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‘Primero te encarcelan y luego ya buscarán los motivos’, afirma el portavoz del Movimiento Antirrepresivo de Madrid

Marco Fernández es el portavoz del Movimiento Antirrepresivo De Madrid, la organización que ha dado a conocer el caso de Dani Gallardo. Este joven de 22 años ha pasado más de 7 meses en prisión preventiva por solidarizarse con el pueblo catalán. Junto a 4 personas, fue detenido el 16 de octubre en una de las protestas post-sentencia. Durante la crisis del coronavirus salió la petición de la Fiscalía sobre su caso: 6 años de cárcel y una multa de más de 6000 euros. La suspensión de las visitas a los centros penitenciarios dificultó la comunicación con los presos. Ahora, el Movimiento Antirrepresivo De Madrid intenta seguir dando voz a la lucha de Dani Gallardo.

¿Cómo fue la detención de Dani Gallardo?

Tanto nosotros como diferentes colectivos de Madrid organizamos una respuesta contra la sentencia de los líderes independentistas catalanes. Lanzamos una convocatoria para el 16 de octubre en la Puerta del Sol, dos días después que saliera la resolución. Fue una protesta exitosa que transcurrió sin prácticamente incidentes. Tan solo hubo un par de neonazis que intentaron boicotear la concentración, pero se los expulsó sin ningún problema. Cuando dimos la manifestación por terminada, de manera espontánea, se decidió improvisar una protesta dirigida al congreso. Más de 1000 personas salieron de la Puerta del Sol al grito de “Aquí están los antifascistas” y “Solidaridad con el pueblo catalán”. Ya por el camino los antidisturbios se pusieron a cargar y a reprimir duramente aquella manifestación. La actuación policial fue bastante violenta, como de costumbre. Esa noche hubo 4 detenciones, entre ellas las de Dani y Elsa, la chica con la que había acudido a la concentración.

Y aquí entráis vosotros…

Bueno, nos empezaron a llegar noticias de las detenciones e intentamos averiguar quiénes eran y que necesitaban. Aun así, los casos de aquel octubre fueron inusuales. Normalmente, los detenidos en protestas suelen formar parte de algún colectivo, están dentro de alguna plataforma. Esto nos hace relativamente más sencillo el trabajo de solidaridad más inmediato. Nos ponemos en contacto con dicha organización y pactamos el camino a seguir, ayudando en lo que haga falta. En esos casos tenemos alguien a quien dirigirnos. Sin embargo, muchos de los detenidos durante aquel mes no formaban parte de ningún colectivo. No sabíamos quien eran esas personas. Nos encontramos con que no sabíamos nada: nada de nada.

Entiendo que esto dificultó vuestro trabajo

Básicamente. Lo cierto es que tuvimos mucha suerte durante el proceso. Nosotros lo que hicimos fue lanzar mensajes en redes sociales explicando que había habido detenciones y que no sabíamos quien eran aquellas personas. Pedimos a todo aquel que tuviera alguna noticia o alguna sospecha que nos contactara. De este modo nos empezó a llegar información de amigos perdidos, de chicos detenidos, hasta que acabamos dando con ellos. En el caso de Dani Gallardo podríamos decir que se nos alinearon los astros. Un compañero de Dani se enteró de los hechos y contactó con un abogado amigo suyo a quien nosotros ya conocíamos. Eso nos ayudó un poco.

¿En qué sentido?

La comunicación era mucho mejor. Teníamos alguien a quien dirigirnos. Al día siguiente nos pudo informar de que tanto Dani como Elsa iban a declarar. Él mismo nos informó de que iban a dictar prisión provisional por Dani. Cuando supimos esto, desde Movimiento Antirrepresivo De Madrid nos pusimos en contacto con otros amigos de Dani para dar a conocer su situación.

¿Cómo fue la adaptación de Dani en la cárcel?

La verdad es que, en este sentido, la personalidad de Dani es una suerte. Él es una persona bastante positiva, alegre y animada. Tiene muy buen ánimo y mucha entereza para casi todo, incluso para enfrentarse a lo que se está enfrentando. Ha encajado muy bien con los otros presos. Aun así se nos ha informado de que el trato con los funcionarios no es siempre tan correcto. Creemos que Dani ha sido tratado diferente por el hecho de ser un preso político. Por ejemplo, cuando estuvo en comisaría recibió maltratos por parte de los policías allí presentes. Vejaciones y humillaciones dirigidas a ellos únicamente por temas políticos. Además, algún funcionario ha increpado a Dani por el tema de las cartas. Cuando entró en prisión, nosotros subrayamos la importancia de la solidaridad con Dani. De hecho, es el preso que más cartas recibe del módulo, con diferencia. Tenemos constancia que se le ha preguntado por qué él recibe tantas cartas o que quien es él para que le escriba tanta gente. Ya no es que lo digamos solo nosotros. Hay muchos organismos y plataformas internacionales que han denunciado el carácter sistémico de la tortura en las comisarías y cárceles españolas. Esto es una cosa que la gente no conoce, niega y dice que es mentira.

¿Habéis tenido ningún impedimento legal para hablar o ver a Dani?

Obviamente ha existido el problema de comunicación. Nosotros prácticamente no nos comunicamos directamente con él, normalmente su novia nos hace de intermediaria. Le escribimos muchas cartas y algunas veces un compañero nuestro que es abogado lo vista en representación del Movimiento. Pero creemos que si no ha habido más impedimentos es únicamente porque sería entrar en la ilegalidad. Aun así, sí que es cierto que hubo algunos problemas con algunas de las cartas. Para que alguien pueda visitar a Dani en la prisión, él tiene que hacer una autorización des de dentro. Una de las cartas que se le mandó llevaba nombres y teléfonos de personas, para que él pudiera hacer este trámite, y por algún motivo no le llegó nunca.

¿En qué estado se encontraba el proceso judicial antes de la pandemia?

Dani aún no había sido juzgado, ni siquiera había salido la petición de Fiscalía. Estaba todo en la fase de instrucción. Eso sí, se han negado una y otra vez a darle la libertad. Esta prisión preventiva no se sostiene por ningún lado. Las pocas pruebas que hay son las aportadas por agentes y atufa por todas partes a montaje policial. Cuando judicialmente se decreta la provisional, se intentó recurrir. La respuesta se basó en argumentos como que su padre vive en Cádiz, que no se entiende muy bien que tendrá a ver. Obviamente el riesgo de fuga es al extranjero, no que te vayas a ir a Cádiz. Y eso que se ha demostrado que Dani estaba plenamente establecido en Madrid. Allí tenía un contrato de alquiler, un contrato laboral, su pareja, sus amigos… Se volvió a pedir la libertad provisional y se lo volvieron a denegar. De hecho, esta segunda vez aún fue más grave, porque el juez se ventiló la demanda en cinco líneas. Sin apenas argumentos. La única razón que dio para mantener a Dani en prisión fue literalmente que “lo que había hecho era muy grave”. Dani es inocente, no se ha demostrado que haya hecho nada. No ha sido juzgado y, según nos lo venden, no debería ser culpable. Aun así, el juez está dando por buena la versión de la policía y la Fiscalía, usando sus pruebas por mantener a Dani en prisión.

¿Consideráis que se está haciendo un mal uso de la prisión provisional?

