La web más censurada en internet

Autor: Juan Manuel Olarieta (página 5 de 60)

Una nueva industria híbrida: tecnología y electricidad

Los cuatro gigantes tecnológicos (Google, Microsoft, Meta/Facebook y Apple) son monstruos sedientos de energía que deben ser alimentados constantemente con electricidad para hacer funcionar sus servidores y refrigerarlos. Las máquinas de sus centros de procesamiento de datos nunca dejan de funcionar y consumen cantidades gigantescas de energía.

Pero los cuatro grandes monopolios no son los únicos en internet. Hay centros de datos propios de los grandes monopolios o de los Estados, que no ofrecen servicios a terceros, y otros que los comercializan. El capitalismo ha creado un nuevo sector industrial, con unos 8.000 centros de datos pertenecientes a diferentes empresas. Son la “nube” que alberga vídeos, criptomonedas, mapas, juegos, fotos, audio, documentos…

Las prestaciones más simples de internet, como el almacenamiento en la “nube” o las búsquedas, requieren mucha electricidad y, además, la “inteligencia artificial” ha multiplicado el consumo. Una consulta en ChatGPT requiere casi diez veces más electricidad para obtener una respuesta que una búsqueda corriente.

Aparte de los grandes servidores, también hay ordenadores conectados constantemente en las instituciones públicas, las oficinas, las empresas, las viviendas… Cuando un móvil no está funcionando, se está recargando en la red.

El consumo total de energía de la humanidad se estima actualmente en 160.000 TWh. Hace diez años el Instituto de Tecnología de KTH en Suecia concluyó que internet consume alrededor del 10 por cien de esa energía mundial (1).

La conectividad, la digitalización, las criptomonedas y la “inteligencia artificial” van a multiplicar exponencialmente esas cifras. A partir de 2026, según la Agencia Internacional de la Energía, los centros de datos consumirán tanta electricidad como Japón: 1.000 TWh de electricidad, es decir, el doble que hace dos años (2).

La dependencia de la nueva industria con la electricidad es tan estrecha que el tamaño de un centro de datos no se mide por su capacidad de almacenamiento (bytes) sino por su consumo de energía (watios).

Si alguien da un paseo por el interior de un centro de datos observará una de las mayores delicias del capitalismo: largos pasillos con enormes máquinas, a la manera de colmenas, que funcionan por sí mismas las 24 ahoras del día sin que nadie esté presente. Padecerá un espejismo. La fuerza de trabajo no está a la vista, pero está.

Las nuevas tecnologías no acaban con la mano de obra, como se repite tantas veces; convierten el trabajo simple en trabajo complejo. En España hay medio millón de trabajadores empleados en centros de datos.

Amazon ampliará el centro de datos que tiene en Aragón con “la inversión más importante que se ha hecho en la historia de la comunidad autónoma y la más importante que se va a hacer en Europa en los próximos años”, según Jorge Azcón, presidente del gobierno autonómico (3). Para mantener las instalaciones tendrán que contratar a 6.800 trabajadores, en su mayor parte trabajo cualificado, que sumarán a los 1.300 que los centros de datos de Amazon ya tienen en Aragón.

La superproducción de electricidad

El nuevo centro de datos de Puertollano es un ejemplo de la naturaleza híbrida de esta nueva industria: la empresa japonesa DataSection pone la tecnología y la española Solaria pone la electricidad.

Un centro de datos rinde beneficios en función del precio de la factura eléctrica. Las empresas emergentes de esta industria invierten en aquellos lugares donde el precio de la luz es más bajo y para ello necesitan asociarse a las eléctricas. Incluso empresas eléctricas, como Iberdrola, han entrado en el negocio de los centros de datos, constituyendo una filial de la nueva industria con un capital de 10.000 millones de euros y once nuevas instalaciones repartidas por la península.

En ciertos gobiernos, como el español, la política energética es cada vez más dependiente de los centros de datos, de los que hay unos cien. Desde 2020 España reconoce la naturaleza estratégica de los centros de datos en el Plan para la Conectividad y las Infraestructuras Digitales de la sociedad, la economía y los territorios. La Estrategia de Inteligencia Artificial aprobada este año reitera esa naturaleza.

Eso significa que el gobierno está abaratando la factura eléctrica para favorecer las inversiones en centros de datos. Las subvenciones públicas completan el diferencial de precios con respecto a los países del centro de Europa, una política aprobada por Bruselas, por más que distorsiona las reglas del “libre mercado”. Queda por ver el tiempo que eso va a durar.

En España las horas en las que el precio de la electricidad es cero -en el mercado mayorista- están aumentando y eso atrae la instalación de centros de datos. El año pasado cerró con 200 megavatios (Mw) de potencia total instalada, frente a 150 el anterior. La previsión es que en cinco años estén en 600 Mw, lo que supondría una inversión de entre 6.000 y 8.000 millones de euros.

Para seguir atrayendo nuevos inversores con precios bajos de la electricidad, el gobierno necesita reforzar su políticas verdes con subvenciones a las empresas “renovables”, que entran en el mecanismo de formación del mercado eléctrico a precio cero.

Por ejemplo, Solaria es una empresa de energía “renovable” que ha creado una división de procesamiento de datos. Las instalaciones de Puertollano, que ocuparán 10.000 metros cuadrados, estarán alimentadas por 200 Mw a través de plantas fotovoltaicas hibridadas con eólica y baterías.

Las energías llamadas “renovables” son un caso de superproducción de electricidad por su naturaleza intermitente, que debe ser compensada con energías de otro tipo. Por eso en ciertos momentos del día entran en el mercado a precio cero.

Los monopolios eléctricos españoles están presionando al gobierno para aumentar todavía más la superproducción electríca, que actualmente es del 70 por cien. En otras palabras, España genera tres veces más energía de la que consume y el despilfarro aumenta porque la demanda se está hundiendo en los países occidentales. Actualmente en España está al nivel de hace 20 años.

Los centros de datos son un mercado de salida a la superproducción energética de los grandes monopolios, como Endesa o Iberdrola. A su vez, para aumentar la superproducción hay que aumentar la capacidad de las redes eléctricas. La patronal de las eléctricas, Aelec, la antigua Unesa, reclama 6.000 MW de capacidad de acceso a la red para atender la demanda de los centros de datos.

(1) https://wireless.kth.se/wp-content/uploads/sites/19/2014/08/Emerging-Trends-in-Electricity-Consumption-for-Consumer-ICT.pdf
(2) https://www.iea.org/energy-system/buildings/data-centres-and-data-transmission-networks
(3) https://elpais.com/economia/2024-05-22/amazon-invertira-15700-millones-en-una-red-de-centros-de-datos-en-aragon.html

¿Quién se dedica a quemar los archivos oficiales?

La CIA es la institución pública más estudiada de Estados Unidos. Ninguna otra ha convocado más comisiones, foros y comités presidenciales y parlamentarios para analizar sus numerosos atropellos.

La Wikipedia tiene una extensa entrada en la que hace un listado de los informes oficiales acerca de la central de espionaje. Los más conocidos están estrechamente identificados con los nombres de sus principales autores o patrocinadores: el informe del Comité Church (1976), el informe Schlesinger (1971), el informe Dulles-Jackson-Correa (1949)…

Aquellos documentos se redactaron -teóricamente- para que los crímenes y golpes de Estado de la CIA no se volvieran a repetir nunca más. Por lo tanto, estamos ante el fracaso más sonado de la historia, porque la CIA ha seguido haciendo exactamente lo mismo, o peor.

