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Autor: Redacción (página 789 de 1362)

A causa de la huelga 10.000 trabajadores de General Motors han sido ya despedidos (temporalmente) en Estados Unidos y México

La huelga masiva en General Motors cumple su día decimoséptimo en un ambiente que dista de ser cordial. Con la cadena de proveedores afectada y sin un acuerdo a la vista, la cosa va a peor.

De momento, la multinacional ha detenido la producción en las plantas de ensamblaje y transmisión que tiene en Silao, México, donde se ensamblan el Chevrolet Silverado y el GMC Sierra. Alrededor de 6.000 trabajadores serán despedidos de forma temporal.

Contando con los trabajadores que se han suspendido de empleo en Canadá, México y Ohio, General Motors ya ha despedido casi a 10.000 obreros.

El rechazo de la UAW a dar por finalizada la huelga se produjo justo después de conocerse que la multinaiconal había inactivado sus plantas de ensamblaje en Silao, México. La escasez de piezas de recambio está afectando a aproximadamente 6.000 trabajadores solo en México.

Esta es la primera huelga de empleados de General Motors en 12 años y afecta a más de 30 fábricas en Estados Unidos. Las demandas de los trabajadores no solo pasan por mejoras salariales y cobertura médica: también piden que no se cierren las fábricas de Lordstown (Ohio), Detroit-Hamtramck (Michigan) y Osahawa (Canadá).

La multinacional ha jugado la baza del coche eléctrico como parte de un plan de inversión de 1.800 millones de dólares en diferentes plantas de producción de Estados Unidos que crearía cientos de nuevos puestos de trabajo.

Los analistas de Wall Street predicen que el fabricante no podrá recuperar la producción perdida este año debido a la huelga y durante las primeras dos semanas de huelga las pérdidas de General Motors podrían sumar más de 1.000 millones de dólares (*).

Además, el gigante de Detroit se enfrenta a la incertidumbre sobre la disminución de las ventas, una guerra comercial con China y la incógnita de cuándo recuperarán las inversiones en vehículos autónomos y eléctricos.

(*) https://eu.detroitnews.com/story/business/autos/general-motors/2019/10/01/united-auto-workers-strike-general-motors-day-16-negotiations-continue/3826476002/

Más información:

– Los piquetes de trabajadores de General Motors incrementan la presión sobre la multinacional
– General Motors despide a otro trabajador mexicano por sumarse a la huelga en una fábrica donde llevaba trabajando 24 años
– Los 46.000 trabajadores de General Motors mantienen la huelga por segundo día consecutivo en Estados Unidos en contra de la precariedad laboral

Los números son como los detenidos: si los torturas lo suficiente acabarán diciendo lo que tú quieres oir

El 31 de octubre del año pasado la revista Nature, que es el ágora mismo de la ciencia, publicó un artículo sobre el calentamiento del océano.

El artículo estaba firmado por media docena de investigadores pertenecientes a centros de renombre internacional de los que nadie -en su sano juicio- puede dudar: la Universidad de Princeton, la Universidad Fudan de Shangai y el Centro de Investigaciones Oceánicas de Kiel (1).

No se trataba, pues, de una revista de segunda división, ni el artículo estaba redactado por becarios precisamente.

La tesis que sostenían los autores es tópica y conocida: ya no tenemos más tiempo, los océanos se calientan mucho más rápido de lo que se pensaba hasta ahora y el planeta es una barbacoa en la que nos vamos a asar dentro de muy poco tiempo.

No es ninguna novedad decir que el artículo era falso y la propia revista Nature pidió a los autores que lo retiraran de la circulación. Así lo hicieron y hace poco Nature acaba de publicar una retractación firmada por los farsantes (2).

Tampoco es la primera vez que desde aquí advertimos (3) contra eso que los más cretinos califican como “hechos” o “datos” tomados de la observación de la realidad: no son tales, no son hechos sino mediciones estadísticas, cuya comprensión no está al alcance de cualquiera, ni siquiera de un científico, porque requiere el conocimiento de técnicas muy especializadas.

La medición de cualquier temperatura es un proceso complejo que requiere manejar infinidad de datos, lo cual sólo se puede llevar a cabo en potentes ordenadores con determinados programas informáticos.

Por lo demás, es algo característico de la ciencia moderna. En un observatorio los astrónomos apenas miran por el telescopio; lo que “leen” son números y, como decía el demógrafo francés Alfred Sauvy, “los números son como los detenidos: si los torturas lo suficiente acabarán diciendo lo que tú quieres oir”.

Las falsificaciones también son características de la ciencia moderna, mucho más abundantes que en el arte, sobre todo si consideramos que revistas, como Nature, forman parte de ella. A las revistas científicas la ciencia les importa un bledo porque son empresas privadas que persiguen el lucro, como cualquier otra.

Si quien presume de ser el ágora de la ciencia publica artículos fraudulentos, ¿qué no ocurrirá con las revistas de segunda división que luego circulan por ahí como una plaga de langostas?

Lo que favorece la publicación de falsedades en las revistas científicas es obvio: determinados artículos se miran con lupa porque van contra la corriente, mientras que los demás, como los seudoecologistas, son capaces de colar cualquier idiotez.

Lo mismo ocurre con las universidades. ¿Acaso ya nadie se acuerda del Plan Bolonia?, ¿y de las puertas giratorias? Cada vez es más difícil diferenciar a una universidad de una empresa capitalista. La Universidad de Barcelona ha creado una cátedra de “sostenibilidad energética” que no es lo que parece. Se trata de un tinglado oculto detrás de una maraña de fundaciones de los grandes monopolios como Repsol, Enagás, ACS, CEPSA, CLH, Endesa o Gas Natural Fenosa (4).

La catedrática es María Teresa Costa Campi, un personaje “todo en una”: doctora cum laude en economía a la vez que consejera de Red Eléctrica y diputada por el PSOE entre 2000 y 2004…

Cuando los incautos leen algo procedente de ese tipo de “cátedras” son propensos a pensar que la ciencia es eso: un puré entre la beneficencia, la seudoecología y la política económica del capital monopolista.
 
(1) https://www.nature.com/articles/s41586-018-0651-8
(2) https://www.nature.com/articles/s41586-019-1585-5
(3)
Mentiras, medias verdades y estadísticas,

https://mpr21.info/2015/05/mentiras-medias-verdades-y-estadisticas.html
(4) https://www.funseam.com/es/sobre-la-fundacion/catedra-de-sostenibilidad-energetica-de-la-ub

‘Prohibida la entrada a los perros y a los chinos’ (70 años de la fundación de la República Popular de China)

El general nacionalista Chiang Kai-skek
Manlio Dinucci

Hace 70 años, el 1 de octubre de 1949, Mao Zedong proclamó el nacimiento de la República Popular de China desde la puerta de Tien An Men. El aniversario se celebrará hoy [ayer] con un desfile militar frente a la histórica puerta de Beijing. Desde Europa hasta Japón y Estados Unidos, los principales medios de comunicación lo presentan como una ostentación de fuerza de un poder amenazante. Prácticamente nadie recuerda los dramáticos episodios históricos que llevaron al nacimiento de la Nueva China.

Desaparece así China reducida a un Estado colonial y semicolonial, sometido, explotado y desmembrado, desde mediados del siglo XIX, por las potencias europeas (Gran Bretaña, Alemania, Francia, Bélgica, Austria e Italia), por la Rusia zarista, por Japón y por los Estados Unidos. Así, el sangriento golpe de Estado llevado a cabo en 1927 por Chiang Kai Shek -apoyado por Estados Unidos- que exterminó a gran parte del Partido Comunista (nacido en 1921) y masacró a cientos de miles de obreros y campesinos fue eliminado.

No se menciona la Larga Marcha del Ejército Rojo, que, iniciada en 1934 como una desastrosa retirada, fue transformada por Mao Zedong en uno de los mayores logros políticos y militares de la historia.

Se olvida la guerra de agresión contra China desencadenada por Japón en 1937: las tropas japonesas ocupan Beijing, Shanghai y Nanjing, matando a más de 300.000 civiles en esta última, mientras que más de diez ciudades son atacadas con armas biológicas.

Se ignora la historia del Frente Unido Antijaponés, que el Partido Comunista forma con el Kuomintang: las tropas del Kuomintang, armadas por Estados Unidos, por una parte luchan contra los invasores japoneses y, por la otra, imponen un embargo en las zonas liberadas por el Ejército Rojo y concentran la ofensiva japonesa contra ellos; el Partido Comunista, que pasó de 40.000 a 1,2 millones de miembros, guía a las fuerzas populares de 1937 a 1945 en una guerra a la que el ejército japonés recurre cada vez más.

No se reconoce que, con su resistencia, que costó más de 35 millones de vidas, China contribuyó decisivamente a la derrota del Japón que, derrotado en el Pacífico por Estados Unidos y en Manchuria por la URSS, se rindió en 1945 tras el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki.