Sin entrar a valorar la figura de la prisión provisional, creemos que en este caso se está usando claramente de modo arbitrario e injustificado. Dani es un chivo expiatorio, una cabeza de turco, con la que el estado ha querido mandar un mensaje, un aviso para navegantes. Es evidente que se ha querido propagar el miedo para ahogar todas las muestras solidaridad y rebeldía con el pueblo catalán. Este caso es otro ejemplo del estado de excepción permanente en el que vivimos y la falta de derechos totales. El caso de Dani es el modus operandi de la represión española: primero te encarcelan y luego ya buscarán los motivos. Aun así, como suele ocurrir muchas veces, ese terror solo se transforma en más solidaridad. Acaba cayendo en su contra. Aquí es donde entra nuestro trabajo de difusión para hacer llegar los casos a todo aquel que no los conozca. Denunciándolos se pone aún más al descubierto la verdadera cara antidemocrática y autoritaria del régimen español y la gente sale más a la calle.

¿Cómo está viviendo la pandemia Dani, dentro de la cárcel?

Hemos estado preguntando y afortunadamente está bien. Dani no ha tenido problemas de salud, al parecer. Él está tranquilo, no ha habido ningún caso de coronavirus en el centro y no ha habido mayor problema. Al principio le afectó un poco anímicamente, porque si la situación ya es rara para todos, vivirla dentro de la cárcel y estar lejos de los tuyos lo hace aún más difícil. Además, nada más empezar todo esto, suspendieron las visitas a los presos. Aunque mentalmente esto le afectó ahora ya está mejor.

La relación no debe ser la misma…

No. De hecho, des del principio de la pandemia reclamamos poder volver a hacer visitas, o establecer nuevas vías de contacto con los reclusos. Nosotros y un montón de plataformas de derechos de los presos. Podemos entender que suspendan las visitas vis a vis, pero no las visitas en locutorio. ¿Qué vas a contagiar haciendo una visita a través de un cristal de 5 cm de grosor? Hemos hecho muchas propuestas. Se ha reclamado, por ejemplo, poder hacer videollamadas, o que las llamadas por teléfono sean gratuitas. Aun así, no ha habido mucha suerte.

¿Como afrontáis el futuro juicio de Dani?

Sin ideas concretas, no hemos hecho ningún balance. De hecho, la primera vez que pedimos la revocación de la prisión provisional, recuerdo que estábamos convencidos de que lo iban a soltar. Fue un varapalo y ahora mismo no queremos vaticinar nada, pero optimistas no somos. Hay que tener en cuenta que aquellos días en Cataluña hubo hasta 40 personas encarceladas provisionalmente. Me acuerdo de que el ministro Grande-Marlaska salió a decir públicamente, sin un ápice de vergüenza, que estarían en prisión mientras duraran las protestas. Vamos, reconoció que eran rehenes para chantajear al pueblo catalán para que cesaran las movilizaciones. Efectivamente fue así, cuando pararon las manifestaciones empezaron a salir los 40 que había más o menos. Ahora mismo salvo los dos chicos magrebíes que están en un CIE, ya no queda ninguno. Sin embargo, Dani no, a él le han mantenido. El estado se ve en minoría en Cataluña y tiene que ceder un poquito. Sin embargo, en Madrid no se puede permitir regalar ni un milímetro de terreno. Van a ir a por todas hasta el final. Por eso, siete meses después, Dani sigue en prisión sin ser juzgado y, por eso, nos seguiremos manifestando.

https://noticiesentrereixes.wordpress.com/2020/06/07/primero-te-encarcelan-y-luego-ya-buscaran-los-motivos/

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La corrupción sindical en Argentina

Los sindicatos son una de las organizaciones más influyentes de Argentina. Cerca de 40 por ciento de la fuerza de trabajo está afiliada a algún sindicato.

No obstante, su poder económico reside en que administran los planes de salud de sus afiliados, un negocio bastante lucrativo.

Muchas de ellas tienen, además, fuertes vínculos con políticos, así como con asociaciones y clubes de fútbol, que posibilitan actividades como la reventa de entradas, la compraventa de jugadores y el control de los aparcamientos del estadio, actividades que a menudo están vinculadas al blanqueo de dinero negro.

En 2018 el fiscal Sebastián Scalera emitió una orden de deteción contra Pablo Moyano, dirigente del sindicato de camioneros y vicepresidente del equipo de fútbol Independiente. El fiscal le acusaba de dirigir una organización ilegal que lavaba dinero en cooperación con la “barra brava”, los hinchas de Independiente.

A través de la cuenta del club en Liechtenstein el grupo blanqueó 30 millones de dólares, según informó Clarín.

Sólo unos días más tarde el juez Luis Silvio Carzoglio puso en libertad a Moyano por falta de pruebas.

Pablo Moyano es hijo de Hugo Moyano, uno de los más poderosos dirigentes sindicales de Argentina. Hugo y otros miembros de su familia también están acusados de corrupción, lavado de dinero y evasión de impuestos.

Desde 2015 al menos cuatro importantes dirigentes sindicales han sido investigados y encarcelados por corrupción. Contra muchos otros se iniciaron investigaciones penales.

Aquel año Macri llegó a la presidencia con el propósito de acabar con la corrupción sindical, aunque en realidad lo que trataba era de imponer una reforma económica, para lo cual había que poner a los sindicatos contra las cuerdas.

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El imperialismo pone precio a los dirigentes activos de las FARC

El Departamento de Estado ha anunciado una recompensa a cambio de cualquier información que lleve a la detención y condena de Iván Márquez y Jesús Santrich.

El primero ya tenía un precio de cinco millones, que fue aumentado ayer.

A finales del acuerdo “de paz” de 2016 entre el gobierno de Bogotá y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), 13.000 excombatientes fueron desarmados y los renegados se transformaron en un partido político.

El gobierno de Colombia calcula el número de combatientes activos de las FARC en 2.300, capitaneados por Márquez, que era el número dos de la organización y su principal negociador.

En agosto Márquez anunció que tomaba las armas de nuevo para unirse a ellos, como ya lo había hecho Jesús Santrich. Este último había pasado a la clandestinidad el año pasado cuando Estados Unidos exigió su extradición.

El jefe de la diplomacia de Estados Unidos, Mike Pompeo, lanzó una acusación típica contra ambos: tráfico de drogas y apoyo al gobierno de Venezuela.

Actualmente el grupo guerrillero opera sin un comando unificado, según el gobierno de Bogotá.

El miércoles en una operación contra las FARC en el centro de Colombia, seis soldados murieron y ocho resultaron heridos al caer en una emboscada, según anunció el ejército.

La operación se llevó a cabo en el municipio de La Macarena, en el departamento del Meta (centro), según el comunicado del ejército. «Los soldados heridos fueron atendidos por el personal médico de la unidad y evacuados por avión», dijo el ejército, prometiendo «investigaciones» para «determinar las circunstancias» que llevaron a la muerte de los soldados.

El país sudamericano sigue viviendo una guerra de guerrillas que, en más de cincuenta años, se ha cobrado casi nueve millones de víctimas, muertos, desaparecidos y desplazados.

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Racismo y terror policial en las favelas de Río de Janeiro

Cuando Rafaela Matos vio los helicópteros de la policía sobre su favela y escuchó disparos, cayó de rodillas y pidió a Dios que protegiera a su hijo, João Pedro. Luego llamó al chico para asegurarse de que estaba bien.