Esos textos son fuentes de información inestimables para los historiadores. Los chanchullos de la CIA sólo son conspiranoias hasta que alguien se suelta la lengua delante de la grabadora de algún periodista, o hasta que los papeles salen debajo del escritorio.

Luego resulta que la realidad es mucho peor de lo que todos hablaban en voz baja, por lo que los papeles con membrete oficial se guardan en la caja fuerte. Es el caso del informe Bruce-Lovett.

En 1956 dos diplomáticos estadounidenses, David Bruce y Robert Lovett, prepararon un informe para el presidente Eisenhower que criticaba la afición de la CIA por los golpes de Estado en los países árabes. Apenas habían transcurrido ocho años desde la fundación de la CIA y el 60 por cien del presupuesto se gastaba en las operaciones de quitar y poner gobiernos. El pretexto era siempre el mismo: frenar el expansionismo soviético.

Bruce y Lovett sabían de lo que escribían. En los años cincuenta habían formado parte de la Junta de Consultores del Presidente sobre Actividades de Inteligencia Extranjera.

Durante décadas los historiadores intentaron encontrar el informe entre las montañas de papeles burocráticos. No apareció. Ni siquiera había referencias a su existencia, lo cual resultaba aún más fascinante todavía.

Sin embargo, Lovett había testificado ante la comisión de investigación del general Maxwell Taylor sobre el fracaso de la Operación de Bahía de Cochinos de 1961. Robert Kennedy formó parte de ella, escuchó a Lovett hablar de su informe y le pidió una copia.

Pero el informe sigue sin aparecer y la copia tampoco está entre los papeles de los Kennedy. Los más conspiranoicos creen que lo han quemado, pero otros no se cansan y siguen buscándolo desde hace décadas. A los primeros les bastan las experiencias, mientras que estos últimos, como Santo Tomás, son fanáticos de las “pruebas”.

El otro perro guardián del Mediterráneo también tiene malas pulgas

Los imperialistas custodian el Mediterráneo colocando un perro guardián en un extremo, que es Israel, y otro en el opuesto, que es Marruecos. La diferencia entre ambos perros es que la monarquía cherifiana aspira a mucho más en el norte de África, y para ello cuenta con Francia, la antigua potencia colonial. A medida que París se ve obligado a retirarse del Sahel, cuenta con Marruecos como nueva base de operaciones.

Por lo tanto, Marruecos es un país estrechamente ligado al imperialismo y a Israel, como se demostró en 2020 con los llamados Acuerdos Abraham y al año siguiente con el Caso Pegasus. Uno de los pocos países árabes que mantiene los Acuerdos es Marruecos, que de esa manera destapó lo que hasta entonces era un secreto de polichinela.

El trueque consiste en que Marruecos reconoce al Estado de Israel e Israel reconoce la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara.

Pero a diferencia de Israel, Marruecos es la puerta de entrada de África en Europa y puede jugar un papel regional que a los sionistas le resultaría imposible, ni siquiera con los Acuerdos Abraham en el bolsillo.

Lo mismo que otros países, en julio Francia también tuvo que pagar su peaje con Marruecos y reconocer su soberanía sobre el Sáhara, que se produce en un contexto de colapso de su tradicional influencia en la región.

Detrás de Francia vendrán otros países europeos, como Alemania.

Después de décadas de constantes idas y venidas entre sus dos antiguas colonias, Marruecos y Argelia, Francia ha decidido apoyar resueltamente a la primera, a pesar de la importancia de las exportaciones de gas argelino para Francia. Parece claro que los hidrocarburos no lo son todo, como suponen algunos.

La decisión francesa refleja el papel creciente de Marruecos en África y en la escena internacional, en un momento en el que el gobierno de Macron se enfrenta la evacuación forzosa de tropas y diplomáticos franceses en otras partes de la región. En París consideran la estabilidad política y económica de Marruecos como un medio para garantizar su propio futuro estratégico y económico en la región.

Este éxito diplomático permitirá a Marruecos y a sus socios internacionales explotar mejor el potencial económico de su territorio meridional. El Sáhara tiene algunas de las mayores reservas de fosfatos del mundo, un componente clave de los fertilizantes. Dado el aumento de la demanda de fosfato marroquí tras la ruptura de la cadena de suministro debido a la Guerra de Ucrania, Marruecos ha aumentado su capacidad para exportar fosfatos hacia los mercados mundiales.

Marruecos es la puerta de entrada, pero también la de salida. Las exportaciones de capital europeo hacia el reino cherifiano son cada vez mayores. Los productos agrarios que entran a Europa procedentes de Marruecos a tan buenos precios, las obtienen empresas europeas y, epecialmente, españolas.

Lo mismo ocurre con las llamadas “energías renovables”, especialmente las plantas de hidrógeno “verde”, así como los planes para tender cables, gasoductos y tuneles a través del Estrecho de Gibraltar. El proyecto del túnel ferroviario de alta velocidad con España se ha reactivado y está en fase de estudio un gasoducto deesde Nigeria de 7.000 kilómetros de recorrido que sortea a Argelia, la gran perdedora de esta estrategia europea (después del Sáhara).

A cambio de los caramelos, Europa le está exigiendo a Marruecos que se convierta, además de guardían de Estrecho, en la aduana de entrada al continente. La policia marroquí deberá encargarse de controlar el flujo de emigrantes africanos que pretenden cruzar el Mediterráneo o llegar a Canarias.

La política europea está agudizando las contradicciones en la región. Argelia ha retirado a su embajador en París. El ministro argelino de Asuntos Exteriores, Ahmed Attaf, describió la postura de Francia como “peligrosa” para la región, añadiendo: “No se trata simplemente de llamar a consultas a un embajador. Es una rebaja del nivel de representación diplomática. Es un paso importante para expresar nuestra condena a la postura de París”.

Por enésima vez, las resoluciones de la ONU sobre el Sáhara son papel mojado y lo mismo cabe decir de las resoluciones de los tribunales europeos. Reiteradas sentencias del Tribunal de Justicia de la Unión Europea prohíben cualquier actividad de las empresas europeas en los territorios saharauis ocupados, especialmente la pesca en las aguas jurisdiccionales saharauis.

En Bruselas, en París y en Madrid se burlan del derecho internacional, mientras alardean de ser sus más fieles custodios.

Un cine para la Guerra Fría

La Guerra Fría no fue un enfrentamiento larvado entre dos países, Estados Unidos y la URSS, sino un intento de los imperialistas para impedir la revolución socialista y la liberación de los pueblos oprimidos por el colonialismo.

Para encubrir las verdaderas contradicciones características de aquella época, Estados Unidos ha realizó un enorme esfuerzo propagandístico, que aún no ha acabado. El cine formó parte de aquel velo ideológico. En la época más dorada de Hollywood, el Telón de Acero estuvo vinculado al telón.

Nunca hubo dos contendientes disputando una misma competición, con las mismas reglas. No hubo más que un contendiente que intentaba avasallar a los demás, así como el intento de algunos por escapar del cerco.

El cine refleja justamente esa situación. Hay un protagonista, que es Estados Unidos, que presenta a los demás en un segundo plano, acompañado de un mensaje partidista muy simple: el primero es bueno y los que no se dejan someter son los malos. Los guiones de las películas siempre acaban igual: los primeros triunfan y los segundos fracasan, en un mundo -capitalista- donde no está permitido ser “un perdedor”.

