homenaje-a-su-93-aniversario-de-natalicio/

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