Se oculta lo que sucede inmediatamente después de la derrota de Japón: según un plan decidido en Washington, Chiang Kai-skek intenta repetir lo que hizo en 1927, pero sus ejército, armado y apoyado por Estados Unidos, encuentran ante ellos al Ejército de Liberación Popular de alrededor de un millón de hombres y una milicia de 2,5 millones, respaldados por un amplio apoyo popular. Alrededor de 8 millones de soldados del Kuomintang fueron ejecutados o capturados y Chiang Kai-shek huyó a Taiwán bajo la protección de Estados Unidos.

Este es, en una síntesis extrema, el camino que llevó al nacimiento de la República Popular China hace 70 años. Una historia que raramente o no se explica en absoluto en nuestros libros de texto escolares, que están marcados por una visión eurocéntrica restringida del mundo, cada vez más anacrónica. Una historia borrada a sabiendas por políticos y formadores de opinión porque expone los crímenes del imperialismo, poniendo en el banquillo de los acusados a las potencias europeas, Japón y Estados Unidos: las “grandes democracias” de Occidente que se proclaman jueces supremos con derecho a establecer, sobre la base de sus cánones, qué países son democráticos y cuáles no.

Pero ya no estamos en el momento de las “concesiones” (áreas urbanas bajo administración extranjera) que estos poderes habían impuesto a China, cuando el Parque de Huangpu en Shanghai tenía prohibida la entrada “a los perros y a los chinos”.

https://ilmanifesto.it/70-della-rpc-la-cancellazione-della-storia/

Cuando Estados Unidos deportaba a los revolucionarios a la Unión Soviética

Peter Bianki, deportado a la URSS
Tras la Revolución de Octubre de 1917 Estados Unidos padeció una ola de pánico. “¡Que vienen los bolcheviques!” Era la demostración de que aquellla revolución no era “rusa” sino de que había alcanzado a todo el mundo, incluido Estados Unidos naturalmente.

En una ola así la prensa burguesa desempeñó un papel fundamental, como no podía ser de otra forma. Con sus mentiras, sus engaños y sus fraudes trataton de volver a la población en contra del movimiento obrero local.

Los anarquistas ayudaron lo suyo a la campaña de propaganda. En junio de 1919 un grupo dirigido por el italiano Luigi Galleani detonó bombas en ocho ciudades a lo largo de Estados Unidos contra jueces, funcionarios de inmigración y abogados.

Nadie resultó herido pero estimuló el clima de “guerra social”. Estados Unidos parecía estar en vísperas de una guerra civil o, lo que es peor, de una revolución bolchevique. Una de las víctimas los ataques, el abogado Alexander Mitchell Palmer, dijo en el Congreso que los revolucionarios estaban dispuestos a “levantarse y destruir al gobierno de inmediato”.

El asistente de Palmer era el futuro fundador del FBI, John Edgar Hoover, quien organizó las redadas, una ofensiva de detenciones de anarquistas y sindicalistas. Dado que la mayoría de ellos eran inmigrantes de Europa occidental y oriental, el gobierno decidió expulsarlos de suelo estadounidense.

El 21 de diciembre de 1919, 249 luchadores detenidos fueron llevados a bordo del barco Buford en el puerto de Nueva York y enviados secretamente a Rusia como si fueran un “regalo de Navidad de Estados Unidos para Lenin”. Las familias de los deportados sólo fueron informadas de la expulsión cuando el barco ya había partido.

La prensa lo celebró por todo lo alto y dio al barco un apodo bíblico: “Así como la partida del Arca que construyó Noé fue una promesa para la preservación de la raza humana, así también la partida del Arca Soviética es una promesa para la preservación de América”, tituló el New York Evening Journal.

El Saturday Evening Post compartía los mismos sentimientos: “El Mayflower trajo los primeros constructores a este país, el Buford se llevó los primeros destructores con él”.

Como Estados Unidos y la Rusia soviética no tenían relaciones diplomáticas en aquel momento, el barco fue enviado a través de Finlandia, aunque el gobierno soviético fue informado de su viaje y esperaban dar la bienvenida a tan ilustres invitados, incluyendo a los conocidos dirigentes anarquistas Alexander Berkman y Emma Goldman.

Goldman, conocida como “Emma La Roja”, relató el viaje: “Durante 28 días fuimos prisioneros. Centinelas a las puertas de nuestra cabina día y noche, centinelas en cubierta durante la hora en que se nos permitía respirar aire fresco todos los días. Nuestros semejantes estaban encerrados en barrios oscuros y húmedos, miserablemente alimentados, todos nosotros en total ignorancia de la dirección en la que íbamos. Sin embargo, nuestro espíritu era igual al de Rusia, libre, la nueva Rusia estaba delante de nosotros”.

El barco llegó finalmente a Finlandia, donde los pasajeros del “arca” fueron escoltados por el ejército finlandés hasta la frontera soviética. La mayoría de ellos habían nacido bajo el Imperio zarista, había luchado contra la autocracia y se vieron obligados a exiliarse. Ahora, esperaban quedarse en tierras soviéticas para siempre.

Acogidos calurosamente por el gobierno soviético, los pasajeros del “arca” comenzaron a encontrar su lugar en aquella situación convulsa. El destino de la mayoría de ellos sigue siendo desconocido, pero se han documentado los caminos tomados por algunas figuras clave.

Goldman y Berkman viajaron por todo el país, encontrándose con Lenin, dirigentes bolcheviques y ciudadanos comunes en su camino. Sin embargo, la realidad nunca coincide con las utopías ni con los sueños y la Revolución estaba asediada por una terrorífica guerra civil.

Las guerras siempre han desbordado a los anarquistas, sobre todo si son intelectuales, como Goldman y Berkman. El fusil pesa más que la pluma. Ocurrió en 1919, ocurrió en la guerra civil española y se ha repetido en la Guerra de Siria. Se desencantaron tan pronto como se habían encantado.

Cualquier obrero sabe algo que la intelectualidad radical ignora: las conquistas no sirven de nada si no se defienden. Una revolución proletaria no se acaba con la toma del poder político; más bien es entonces cuando empieza de verdad. Quien no esté dispuesto a defender una revolución es mejor que se quede en su casa.

En 1921, poco después del aplastamiento de la revuelta de los marineros de Kronstadt, Goldman y Berkman abandonaron el país, para no volver nunca más. Desde entonces se dedicaron a lo que mejor sabían hacer: escribir, sobre todo en contra de la URSS.

Sin embargo, Goldman y Berkman no eran la norma sino la excepción. Un obrero como Peter Bianki, dirigente del poderoso Sindicato de Trabajadores Rusos en Estados Unidos, entendió la Revolución cabalmente.

A diferencia de los intelectuales, se puso “manos a la obra”. Ayudó a restaurar el sistema de transporte en Siberia, que había sido dañado durante la guerra civil y sirvió como funcionario del gobierno municipal en Petrogrado e incluso como comisionado adjunto a bordo de un barco hospital en el Mar Báltico.

El 10 de marzo de 1930 Bianki y otros diez militantes y funcionarios del Partido Comunista fueron asesinados durante uno de los levantamientos antisoviéticos en la región de Altai. Todos ellos fueron proclamados héroes de la revolución socialista.

¿Un complot del imperialismo contra el acuerdo entre China y el Vaticano?

Los católicos ondean la bandera roja en el Vaticano
70 años del surgimiento de la República Popular de China (y 9)

Thomas Tanase

Por parte del Vaticano, el acercamiento a la República Popular exige más comentarios. En primer lugar, puede que no sea tan frágil sobre el terreno como piensan sus críticos. En cualquier caso, como indica claramente el título del acuerdo “provisional”, no es más que un globo sonda, que prevé evaluaciones periódicas de su aplicación. Por lo tanto, no es definitivo, y la legitimidad adicional obtenida por las autoridades de Pekín sólo durará mientras sigan encontrando un terreno común con el Vaticano.

Las negociaciones entre la República Popular China y el Vaticano siguen siendo un proceso abierto, pero requerirá mucho ensayo y error. Ninguna política común puede ser sostenible si ambos actores no se benefician de ella, y ahí es donde reside el reto, que se basa en el interés a largo plazo de la República Popular en el desarrollo de esas relaciones.

A todos los argumentos se les puede dar la vuelta. Por supuesto, no debemos hacernos la ilusión de que, como en cualquier régimen comunista, parte del clero oficial ha sido colocado por el partido, ya que es más bien una función de supervisión, si no de policía. Pero no es imposible apostar que a través de la reconciliación, en un contexto más favorable, la Iglesia puede comenzar a expandirse de nuevo, ganarse a los fieles, que sabrán orientarse hacia un sacerdote y no hacia otro (a los que las autoridades vaticanas los alientan explícitamente), respetando formalmente la autoridad del clero oficial y de los discursos patrióticos: la experiencia de la vida nos enseña a menudo a adoptar tales estrategias, aunque nos sorprendan desde fuera. En otras palabras, si bien forma parte del marco oficial de Pekín, una Iglesia en crecimiento, en gran parte animada sobre el terreno por sacerdotes y fieles, tanto más cuanto que su compromiso es arriesgado, también podría absorber a los sacerdotes impuestos por el régimen. Y como, pase lo que pase, las autoridades de Pekín tendrán que gestionar grandes masas cristianas, la apuesta es que en el futuro necesitarán interlocutores: el Vaticano se ha adelantado a este papel.