Los que no quieran acabar como “fracasados” deben tomar partido por los “buenos”, hacer lo mismo que ellos. El “estilo de vida americano” es inmejorable y todo el mundo debería vivir como viven los estadounidenses. Es lo que crea esa falta de simetría caracerística del imperialsmo en la posguerra: los que defienden ese estilo de vida son héroes y los que tratan de destruirlo son malvados. Los pueblos no deben vivir conforme a sus propias normas sino a las de Estados Unidos.

En cualquier retórica idelógica, la difusión de un determinado mensaje dominante requiere la censura de los demás. El dogma debe aplastar a la herejía y la verdad a la mentira, que es la esencia de otro de los componentes fundamentales de la Guerra Fría: el macartismo y la caza de brujas con sus akelarres, antiguos, modernos y posmodernos.

La propaganda cinematográfica no se elaboraba en estudios dispersos por el mundo, sino en un mismo centro, Hollywood, que al mismo tiempo estaba férreamente sometido al Comité de Actividades Antiamericanas. La lista negra de personajes vetados para el cine llegó a los 300. No se rodaba el cine que querían los directores y guionistas sino las grandes multinacionales (Metro, Warner, Paramount), que a su vez seguían directrices políticas impuestas a golpe de juicios, encarcelamientos y exilio.

Para difundir el mensaje imperialista, la propaganda cinematográfica creó varios géneros nuevos como el espionaje, la ciencia ficción, la fantasía y, por supuesto, las películas bélicas.

Las películas de ciencia ficción experimentaron un crecimiento notable. Son el reino de la metáfora, la lucha entre la Tierra (Estados Unidos, los países occidentales) y los marcianos, llamados así porque procedían de Marte, “el planeta rojo”, poblado de seres extraños, malignos, que querían lo mismo que la URSS: invadirnos, acabar con “nosotros”.

El género alcanzó cotas paranoicas cuando en los años cincuenta la URSS comenzó a lanzar los primeros satélites artificiales, capaces de dar la vuelta a la Tierra sobrevolando por encima de las cabezas de los estadounidenses, dentro de artefactos siniestros, como los platillos volantes, los cohetes o los ovnis.

El género acaba confluyendo con la gran paranoia, la peor de todas, las armas nucleares, y en suma, con la constatación de que la URSS no era un experimento fallido, incapaz de alcanzar el nivel excelso del “estilo de vida americano”, sino que podía superarlo.

Los sesenta fueron una época muy oscura para este tipo de construcciones ideológicas paranoicas. Si la URSS no era un país de fracasados, si podía ponerse al mismo nivel que Estados Unidos, entonces puede atacarnos y destruirnos. Estamos en peligro, que es la mejor manera de estar que tienen los países occidentales. Todo y todos nos amenazan, vivimos rodeados de riesgos, este mundo está lleno de peligros…

La URSS era algo que había que tomarse muy en serio. En 1960 fueron capaces de derribar un U2 estadounidense, un avión diseñado para que nadie pudiera derribarlo.

La mejor expresión de aquella paranoia fue “Teléfono rojo volamos hacia Moscú”, una película estrenada por Stanley Kubrik en 1964, cuyo título en inglés es aún más fascinante: “Extraño amor: Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba”. A la película no le falta de nada, ni siquiera un viejo científico nazi parapléjico (Strangelove, Amor extraño) que asesora a la Casa Blanca porque un experto siempre viene bien: los soviéticos (los comunistas) están contaminando Estados Unidos.

A la película ni siquiera le falta la presencia del actor Sterling Hayden, víctima de la caza de brujas por ser comunista, representando el papel de un general anticomunista que lleva un nombre significativo: Jack El Destripador.

En la lista de personas asesinables sólo están los que se lo merecen

En 2011 Barack Obama, Premio Nóbel de la Paz, ordenó a la CIA que asesinara en Yemen a un ciudadano estadounidense, Anwar Al Awlaki, que nunca había sido juzgado ni -en consecuencia- había cometido ningún delito.

Ocurrió pocas semanas después de la muerte oficial de Bin Laden, también dirigida personalmente por Obama.

Tras matar a Al Awlaki, Obama ordenó matar a su hijo de 16 años, una tarea que la CIA cumplió de la misma manera: enviando un dron. El adolescente murió junto con un primo y otros civiles que les acompañaban en una barbacoa.

Lo mismo que la mafia, Estados Unidos quería matar a toda la familia de Al Awlaki y en 2017 la hija de ocho años también fue asesinada en una redada de comandos ordenada por Trump.

Al Awlaki había nació en 1971 en Las Cruces, Nuevo México. Sus padres eran originarios de Yemen y se convirtió en el primer ciudadano estadounidense en ser asesinado por drones enviados por el Presidente de su propio país.

El padre y abuelo de los asesinados, que era profesor universitario en Estados Unidos, acudió a los tribunales y entonces se descubrió que el Premio Nóbel había aprobado un “programa de asesinatos presidenciales”, con un listado de personas incluidas en él que, naturalmente, era secreto. Había que confiar en que el listado estuviera elaborado a conciencia, que no hubiera errores y que la CIA asesinara sólo a los que se lo merecían… aunque fueran adolescentes.

Obama anunció personalmente los asesinatos como un éxito de la “lucha antiterrorista” cuando, obviamente, en este caso el único terrorista era él. El exterminio implacable de una familia fue muy comentado en Estados Unidos. Incluso el New York Times se rasgó las vestiduras, preguntando al más puro estilo hipócrita que les caracteriza: “¿Es esto lo que hace Estados Unidos?”

El detonante no fueron las muertes arbitrarias sino la circunstancia de que las víctimas eran de nacionaldad estadounidense. Causó cierto revuelo en el mundillo jurídico, del que Obama formaba parte.

Las filigranas legales que se inventaron para justificar los crímenes de Estado se han sumado a los anales de la jurisprudencia para embaucar a los estudiantes de las facultades de derecho. Para un picapleitos es peor matar a un gringo que a 100.000 extranjeros, árabes o africanos. Esas victimas nunca están en los manuales de derecho.

El Premio Nóbel discutía y revisaba personalmente la lista de asesinables en las reuniones de los martes de cada semana en el Despacho Oval. Lo mismo que los emperadores romanos en el circo, el Presidente de Estados Unidos movía el pulgar hacia arriba o hacia abajo para alargar o quitar la vida. ¿Alguien cree que tiene derecho a la vida y que por eso mismo la CIA no le puede matar? En este mundo la vida humana no pende de un hilo sino de un dedo.

Estados Unidos nunca acusó a Al Awlaki de ningún delito, ni presentó pruebas concretas de su culpabilidad. La CIA dijo que tenía pruebas pero que no las podía mostrar porque eran secretas.

Otro ciudadano estadounidense que vivía en Pakistán, Mohamed Mahmud Al Farej, tuvo más suerte porque el Fiscal General, Eric Holder, dudó de que las pruebas de la CIA fueran tales y le sacó de la lista de indeseables asesinables. Los verdugos tuvieron que conformarse con ayudar a Pakistán a detenerle en 2014 para extraditarle a Estados Unidos, donde fue juzgado y condenado en 2017 por un tribunal a 45 años de cárcel.