«Tranquilo», respondió João Pedro, explicando que estaba en casa de su tía y que todo estaba bien. Unos minutos después de que enviara el mensaje, la policía irrumpió y disparó al chico de 14 años en el estómago con un rifle de alto calibre a corta distancia.

João Pedro Matos Pinto es una de las más de 600 personas asesinadas por la policía en el estado de Río de Janeiro en los primeros meses de este año. Esto es casi el doble de la cantidad de personas asesinadas por la policía durante el mismo período en el conjunto de los Estados Unidos, que tiene 20 veces la población de Río. Al igual que João Pedro, la mayoría de los muertos en Río eran negros o mestizos y vivían en los barrios más pobres de la ciudad o en las favelas.

Mientras que en Estados Unidos el movimiento antirracista saca a cientos de miles a las calles de todo el mundo, los manifestantes indignados por la muerte de João Pedro hace un mes han estado organizando las mayores manifestaciones contra la brutalidad policial en años en las calles de Río.

Sin embargo, las protestas no se acercan al impacto público de otros países. Los brasileños quieren que su lucha cobre impulso porque en su país más de la mitad de la población es negra o mulata, con un problema de terrorismo policial que eclipsa con creces al de otros países.

El año pasado la policía de Río asesinó a 1.814 personas, según datos oficiales. Es el triple que cinco años antes. Este año el número de muertes está en camino de repetirse.

“Matan a adolescentes tras adolescentes en sus casas todos los días. Estamos aquí porque tenemos que estar”, dijo João Gabriel Moreira, estudiante de ingeniería civil de 19 años, en una protesta el 10 de junio en Duque de Caxias, una ciudad pobre de la zona metropolitana de Río. Dijo que hasta este año nunca había protestado en la calle.

“Matar a un joven negro en una favela, se ve como algo normal; debe ser un traficante de drogas”, dice Moreira. “El racismo siempre ha sido velado en Brasil. Es por eso que tan pocos de nosotros estamos aquí. Si Brasil tuviera conciencia racial, esta calle estaría llena”.

La policía de Río de Janeiro dijo inicialmente que estaban persiguiendo a un criminal en una operación conjunta de las policíaes civil, militar y federal cuando dispararon a João Pedro el 18 de mayo. No había signos de actividad ilegal en la casa del complejo de favelas Salgueiro, según Eduardo Benones, un fiscal federal que investiga la operación.

El padre de João Pedro, Neilton Pinto, estaba sirviendo pescado en un quiosco de la bahía cuando oyó los helicópteros. Cuando llegó al lugar, la policía ya se había llevado el cadáver de su hijo adolescente.

La policía no llevó a João Pedro al hospital y su familia tuvo que comenzar una búsqueda frenética. Rafaela, de 36 años, recibió un rayo de esperanza cuando leyó un mensaje de WhatsApp en el teléfono de su hijo.

No hubo respuesta de quien estuviera usando el teléfono de João Pedro. Pero se extendió una campaña por los medios sociales y su cuerpo fue localizado al día siguiente, dentro de un instituto forense de la policía.

La investigación del fiscal Benones busca responsabilizar al Estado brasileño por la muerte de João Pedro, alegando que ocurrió en un contexto de racismo institucional. Todas las declaraciones y los relatos de los testigos indican que João Pedro y los demás presentes no representaban ninguna amenaza para la policía.

“No puedes decir que es racismo de ese oficial de policía, sino una práctica de las fuerzas policiales de no tener cuidado al tratar con la población negra. Y si algo sucede, es visto como un daño colateral”, dice el fiscal.

En respuesta a la indignación por la muerte de João Pedro, el 5 de junio el Tribunal Supremo de Brasil prohibió las redadas policiales en las favelas hasta que termine el toque de queda.

https://apnews.com/8bfe3a86aa1db5b9671d9d41be8617b7

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Represión

Tecnología, clases sociales y lucha de clases

La campaña a la elecciones presidenciales de Estados Unidos de 1960 supuso un viraje en el recurso a las nuevas técnicas para el control de masas. No sólo se trataba de recaudar votos, para lo cual la televisión empezó a desempeñar un papel fundamental, sino de manipular a los votantes, algo que forma parte de la dominación de clase porque es una parte de la sociedad la que trata de imponerse sobre la otra. En un país esclavista, como Estados Unidos, esas clases sociales se diferencian, entre otras cosas, por el color de su piel y en 1960 el Partido Demócrata quería ganar las elecciones consiguiendo que los negros y otras minorías raciales acudieran a votar y votaran a su candidato: Kennedy.

Robert Kennedy, director de campaña de su hermano, recurrió a un miembro del MIT (Instituto Tecnológico de Massachussetts), Ithiel de Sola Pool, que puso en marcha una técnica novedosa: las bases de datos (“big data”), la recopilación y procesamiento de la información personal.

En una época en la que había muy pocos ordenadores, De Sola Pool diseñó un programa informático que, lo mismo que los informáticos que lo implementaron, permaneció en secreto durante muchos años.

Tenía una empresa llamada Simulmatics Corporation que realizó más de 100.000 entrevistas y, además, procesó más de sesenta encuestas sobre las elecciones de los años cincuenta.

Clasificó a los votantes, generando hasta 480 perfiles diferentes (afroamericanos, metropolitanos, católicos, nivel de ingresos, ideología) sobre 52 grupos temáticos diferentes.

Justo antes de la Convención Demócrata, Simulmatics estudió el voto de los negros del norte de Estados Unidos, que iba a ser clave en la votación.

Así ocurrió; se había inventado el futuro (1) y Kennedy ganó las elecciones, De Sola Pool pasó a trabajar para el Pentágono y se convirtió en uno de los fundadores de Darpa y de Arpanet, el antecedente de internet.

Aquellos años no sólo se caracterizaron por las nuevas tecnologías sino por la Guerra de Vietnam. Simulmatics realizó para Darpa la campaña masiva de intoxicación sicológica contra el Vietcong.

Aquellos también fueron años de lucha contra el racismo, que alcanzó su cumbre en 1967 cuando las ciudades estallaron en llamas en todo el país.

El Presidente Johnson creó la Comisión Kerner para atajar la agitación social (2). A su vez la Comisión se dirigió a Simulmatics para analizar los “puntos calientes” (hotspots) de la lucha y para identificar a los negros que dirigían las movilizaciones. Luego identificaron y entrevistaron a otros negros en otros lugares, desde peluquerías hasta iglesias.

En los sondeos les preguntaron su opinión sobre la cobertura mediática de las luchas y reunieron información sobre los movimientos de los vecinos de cada una de las ciudades y los barrios más combativos, quién convocaba las manifestaciones y con quién hablaban los manifestantes antes y después de las movilizaciones.

Los cuestionarios preguntaban incluso por la circulación de vehículos en los peajes, las ventas en las gasolineras y las rutas de los autobuses.

Johnson y la Casa Blanca querían utilizar la información reunida por Simulmatics para rastrear el flujo de información durante las protestas, identificar a los dirigentes y decapitar el movimiento.

La nuevas técnicas formaban parte de la represión política, tanto en su sentido formal o judicial, como parapolicial, es decir, para frenar al movimiento exterminando físicamente a sus dirigentes.