El Papado se reintroduce así en el juego: se ha convertido de nuevo en un interlocutor que cuenta y tiene voz en la organización del catolicismo chino, llamado a ocupar un lugar en una geopolítica religiosa mucho más mundial. Y es también lo que invalida los esquemas que hacen del acuerdo una “ostpolitik” china, que aplica a la política del Vaticano en China las tablas de interpretación de los tiempos de la Guerra Fría. La cuestión ya no es establecer vínculos con los países del otro lado del muro, cuyos regímenes pudieron permitirse un tiempo para ser impermeables a las influencias externas y aislarse del mundo. Por el contrario, China se encuentra hoy en día en el centro de un sistema globalizado, con el que está en profunda interacción.

El acuerdo de 2018 ha sido muy criticado. El cardenal Zen se pronunció en contra de un acuerdo aceptado por un Papa Francisco “ingenuo” y negociado por Pietro Parolin en nombre de una línea “mundialista”. En Estados Unidos, el ex asesor católico de Trump, Steve Bannon, condenó los acuerdos y pidió al Vaticano que hiciera público el texto, una petición transmitida por el embajador de Estados Unidos para la Libertad Religiosa Internacional, Sam Brownback.

Esa posición también ha tenido eco en Londres. Los periodistas cercanos al Papa Francisco no dudan en hablar de campañas de prensa procedentes de Estados Unidos, Hong Kong y de círculos que durante décadas han afirmado hablar desde fuera de China en nombre de las comunidades católicas chinas, y en particular de las calificadas como ilegales. Ya no es de extrañar que los críticos del acuerdo, y más ampliamente del Papa Francisco, se refieran a la tesis de Santa Marta (donde reside el Papa Francisco) de un complot americano contra el acuerdo entre Pekín y el Vaticano.

La cuestión del acuerdo entre el Vaticano y la República Popular China forma parte de un contexto mucho más general, y también está vinculada a la cuestión de las relaciones del papado con Estados Unidos o Rusia.

El hecho es que la elección de Trump estuvo en contradicción con las posiciones tomadas por el episcopado católico estadounidense y aún más por el Vaticano. La cuestión de los migrantes de América Central, que ha permanecido en el centro de los acontecimientos actuales, sólo ha aumentado las tensiones, mientras que el Papa Francisco ha pedido repetidamente que se abran las fronteras.

Aún más preocupante desde el Vaticano, Trump fue apoyado por una gran parte del electorado popular católico, de origen italiano o irlandés, sensible a los temas de la degradación de las clases medias, el retorno de la nación y el proteccionismo, temas que implican cuestionar la relación con China y los beneficios que ha derivado de su pertenencia a la OMC [Organización Mundial de Comercio]. Puede haber sido razonable en el principio de argumentar que sería mejor que tanto Estados Unidos como el Vaticano evitaran una ruptura abierta, pero el hecho es que los asuntos de la disputa continúan extendiéndose.

En Italia, Matteo Salvini, haciéndose pasar por católico, de 2018 a 2019 siguió como ministro una política opuesta a la promovida por el Papado y las asociaciones católicas italianas. En Europa del este, los opositores más abiertos a las posiciones del Papa Francisco son el partido católico polaco PIS o el húngaro Viktor Orbán. Estas luchas tienen lugar en un contexto particularmente envenenado, donde los escándalos de pedofilia se están generalizando y ponen en tela de juicio el funcionamiento mismo de la Iglesia Católica.

Y finalmente, más que nunca Hong Kong es otro lugar de confrontación. La crisis de 2019 llega cuando el obispo Yeung murió en enero de 2019. En septiembre de 2019 no fue posible encontrar un sucesor para él: mientras tanto su predecesor, Tong, está a cargo del obispado. El nombramiento es complicado, especialmente porque los términos del acuerdo entre Pekín y el Vaticano no son públicos. Pero dado el contexto, es difícil para el Vaticano suscribir un nombramiento que apoye el descontento o que vaya demasiado lejos en la dirección de Pekín.

En este contexto estalló la ola de manifestaciones de 2019 que socavó las instituciones del territorio, con el objetivo de cambiar el equilibrio de poder con Pekín y combatir lo que se percibe como una normalización gradual de Hong Kong. Sin embargo, el movimiento está encabezado en gran medida por grupos religiosos, en particular protestantes, mientras que las autoridades chinas denuncian el apoyo estadounidense. Pero muchos católicos también están movilizados, lo que contrasta con la actitud conciliadora del Papado hacia el gobierno de Pekin, o el Arzobispo Tong, quien, después de tratar de disuadir a Carrie Lam de firmar el controvertido proyecto de ley de extradición que desencadenó la revuelta, está tratando de encontrar una manera de satisfacer las demandas de los manifestantes sin desestabilizar al gobierno.

Sin embargo, el tema es mucho más amplio que la lucha entre el Papa Francisco y Estados Unidos, incluso en el campo chino. La verdadera pregunta es cómo el Papado se está reposicionando en un orden internacional cambiante. El Papado es tradicionalmente universalista, a veces desconfiado de los Estados, especialmente cuando están definidos por la soberanía absoluta y vinculados por su historia con Europa y Occidente.

Todo esto conduce hoy a una política que, de hecho, es muy ambivalente, en un mundo en el que los puntos de referencia son cada vez menos estables. En un primer nivel, el Papado sigue comprometido con la promoción de un orden mundial, teorizado especialmente durante los años del Vaticano II. En este sentido, su visión se solapa en cierta medida con la de las democracias liberales occidentales. En este sentido, el acercamiento entre China y el Vaticano podría interpretarse también como un avance extremo en esta lógica: la mundialización ha llevado al acuerdo de dos potencias que representan polos opuestos. Sin embargo, el Papado también ha formado parte de una política que desafía un orden mundial centrado en Occidente, y lo ha sido desde los tiempos del Vaticano II, cuando Pablo VI pidió un reequilibrio a favor de los países del sur.

A pesar de la fuerte alianza entre Juan Pablo II y Estados Unidos en los años ochenta contra el mundo soviético, los discursos pontificios contra la mundialización en un modelo liberal anglosajón han ido en aumento desde los años noventa, criticando en particular las guerras “humanitarias” (primera Guerra del Golfo de 1990-1991, guerra en la antigua Yugoslavia en 1999, invasión de Irak en 2003).

Si el Papa Francisco, con sus compromisos en materia de clima, migración e injusticia económica, forma parte de un horizonte más progresista que su predecesor Benedicto XVI, que compartía estos temas pero pensaba más en una mundialización conservadora en torno a núcleos cristianos principalmente occidentales, el marco fundamental sigue siendo el mismo: el Papado está a favor de una mundialización diferente, orientada hacia los países del sur, y cada vez es más partidario de un mundo postoccidental, que corresponde a la geografía de sus fieles, que ahora se encuentran principalmente en América Latina y África.

Pero precisamente, la mundialización total del planeta a través del libre comercio y de la OMC está llegando a sus límites: por un lado, está siendo desafiada en su corazón, desde Estados Unidos hasta Londres o incluso la Unión Europea, a pesar de la resistencia institucional de Bruselas, Berlín o París, y por otro lado, parece estar multiplicando las crisis en los cuatro puntos cardinales del planeta.

En respuesta a este sistema mundial, nuevos nacionalismos basados en la reafirmación del Estado parecen estar reapareciendo, con el inicio de un replanteamiento del actual sistema internacional no sólo en la China de Xi Jinping, la Rusia de Vladimir Putin o la Turquía de Recep Tayyip Erdogan, sino también en los Estados Unidos de Donald Trump.

Sin embargo, este resurgimiento de las naciones está lejos de crear una nueva forma de estabilidad, y por lo tanto el Papado se replantea sus políticas en un mundo cada vez más cambiante. Para empezar, el juego está lejos de terminar. El proyecto de mundialización liberal sigue siendo impulsado por potencias institucionales y económicas poderosas basadas en una realidad profunda, la de la interacción económica de todas las partes del mundo.

Pero este conflicto general, que se extiende por todo el mundo, se cruza con otra dimensión, la de las relaciones entre Estados Unidos, Rusia y China y la de la competencia entre las grandes naciones que están resurgiendo. Sin embargo, Rusia y China, cuyo acercamiento puede haber parecido poco sólido hace unos diez años, se han acelerado, especialmente desde las sanciones occidentales de 2014 contra Rusia. Además del desarrollo de la Organización de Cooperación de Shanghai y la construcción de nuevas interacciones estratégicas, los dos países se están convirtiendo cada vez más en socios en el desarrollo de las carreteras euroasiáticas, en particular el importante proyecto chino “One Belt, One Road”. Esto no es nada obvio, ya que tradicionalmente China y Rusia han sido dos adversarios en Asia central, y el equilibrio de poder puede parecer cada vez más desequilibrado entre una Rusia que piensa en términos multipolares (particularmente frente al ascenso del poder chino) y la República Popular China, que simplemente quiere emerger como el nuevo polo junto a o incluso en lugar de Estados Unidos.