Es mucho más sencillo, más rápido y más barato matar que juzgar. Además, en el caso de Al Farej tuvieron que presentar las pruebas públicamente, es decir, que en un caso las pruebas -si es que existían- sirvieron para matar y en el otro para juzgar y condenar.

¿Por qué matar a toda una familia al más puro estilo mafioso y juzgar a otro? A falta de que Obama ofrezca alguna explicación, sólo quedan las elucubraciones. Lo más probable es que Al Awlaki fuera un miembro de la CIA al que colocaron al frente de Al Qaeda. Había que silenciarle porque, además, tenía un acceso privilegiado a los despachos más elevados.

Como ya expusimos en una entrada anterior, después de los atentados contra las Torres Gemelas, Al Awlaki se reunió con los dirigentes de Pentágono y cuando cayó preso en Yemen, la CIA exigió su liberación al Presidente yemení, según consta en una conversación telefónica con George Tenet, el director de la Agencia en aquel momento, que fue grabada y difundida en internet.

Primero le sacaron de la cárcel y luego le mataron. Es lo que suele ocurrir con todos los tontos útiles: sólo son útiles hasta que dejan de serlo.

Después de asesinar a varios ciudadanos estadounidenses con el mismo modus operandi, los drones, Obama aprobó una especie de manual de instrucciones para cometer este tipo de crímenes y lo llamó “Guía de Política Presidencial”.

Biden, que había sido vicepresidente con Obama, hizo lo mismo al llegar a la Casa Blanca. Aprobó su propio manual, el Memorando de Política Presidencial, y lo puso en práctica durante la bochornosa retirada de Afganistán, cuando lanzó un ataque con drones contra un supuesto miembro del Califato Islámico, en represalia por el atentado suicida con bomba en el aeropuerto internacional de Kabul que mató a trece militares estadounidenses.

Es otro tipo de crimen de Estado que tampoo necesita pruebas sino un mero ánimo de venganza.

En los días siguientes, se supo que Estados Unidos había atacado por error a un hombre inocente, matando a diez civiles, entre ellos siete niños. Más que un error fue un horror. Entonces nadie preguntó por las pruebas. El general Kenneth F. McKenzie, del Mando Central de Estados Unidos, destacó que “no fue un ataque apresurado” y que los responsables habían seguido al vehículo objetivo durante ocho horas. Fue un asesinato frío y deliberado.

Le Pen: la hija de un diputado torturador

Lo que hoy califican como “extrema derecha” son un refrito de movimientos fascistas de la más vieja escuela que en 1945, en Francia como en otros lugares, se mantuvieron en pie gracias al anticomunismo rampante de la posguerra europea. Entonces eran poco más que una tribu urbana: grupos de jóvenes estudiantes de buena familia que recorrian las calles de París en busca de pelea, ataviados con chaquetas de cuero negro.

En Francia el grupo “Occidente”, fundado en 1964, no pasaba de 600 jóvenes, herederos de la ideología del viejo Charles Maurras y de Robert Brasillach, ambos condenados por colaborar con los ocupantes nazis durante el régimen de Vichy y el segundo de ellos fusilado en 1945.

Los fascistas de “Occidente” apoyaron entusiasmados la matanza de comunistas de 1965 en Indonesia y el Golpe de Estado militar en Grecia dos años después.

El 31 de octubre de 1968 el gobierno disolvió el grupo por decreto, después de cometer un atentado con explosivos contra una librería maoísta en París. Los restos se agruparon en torno a Alain Robert y el Grupo Sindical de Derecha, luego Grupo Unión Derecha y finalmente Grupo Unión Defensa.

Su base de operaciónes era la Facultad de Derecho y su objetivo acabar con la “contaminación marxista” de las universidades de París. Los pequeños grupos se manifestaban por las calles bajo la consigna “Izquierdistas, cabrones, os vamos a despellejar”.

De aquellos rescoldos nació unos meses después otro movimiento, Orden Nuevo, que en 1970 convocó su primer mitin. La pretensión del movimiento era reunir a todas las fuerzas fascistas de nuevo cuño: católicos, antiguos vichystas, miembros de la OAS, estudiantes del Grupo Unión Defensa…

Después de parecer “antisistema”, los fascistas intentaron salir de la marginalidad presentándose a las elecciones. Para ello volvieron a cambiar las siglas y el 5 de octubre de 1972 formaron el Frente Nacional.

Buscaron una cara amable que posara para los carteles y lo mejor que encontraron fue Jean Marie Le Pen, un antiguo diputado pujadista que en 1957 se presentó voluntario para defender la “Argelia francesa”.

Le Pen presentó los estatutos del partido en el registro en compañía de Pierre Bousquet, Rottenfürher de las Waffen SS en la División Carlomagno y encargado de la deportación de los judíos franceses a los campos de concentración.

El nazi francés ocupó el cargo de tesorero en la junta directiva del Frente Nacional, hasta que se apartó en 1981 porque Le Pen se había convertido en un “juguete” de los sionistas.

El vicepresidente del nuevo partido, François Brigneau, no andaba lejos. Fue periodista y antiguo miliciano del gobierno colaboracionista de Petain, múltiples veces condenado desde 1945 por difundir panfletos racistas y antisemitas.

Otro fundador del partido, Leon Gaultier, también fue cronista de Radio Vichy y voluntario de las Waffen SS, en cuyas filas combatió al Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial, con el grado de Untersturmführer. Junto con Le Pen, en 1963 había fundado Serp, una editorial que publicó, entre otras joyas, un disco de canciones del Tercer Reich.

El Frente Nacional era una alianza heterogénea de pequeños círculos fascistas con grandes pretensiones electorales. Sin embargo, las elecciones legislativas de 1973 fueron un enorme fracaso para ellos, que no pudieron presentar candidaturas en muchos distritos y apenas rozó el dos por ciento de los votos.

Los mismos perros con distintos collares. Igual que en cualquier otro país europeo, el continuo refrito de siglas de los fascistas franceses expresa una huida del pasado, de las acciones terroristas y un edulcoramiento ideológico para aparecer pulcros y bien vestidos en los carteles electores.

La memoria política es muy corta. Los tiempos del gobierno de Vichy y la Segunda Guerra Mundial quedaban lejos. A la Guerra de Indochina y la Batalla de Argel les empezaba a ocurrir lo mismo. Nadie quería saber nada del pasado.

El cambio ideológico no fue el único. En un país como Francia, las elecciones tienen la virtud de acercar las posiciones y limar las aristas. Una organización que quiere salir de la marginalidad debe remodelar continuamente su mensaje. El Frente Nacional hizo muchos cambios. Como es lógico, tras la desaparición de la URSS, el anticomunismo pasó a un segundo plano.

No obstante, hay cosas y personajes que nunca cambian. Uno de los dirigentes del Frente Nacional era Jean François Chiappe, que estaba casado con María Denikina, hija del general Anton Denikin, que dirigió la guerra contra los bolcheviques tras la Revolución de Octubre.

Ahora el Reagrupamiento Nacional hereda las siglas del Frente Nacional, exactamente igual que Marine Le Pen hereda a su padre, el viejo Jean Marie Le Pen, como ella misma ha confesado siempre que ha tenido oportunidad de hacerlo.

‘No tengo nada que ocultar’

Diputado y oficial de inteligencia del ejército colonial francés, el teniente Jean Marie Le Pen, combatió en la Guerra de Indochina y en la expedición militar a Suez. A finales de 1956 llegó a Argelia con un regimiento de la Legión Extranjera, una de las unidades encargadas del desmantelamiento de las redes argelinas que luchaban por la descolonización.