Crearon perfiles racistas que, además de aplastar un movimiento ya existente, tenía como objetivo impedir que se pudiera reproducir en el futuro. Era, pues, típicamente fascista, como ya hemos expuesto en otras entradas. Era predictiva, era discriminatoria y era selectiva, un antecedente de lo que hoy tenemos delante de nuestros ojos.

Los modelos informáticos de los sesenta son el fundamento de los asesinatos posteriores de miles de negros y latinos, así como de su encarcelamiento y persecución constantes.

Aquellos modelos han vuelto a la actualidad no sólo por motivos electorales, ni tampoco racistas exclusivamente, sino por la pandemia: los médicos acaban de descubrir que los negros, los latinos y los indígenas se han contagiado de manera desproporcionada y deben proceder a hacer seguimientos y rastreos, buscar, perseguir… por motivos de salud pública, para evitar la propagación del virus.

En Estados Unidos los negros y las minorías raciales nunca dejarán de ser una amenaza, de un tipo o de otro, política o sanitaria.

(1) https://www.newyorker.com/magazine/2020/03/09/the-problems-inherent-in-political-polling
(2) https://www.history.com/this-day-in-history/kerner-commission-report-released

Más información:
— Holanda dispone de un sistema de vigilancia permanente sobre los pobres e inmigrantes
— ‘Minority Report’: delincuentes en potencia y policías del futuro
— ‘Minority Report’(3): la policía predictiva de Los Ángeles ya está en marcha
— Minority Report(4): La represion fascista con algoritmos matemáticos (PredPol)
— Minority Report(5): la policía predictiva se concentra en los ‘puntos calientes’ de la ciudad
— Minority Report(6): cómo detener a los futuros manifestantes antes de que cometan actos violentos
— Minority Report(7): el funcionamiento de la policía en una sociedad dividida en clases sociales
— Minority Report(8): el panóptico ya es una realidad, el ojo que todo lo ve
— Empresas informáticas creadas y subcontratadas por la CIA: el Caso Palantir

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La CIA prepara la ‘revolución de las pantuflas’ en Bielorrusia

La CIA y su cohorte de satélites preparan una “revolución” en Bielorrusia que se llamará “de las pantuflas” porque los colorines se han agotado. Así la ha calificado The Guardian (1), aunque luego rectificó y cambió el titular (“Slipper Revolution”).Pero un calificativo tan original no podía ser obra del periódico británico sino de la propia CIA. El 6 de junio así aparecía en Radio Free Europe / Radio Liberty (2). Luego el gobierno de Estados Unidos y el Consejo Atlántico, o sea, la OTAN, volvieron a mencionar las pantuflas en un artículo sobre Bielorrusia.

El Centro de Análisis de Políticas Europeas, otro tinglado de Washington, evitaba el empleo de las pantuflas, pero no la necesidad de desestabilizar Bielorrusia.

Es evidente que algo está preparando el imperialismo a las puertas de Rusia.

El país tiene una industria muy desarrollada que exporta principalmente maquinaria pesada. Gran parte de la economía sigue siendo propiedad del Estado, por lo que consiguió evitó el desastre económico que se produjo en Rusia en tiempos de Yeltsin.

Desde 1995, Rusia y Bielorrusia tienen un acuerdo para formar un “Estado de la Unión” que permite a los ciudadanos de cualquiera de ambos el derecho a trabajar y a establecerse permanentemente en cualquiera de ellos sin atenerse a procedimientos formales de inmigración.

Otro Tratado firmado en 1999 incluye la defensa común y la integración económica, así como un Parlamento de la Unión y otras instituciones.

Rusia subvenciona el gas natural y el petróleo que entrega a Bielorrusia. Pero una parte del petróleo lo refina y exporta para obtener divisas en los mercados occidentales.

Pero Lukashenko no lo tiene tan claro y se hace querer, por lo que Rusia está exigiendo precios más altos para su petróleo. Por su parte, el gobierno de Minsk tiende lazos a Estados Unidos y a otros países occidentales.

Bielorrusia está diversificando a sus proveedores de petróleo, firmando contratos con Azerbaiyán, Noruega y Arabia saudí, aprovechando el desplome de los precios.

A principios de febrero Pompeo visitó Minsk y ofreció por primera vez vender el petróleo de Estados Unidos a precios competitivos. Fue el primer viaje a Bielorrusia de un secretario de Estado desde que Lukashenko asumió la presidencia.

Luego, en abril, ambos países restablecieron oficialmente relaciones diplomáticas después de 10 años de vacío.

Acercarse al imperialismo también tiene su precio. Una embajada de Estados Unidos es un nido de conspiraciones para un gobierno tan poco dócil que no ha caído en ninguna de las trampas del coronavirus y el confinamiento.

Las “revoluciones de colores” que incuba la CIA siempre tienen su origen en elecciones y el 9 de agosto Bielorrusia celebra las suyas, así que hay que esperar que empiecen a llegar los observadores internacionales, las controversias, las acusaciones y demás, que irán seguidas de protestas “populares”, manifestaciones y blogs críticos con Lukasheko, estereotipo de “dictador”.

El año pasado la Fundación Nacional de Estados Unidos para la Democracia financió al menos 34 proyectos y organizaciones en Bielorrusia y presenta al menos dos candidatos para competir con Lukashenko: Syarhey Tsikhanusky y, sobre todo, Valery Tsepkalo.

Un tercero en discordia, Viktor Babariko, parece ejercer el papel de peón del Kremlin.

Al comienzo de la campaña, miles de personas hicieron fila en las ciudades para firmar peticiones apoyando las candidaturas patrocinadas por Estados Unidos, ya que deben reunir 100.000 firmas para poder participar.

Los secuaces del imperialismo siguieron el guión previsto y empezaron a agitar zapatillas gracias a un llamamiento promovido por YouTube.

(1) https://www.theguardian.com/world/2020/jun/16/slipper-revolution-lukashenkos-reign-under-pressure-in-belarus
(2) https://www.rferl.org/a/belarus-s-slipper-revolution-seeks-to-stamp-out-lukashenka-is-he-at-risk-/30656256.html

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Salud

La OMS es una veleta que cambia de criterio de la noche a la mañana según sople el viento

1. ¿Confinamiento? Sí, no, quizá, es posible, a veces…

A finales de abril la portavoz de la OMS, Margaret Harris, manifestó que nunca aconsejaron imponer a las poblaciones del mundo un confinamiento obligatorio y generalizado, algo que carece de precedentes en la historia de la humanidad.

Una medida sin precedentes sólo puede ser consecuencia de un fenómeno de la misma magnitud, extraordinario y terrorífico a la vez, que quizá aparezca en la chistera (o el ordenador) de algún reputado epidemiólogo. No puede tratarse sólo de un catarro, ni una neumonía.

2. ¿Suecia? Si, no, quizá, es posible, a veces…

Por aquellas mismas fechas, en plena pandemia el experto en emergencias de la OMS, Mike Ryan, puso a Suecia como modelo. En consecuencia, no era necesario imponer el confinamiento obligatorio.

La mayoría de los países del mundo quedaron con el culo al aire, lo mismo que sus expertos de pacotilla.

Las declaraciones no frenaron la intensa campaña de desprestigio de la política sanitaria del gobierno sueco, que se ha extendido por los medios de comunicación del mundo entero.