A pesar de su inclusión inicial en el orden atlántico y su apoyo a la mundialización, el Vaticano ve al catolicismo sacudido en todo el mundo por la mundialización liberal con sus transformaciones tecnológicas. La Iglesia Católica está sacudida más profundamente por la sociología que impulsa la mundialización, la de las poblaciones urbanas ricas, cuyo ideal es fluido, sin un punto fijo, emancipado de la historia y de las construcciones sociales o morales, todo lo que el Papado encarna en el más alto grado. Así que, mientras aboga por otra forma de mundialización, el Papado cuya influencia está colapsando en Europa ahora, está tratando de construir vínculos con la República Popular China. Esta política no es un cambio inesperado: amplía la política hacia Rusia que el 12 de febrero de 2016 condujo al encuentro en La Habana entre el Papa Francisco y el Patriarca Cirilo.

Por lo tanto, el acuerdo entre la República Popular China y el Vaticano debe entenderse también como un hito en una geopolítica postoccidental, o posatlántica, cuya profunda lógica se remonta a antes de la elección de Trump. Mientras que el modelo liberal de las potencias occidentales parece estar en dificultades, cuarenta años de apertura a un mundo globalizado no han hecho más que reforzar el poder de las autoridades chinas. En este contexto, la política de las autoridades vaticanas puede leerse como un deseo de no desempeñar un papel en el colapso de la República Popular China con consecuencias impredecibles, a pesar de que esta última se está convirtiendo también en una cuestión estratégica para el mundo católico. En este sentido, el Papado sigue situándose en una geopolítica cada vez más multilateral, situándose como intermediario entre las distintas potencias, desde la Unión Europea o Estados Unidos hasta Rusia e incluso China.

Decir hoy que el mundo será multipolar, con el surgimiento de países del Sur, América Latina, China, India y mañana África, no es muy original. Sin embargo, es posible que las consecuencias no se hayan extraído del todo, mientras que muchos todavía esperan cerrar el paréntesis populista y volver al mundo de los sueños de los años noventa: el surgimiento de un mundo multipolar se lograría sin cuestionar el orden liberal y atlántico, al que se integrarían estos diferentes polos.

Sin embargo, Estados Unidos o Reino Unido están demostrando que ellos mismos no son sólo su versión mundializada, simplificada y fácilmente consumible, y que pueden destruirla. En cuanto a China, cualquiera que sea su activo, será imposible que se convierta en un nuevo polo único, de la misma manera que lo fue Estados Unidos. Por lo tanto, el mundo está avanzando hacia un sistema multipolar, pero sin sistemas de alianza integrados, mientras que la OTAN parece menos segura que antes, mientras que China rechaza cualquier alianza estricta, por ejemplo con Rusia. Sin embargo, si los desórdenes se multiplican, los problemas son comunes, existen intercambios y convergencias permanentes, en una globalización que hace interactuar visiones muy diferentes, que no pueden desaparecer en una “cultura mundial” de consumo, pero que tampoco son inmutables, congeladas para siempre en un choque de civilizaciones.

En esta perspectiva, el Papado, siguiendo su tradición universalista, trata de estar presente en todas partes: aunque ya no es enteramente occidental, mira hacia el otro lado del mundo, y hacia China, donde el cristianismo se está desarrollando. A medida que su registro europeo continúa debilitándose, el Papado parece más y más desterritorializado. A largo plazo, en un mundo que parece incierto, mientras que todas las culturas y los Estados se verán afectados por cambios cuyas consecuencias difícilmente pueden preverse, este posicionamiento puede ser un punto fuerte.

A corto plazo, esta política acaba siendo muy paradójica y puede encontrarse con grandes dificultades sobre el terreno, como en Hong Kong. Finalmente, en su deseo de apoyar otra globalización, el Papado se está acercando a Rusia y China, aunque en occidente el Papa defiende una serie de causas liberales, a veces rechazadas por parte del pueblo católico, que votan en contra del Papa y abandonan las iglesias. Es también la debilidad de una proyección demasiado desterritorializada: el actual retorno de las naciones muestra que también debemos estar anclados en un territorio, en una historia.

Sin embargo, cualquiera que sea el despliegue global del Papado, su historia todavía la marca en Europa, o más ampliamente en Occidente. El interés de la República Popular en el Vaticano, y por lo tanto la capacidad concesional de las autoridades chinas, será proporcional no sólo a la capacidad de sostener un verdadero y arraigado catolicismo chino, sino también a la capacidad del Vaticano para influir en Europa y Estados Unidos.

https://www.diploweb.com/Chine-et-Vatican-l-amorce-d-une-nouvelle-relation-strategique.html

Hong Kong pone a prueba el acuerdo secreto de China con el Vaticano

Carrie Lam entre el Vaticano, Pekín y Hong Kong
70 años del surgimiento de la República Popular de China (8)

Thomas Tanase

El acuerdo “provisional” se firmó en Roma entre, por parte del Vaticano, el Subsecretario de Relaciones con los Estados, Antoine Camileri, y, por parte de China, el Viceministro de Asuntos Exteriores, Wang Chao. Los comunicados que siguieron al acuerdo, en particular de la Santa Sede, confirmaron que los últimos siete obispos excomulgados y no reconocidos por Roma fueron readmitidos a la comunión (más un octavo obispo que murió antes del acuerdo y fue convalidado).

El acuerdo prevé un nombramiento conjunto de obispos en el futuro, que, si bien deja la última palabra a la autoridad pontificia, permite a Pekín ejercer un derecho de control, aunque no se comuniquen las modalidades exactas. Aunque desde el principio la República Popular reconoció un vínculo “religioso” entre la Iglesia patriótica y el Vaticano, el acuerdo reconoce claramente que el nombramiento de obispos chinos por el Papa no es una injerencia extranjera: en principio, China ya no podrá hacer nombramientos unilaterales. Hasta este acuerdo, el Vaticano era un actor no reconocido por la República Popular China; por primera vez, este último se dirige directamente a un Vaticano reconocido como actor internacional. Este es el punto principal que el Papa Francisco subrayó cuando comentó y justificó este acuerdo: si la idea es ante todo proceder a través del diálogo, el nombramiento de obispos se hará desde Roma.

Otra concesión importante de la República Popular es que el acuerdo se firma sin mencionar la cuestión de la República de China, Taiwán, mientras que desde los años cincuenta, el Gobierno de la República Popular exigía como requisito previo la terminación de las relaciones entre el Vaticano y Taiwán. Esta es también la razón por la que las autoridades vaticanas insisten tanto en la noción de un acuerdo “pastoral” y apolítico: el acuerdo no afecta al ámbito de las relaciones diplomáticas oficiales.

Finalmente, la reconciliación con los últimos obispos excomulgados permite, en principio, poner fin a una Iglesia oficial en ruptura con Roma: el acuerdo abre la puerta a la existencia de una Iglesia católica unida en China, bajo la autoridad del Papa, al mismo tiempo que satisface el poder chino; en otras palabras, una Iglesia bajo el doble control de las autoridades de la República Popular y del Vaticano.

El acuerdo plantea una pregunta: ¿cómo funcionará exactamente el proceso de nombramiento de obispos? Aparentemente, el Consejo de Obispos chinos bajo el control de las autoridades o del gobierno tendrá la oportunidad de proponer a sus candidatos, lo que el Papa puede rechazar; pero en realidad, la cuestión es cómo procederá la negociación, lo que también presupone que las autoridades de Pekín no quieren forzar nombramientos o imponer a su candidato a cualquier precio. Por último, el acuerdo deja en suspenso un problema fundamental: el de la Iglesia clandestina, que todavía no es reconocida por las autoridades.

Un punto en particular suscita las críticas de los oponentes. Dos de los obispos regularizados tenían una diócesis para la cual la Iglesia clandestina tenía su propio obispo. Una de las consecuencias del acuerdo es que estos dos obispos clandestinos renunciarán a sus cargos para unir a la Iglesia y tendrán un solo obispo en su diócesis, el de la Iglesia oficial, cuya excomunión se levanta con el acuerdo de 2018, en el que los dos obispos clandestinos actuarán como auxiliares. Es un buen augurio para el espíritu del acuerdo y para la forma en que la Iglesia clandestina, aunque en su mayoría sobre el terreno, parece comprometida en nombre de la unión que debe ser recuperada por la Iglesia oficial. Para los críticos, se trata de una tontería: un catolicismo vivo quedaría bajo el control de una jerarquía adquirida en el poder de Pekín, a cambio de una promesa de negociación que le daría básicamente a Pekín la libertad de imponer sus deseos, mientras que la Iglesia clandestina sigue siendo perseguida en la práctica si se niega a registrar y controlar a las autoridades.

De hecho, las primeras noticias del campo no son muy positivas. La destrucción de iglesias, las vejaciones y detenciones no cesan. La situación no siempre se acepta sin dificultad, aunque algunos prelados chinos también expresan su satisfacción con el acuerdo: es razonable pensar que las comunidades pueden ser compartidas, mientras que uno de los problemas de la Iglesia católica en China es precisamente su fragmentación en grupos que encuentran cada vez más difícil hablar entre sí. El clero católico está más animado que nunca a declararse ante las autoridades, lo que no es fácil: el registro implica a menudo la suscripción a documentos en los que los prelados se comprometen a prohibir la entrada de menores a la iglesia, a no enseñarles el catecismo, a no publicar documentos religiosos en línea; además, deben reconocer los principios de la Iglesia patriótica y la independencia de la influencia extranjera.