Con 29 años de edad fue condecorado con la cruz al valor militar por el general Jacques Massu, al frente de las tropas coloniales en Argelia.

Francia acusaba a los combatientes argelinos de “terrorismo” y la unidad de Le Pen se encargaba de las detenciones, las redadas, los controles de carreteras y los registros de las viviendas. “No tengo nada que ocultar. Torturamos en Argelia porque teníamos que hacerlo”, confesó al diario Combat el 9 de noviembre de 1962.

En la década de los ochenta, cuando los periódicos le acusaron de torturador, Le Pen respondió con querellas judiciales por difamación. Uno de los últimos juicios se inició en 2002, en plena campaña a las elecciones europeas. Le Monde publicó el testimonio de Mohamed Cherif Moulay. Éste contó que la noche del 2 de marzo de 1957, cuando tenía 12 años, un grupo de paracaidistas comandados por Le Pen irrumpieron en su casa, golpearon y torturaron a su padre, Ahmed Moulay, de 42 años, que murió a causa de las descargas eléctricas.

El niño reconoció a Le Pen, cuya foto apareció en los periódicos cuando fue condecorado. Durante el allanamiento de la vivienda, el teniente perdió su cuchillo y los paracaidistas regresaron dos veces para intentar encontrarlo, en vano, ya que la familia lo había escondido.

El argelino presentó el cuchillo en una de las sesiones del juicio contra Le Monde. Era un arma inconfundible de acero templado de 25 centímetros de largo y 2,5 centímetros de ancho. El puñal de las Juventudes Hitlerianas llevaba una inscripción con las palabras “JM Le Pen, 1er REP” grabadas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, unos 30.000 soldados alemanes se incorporaron a la Legión Extranjera francesa, de los que unos 2.000 ó 3.000 eran de las SS. Muchos de ellos ejercieron de verdugos en los centros de interrogatorio con Le Pen.

En resumen, para los que no quieren darse cuenta de lo que es el fascismo: los crímenes cometidos por Le Pen no lo fueron como miembro de ningún partido político. No los cometió por razones ideológicas, sino como peón del aparato del Estado colonial francés.

Cuando la colonización se transforma en emigración

Las grandes empresas tecnológicas de Estados Unidos siempre se han caracterizado por oponerse a la política migratoria de la Casa Blanca, especialmente en época de Trump. No les gustan las vallas ni los visados porque dichas empresas fueron fundadas por emigrantes y la mayor parte de su fuerza de trabajo más cualificada también es emigrante.

Por ejemplo, el fundador de la empresa de vehículos eléctricos Tesla, Elon Musk, nació en Pretoria, la capital de Sudáfrica.

Otro ejemplo: sin extranjeros en Estados Unidos no habría medicina. Aproximadamente una cuarta parte de los médicos ha nacido y estudiado en otro país. Suman unos 100.000 en total. Pero hay muchos más que lo hacen clandestinamente o tienen que trabajar en otras profesiones porque no les dejan ejercer.

En Europa la reacción más negra se opone a las políticas migratorias, especialmente las de Bruselas, a pesar del decrecimiento demográfico y la necesidad de mano de obra, una posición que va envuelta en una nebulosa de defensa de una supuesta identidad blanca y cristiana.

Es el caso del francés Jordan Bardella, una figura destacada del partido de Le Pen, Rassemblement National, que como tantos otros fascistas es un renegado.

Bardella nació en la región de París y, a pesar de su apellido, no tiene origen italiano sino argelino. Su bisabuelo, Mohand-Seghir Mada es lo que más odia su biznieto: un inmigrante argelino que se instaló en Lyon en los años treinta.

La historia del colonialismo es de ida y vuelta. Los colones se marcharon de la metrópoli y los colonizados emigraron a ella. Por el medio se ha tejido una cortina de explicaciones idelógicas pintorescas. Primero dijeron que los argelinos eran franceses, pero luego aquella doctrina dejó de interesarles.

El padre de Marine Le Pen, fundador del partido fascista, era un paracaidista que combatió en Argelia empeñado en impedir la independencia, hasta que la colonización se convirtió en su contrario; dio la vuelta y ahora es emigración. La colonización era buena pero la emigración es mala.

Un caso parecido al de Bardella es el de otro fascista francés, Eric Zemmour, al que también se le llena la boca contra los emigrantes. También Zemmour es de origen argelino. Sus padres eran judíos bereberes que en los años cincuenta emigraron a Francia procedentes del norte de África.

Lo mismo que los demás políticos europeos, la carrera de Bardella y Zemmour está labrada de charlatanería. Les hubiera gustado ser rubios y formar parte de la corte de Luis XVI. No se lo perdonan a sus ancestros africanos.

El Tribunal Penal Internacional está para los colonizados no para los colonizadores

El fiscal del Tribunal Penal Internacional, Karim Khan, ha emitido órdenes internacionales de detención contra dirigentes del gobierno israelí y de Hamas. Es la primera vez en la historia que un tribunal sienta en el mismo banquillo a las víctimas y a los victimarios.

Biden dice que poner a ambos (Israel y Hamas) en pie de igualdad es escandaloso, lo cual es cierto. Hay dos por tres, pero debemos olvidarnos de los tres de Hamas y ya sólo quedan dos: los dirigentes israelíes, es decir, el primer ministro israelí, Netanyahu, y el ministro de Defensa, Yoav Gallant.

El secretario de Estado estadounidense Anthony Blinken, propone represalias: imponer sanciones a los miembros del Tribunal Penal Internacional.

Israel se aferra a una ley estadounidense que otorga al Presidente el poder de invadir la sede del Tribunal en La Haya, es decir, atacar militarmente a Países Bajos, un país que pertenece a la OTAN.

“Si se emite una orden de detención contra los dirigentes israelíes, lo interpretaremos no sólo como una amenaza a la soberanía de Israel sino a la soberanía de Estados Unidos. Nuestro país demostró en la Ley de Protección de los Miembros del Servicio Estadounidense hasta dónde llegaremos para proteger esa soberanía”, escribieron doce senadores estadounidenses en una carta amenazante a Karim Khan, el fiscal jefe del Tribunal.

La Ley de Protección de los Miembros del Servicio Estadounidense (Aspa), propuesta por el senador Jesse Helms en 2002 y aprobada luego por el Congreso, garantiza la impunidad de los diplomáticos, militares y funcionarios de Estados Unidos ante el Tribunal Penal Internacional.

Estados Unidos impone sus normas al mundo y no se somete a ninguna de ellas. Ahora lo llaman “orden internacional basado en reglas” y empieza tras los atentados contra las Torres Gemelas de 2001 y el comienzo de la invasión militar de Afganistán, donde los estadounidenses ya tenían previsto cometer “interrogatorios reforzados” y otros crímenes de guerra.

Estados Unidos no se ha incorporado al Estatuto de Roma de 1998 que creó el Tribunal Penal Internacional. No va a entregar a ningún estadounidense a ningún tribunal internacional por ninguna clase de delitos, y menos si se cometen en el ejercicio de funciones públicas.

Por su parte, los aliados de Estados Unidos se comprometen a no entregar al Tribunal a ningún ciudadano estadounidense. Si Netanyahu y Gallant viajan a España, ¿los detendrá la Guardia Civil?, ¿los extraditará la Audiencia Nacional a La Haya?, ¿se enfrentará el gobierno de Madrid a Estados Unidos?