El febrero un informe de la OMS, basado en datos de China, afirmó que “la proporción de infecciones verdaderamente asintomáticas no está clara, pero parece ser relativamente rara y no parece ser un factor importante de transmisión”.

El 8 de junio la jefa científica de la OMS, Maria Van Kerkhove, repitió que era muy improbable que las personas asintomáticas transmitieran el virus.

La Universidad de Harvard publicó un comunicado crítico y la funcionaria sólo tardó tres días en rectificar. Las presiones consiguieron sus frutos. La habíamos interpretado mal. Hay que matizar. Ella quiso decir otra cosa…

4. ¿Mascarilla? Si, no, quizá, es posible, a veces…

Las mascarillas no deben ser obligatorias para todos. Depende. La OMS dijo primero que sólo debían portarlas los trabajadores sanitarios. Luego dijo que tampoco las recomendaba para los asintomáticos y, desde luego mucho menos para los que dan negativo en las tests.

¿Cuál era el motivo?, ¿sanitario quizá? No. El secretario general de la organización, Tedros Adhanom Ghebreyesus, reconoció que el uso generalizado de las mascarillas por toda la población podía acabar con las existencias en los hospitales, por lo que no quería recomendar su uso.

Lo mismo dijo el Santo Simón. El uso de mascarillas sólo se hizo recomendable e incluso obligatorio cuando las hubo en abundancia en los supermercados.

5. ¿Pandemia? Si, no, quizá, es posible, a veces…

El 27 de enero la OMS subió la calificación del riesgo del coronavirus para la salud mundial de moderado a alto. Las presiones arreciaron y tres días después lo declaró como “una emergencia de salud pública de interés internacional”. El término “pandemia” había sido erradicado del lenguaje de la OMS y, posiblemente (aunque no se sabe), también del lenguaje científico.

Las presiones siguieron y menos de dos semanas después, el 11 de marzo, por fin la catalogó oficialmente como una pandemia.

Las pandemias habían dejado de existir, o eso creíamos. Es posible, o quizá no. Depende. A saber.

Mañana será otro día y quizá haya nuevas rectificaciones. O no, ¿Quién sabe? La ciencia avanza una barbaridad y habrá que seguir las recomendaciones de la OMS, aunque no sepamos cuáles son.

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Noticias

Matones informáticos al servicio de los grandes monopolios de internet

La empresa de subastas por internet eBay desató una campaña de acoso contra una pareja de cincuenta años por escribir opiniones negativas en su sitio ecommercebytes.com.

Los matones de la empresa han sido procesados por acoso informático y por intentar sobornar a los testigos. El fiscal les pide cinco años de prisión a cada uno de ellos, altos ejecutivos y matones informáticos contratados para llevar a cabo el hostigamiento.

El comunicado de prensa del Departamento de Justicia de Estados Unidos no detalla el nombre del principal responsable, aunque parece tratarse de David Wenig, director general de la empresa.

Wenig ordenó a James Baugh, el director de seguridad, que “disparara” a la pareja de editores debido a sus malas críticas. Luego, supuestamente desarrolló la ola de acoso él mismo durante varias reuniones de la empresa con otros cinco matones.

La campaña comenzó el 7 de agosto y duró dos semanas. El grupo de acosadores utilizó varios canales simultáneamente para hostigar a sus víctimas: envíos anónimos de amenazas y de correo basura, entregas de artículos espeluznantes con amenazas de muerte y la publicación en línea de la información personal de la pareja, incluida su dirección privada.

Entre los artículos enviados a las casas de las víctimas en el espacio de 4 días, la justicia enumera: una máscara de cerdo ensangrentada, un lote de arañas vivas, un lote de cucarachas o un ramo de flores entregado por una funeraria. Las entregas iban acompañadas de numerosos mensajes desde una cuenta anónima de Twitter.

Los sicarios de eBay intentaron varias veces presentarse como caballeros blancos, capaces de ayudar a las víctimas. Por un lado, trataban de silenciar las opiniones negativas amenazando, por otro lado, trataban de generar una opinión positiva de eBay por parte de la pareja de editores.

Tras la primera ola de acoso a distancia los matones decidieron actuar lo más cerca posible. Viajaron a través de Estados Unidos desde California a Boston y luego conducen a Natick, la pequeña ciudad de 36.000 habitantes donde vive la pareja. Instalaron un rastreador GPS en el Toyota de las víctimas, irrumpieron en su garaje.

David Harville, un directivo de la empresa, compró todo lo necesario para cometer el delito. El acoso se prolongó durante bastante tiempo. Enviaron a un fontanero al hogar de las víctimas en medio de la noche, publicaron anuncios de orgías con ellas y organizaron una venta falsa de la vivienda.

Los matones facturaron a la empresa por sus fechorías: desde las pernoctas en el lujoso Hotel Ritz-Carlton de Boston hasta el equipo de vigilancia, los envíos de paquetes y una factura de restaurante de 750 euros por las comidas de tres de los sicarios.

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‘Las cifras de fallecidos por coronavirus pueden ser inferiores a las que han declarado oficialmente’ en Gran Bretaña

“Las cifras de fallecidos por coronavirus pueden ser inferiores a las que se han declarado oficialmente”, asegura el profesor Karol Sikora, un antiguo directivo de la OMS, en un archivo de audio de Planet Normal (*).

Según Sikora, los médicos pueden haber marcado el virus como la causa de la muerte en los certificados si hubo “cualquier indicio” de que el coronavirus desempeñó algún papel.

Sikora destaca que las comparaciones de muertes diarias con años anteriores están sumiendo al país en el pánico y en algunos casos eran inexactas.

En Gran Bretaña el coronavirus está siendo marcado en los certificados de defunción como causa de la muerte cuando puede no haberlo sido. El servicio británico de salud ha informado que más de 41.000 personas han muerto en los hospitales debido a la pandemia.

El sistema de registro de las muertes causadas por coronavirus es en Reino Unido diferente a otros países, explicó. En Alemania, el coronavirus sólo puede ser registrado como la causa de muerte cuando el equipo de cuidados al final de la vida certifica que fue así.

“Podría resultar que más personas hayan muerto por falta de atención médica porque las instalaciones sanitarias han sido acaparadas por el coronavirus”, añade el académico.

¿Cuál es el exceso de mortalidad por coronavirus? “Los números varían enormemente”, dice Sikora. Pero los datos actuales no son ciertos. Predice que el número real de muertes por coronavirus podría oscilar entre 20.000 y 30.000.

Los comentarios de Sikora se producen cuando se ha revelado que los casos de cáncer han disminuido en un 60 por ciento durante el confinamiento, lo que hace temer muertes innecesarias.

Sikora dice que se han perdido “demasiadas vidas” por el cáncer que deberían seguir vivas. El número total de muertos a finales de este año puede mostrar que los que murieron a causa de la pandemia pueden haber muerto durante el verano de todos modos. En este mes de junio las muertes ya estaban por debajo de la media.

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El colonialismo británico extendió el terror por Kenia a través de una red de campos de concentración

El Mau Mau (un término cuyo origen etimológico es incierto) se marcó como objetivo expulsar a los ingleses de Kenia, pero no por medios constitucionales, como habían intentado hasta entonces Kenyatta y otros políticos, sino de forma violenta.