Ante esta situación, el 28 de junio de 2019 el Vaticano publicó oficialmente “orientamenti”, que siguen siendo muy ambivalentes, lo que justifica la situación. Permiten a los obispos firmar explicando que el diálogo en curso entre el Vaticano y Pekín está cambiando la situación: el acuerdo firmado reconoce el papel del Papa, mientras que la independencia de la Iglesia china debe ser entendida sólo a nivel político. Sin embargo, el Vaticano también reconoce la naturaleza a veces problemática de estas declaraciones, y se basa en el criterio de los sacerdotes sobre el terreno. Por lo tanto, en caso de duda, también pueden firmar añadiendo la cláusula de que, en cualquier caso, el compromiso no puede ir en contra del respeto de la doctrina católica, o incluso no firmar. Mientras tanto, los “orientamenti” afirman explícitamente que el Vaticano también espera un nuevo comportamiento de Pekín: aquí es donde reside todo el reto, que sólo puede juzgarse a largo plazo.

La ventaja de este acuerdo es bastante fácil de entender para la República Popular China, aunque se mostró muy reacia a firmarlo: el simbolismo de un reconocimiento oficial del Sumo Pontífice es importante. Sin embargo, a primera vista, el acuerdo puede ser utilizado por las autoridades comunistas de acuerdo con su política de control de la sociedad china. Dado que el cristianismo está en constante desarrollo, el acuerdo con el Vaticano permite crear una comunidad católica bajo el escrutinio de las autoridades. Si el acuerdo con el Vaticano se desarrolla, esto puede ser una garantía de que los católicos chinos, al menos a nivel institucional, no estarán involucrados en la organización de protestas y disidentes, y que las autoridades de Beijing tendrán un interlocutor que ha mostrado su voluntad de negociar, el Papado. Y desde el momento en que el Papado se ha comprometido a un acuerdo y permanece distante, las autoridades de Beijing pueden imponer sus opciones ampliamente, con el acuerdo del Papa.

Una vez más, Hong Kong puede ser utilizado como un marcador. De hecho, el nombramiento de un nuevo gobernador en 2017 fue simbólico, especialmente después de la liquidación de la “revolución de los paraguas” de 2014. Es elegido por un comité electoral compuesto por personalidades favorables a Pekín y un Parlamento dominado por colegios profesionales, es decir, por los negocios de Hong Kong relacionados con Pekín. Carrie Lam, que finalmente fue nombrada gobernadora, pasó por una formación católica privada, muestra su fe y está cerca de las autoridades eclesiásticas. En este sentido, su designación ya ilustraba cómo los católicos, en la ciudad de Hong Kong en la que desempeñan un papel, podían obtener una plaza, siempre que llegaran a un acuerdo con las autoridades chinas. Al mismo tiempo, a diferencia de su predecesor el Cardenal Zen, el Cardenal Arzobispo Tong, que ocupó el cargo de 2009 a 2017, había sido mucho más complaciente y favorable a un acuerdo entre Pekín y el Vaticano ya en 2016, una actitud seguida por su sucesor, Michael Yeung, cerca de Carrie Lam.

Además de esto, hay una segunda ventaja obvia: no sólo la República Popular China no asume muchos riesgos con este acuerdo a nivel interno, lo que puede incluso ser útil, sino que además la posición china se legitima a nivel externo. El acuerdo con el Papa Francisco es un fuerte argumento contra las críticas a la política religiosa de Pekín. Además, la República Popular puede jugar la carta del multilateralismo y de la construcción de convergencias y reglas internacionales, en contra de Estados Unidos, que en cambio juega la carta del unilateralismo y del desafío permanente de marcos internacionales que son demasiado prescriptivos y restrictivos. Y si es ciertamente reductor hacer de este acuerdo sólo un reto para Trump por parte del Vaticano, en la medida en que hemos visto hasta dónde llegan las negociaciones en el tiempo, tampoco hay que descartar del todo esta dimensión.

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La ‘larga marcha’ hacia un acuerdo con el Vaticano pasa por Hong Kong

70 años del surgimiento de la República Popular de China (7)

Thomas Tanase

La Iglesia Católica se ha quedado atrás en el nuevo surgimiento del cristianismo en China, que beneficia mucho más a las iglesias protestantes. El catolicismo, que tenía una implantación rural, por otra parte, tiene más dificultades para adaptarse a las realidades de las nuevas metrópolis chinas, mientras que toda su red asociativa e institucional está ausente.

El contexto sigue siendo particularmente difícil, en parte debido a la división entre la Iglesia oficial y la Iglesia clandestina, en la terminología inglesa, cuyos números son por definición difíciles de evaluar, pero que claramente parece ser la mayoría sobre el terreno en términos de fieles. Además, este contexto también plantea problemas relacionados con la especificidad del catolicismo, que necesita sacerdotes consagrados o una presencia monástica para desarrollarse, pero las cifras muestran que el número de vocaciones está disminuyendo claramente.

También es necesario matizar la oposición entre la Iglesia clandestina y la Iglesia patriótica. Ciertamente, como en todos los regímenes comunistas, no hay duda de que algunos de los obispos nombrados por el régimen no son modelos de fe para sus seguidores. Pero este no es el caso de todos los obispos de la Iglesia oficial, que a veces se han limitado a inscribirse para poder apoyar a su comunidad. Los fieles están vinculados a una parroquia y su estatus a menudo está ligado a las decisiones tomadas por su sacerdote o por un obispo, razón por la cual los fieles de la Iglesia patriótica nunca han sido rechazados por el Papado. Esta es también la razón por la que, aunque en principio la Iglesia patriótica está separada de Roma, muchos de sus obispos, sin embargo, han visto regularizada su situación por los diversos pontífices desde los años ochenta, una dinámica en la que se basa el acuerdo de 2018.

El Vaticano han buscado alojamiento durante mucho tiempo. Durante la década de 1980 los contactos se multiplicaron. Sin embargo, también es el momento en que la cuestión de la Iglesia clandestina vuelve a ocupar el primer plano con el inicio de la renovación religiosa de China. En este contexto, Juan Pablo II, para evitar la lenta asfixia de una Iglesia clandestina cuyo clero no ha sido reemplazado, autoriza a los obispos de la Iglesia clandestina a proceder por iniciativa propia a las consagraciones episcopales, ratificadas después del acontecimiento por la autoridad pontificia. Esto no impide que Juan Pablo II acepte a veces reconocer a los obispos nombrados por Pekín. Otros obispos de la Iglesia oficial se están regularizando gradualmente caso por caso, lo que ilustra uno de los activos del papado: sigue siendo la única fuente que puede conferir verdadera legitimidad, incluso para los obispos patrióticos, que están obligados a venir y buscar su bendición.

Finalmente, se llevaron a cabo negociaciones con las autoridades chinas desde 1996 con la visita a Pekín del obispo Claudio Celli, a tal punto que en el año 2000, un acuerdo muy cercano al firmado en 2018 parece ya casi finalizado con el apoyo del presidente Jiang Zemin, antes de que finalmente se rompan las negociaciones.

Ante la situación china, el Papado está utilizando tres palancas, que pueden asociarse: el apoyo a la Iglesia clandestina, la reconstrucción de los vínculos con los obispos patrióticos, lo que permite reunir gradualmente a una gran parte de la Iglesia oficial con Roma, y finalmente, la búsqueda de un acuerdo general con Pekín. Pero por su parte, las autoridades chinas, cuando ven que demasiados obispos patriotas se reconcilian con Roma, hacen nuevos nombramientos unilaterales. La situación, por lo tanto, no está resuelta, sobre todo porque las regularizaciones realizadas por el Papado al dejar el campo abierto a la Iglesia clandestina terminan por conducir a situaciones absurdas desde el punto de vista canónico, mientras que puede suceder que en la misma diócesis haya un obispo clandestino y un obispo oficial reconocido por Roma.

Benedicto XVI continúa esta política, con un cambio de rumbo. Escribió una importante carta sobre la cuestión china en 2007, que ha servido de marco para la acción hasta la fecha. En esta carta, Benedicto XVI hace un llamamiento a renovar los lazos con la República Popular China, recordando al mismo tiempo que la idea de una Iglesia basada en los principios de independencia, autonomía y autogestión es inadmisible según el derecho canónico. La carta también señala el caso del pequeño número de obispos que aún no se han reconciliado, y recuerda que, aunque sean ilegítimos, los sacramentos que administran son válidos, ya que han sido administrados por la Iglesia.

Por último, el Papa pide que se ponga fin a las consagraciones episcopales clandestinas sobre el terreno autorizadas por su predecesor: el riesgo es que se multipliquen sin control y compliquen la situación. Sin embargo, una vez más, el Papado y la República Popular China parecen estar a punto de concluir un acuerdo en 2010 cercano al de 2018, mientras que hasta 2009 las negociaciones fueron dirigidas por el futuro Secretario de Estado del Papa Francisco, Pietro Parolin.