La ley Aspa faculta al Presidente de Estados Unidos para adoptar “cualquier medio”, incluida un ataque militar, para liberar a un ciudadano estadounidense detenido por el Tribunal Penal Internacional.

Por eso se la conoce como la “Ley de la Invasión de La Haya”, ya que la liberación forzosa de ciudadanos estadounidenses sólo podría lograrse mediante un ataque contra Países Bajos.

El Tribunal Penal Internacional se creó para los colonizados, no para los colonizadores. Está para Hamas, no para Israel. Es el perro guardián de los imperialistas, que para eso lo financian con 150 millones de dólares, junto a otros conocidos benefactores de la humanidad, como la Fundación Soros.

Netanyahu y Gallant no tienen ningún motivo para preocuparse, mientras Estados Unidos y la Unión Europea sigan apoyando a Israel. Como ha amenazado Netanyahu, quien debería preocuparse es el fiscal Karim Khan.

Lo mismo que Estados Unidos, Israel jamás se someterá a una jurisdicción internacional, ya sea el Tribunal Penal Internacional o el Tribunal Internacional de Justicia, incluso corriendo el riesgo de ser expulsados de la ONU.

Nunca ha habido ‘guerras por el agua’, ni las habrá tampoco en el futuro

Nunca ha habido “guerras por el agua”, ni en la época moderna ni en la antigua. A lo largo de la historia, la humanidad siempre se ha establecido allá donde había un acceso fácil al agua. Algunas de las pinturas rupestres que se conservan en las cavernas muestran a los zahoríes, con su varita, buscando agua, que han logrado hallar incluso en los desiertos más áridos.

La humanidad siempre se movió hacia el agua y, cada vez con mayor frecuencia por el desarrollo de las fuerzas productivas, ocurre al revés: el agua se lleva a los mayores centros urbanos. Algunas de las ruinas arqueológicas más antiguas y emblemáticas de la humanidad son obras hidráulicas, como el Acueducto de Segovia. Lo mismo ocurre con instituciones, como el Tribunal de Aguas de Valencia, que es la institución judicial más antigua de Europa. Tiene su origen en la época musulmana y subsiste hasta la actualidad para regular el riego sin recurrir a la guerra.

Tradicionalmente en Palestina, la población de Gaza ha sido aislada por completo por Israel, excepto en el suministro de agua, que se ha mantenido siempre fuera de las sucesivas guerras. Hasta el 7 de octubre Israel suministró a Gaza 25.000 metros cúbicos de agua cada día. Luego cortaron el suministro y lo tuvieron que reanudar tres días después.

En el futuro, si hay guerras, el agua no será la causa. Con absoluta seguridad. La llamada “crisis del agua” o “estrés hídrico” es una distopía, una de las más aberrantes y apocalípticas profecías de las corrientes seudoecologistas.

La subcultura moderna ha cambiado una perspectiva ideológica ancestral sobre el agua que, históricamente, se consideró como un medio para lograr un fin, el desarrollo de la agricultura y la ganadería que alimentan a la población. Muy a menudo los humedales se secaban deliberadamente para ampliar la superficie roturada. Por el contrario, ahora el agua es un fin en sí mismo. Un humedal, como Doñana, está declarado Patrimonio de la Humanidad, pero un campo de árboles frutales que da de comer a esa misma humanidad no tiene esa misma consideración. ¿Por qué es menos importante el frutal que el humedal?

Con motivo de la supuesta sequía a comienzos de este año en Catalunya, ciertos medios seudocientíficos, como SINC, difundieron mensajes, como el siguiente: “Si las demandas de agua continúan excediendo los recursos existentes, en las sucesivas sequías aumentará la conflictividad socio-territorial por los recursos hídricos que ya venimos observando en los últimos meses: protestas de agricultores, pozos ilegales o zonas con restricciones en los abastecimientos” (1).

Una ideología reduccionista

Al hablar del agua, la mayor parte de las manipulaciones seudocientíficas son reduccionistas y, por lo tanto, simplistas. La más importante es que sólo se refieren al agua en estado líquido porque es la único que se aprovecha y, por lo tanto, tiene un mayor interés económico para la humanidad. Nunca aluden al hielo o al vapor de agua atmosférico. Sin embargo, la mayor parte del agua que hay en el planeta está congelada.

Desde el punto de vista ecológico interesan los tres estados del agua porque están interrelacionados. A diferencia de lo que sostienen los seudoecologistas, el volumen de agua líquida en el planeta ha aumentado desde hace 10.000 años, cuando acabó la última glaciación. Lo mismo cabe concluir de la tesis del calentamiento, porque el aumento de las temperaturas debería conducir al deshielo. Si esa tesis es cierta, como dicen, entonces cada vez habrá más agua en estado líquido y vapor de agua (humedad), que es justamente la conclusión opuesta a la que pretenden llegar las corrientes seudoecologistas.

Por lo tanto, en el futuro no debería haber carestía de agua líquida.

La segunda reducción es que del agua líquida solo se tiene en cuenta el agua superficial, también por motivos económicos: es la más fácil de utilizar y, en consecuecia, la más barata. Sin embargo, conduce a un error importante porque el agua subterránea es mucho más abundante que la superficial. Por lo demás, ambas interaccionan, como los Ojos del Guadiana, que son tramos sucesivos de aguas subterráneas y superficiales.

La manipulación ideológica extiende el tópico a ambas, es decir, tanto a las aguas superficiales como a las subterráneas. Por ejemplo, la NASA respalda un conocido tópico: que los acuíferos se están secando a un ritmo cada vez más rápido.

La tercera es que el agua de mar se mantiene al margen. Las guerras del futuro que pronostican no serán por el agua salobre. Por lo demás, ambas están también interrelacionadas. El agua marina puede infiltrar los acuíferos de agua dulce y al revés. El agua subterránea acaba en los mares en mayor cantidad que el agua de los ríos.

En los años sesenta del siglo pasado los geólogos descubrieron acuíferos bajo los mares del planeta, a unos 50 kilómetros de las costas. En 2011 la investigación se amplió: no son un fenómeno marginal sino que existen en la mayoría de las plataformas continentales y acumulan vastas reservas de agua que se calculan en medio millón de kilómetros cúbicos. Es tres veces el volumen de aguas superficiales (lagos, ríos, embalses) y equivale a todo el consumo humano (riego, usos industriales, agua potable) durante más de un siglo (2).

Las explicaciones simplistas, como la “crisis del agua”, forman tópicos falsos, puras construccciones ideológicas que carecen de fundamento. Asocian el calor con la sequía o el desierto con la falta de agua. Habitualmente se asocian las altas temperaturas con la falta de lluvias y éstas, a su vez, con la sequía. Pero en las regiones tropicales es donde más llueve, con precipitaciones torrenciales. Al mismo tiempo, bajo la arena de los desiertos hay grandes masas de agua.

El gran mito de la escasez

La propaganda seudoecologista ha impuesto un desplazamiento característico del lenguaje del terreno económico al ecológico. Por ejemplo, hablan de la “demanda” o del “consumo” de agua, expresiones que, aparte de falsas, no son ecológicas sino económicas. Desde el punto de vista ecológico el agua no es “irremplazable”, como pretende la Ley de Aguas de 1985. No se consume sino que circula.