El movimiento comenzó en las White Highlands, a finales de los años cuarenta, pero en 1950 se había extendido a Nairobi. En aquel año fue prohibido por el Gobierno colonial.

Al Mau Mau pertenecieron no sólo hombres adultos, sino también mujeres y niños. Los miembros del Mau Mau ingresaban en la organización mediante una ceremonia en la que, desnudos, a menudo entraban en trance y prestaban uno o varios juramentos (había siete juramentos en total). Durante el ritual se bebía sangre animal (a veces humana) y se comía carne cruda.

El juramento suponía un contrato moral, para los kĩkũyũ era algo sagrado, y violarlo significaba romper la lealtad al Mau Mau y sufrir la cólera del dios creador, Ngai, que los castigaría con enfermedades o incluso la muerte.

Todavía hoy, muchos antiguos miembros de Mau Mau creen en el poder del juramento y en las fatales consecuencias de divulgar sus secretos.

Para el Gobierno y los colonos, el juramento representó un claro ejemplo del primitivismo y el salvajismo de los kĩkũyũ; para éstos fue la respuesta lógica ante las injusticias políticas y socioeconómicas que sufrían.

Hubo cientos de miles de kĩkũyũ que pasaron a formar parte del Mau Mau; luchaban por ithaka na wiyathi, es decir, “la tierra y la libertad” (de hecho, el auténtico nombre del Mau Mau era Ejército de la Tierra y la Libertad de Kenia). Este concepto era algo ambiguo: para algunos representaba el fin del trabajo forzado, para otros era la esperanza de poder recuperar las tierras que los blancos les habían arrebatado y así alimentar a sus hijos.

En cualquier caso, los enemigos eran los británicos y los nativos que habían medrado en la sociedad colonial; estos últimos, conocidos como loyalists –“leales”–, eran muy poderosos y poseían varias porciones de las reservas kĩkũyũ. Incluso contaban con el estatus especial de senior chief.

Había otro grupo, el de los kĩkũyũ completamente convertidos al cristianismo, que sufrirían la persecución tanto del Mau Mau como de los “leales”.

Para la mayoría de los kĩkũyũ estos “leales” representaban lo más corrupto de la civilización británica y el Mau Mau decidió que debían ser eliminados.

La tarde del 9 de octubre de 1952, el más famoso de los “leales”, el senior chief Waruhiu, fue asesinado a tiros en el interior de su coche en Nairobi por hombres del Mau Mau disfrazados de policías.

Para entonces, el Mau Mau ya contaba en su historial con varios asesinatos (incluido el de un blanco el 3 de octubre) y destrozos en propiedades de los colonos; éstos, presas del pánico, apremiaron al nuevo gobernador de Kenia, Sir Evelyn Baring, para que tomase medidas contra los kĩkũyũ.

Baring decretó el estado de emergencia mientras muchos kĩkũyũ celebraban la muerte de Waruhiu con cantos y bailes que todavía hoy se recuerdan.

El 21 de octubre, Jomo Kenyatta fue detenido (a pesar de que no tenía relación con el Mau Mau y había asistido al funeral de Waruhiu), junto a otros 180 líderes kĩkũyũ. Permanecería preso hasta 1961. Se convirtió así en un mártir. Estas medidas no sólo no acabaron con el Mau Mau sino que lo pusieron en manos de líderes jóvenes y radicales, dispuestos a todo.

Comienza la guerra de liberación

Comenzaron a llegar soldados británicos a Kenia. Comenzaba a prepararse la guerra.

En los días siguientes, el Mau Mau se dedicó a asesinar a varios colonos en sus granjas; los cadáveres de hombres y mujeres aparecían terriblemente mutilados por los machetes (pangas) de los asesinos.

El 24 de enero de 1953 tuvo lugar una acción del Mau Mau que provocó un tremendo impacto en Europa: el asesinato de la familia Ruck (Roger, Esme y su hijo de seis años Michael). Los asesinos fueron los sirvientes de la familia. Se publicaron fotos del niño mutilado y rodeado de sangre por todas partes.

Al día siguiente, 1.500 colonos marcharon hacia la sede del Gobierno en Nairobi clamando por medidas radicales. Muchos pedían el exterminio de la población kĩkũyũ.

El 26 de marzo el Mau Mau llevó a cabo dos importantes acciones. Por un lado, unos ochenta de sus hombres asaltaron la central de policía de Naivasha, donde se apoderaron de gran cantidad de armas y municiones y liberaron a cerca de 200 de sus miembros que estaban allí presos. Horas después, el Mau Mau atacó las granjas del senior chief Luka (un importante “leal”), en Lari, cerca de Nairobi. Los guerrilleros quemaron las casas con sus habitantes dentro, y si alguno trataba de escapar era golpeado hasta la muerte. Hombres, mujeres y niños fueron mutilados y asesinados. En total hubo 97 asesinatos.

El Gobierno llevó la prensa a Lari para que informase de todo con detalle. Lo que no se dijo es que después, como represalia, unos 400 miembros del Mau Mau fueron ejecutados por los militares y la policía.

Pero las masacres realizadas por los británicos ya habían comenzado antes. Así, el 23 de noviembre de 1952 varios cientos de kĩkũyũ se congregaron en una plaza de la pequeña población de Kiruara porque querían escuchar las profecías de un hombre joven que estaba proclamando el fin del colonialismo. Aparecieron varios oficiales blancos junto a unas decenas de policías negros y algunos “leales” locales. Éstos exigieron a la multitud que se dispersara. Como no fue así, los oficiales ordenaron abrir fuego sobre los kĩkũyũ.

Cerca de 100 personas desarmadas fueron asesinadas y enterradas en una fosa común cercana, aunque las autoridades sólo reconocieron haber causado 15 muertos y 27 heridos.

El estallido de la guerra en Kenia y la aparición del Mau Mau tuvieron un gran impacto en todo el mundo a comienzos de los años cincuenta. La propaganda británica se esforzó en mostrar la lucha como un enfrentamiento entre la civilización y una secta de bárbaros criminales antieuropeos y anticristianos. Pocas personas en Europa se preocuparon por las demandas de los “salvajes”, como se conocía a los miembros del Mau Mau.

Más de mil keniatas ahorcados públicamente

En mayo de 1953 se encargó al general Sir George “Bobby” Erskine, veterano de la Segunda Guerra Mundial y amigo personal de Winston Churchill (por entonces de nuevo primer ministro), que dirigiese las operaciones militares contra el Mau Mau en las selvas de Kenia. Cerca de 10.000 británicos, apoyados por la Royal Air Force y 25.000 hombres de las fuerzas leales, se enfrentaron a varias decenas de miles de hombres del Mau Mau.

Entre los británicos había un grupo conocido como los “pseudogangsters”, unos jóvenes colonos dirigidos por el criminal Ian Henderson, que se distinguieron por su brutalidad y su afición a las torturas. Henderson consiguió atrapar en 1956 a uno de los líderes del Mau Mau, el mariscal Dedan Kimathi, que fue ahorcado.

Por estas acciones Henderson fue condecorado. Más tarde se haría famoso como jefe de la Seguridad del Estado de Baréin, puesto que ocupó entre 1966 y 1998 y desde el que siguió torturando a la gente de forma sistemática. Henderson murió el 13 de abril de este año.