Pero, otro ejemplo de las ambigüedades sobre el terreno, el del nombramiento en 2012 de Taddeo Ma Daquin como obispo auxiliar de Shanghai, de acuerdo entre Roma y Pekín: el día de su consagración, el nuevo obispo anuncia su dimisión de la Asociación Patriótica. Fue detenido el mismo día y, a pesar de su reintegración en la Iglesia patriótica a petición suya en 2015, sigue bajo arresto domiciliario hasta el día de hoy.

Mientras tanto, el fracaso de las negociaciones demuestra una vez más las dificultades que siguen existiendo para dar el último paso. El reconocimiento del Vaticano a través de un acuerdo puede crear descontento dentro del Partido Comunista Chino. Pero por otro lado, el Vaticano también debe superar muchas resistencias vinculadas a la naturaleza del régimen chino.

Sin embargo, la situación de la Iglesia clandestina y los caprichos de las relaciones de Pekín con el Vaticano no son una explicación suficiente para esta limitada renovación del catolicismo en China. Después de todo, las iglesias protestantes son perseguidas por igual y tal vez más, mientras que los católicos clandestinos también pueden abrir verdaderas iglesias y desarrollar sus comunidades, incluso si todavía están sujetos al riesgo de un cambio repentino de actitud por parte de las autoridades locales. Sin embargo, las iglesias protestantes también pueden beneficiarse de su trabajo en red y de la flexibilidad de su organización en el campo. A cambio, la originalidad del modelo católico es poder contar con un aparato de Estado, el Vaticano, que despliega una diplomacia y una estructura eclesial a escala mundial; pero este funcionamiento se convierte en una desventaja a partir del momento en que Pekín rechaza cualquier acuerdo y trata precisamente de romper ese vínculo.

El desarrollo del catolicismo en China también se ve obstaculizado por la situación general de la Iglesia católica y sus dificultades en su corazón europeo. Frente a un crecimiento de las iglesias protestantes que refleja la capacidad de movilización económica de las iglesias estadounidenses, el catolicismo ya está luchando por mantenerse en Europa, mientras que las donaciones y la financiación siguen disminuyendo. La Iglesia Católica Americana, que cuenta con recursos financieros más sustanciales, es absorbida por sus propias necesidades y debe dedicar parte de sus ingresos a apoyar al catolicismo europeo y al aparato estatal romano. Pero lo que es aún más importante, el catolicismo en China está sufriendo indudablemente la erosión de Europa como modelo cultural o político, particularmente en el sudeste asiático. Si la misión católica está animada por grandes órdenes cargadas de historia y con una reconocida excelencia cultural, como los jesuitas, la realidad es que esta excelencia intelectual está menos de moda que un auge de las iglesias protestantes vinculado a la fascinación por el éxito económico estadounidense.

Frente al poder de Estados Unidos, el centro del mundo que atrae al mismo tiempo que es percibido como un rival, Europa puede fascinar por su sofisticación, atraer a los turistas (incluidos, por supuesto, los museos del Vaticano y la Capilla Sixtina) y conseguir exhibir la experiencia de la marca, pero lucha en el sudeste asiático más que en ningún otro lugar por tener un peso político real y aún más por encarnar un modelo para el futuro del siglo XXI. En este sentido, el catolicismo y Europa todavía tienen destinos paralelos, si no vinculados: el borrado de las culturas y naciones europeas, atrapadas en una globalización de matriz americana e incapaces de definir una voz singular que pueda ser escuchada en Asia, se refleja en el del catolicismo.

El hecho de que Hong Kong sea el centro de la presencia católica en el mundo chino también contribuye a este problema. El catolicismo no sólo está bien establecido, sino también muy bien representado entre las élites del territorio, gracias al papel de su sistema educativo. Sin embargo, Hong Kong sigue marcada por su historia británica y su sistema político específico, que también forma parte de la mundialización anglófona. De hecho, las comunidades católicas de Hong Kong son tan activas como los protestantes en mantener la especificidad del territorio y en desafiar a las autoridades de Pekín. Muchos católicos participaron en las manifestaciones de 2014, comenzando con el Cardenal Arzobispo Emérito Joseph Zen, un compromiso que se refleja en las protestas de 2019, a las que volveremos más adelante.

Por lo tanto, no es una coincidencia que el catolicismo de Hong Kong esté en el centro de la campaña para disuadir al Papa Francisco de firmar un acuerdo con Pekín. La reanudación de las negociaciones para un acuerdo fue una de las primeras prioridades del nuevo Papa, llamando a Pietro Parolin a convertirse en su Secretario de Estado. Una vez más, las negociaciones parecen estar avanzando en 2016 y 2017, pero no tienen éxito. Sin embargo, cuando la perspectiva de un acuerdo se hizo más clara a principios de 2018, se organizó un verdadero frente de rechazo con la llegada a Roma del Cardenal Zen, quien entregó al Papa una carta de advertencia contra el acuerdo. Además, a su regreso, el cardenal hizo públicas sus críticas. El clero católico de Hong Kong se está movilizando para escribir una carta abierta al Papa Francisco condenando el acuerdo.

A través de las declaraciones de los periodistas cercanos, el Papa Francisco y su entorno quieren salir de la confrontación directa con Pekín en la que se han comprometido las Iglesias protestantes. En mayo de 2018 Gianni Valente explicó que la represión de Hebei se dirigió en primer lugar contra los movimientos sectarios extremistas y las megaiglesias de estilo estadounidense, aunque finalmente también se dirigió contra las iglesias católicas. De hecho, las campañas de destrucción se dirigen a las megaiglesias, que son particularmente visibles, aunque es fácil reconocer que el pasado y el discurso general de las autoridades comunistas garantizan que no tienen demasiados escrúpulos sobre la destrucción de las iglesias católicas. En su artículo, Gianni Valente propone, en cambio, intentar construir un enfoque positivo y mostrar a Pekín que las iglesias católicas son, de hecho, una represa contra el extremismo que le preocupa.

Los acuerdos de 2018 ilustran claramente a este respecto la voluntad del Papa Francisco de retomar el control, reavivando un modelo tradicional de entendimiento entre el Papa y los Estados, incluso cuando las relaciones son difíciles. A pesar de toda la originalidad extraeuropea de un Papa argentino, se trata en efecto de reafirmar un modelo misionero católico que siempre ha dado paso a una parte de la negociación diplomática. Sin embargo, cabe destacar que después de tantas vacilaciones, Pekín ha decidido dar el paso; el Vaticano ya no es una potencia considerada irremediablemente hostil y de poca importancia estratégica.

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El ‘opio del pueblo’ forma parte de la mundialización y de la influencia del imperialismo en China

70 años del surgimiento de la República Popular de China (6)
Thomas Tanase

La
política de las autoridades chinas hacia las religiones es comprensible
a la luz de esta transformación más general de la sociedad china hacia
un mundo urbano y consumista. Los numerosos problemas que plantea a las
autoridades son bien conocidos. Además de los desequilibrios económicos,
existe también el problema que las autoridades de los “pequeños
emperadores” toman muy en serio: la generación de un solo hijo ha
producido jóvenes adultos a menudo malcriados, poco sensibles al
espíritu de sacrificio socialista, pero, sobre todo, obligados a
encontrar un lugar en una sociedad en la que la tasa de crecimiento está
empezando a disminuir. Esta situación no deja de repetir lo que está
ocurriendo en otros países desarrollados, en particular en Europa,
prueba de que China está bien conectada con el resto del mundo, y ahora
plantea cuestiones comunes. La otra consecuencia de este crecimiento es
la diversificación general de la sociedad china, de la que el
crecimiento religioso es otro aspecto, que a veces puede solaparse con
los retos que puedan existir, especialmente entre los jóvenes.

El
Partido Comunista Chino ha demostrado sistemáticamente su capacidad de
adaptación desde Deng Xiaoping, y de acompañar los cambios de la
sociedad china sin renunciar a controlarla si es necesario con métodos
autoritarios. En los últimos setenta años, el Partido Comunista ha
logrado dar forma a una visión del mundo y crear un consenso masivo,
además de ser un sistema de poder muy eficaz. Pero ahora se enfrenta a
una nueva situación, a la que Xi Jinping debe enfrentarse, tras haber
afirmado desde su toma de posesión en 2013 su voluntad de defender el
poder chino, de canalizar la diversidad de la población y, sobre todo,
de evitar las revueltas.

Más que nunca, el deseo de las
autoridades es evitar un escenario al estilo soviético, que se traduce
primero en una batalla contra el “nihilismo histórico” que habría ganado
la sociedad soviética en los años ochenta, perdiendo la fe en el modelo
comunista y en la autoridad del partido, motivo de la caída en 1991. La
política de Xi es, por lo tanto, reafirmar una ideología capaz de
reunir en una síntesis común nacionalista y comunista. En este contexto,
Xi Jinping pudo evocar, desde el momento en que llegó al poder, la
utilidad de las religiones, con sus valores morales, que permitirían
combatir el egoísmo que se había hecho demasiado presente en la
sociedad, siempre y cuando se mantuvieran en un marco patriótico.

