Boeing huye hacia la industria de guerra para zafar de su crisis existencial

Para una empresa de aeronáutica que durante décadas fue sinónimo de aviación comercial, depender casi al 50% de la guerra y el espacio es un cambio estructural. Ya no es que la guerra fuera una opción comercial para Boeing, es que la guerra se está volviendo su negocio principal por defecto, dado que el negocio civil está en crisis.

Según la información publicada por Reuters este mismo martes, Boeing ha firmado un contrato por valor de 289 millones de dólares con Israel para el suministro de hasta 5.000 bombas inteligentes lanzadas desde el aire. Se trata de la «Bomba de Pequeño Diámetro» (Small Diameter Bomb), un arma de precisión guiada que puede ser lanzada por aviones israelíes contra objetivos a más de 64 kilómetros de distancia.

Según las fuentes, este nuevo contrato no está relacionado con los actuales ataques aéreos en Irán, ya que las entregas no comenzarán hasta dentro de 36 meses.

Si bien es cierto que Boeing ha estado involucrada en contratos militares desde sus inicios, hace más de 100 años, lo cierto es que las últimas décadas su volumen de negocio estaba basado principalmente en la aviación comercial. El período 2004-2018 fue un período de éxito rotundo.

Impulsada por el éxito arrollador de su división comercial, en particular con el 787 Dreamliner y las ventas del 737, los ingresos totales pasaron de unos 52.000 millones de dólares en 2004 a superar los 101.000 millones en 2018. Era la época en que Boeing era, ante todo, un gigante comercial.

A partir de 2019, la crisis existencial de Boeing se manifiesta en los números. La crisis del 737 MAX, con sus graves problemas de seguridad y varios accidentes a sus espaldas primero, y el confinamiento después, asestaron un duro golpe a la aviación comercial. Los ingresos totales se desplomaron de esos 101.000 millones en 2018 a solo 58.000 millones en 2020.

En este punto de máxima necesidad, la división de defensa, con unos ingresos estables de alrededor de 26.000 millones anuales, se convirtió en un auténtico salvavidas, representando cerca de la mitad del total de la compañía.

El año 2024 es el ejemplo perfecto de cómo Estados Unidos primero, e Israel ahora, han salido al rescate de esta empresa. Mientras la división comercial sangraba, la división de defensa (BDS) mantuvo un flujo de ingresos prácticamente constante y altamente fiable, con una cartera de pedidos enorme. De hecho, en el cuarto trimestre de 2024, la defensa generó más ingresos que la aviación comercial. Sin ese pilar, las pérdidas totales de Boeing habrían sido insostenibles.

Ahora bien, el problema de Boeing es que su forma de obtener rentabilidad es una auténtica timba financiera, y solamente puede ser rescatada o directamente mandada a la quiebra. Y este fatal destino se debe entre otras cosas porque en su desarrollo empresarial ha primado la obtención de liquidez para pagar deudas que la calidad de sus productos.

Por ejemplo, el avión KC-46A Pegasus, que sirve para repostar en el aire a aviones de las Fuerzas Armadas norteamericanas, ha tenido que ser suspendido por fallos en el sistema de visión remota o directamente grietas en pleno vuelo. O el nuevo Air Force One, cuyos problemas de seguridad han retrasado su entrega cinco años más (tendría que haber sido entregado en 2024, y será entregado previsiblemente en 2029).

Este es un ejemplo perfecto de cómo está funcionando la industria de defensa de Estados Unidos, y la razón por la cuál su pretendida hegemonía se está viendo jalonada por actores políticos que nadie esperaba.

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