Hay que decir que más de 1.000 personas fueron ahorcadas públicamente en Kenia acusadas de pertenecer al Mau Mau, a pesar de que en el Reino Unido las ejecuciones públicas estaban prohibidas desde hacía un siglo.

A finales de 1954 el Ejército Británico prácticamente había derrotado al Mau Mau en la selva (aunque hubo grupos que continuaron la lucha algún tiempo más), algo lógico teniendo en cuenta que sus hombres no contaban con apoyo externo y muchas de sus armas eran artesanales. De hecho, resulta de lo más sorprendente que aguantaran tanto frente a un ejército moderno.

Pero otra guerra se estaba librando en el resto de Kenia.

El estado de emergencia se mantuvo en el país hasta 1960, a pesar de que el Mau Mau ya había sido derrotado hacía años. ¿Por qué?

Paralelamente a la guerra librada por Erskine en las selvas, el gobernador Baring llevó a cabo otra en el resto de la colonia contra los kĩkũyũ sospechosos de pertenecer al Mau Mau. Es decir, contra un enemigo civil. El estado de emergencia fue la excusa perfecta para que Baring y el Gobierno colonial británico (con la colaboración de los secretarios para las colonias Oliver Lyttelton y Alan Lennox-Boyd) promulgasen docenas de leyes arbitrarias y opresivas (conocidas como “Emergency Regulations”), extendiesen el terror por Kenia y provocasen uno de los mayores y más desconocidos genocidios del siglo XX.

Las medidas tomadas por los británicos incluían castigos, toques de queda, controles, confiscaciones de propiedades y tierras, censura, ilegalización de organizaciones políticas, detenciones sin juicio, imposición de nuevos impuestos y, finalmente, la creación de una vasta red de campos de concentración denominada Pipeline.

Quemar los documentos para borrar la historia

Entre 1995 y 2005, la historiadora estadounidense Caroline Elkins, de la Universidad de Harvard, se dedicó a investigar lo sucedido en Kenia durante los años cincuenta. Los resultados de su gigantesco trabajo se publicaron en el libro “Imperial Reckoning: The Untold Story of Britain’s Gulag in Kenya”, que en 2006 ganó el premio Pulitzer.

Elkins comenzó sus investigaciones consultando los archivos oficiales en Londres. Según la historiografía británica, los campos de concentración en Kenia no tenían la misión de castigar a los kĩkũyũ, sino de civilizarlos. Tradicionalmente se ha dado la única versión de que los británicos en realidad se dedicaron a enseñar a los nativos a ser buenos ciudadanos y así poder ser capaces de hacerse con el control del país más tarde. Según dicha versión, a los británicos tan sólo se les podría culpar de paternalistas. Se admitió, eso sí, la existencia de algunos “incidentes” no exentos de brutalidad, aunque no habrían sido sino hechos aislados. Los archivos de Londres corroboraban esta versión. Entonces Elkins decidió ir a Kenia, y una vez allí en seguida comenzó a observar algunos detalles que llamaron su atención: en los Archivos Nacionales de Kenia faltaban documentos referentes a los campos de concentración británicos, o permanecían clasificados como confidenciales casi cincuenta años después de la aparición del Mau Mau.

Oficialmente, 80.000 kĩkũyũ habían sido detenidos por los británicos y sus colaboradores en los años cincuenta, pero Elkins descubrió que el Gobierno colonial había destruido incontables archivos referentes a dichas detenciones en 1963, el año en que los ingleses se marcharon de Kenia. Para que nos hagamos una idea: considerando que existieron en su momento documentos de cada persona detenida, Elkins se dio cuenta de que el número de archivos destruidos era del orden de 240.000. Pero ella no cejó en su empeño y desarrolló una exhaustiva investigación por Kenia. A lo largo de los años consiguió reunir algunos cientos de documentos incriminatorios en Nairobi. Afortunadamente los británicos no lo habían destruido todo, pero Elkins tuvo que realizar una tarea tediosa, durante la cual la mayoría de las veces no encontraba nada. Poco a poco, durante meses y meses, fue reuniendo las piezas de un puzzle, averiguando los nombres y el número de los campos de concentración (no existía ningún listado), juntando cartas de detenidos, consultando documentos privados, archivos de periódicos y de las misiones, y llegando a la conclusión de que los documentos que encontraba invalidaban completamente la famosa cifra de los 80.000 detenidos.

Primero pensó en 160.000, después se dio cuenta de que no pudieron ser menos de 320.000. Entonces Elkins descubrió que los británicos no sólo detuvieron a los hombres, sino también a las mujeres. Y a los niños. Y descubrió igualmente que no sólo se encerró a los kĩkũyũ en campos de concentración tras deportarlos: también se rodeó sus aldeas de alambre de espino, torres de vigilancia y guardias, transformándolas así también en campos. Hubo ciento cincuenta campos por todo el país, aunque Elkins señala que nunca se podrá conocer el número exacto.

Todo el país era un inmenso campo de concentración.

Y esto fue así porque los británicos consideraron durante años que la práctica totalidad de la población kĩkũyũ (excepto los colaboracionistas) era sospechosa de pertenecer al Mau Mau.

De esa forma, encerraron a un millón y medio de personas, hombres, mujeres y niños.

Elkins pensó en entrevistar a supervivientes. Encontró a trescientos. Entrevistarlos no fue fácil, porque se mostraban reticentes a hablar hasta estar seguros de que ella era estadounidense y no británica. Muchos de sus escalofriantes testimonios aparecen en el libro. También consiguió entrevistar a algunos antiguos “leales” (más difícil todavía) e incluso a viejos oficiales y misioneros.

Se encontró con que los culpables admitían los crímenes.

300.000 keniatas fueron asesinados por los colonialistas

Elkins llegó a la conclusión tras sus investigaciones de que efectivamente el Mau Mau fue una organización sangrienta y brutal, como siempre se ha dicho, pero que los británicos fueron muchísimo peores, tanto en proporción como en número de víctimas.

Oficialmente el Mau Mau asesinó a menos de 100 blancos y cerca de 1.800 “leales”. Por su parte los británicos reconocieron haberse llevado por delante a 11.000 miembros de Mau Mau.

Elkins descubrió que en realidad el número de víctimas mortales de los británicos pudo haber llegado a las 300.000 personas.

Las muertes en los campos se producían por agotamiento, enfermedades e inanición. Pero también por malos tratos sistemáticos y torturas que, huelga decir, vulneraban lo acordado en la Convención Europea de Derechos Humanos así como en la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU, ambas firmadas por el Reino Unido.

Las deportaciones en masa comenzaron a principios de 1953, acompañadas del screening. En teoría, screening era la palabra para designar los interrogatorios de los sospechosos de pertenecer al Mau Mau. En la práctica significó torturar a los detenidos para hacerles hablar. Los kĩkũyũ adoptaron la palabra, ellos no tenían en su idioma ninguna que significase lo mismo.

Screening era sinónimo de terror.

Durante el cribado era habitual que se golpease a los detenidos o se les apagasen cigarrillos en la piel. Se les practicaban electrochoques, se les quemaba, se les cortaba con cuchillos o botellas rotas, se les amenazaba con serpientes o se les introducían objetos por el recto o la vagina. A las mujeres se les aplastaba los pechos, y a los hombres los testículos. Se les mutilaba sólo por ser sospechosos. En el Valle del Rift un hombre conocido como Dr. Bunny dirigía un centro de interrogatorios. Se le apodaba “el Josef Mengele de Kenia”, entre otras cosas porque obligaba a los detenidos a tragarse sus propios testículos.