En consecuencia, el agua no se puede “ahorrar”. Tampoco se puede desperdiciar. Es imposible. Sin embargo, es curioso constatar que si en 1900 se consideraba un desperdicio que las aguas de los ríos acabaran en el mar, sin poder ser aprovechadas, ahora el concepto de “ahorro” es el contrario: hay que dejar que el agua siga su curso, evitar cualquier aprovechamiento.

Sin embargo, la ideología burguesa vincula la economía con la escasez. En España la Ley de Aguas define el agua como un recurso escaso y, a su vez, la escasez se vincula con la competencia, la lucha por la supervivencia al más puro estilo de Hobbes y Darwin. Cuando llueve poco, el lenguaje se dramatiza aun más para hablar de millones de “refugiados climáticos” y del comienzo de una “guerra de todos contra todos”. La escasez domina el pensamiento seudoecologista por completo y, en referencia al agua, se concreta con expresiones como “sequía” y “sobreexplotación”, un término aún más confuso.

En cualquier caso, las tormentas, los diluvios, las crecidas, las riadas, los aguaceros y las inundaciones, es decir, la abundancia y el exceso de agua han desaparecido de las explicaciones ambientalistas. Hay frases acuñadas por los organismos internacionales, como la ONU, según las cuales en el mundo hay millones de personas, una de cada tres, que no tienen acceso al agua potable.

La búsqueda del término “doñana” en internet conduce a sistemáticamente al mismo callejón sin salida deprimente: sequía, contaminación, destrucción, desaparición… Los titulares, además de falsos, son sensacionalistas.

Al mismo tiempo, el discurso ideológico en torno al agua es contradictorio: aunque se centra en la escasez, las políticas ambientales europeas imponen la destrucción de los embalses de agua, una polémica que recorrió España el año pasado.

En el mundo no hay escasez de agua. En caso contrario, los manantiales llevarían un tapón incorporado. El 70 por ciento de la superficie del planeta está cubierto por el agua. El gas más abundante de la atmósfera, tras el nitrógeno y el oxígeno, es el vapor de agua. Las plantas, los animales y la humanidad consumen agua desde su mismo origen y, lo mismo que el aire, no se ha agotado. El volumen total de agua acumulada bajo tierra en el planeta se estima en 23 millones de kilómetros cúbicos. Podría cubrir toda la superficie de la Tierra con una capa de 180 metros de profundidad. “África descansa sobre enormes balsas de agua subterránea”, titulaba el diario El Mundo en 2012 (3). El volumen total de agua subterránea del Continente asciende a medio millón de kilómetros cúbicos, una cantidad que equivale a veinte veces el agua procedente de las precipitaciones anuales en todo África. Por su parte, el acuífero Alter do Chao, bajo el Amazonas, contiene 162.000 kilómetros cúbicos de agua (150 cuatrillones de litros) que podrían abastecer a toda la población del planeta durante 250 años.

El agua es una molécula con una fórmula química de las más conocidas, H2O, que es estable. Romperla requiere mucha energía. Es una sustancia que cambia de estado, al tiempo que su composición permanece idéntica a sí misma. Pasa del estado líquido, al vapor y al sólido (hielo) permanentemente. El gigantesco acuífero que hay bajo el desierto de Liba, por ejemplo, es “agua fósil”. Se formó hace más de 10.000 años, cuando acabó la última glaciación. El hielo se convirtió en agua líquida masivamente y se almacenó bajo la tierra.

Como cualquier otro fenómeno ecológico, el agua describe un ciclo. Ni se crea ni se destruye, sólo se transforma, cambia de estado. Los romanos recogían el agua de lluvia para sus hogares con el “impluvium”, una pequeña piscina en el centro del patio interior de la vivienda. De esa manera la recuperaban para el uso doméstico. Es un ejemplo de la circularidad y de que la cantidad de agua es siempre la misma. El agua viene de un sitio y va a parar a otro, en una forma o en otra.

En Kazajistán algunos colectivos se oponen a la construcción de la primera central nuclear junto al lago Baljach, el más grande del país. Según ellos, el lago está a punto de desaparecer y la central agravaría el problema al utilizar el agua del lago para refrigerar el reactor. Sin embargo, sólo tienen en cuenta una parte del ciclo porque, después de capturar el agua del lago, la central la devuelve al sitio de procedencia.

Todo el agua que hay en el planeta es reciclada y se seguirá reciclando indefinidamente. Se evapora, viaja a la atmósfera y vuelve a caer en forma de lluvia o de nieve. Una parte se filtra formando grandes masas subterráneas. A ella se suman las aguas residuales, que también se filtran al subsuelo.

No obstante, a diferencia de los embalses superficiales, los acuíferos no siempre se rellenan con el agua procedente de las precipitaciones recientes, sino que sus reservas son de “agua fósil”: proceden del final de la última glaciación, es decir, de hace miles, o incluso millones, de años.

En Islandia, por ejemplo, una isla donde el clima es frío la mayor parte del año, hay 39 corrientes subterráneas de aguas termales y géyseres que corren cerca de la lava volcánica. Mediante tuberías el agua caliente se conduce por debajo de las calles de Reikiavik, la capital, para derretir el hielo y llevar la calefacción a las viviendas. A pesar de ser una isla, a la población nunca le ha faltado agua en cantidad, ni tampoco calor. No necesitan poner un tapón a las cañerías, ni restringir su uso.

El agua es un recurso local

Lo mismo que el clima, el volumen de agua líquida también es una variable local. El problema del agua, pues, no es si hay suficiente sino en saber dónde está embalsada. Lo mismo ocurre con las sequías, que también son fenómenos acotados geográficamente. Por lo tanto, cuando se alude a la “escasez de agua” hay que localizar la región en la que se produce. Cuando en un lugar se produce una sequía, es absurdo “ahorrar” agua en otra distinta. Sin embargo, con el desarrollo de las fuerzas productivas se han podido conseguir ciertos logros que, una vez más, se deberían calificar de “económicos” más que “ecológicos”.

La consecuencia de ello es que si antes la humanidad corría detrás del agua, ahora ocurre al revés. Hoy el agua emigra más que el hombre. La humanidad se establece en cualquier lugar y pretende disponer de agua líquida en cualquier circunstancia. Por ejemplo, ha convertido campos de secano en regadíos o en verdes campos de golf.

Lo mismo que los glaciares, tampoco se conocen los acuíferos que hay en el mundo. Las informaciones se refieren casi exclusvamente a su desaparición, ocultando que también se descubren nuevos ríos subterráneos, como el que apareció en 2011 en Namibia, uno de los países más secos del África subsahariana. Tiene 10.000 años de antigüedad, es decir, que el agua también procede de la última glaciación. Su capacidad es suficiente para abastecer a la población de la zona durante 400 años (4).

En 2012 apareció una gran masa de agua dulce cerca Perpiñán, que podría contener la mayor reserva del sur de Francia y posiblemente de Europa (5).

El año pasado descubrieron un mar de agua dulce bajo el suelo de Sicilia de 17,5 kilómetros cúbicos. También es “agua fósil”: tiene más de seis millones de años de antigüedad y se encuentra entre 700 y 2.500 metros bajo tierra (6).

Los gigantescos acuíferos que hay bajo los mares tampoco son muy conocidos pero, en efecto, también hay agua dulce bajo el agua salada, aunque no es totalmente dulce, sino ligeramente salobre, pero mucho menos que la de los mares: un gramo por litro contra 18 gramos por litro en el Mediterráneo. Estas reservas podrían abastecer a las plantas desaladoras de manera más ventajosa que el agua de mar. Es lo que hacen desde 1998 en Cape May, Nueva Jersey, que obtiene parte de su suministro de agua potable de un acuífero de este tipo.