Sin
embargo, esta apreciación moderada del hecho religioso significa sobre
todo que, puesto que su desarrollo es inevitable en una sociedad cada
vez más diversa, debe ser tomada en consideración y controlada para
evitar que se convierta en un fermento de desorden. Además, las
autoridades chinas tienen perfectamente en mente el precedente de
Solidarnosc en Polonia, es decir, un movimiento obrero católico apoyado
por el Papa Juan Pablo II, que fue el primer gran elemento de
desestabilización que llevó a la caída de la URSS, con los mujahidines
afganos, promovidos a “luchadores por la libertad” por el gobierno de
Reagan.

El control de las autoridades tiene un contenido muy
concreto. En 2015 Xi Jinping lanzó la consigna de una necesaria
“chinificación” de las religiones, retomada y desarrollada por el XIX
Congreso del Partido Comunista Chino en octubre de 2017. Por lo tanto,
se hace hincapié en la “chinificación” de canciones, música,
representaciones o en la “chinificación” de edificios y la adopción de
una arquitectura de acuerdo con las tradiciones chinas. En principio,
este enfoque puede ser una oportunidad para experimentos interesantes,
totalmente en línea con la idea de una necesaria inculturación del
cristianismo. Pero en la práctica, esto también significa evitar exhibir
signos religiosos en espacios públicos: las cruces sobre edificios
religiosos deben ser prohibidas. De modo que la “chinificación”
eventualmente resulta en una nueva batalla alrededor de los edificios
religiosos.

De hecho, los lugares de culto cristianos se han
multiplicado, a menudo de forma incontrolada o incluso ilegal, mientras
que China se ha visto envuelta en una fiebre de construcción de
megaiglesias al estilo americano. Sin embargo, la multiplicación de
estos edificios, acompañada de sus signos religiosos, a veces
particularmente visibles (como las cruces que dan a las cúpulas), es el
signo a los ojos de todos de la reaparición de lo religioso, capaz de
revertir el espacio público. Desafía una estrategia de marginación,
limitando la práctica religiosa a la práctica privada y cerrada, lo que
la haría invisible e incapaz de atraer a los fieles. Las campañas de
destrucción de símbolos religiosos y a veces de iglesias, que afectan
tanto a los protestantes como a los católicos, han aumentado en los
últimos años, con distinta intensidad y modalidades en las distintas
regiones.

Lo que a veces puede convertirse en una fiebre de
destrucción iconoclasta multiplica los conflictos, especialmente en el
caso de muchos edificios clandestinos, lo que puede acabar en
detenciones y persecuciones. Además de la bandera roja en la entrada,
las iglesias tendrán que exhibir ocasionalmente reglas de orden público:
no se permite la entrada a los menores. En efecto, las prohibiciones de
este tipo se multiplican localmente, al igual que las prohibiciones de
participación de los menores en el catecismo, con la idea de que aquí es
donde se juega el futuro. A cambio, estas prácticas de control
autoritario de los grupos religiosos son denunciadas regularmente por el
Departamento de Estado estadounidense o por las principales ONG y por
la movilización de los medios de comunicación.

Sin embargo, la
cuestión del cristianismo no es la única cuestión religiosa que preocupa
a las autoridades chinas. La cuestión del Tíbet es recurrente, mientras
que el Dalai Lama sigue siendo una figura popular en Occidente. El
movimiento Falun Gong, fundado en China en 1992, puede haber parecido
estar reviviendo prácticas ancestrales, aunque también tiene un parecido
familiar con los movimientos de la “nueva era” de la época. De hecho,
su fundador, Li Hongzhi, pronto se abrió camino en los países
occidentales, estando cada vez menos presente en China antes de
establecerse definitivamente en Estados Unidos en 1998. Al mismo tiempo,
el movimiento se ha estructurado como una organización de masas y ha
pedido su legalización. Las autoridades comunistas decidieron en 1999
reaccionar con una prohibición, realizando numerosas detenciones y
persecuciones.

Por último, la inclusión de la República Popular
en el mundo globalizado plantea un último problema a las autoridades
chinas: el del islam. Sin embargo, los musulmanes en China,
principalmente alrededor de 11 millones de hui (chinos musulmanes) y 10
millones de uigures, están inscritos en su propio espacio e historia,
lejos de la península arábiga. La población uigur de Xinjiang, cercana a
las demás poblaciones de habla turca de Asia Central en las antiguas
repúblicas soviéticas, se considera generalmente muy secularizada.
Además, no hay un aumento significativo de la población musulmana entre
la población han (china), que sigue estando lejos de estas cuestiones.
El principal problema para Pekín es el aumento de las demandas
nacionalistas uigures, que se hicieron particularmente visibles con los
disturbios antichinos de Urumqi de 2009. Deben mucho a la llegada masiva
de chinos, que a finales de los años setenta estaban casi ausentes de
la región. A partir de ahora, están casi a la par de los uigures
(oficialmente el 40 por ciento de los han -pero en 1949 eran sólo menos
del 5 por ciento-, contra el 45 por ciento de los uigures, pero el 60
por ciento si añadimos los otros grupos étnicos musulmanes: kazajos,
kirguises, hui). Sin embargo, dominan completamente los ámbitos
económico y político, mientras que los uigures están marginados.

Los uigures están sujetos a las mismas influencias que funcionan en las
antiguas repúblicas soviéticas, algunas de las cuales se han vuelto
porosas para las redes islamistas, exportando el modelo de un islam más
radical y puritano que el de las tradiciones locales, y a veces incluso
salafistas. Estas redes también han podido aprovechar el colapso de
Afganistán y el debilitamiento de las autoridades locales para
desarrollarse y expandirse a través de la frontera en Xinjiang, con el
surgimiento del Partido Islámico de Turkestán Oriental (ETIP), una
organización independentista uigur.

Las reivindicaciones de
identidad islamista pueden, por tanto, apoyar el discurso nacionalista
uigur, alimentado por la construcción de mezquitas, el desarrollo de
prácticas halal y la islamización del espacio público (con inscripciones
en el alfabeto árabe). Más que en el caso de los edificios cristianos,
la República Popular China está comprometida con la “halalización” del
espacio público, lo que también resulta en la destrucción de muchos
símbolos religiosos y edificios de culto. Además de la campaña de
“rectificación” en Xinjiang, en la que se destruyeron varios miles de
mezquitas, también hay una campaña más original para promover la venta
de alcohol y cigarrillos.

La cuestión religiosa sitúa a la
República Popular China en una geopolítica mundial, lo que acaba por
ponerla en conflicto con Estados Unidos o la Unión Europea. Su política
religiosa puede ser condenada y utilizada para movilizar a las
poblaciones occidentales en caso de disputa. Pero más profundamente, el
desarrollo religioso plantea en realidad la cuestión de la
transformación de la sociedad china: la integración en la mundialización
no es sólo económica y, en última instancia, también termina por
occidentalizar las mentes
.

A cambio, la cuestión religiosa es
otro punto que puede acercar a Pekín y Moscú, que en algunos aspectos se
enfrentan a los mismos problemas. Moscú también mira con gran sospecha a
los movimientos religiosos de Estados Unidos y es denunciado
regularmente por las autoridades estadounidenses por su política hacia
un movimiento como el de los Testigos de Jehová. Rusia también tiene una
gran población musulmana con su propia historia y tradiciones
específicas: debe luchar a nivel nacional contra los movimientos
salafistas y yihadistas, por no hablar de Chechenia, que sigue siendo un
territorio especial. Al igual que Pekín, Moscú está particularmente
atento a lo que está ocurriendo en Asia central. El factor religioso,
que se menciona con menos frecuencia, también está acercando a Rusia y
China. Sin embargo, en este contexto general, en el que la República
Popular China se está convirtiendo en un punto central de una
geopolítica religiosa a gran escala, el Vaticano finalmente ha quedado
relativamente atrás: sufre de la debilidad del catolicismo chino, lo que
hace que el entendimiento con las autoridades de la República Popular
sea aún más importante.

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La teología de la prosperidad: un modelo americano con características chinas

70 años del surgimiento de la República Popular de China (5)

Thomas Tanase

La renovación del cristianismo en China es claramente una consecuencia de la mundialización, aunque debe situarse en un contexto más amplio. La revolución cultural y la destrucción de la China tradicional también han llevado al colapso de los ritos antiguos o taoísmo (y, en menor medida, del budismo) como fenómeno social general.

Sin embargo, como en otras partes del mundo, si la religión como elemento central en la organización de las sociedades se derrumba, el hecho religioso no desaparece y puede seguir animando a comunidades importantes, incluso a comunidades minoritarias, de modo que la sociedad nacida de la breve política de tierra quemada de la era maoísta acabó favoreciendo la aparición de nuevas formas de religiosidad, alimentadas por la apertura de China al mundo occidental.

Esta renovación es sólo un elemento de la transformación antropológica a gran escala que acompaña a la urbanización de la población. Pero el desarraigo de las tradiciones religiosas combinado con el ideal ahora propuesto a los chinos del consumo al estilo occidental conduce paradójicamente al rápido crecimiento del protestantismo, una vez más estrechamente ligado a la influencia americana.

