El jueves un caza F-15 se estrelló sobre el suroeste de Irán. Ambos tripulantes saltaron, aunque uno de ellos tuvo que ser rescatado en una larga operación retransmitida como un éxito por los medios de comunicación con todo tipo de detalles.
El jueves un caza F-15 se estrelló sobre el suroeste de Irán. Ambos tripulantes saltaron, aunque uno de ellos tuvo que ser rescatado en una larga operación retransmitida como un éxito por los medios de comunicación con todo tipo de detalles.
El miércoles Trump volvió sobre uno de los principales motivos de la guerra imperialista, la supremacía aérea y la destrucción de las defensas antiaéreas iraníes. “No tienen equipo antiaéreo, su radar está destruido al cien por cien, somos una fuerza militar irresistible”, dijo.
La próxima purga de Trump alcanzará a Tulsi Gabbard, la directora de inteligencia nacional. Le molesta que Gabbard apoyara al antiguo director del Centro Nacional Antiterrorista, Joe Kent, quien dimitió de su cargo en protesta por la guerra contra Irán.
Corría el año 1988. El régimen racista blanco de Sudáfrica, dirigido en aquel momento por Pieter Botha, mantenía una guerra contra la República Popular de Angola, en interés de los recursos mineros que este país tenía en la franja norte del Rio Okavango. A Sudáfrica la apoyaba incondicionalmente los Estados Unidos (y sigilosamente Israel), mientras que un tercer país, Cuba, apoyaba militarmente a las tropas angolanas.
Es la primera vez que un país ataca deliberadamente centros de datos durante una guerra. No se trata de ciberataques a una “nube”, de pirateo o de espionaje, sino de acabar con vastas instalaciones físicas.
Irán también ha sido el receptor de tales ataques. El 11 de marzo un centro de datos en Teherán operado por el banco público Sepah fue alcanzado por un misil.
Las disensiones internas arrecian en la cúpula del ejército de Estados Unidos a causa de una desastrosa planificación de la Guerra de Oriente Medio, que puede agravarse con la incursión terrestre, si es que finalmente se produce.
La defensa antimisiles de Israel (“cúpula de hierro”) ha fracasado y arrastrará consigo los planes de Trump de crear algo parecido en Estados Unidos: la “cúpula dorada”.
Si Irán puede sortear la “cúpula de hierro”, Rusia y China podrían hacer lo mismo de una manera mucho más simple. Poseen misiles balísticos más avanzados y sofisticados que Irán, incluyendo misiles balísticos intercontinentales, que son extremadamente difíciles de interceptar.
Trump medita una incursión militar para apoderarse de 453.597 kilogramos de uranio de Irán, asegura el Wall Street Journal. La incursión duraría varios días, o incluso una semana según las optimistas previsiones del periódico.
Desde los tiempos del Enola Gay y los bombardeos atómcos sobre Japón, los imperialistas creen en sus propias fantasías: los ataques aéreos masivos, las bombas pesadas y los aviones capaz de transportarlas son mágicos porque permiten ganar guerras. Su fracaso en la Guerra de Corea no les acabó de convencer de lo contrario.
En las guerras tradicionales, los ejércitos dirigían su potencia de fuego hacia infraestructuras estratégicas visibles –bases militares, fábricas de armas, aeródromos– donde se podían rastrear las líneas de suministro y trazar planes de batalla con relativa certeza. La eficacia del combate dependía del número, la potencia de fuego y la maniobra táctica.
Hoy, sin embargo, la lógica de la guerra ha ido más allá del campo de batalla físico. Durante las últimas dos décadas, la revolución digital ha construido una segunda capa de infraestructura estratégica tras de las líneas del frente, transformando silenciosamente la proyección de fuerza y la manera en que se libran las guerras.