En 2019 un equipo de geólogos de la Universidad de Columbia, en Nueva York, descubrió 3.000 kilómetros cúbicos de agua dulce atrapada en sedimentos porosos bajo el agua salada del mar en la costa noreste de Estados Unidos.

Los geólogos aseguraron entonces que es el acuífero más grande que se ha encontrado hasta el momento. Lo califican de “gigantesco”. El depósito recorre desde la costa del estado de Massachusetts hasta Nueva Jersey y abarca unos 350 kilómetros de la costa del Atlántico en esa región de Estados Unidos. Si la reserva estuviera en la superficie, formaría un lago de cerca de 40.000 kilómetros cuadrados.

En la literatura científica se ha abierto camino la convicción de que este tipo de depósitos de agua dulce son abundantes, pero aún se sabe muy poco sobre sus volúmenes y su distribución a lo largo del planeta.

(1) https://www.agenciasinc.es/Entrevistas/Nos-enfrentamos-a-la-actual-sequia-con-aguas-subterraneas-en-peor-estado-que-en-otras-ocasiones
(2) https://www.lemonde.fr/planete/article/2013/12/06/de-vastes-reserves-d-eau-douce-sous-les-mers_3526469_3244.html
(3) https://www.elmundo.es/elmundo/2012/04/20/natura/1334919992.html
(4) https://www.agenciasinc.es/Visual/Fotografias/El-agua-del-gran-acuifero-descubierto-en-Namibia-tiene-10.000-anos-de-antigueedad-y-es-apta-para-el-consumo
(5) https://www.midilibre.fr/2012/01/06/la-plus-grande-reserve-d-eau-douce-d-europe,440296.php
(6) https://doi.org/10.1038/s43247-023-01077-w

Cuando Gadafi creó un gigantesco río artificial en medio del desierto

La información meteorológica, que antes era muy marginal, ocupa un espacio cada vez mayor en los noticiarios y algunos suponen que los medios no manipulan este tipo de informaciones, sino sólo las políticas porque son “partidistas” o “ideológicas”.

Sin embargo, la información meteorológica se distorsiona del mismo modo, como se ha visto esta primavera con las insistentes noticias acerca de la sequía, acompañadas de la inevitable imagen de un pantano vacío.

La sequía se equipara con la falta de lluvias y el agua con los ríos, lagos y embalses. Las aguas subterráneas no existen porque no se ven y, por lo tanto, nunca las mencionan. Hasta los años ochenta, en España los planes hidrológicos sólo tuvieron en cuenta las aguas superficiales. No obstante, a excepción de las masas heladas, las aguas subterráneas representan casi todo el agua dulce que hay en el planeta.

El desierto, el calor y la falta de agua están estrechamente asociados en la mitología de los seres humanos que jamás han estado en lugares así. Es lo único que les han mostrado a lo largo de su vida. Sin embargo, bajo las arenas de los desiertos hay grandes masas de agua, verdaderos océanos.

Es el caso del Sáhara y de países áridos, como Libia, donde no hay ríos, ni lagos, ni embalses. En algunos lugares del país norteafricano transcurren décadas sin ver la lluvia en absoluto. Sin embargo, en 1953, durante la búsqueda de nuevos yacimientos de petróleo en el sur, descubrieron cuatro enormes acuíferos, el sistema nubio, que se extiende a los países vecinos y almacena miles de kilómetros cúbicos de agua.

Cuando Gadafi asumió el poder en 1969, nacionalizó la explotación del petróleo y comenzó a usar los ingresos para perforar 1.300 pozos en el desierto, algunos de hasta 500 metros de profundidad, para llevar el agua dulce a la población y fomentar la agricultura. Fue una obra gigantesca de infraestructura, con 4.000 kilómetros de una red de tuberías, que fueron calificadas como el Gran Río Artificial.

Como es característico, los medios de intoxicación occidentales calificaron al proyecto y a su autor de “megalómano”. Pero las obras comenzaron en 1984, cuando Gadafi puso la primera piedra de la fábrica de producción de tubos en Brega.

En 1991 se completó la primera fase del proyecto y empezaron a llegar dos millones de metros cúbicos de agua a 6,5 ​​millones de personas que vivían en las ciudades de Trípoli, Bengasi, Sirte y otras. El agua regó 155.000 hectáreas de tierra, el proyecto de regadío más grande del mundo.

En 1999 la UNESCO aceptó la propuesta de Libia para financiar el Premio Gran Río Artificial Internacional, un galardón para promocionar las investigaciones científicas sobre el agua en las zonas áridas.

En 2011 la OTAN atacó Libia, asesinó a Gadafi y bombardeó las tuberías del Gran Río Artificial, cerca de Brega, incluyendo la planta que las fabricaba. La brutal agresión dejó sin agua al 70 por cien de los libios que, desde entonces están sumidos en una guerra permanente.

En la inauguración de la primera fase del proyecto, en 1991, Gadafi pronosticó: “Después de este logro, las amenazas estadounidenses contra Libia se duplicarán. Estados Unidos inventará excusas, pero la verdadera razón es detener este logro para mantener al pueblo de Libia oprimido”.

Los grandes acueductos subterráneos

En los desiertos de Marruecos, las precipitaciones también se filtran a través de la arena y se acumulan en el subsuelo formando acuíferos a poca profundidad. Desde tiempo inmemorial las comunidades locales han construido sistemas de irrigación (“khetthara”) que les permiten captar y conducir el agua mediante galerías horizontales y pozos.

En los lugares desérticos, este tipo de tecnología subterránea cumple mismo papel que las acequias, los canales y los acueductos: transportan agua bajo tierra para reducir las pérdidas que tendrían por filtración y evaporación si lo hicieran por la superficie.

Lo mismo se observa en el desierto de Taklamakan, en Xinjian (China), que es uno de los más grandes del mundo. Abarca más de medio millón de kilómetros cuadrados y en su entorno viven aproximadamente diez millones de personas. Bajo su superficie arenosa hay canales subterráneos llamados karezes (o qanats), que son una de las obras hidráulicas más importantes de Asia.

La tecnología karez tiene más de 2.000 años. Es una galería subterránea horizontal que transporta agua desde los acuíferos en abanicos aluviales premontañosos hasta tierras de cultivo de menor elevación. El agua para el karez lo proporciona el pozo madre, que se hunde en la zona de recarga del agua subterránea.

Las estadísticas de 1944 muestran que había 379 karezes en el área de Turpan. En 1952 eran 800, con una longitud total de 2.500 kilómetros, equivalente a la longitud del Gran Canal. Hoy en día hay más de 1.000 karezes en la zona de Turpan.

Al estar muy alejado de los océanos y rodeado por enormes montañas por sus costados, el desierto de Taklamakan es uno de los más áridos de la Tierra. Las extracciones excesivas de aguas subterráneas y la construcción de embalses en los ríos principales secaron muchos lagos. Sin embargo, a principios de este siglo aparecieron inesperadamente más océanos de agua dulce bajo las arenas del desierto.

Es un engaño asociar un desierto con la ausencia de agua. La mayor parte de las veces sólo hay que saber cuánto hay que profundizar para extraerla.

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