Sin embargo, la conversión al cristianismo es también una distancia de los valores del Partido y del orden político y social. En una sociedad que se ha vuelto altamente individualista y gangrenada por la corrupción, también permite a las personas establecer vínculos de solidaridad alternativos al Estado. Y, a un nivel superior, la intelectualidad urbana tiende a veces a reivindicar al mismo tiempo los valores liberales y el cristianismo a la americana, a menudo promovidos conjuntamente por ONG que sitúan la libertad religiosa en el centro de su modelo. De este modo, se está creando toda una red de prosélitos vinculados a las iglesias protestantes entre la China continental, Hong Kong, Taiwán y Estados Unidos.

El desarrollo del propio protestantismo chino debe ser restablecido en un contexto asiático más amplio. A su manera, traza el desarrollo industrial de China desde los años ochenta, que ha tenido lugar a través de vínculos con Hong Kong, Taiwán, Singapur y otros países asiáticos, donde las comunidades chinas han podido actuar como intermediarios, todo ello dentro de un espacio globalizado en torno a la economía estadounidense.

El proselitismo protestante también forma parte de este modelo estadounidense, más aún desde los años ochenta, cuando el crecimiento evangélico se combinó con una renovación neoconservadora. En todo el mundo, la apertura a la mundialización ha ido acompañada del desarrollo de redes protestantes y evangélicas, que no temen seguir una política misionera muy proselitista, basada en el éxito económico, la integración en la comunidad empresarial orientada hacia Estados Unidos, así como la capacidad de construir comunidades con atractivo entusiasmo y solidaridad: es la práctica teorizada en América Latina bajo la expresión de “teología de la prosperidad”, enfatizando el enriquecimiento, oponerse a la “teología de la liberación” por la política y la revolución o, en general, a una Iglesia Católica orientada hacia los más pobres, los humildes, las comunidades indígenas, y que en nombre de la solidaridad, a veces tiende a presentarlos como un modelo de vida cristiana.

El sudeste asiático es uno de los lugares más exitosos para esta práctica, fuera de Japón, cuya cultura permanece decididamente separada. Corea del Sur ha visto aumentar el número de cristianos del 18 por ciento de la población en 1970 a más del 30 por ciento en el año 2000, los años de despegue económico, en un país directamente protegido por el ejército americano. Una cuarta parte de su población es ahora protestante (se ha convertido en la comunidad religiosa más grande del país, por delante del budismo), en un país marcado por la fiebre de la construcción de megaiglesias al estilo estadounidense, aunque este crecimiento está siendo bloqueado.

Al igual que en Estados Unidos, pero en mayor medida, las generaciones más jóvenes se alejan de la religión y se sienten más atraídas por el consumo. En Singapur, una ciudad-estado de la población china que una vez fue una colonia británica, la proporción de cristianos ha aumentado del 13 por ciento en los años 90 al 18 por ciento en 2010, una cifra estable desde entonces (casi el 19 por ciento en el último censo de 2015, más del 60 por ciento de ellos protestantes), pero también con un aumento de la incredulidad entre las generaciones más jóvenes. Mientras que el cristianismo, inicialmente protestante, es más lejano en Taiwán, donde representa sólo el 5 por ciento de la población, tiene sin embargo un peso significativo en el estado fundado por Chang Kai-Shek.

De hecho, el protestantismo chino no sólo está creciendo rápidamente, sino que está particularmente bien establecido en las numerosas diásporas chinas en el extranjero, hasta el punto de dar a veces un giro inesperado a las “nuevas rutas de la seda” promovidas por la República Popular. En África, donde la presencia china crece exponencialmente, los misioneros chinos se dirigen tanto a sus compatriotas, en un contexto donde no son supervisados por las autoridades, como a las poblaciones africanas. La misión protestante se encuentra así con una tierra en el otro extremo donde los evangelistas americanos son muy activos, mientras que los pastores africanos están empezando a aprender chino.

Más sorprendente aún, mientras que Pakistán es uno de los nodos importantes de los planes de China para nuevas rutas de la seda, el asesinato por una célula yihadista en junio de 2017 de un par de jóvenes misioneros protestantes chinos avergonzó al gobierno de la República Popular. Finalmente, en la misma Roma, las comunidades evangélicas chinas son cada vez más visibles y ponen su red de pequeños comercios y restaurantes al servicio de la misión cristiana. El fervor de las comunidades chinas puede ahora asumir el relevo misionero, mientras que el fenómeno parece haber llegado a sus límites en el resto de Asia, incluso en Estados Unidos, donde el declive del compromiso religioso entre los jóvenes y el surgimiento de un liberalismo social muy crítico están poniendo en tela de juicio los equilibrios políticos.

https://www.diploweb.com/Chine-et-Vatican-l-amorce-d-une-nouvelle-relation-strategique.html

La religión está en auge en China, sobre todo entre los más jóvenes habitantes de las ciudades

70 años del surgimiento de la República Popular de China (4)

Thomas Tanase

Shanghai tiene una característica particular: es uno de los pocos lugares del mundo donde hay muchos más creyentes entre las generaciones más jóvenes que entre sus mayores: del 30 por ciento de creyentes declarados, de todas las religiones juntas, el 62 por ciento tiene entre 16 y 39 años, según una estimación que ya se remonta a 2011. Dado que las generaciones mayores son las que crecieron bajo el maoísmo o en la apenas abierta China de los años ochenta, no es sorprendente. Sin embargo, la renovación de la fe religiosa entre las generaciones más jóvenes invierte las pautas habituales que se observan en Occidente, sobre todo porque en China este fenómeno afecta principalmente a las generaciones más jóvenes de los habitantes de las metrópolis, relacionadas con la mundialización.

Dada la desconfianza de las autoridades chinas, es difícil disponer de cifras precisas. Las estimaciones pueden variar considerablemente, especialmente porque muchos creyentes practican clandestinamente. Sin embargo, según todos los datos, el hecho religioso está en auge en la República Popular. Sobre la base de las cifras proporcionadas por las autoridades chinas a través de la Oficina de Información del Consejo de Estado, se calcula que en China hay unos 200 millones de creyentes de una población total de unos 1.400 millones de personas. Entre ellos, además de una gran mayoría de budistas, se calcula que hay 38 millones de protestantes (incluidos 20 registrados), 6 millones de católicos y unos 20 millones de musulmanes.

Pero la mayoría de los observadores consideran que estas estimaciones minimizan la situación. Según estimaciones de una ONG como Freedom House, el número de creyentes en China es en realidad mucho mayor: de 185 a 250 millones de budistas (excluyendo a los 6 a 8 millones de budistas tibetanos), entre 60 y 80 millones de protestantes, quizás entre 30 y 40 millones de musulmanes, 12 millones de católicos y varios cientos de millones de practicantes ocasionales de religiones tradicionales. Fenggang Yang, de la Universidad de Purdue, estima que hay alrededor de 100 millones de protestantes (incluyendo unos 30 participantes regulares en las iglesias registradas).

De manera más general, una religiosidad difusa está empezando a emerger de nuevo, sensible, por ejemplo, con un retorno a los cultos tradicionales. Los cultos taoístas pueden tener éxito y a veces incluso ser muy populares entre las élites por su carácter esotérico, incluso en algunos círculos empresariales y entre algunos miembros del Partido, que pueden distanciarse de la doxa marxista.

Más que las cifras absolutas, a pesar de que todo es bastante bajo, lo que revela es la dinámica del fenómeno. Los cristianos en su conjunto pueden haber sido 6 millones en el período posterior a la Revolución Cultural. Si tomamos sólo las cifras oficiales de las autoridades chinas, el número de creyentes ha aumentado de 200 millones en 1997 a 300 millones en 2018; católicos de 4 a 6 millones y protestantes de 10 a 38 millones, en comparación con el bajo crecimiento de la población de China (1.265.000 millones de habitantes en 2000 y 1.400 millones en 2019, según la ONU).

Observamos la presencia todavía discreta de mormones, testigos de Jehová y adventistas. Proyecciones como las de Fenggang Yang estiman que el número de cristianos podría llegar a 250 millones en 2030. El crecimiento es particularmente espectacular y explica por qué la cuestión del cristianismo se está convirtiendo en un problema real para la República Popular China. Aunque los cristianos fueran una pequeña minoría, China podría ser uno de los países del mundo con mayor población cristiana.

Además, está el caso muy particular de Hong Kong, que según las últimas estadísticas tiene una población de unos 900.000 cristianos, es decir, el 12 por ciento de los 7,4 millones de habitantes del territorio, divididos de manera aproximadamente equilibrada entre protestantes (500.000) y católicos (390.000), a lo que hay que añadir una comunidad inmigrante de unos 166.000 filipinos católicos.

Esta situación refleja la historia de Hong Kong, donde las denominaciones cristianas pudieron protegerse del maoísmo durante el dominio británico y contribuir a la identidad específica del territorio. En otras palabras, Hong Kong, que se reintegró en la República Popular China en 1997, pero que, en el marco del principio de “un país, dos sistemas”, goza de una gran autonomía y está autorizada a mantener su propio sistema político, jurídico y económico, “capitalista”, marcado por la herencia británica durante al menos cincuenta años, es también una cabeza de puente de la presencia cristiana en China, al mismo tiempo que ofrece el rostro de una cudad china en la que la presencia de todas las comunidades religiosas en un mundo globalizado.

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