En las guerras tradicionales, los ejércitos dirigían su potencia de fuego hacia infraestructuras estratégicas visibles –bases militares, fábricas de armas, aeródromos– donde se podían rastrear las líneas de suministro y trazar planes de batalla con relativa certeza. La eficacia del combate dependía del número, la potencia de fuego y la maniobra táctica.
Hoy, sin embargo, la lógica de la guerra ha ido más allá del campo de batalla físico. Durante las últimas dos décadas, la revolución digital ha construido una segunda capa de infraestructura estratégica tras de las líneas del frente, transformando silenciosamente la proyección de fuerza y la manera en que se libran las guerras.