Todas estas salvajadas (miles) se mantenían en secreto, aunque el gobernador Baring estaba muy al tanto de ellas.

Las deportaciones se recrudecieron a partir de la denominada Operación Anvil, el 24 de abril de 1954, cuando casi todos los kĩkũyũ de Nairobi fueron detenidos y deportados.

‘Abandonad toda esperanza’

En los campos de concentración las torturas y los malos tratos eran habituales. Lo más frecuente eran los golpes. A los detenidos se les golpeaba siempre: cuando llegaban, mientras trabajaban, por la mañana, por la tarde y por la noche. Se les golpeaba hasta que la sangre les chorreaba por los oídos.

Los campos eran dirigidos por oficiales blancos y custodiados por guardias negros, que a veces eran tan bestias como los blancos.

En el campo de Manyani había un oficial blanco cuya madre había sido asesinada por el Mau Mau. Tenía un ayudante negro llamado Wagithundia. Ambos torturaban como si tal cosa. Obligaban a los detenidos a realizar marchas durante las cuales les golpeaban sin parar. En ocasiones les ataban los tobillos y les obligaban a saltar mientras les seguían golpeando hasta que a los desgraciados les colgaban jirones de piel. Despertaban a los prisioneros a cualquier hora de la noche, les obligaban a permanecer de pie indefinidamente, y si hacían amago de sentarse eran golpeados una y otra vez por los guardianes. Los dejaban sin comer durante días, y después les obligaban a tragar grandes cantidades de cereales, lo que les producía dolores insoportables. Entonces Wagithundia se ponía a saltar sobre el estómago de algún detenido mientras hacía que otros le sujetasen. Las víctimas gritaban sin parar y, en ocasiones, morían.

Phillip Macharia, prisionero del Pipeline, comentó que “es mucho lo que un hombre puede soportar”, aunque él acabó confesando su juramento. Según sus palabras, sintió que su vida no daba más de sí tras ser repetidamente golpeado y ver a sus compañeros torturados y asesinados. Decidió confesar cierto día en que los guardianes le obligaron a él y otros a correr con cubos llenos de mierda encima de las cabezas:

“Teníamos excrementos y orina chorreando por la cara y la espalda; los guardias blancos nos golpeaban con sus porras para hacernos ir más rápido. Unos días después me interrogaron, y entonces confesé mi juramento para salir de ese infierno en que estaba viviendo”.

Existía la posibilidad de rehabilitarse para los que confesaban y repudiaban al Mau Mau. Éstos se convertían en colaboradores de los blancos, denunciaban a sus antiguos compañeros e incluso podían llegar a ser guardias y participar en castigos y torturas. Algunos kĩkũyũ se convirtieron en cristianos fanáticos y conminaban a los presos a “aceptar la sangre de Cristo y vomitar el veneno del Mau Mau”.

En la entrada del campo de concentración de Aguthi se leía: “Quien se ayude a sí mismo será también ayudado”. En la del campo de Fort Hall el cartel de bienvenida decía: “Abandonad la esperanza todos los que entréis aquí”, como si fuese el Infierno de Dante. Y en la del campo de Ngenya se decía: “Trabajo y libertad”. Como señala Elkins, estos eslóganes recuerdan por ejemplo al que figuraba en el campo soviético de las islas Solovky (“¡A través del trabajo – libertad!”), o al de Auschwitz (“El trabajo os hará libres”).

Las torturas sexuales

Las torturas sexuales eran muy frecuentes. Se sodomizaba a los presos con objetos, animales, insectos o directamente se les violaba sin más. Una tortura preferida por Wagithundia era colocar al preso boca abajo y meterle la cabeza en un cubo lleno de agua. Entonces, en esa posición, se le metía arena por el ano empujándola con un palo. Después se le introducía por el mismo sitio agua, y después arena otra vez. De vez en cuando se sacaba del cubo la cabeza del desgraciado para que pudiese respirar.

Las mujeres tampoco escapaban a las torturas: se les golpeaba, azotaba o violaba con botellas o cualquier otro objeto. Sufrían violaciones de forma habitual. Una de las torturas practicadas a las mujeres era la siguiente: después de desnudarlas y golpearlas, se les introducía por la vagina una pasta que contenía pimienta y agua en algunos casos, o pimienta y petróleo en otros. Para que toda la pasta quedase bien dentro los guardias se ayudaban del tacón de las botas. Entonces las desgraciadas sentían que les ardía todo además de la vagina: los oídos, los ojos, la nariz, la boca…

Y se pasaban días vomitando y agonizando.

La mortalidad entre los niños prisioneros era muy elevada, sobre todo a causa de la falta de comida y las enfermedades (como la tuberculosis o el tifus). Cuando los niños caían enfermos eran desatendidos y morían.

Casi todas las atrocidades cometidas por los británicos en Kenia permanecieron en secreto mucho tiempo, aunque algunas fueron denunciadas entonces.

Los primeros que clamaron contra los crímenes fueron misioneros, pero sus voces fueron rápidamente acalladas. No obstante, a finales de 1955 la magnitud de los crímenes británicos era tal que el Partido Laborista, en la oposición, decidió pasar a la carga. Líderes de dicho partido, como Barbara Castle, arremetieron en la Cámara de los Comunes contra el secretario para las colonias, Lennox-Boyd, que condenaba los crímenes que salían a la luz para a continuación afirmar que se trataba de hechos aislados. Castle decidió investigar por su cuenta, se fue a Kenia y cuando regresó al Reino Unido llevaba varios casos de torturas bajo el brazo. Tras nuevos debates en los Comunes, Lennox-Boyd prometió investigar los casos que denunciaba Castle. Pero todo quedó en agua de borrajas.

En el corazón del Imperio Británico hay un estado policial donde el funcionamiento de la ley se ha quebrado, donde los asesinatos y torturas de africanos tienen impunidad y donde las autoridades comprometidas en hacer cumplir la justicia regularmente son cómplices de su violación.

El 12 diciembre de 1963 el Reino Unido tuvo que conceder la independencia a Kenia.

Jomo Kenyatta, puesto en libertad dos años antes y primer ministro desde hacía unos meses, se convirtió en presidente de la nueva república en 1964. Decidió seguir una política conciliadora y, por tanto, no hubo castigos contra los crímenes cometidos por los británicos y sus colaboradores.

Durante medio siglo pareció que nunca se iba a hacer justicia, pero en 2011 salieron a la luz cientos de documentos que probaban los crímenes británicos en Kenia.

El año pasado por fin un juez del Tribunal Supremo británico dio luz verde a las demandas que algunos supervivientes del genocidio vienen pleiteando desde 2009 contra el gobierno.

Y por lo visto, este año el Gobierno británico ha decidido pagarles indemnizaciones, lo que supone el reconocimiento de los crímenes.

Tarde, muy tarde, pero algo es algo.

— https://andaquepaque.blogspot.com/2013/05/kenia-el-gulag-britanico-ii.html

Más información:
— ‘Operation Legacy’: el Imperio Británico destruyó los documentos que prueban los crímenes que cometió en sus colonias