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Autor: Redacción (página 1026 de 1357)

El Ministerio alemán para los ‘emigrantes’ como instrumento de expansión imperialista

Aschenauer, con toga
Las Guerras del Cáucaso (6)

Entre otras funciones, el capitán Theodor Oberländer había sido delegado regional en Prusia oriental de la VDA (Verein für das Deutschtum im Ausland, Asociación para la promoción de la identidad alemana en el extranjero) y en 1955 fue ministro “des Vertriebenen”, que podemos traducir como ministro “para los alemanes emigrados o expatriados”. Desde el final de la guerra había formado el “Bund der Vertriebenen”, la Liga de los Emigrantes, un partido nazi integrado en la vida política de la República Federal de Alemania y hacia aquellas fechas fusionado con la CSU. Oberländer no solamente salvó su vida sino la de muchos nazis impidiendo que cayeran en manos soviéticas. Sabía que en manos de los imperalistas todo iba a ser diferente y que Alemanía sería lo que tenía que ser. Sólo había que intentar lo mismo por otras vías. La República Federal de Alemania tenía que convertirse un III Reich sin cruces gamadas… pero con los mismos nazis de siempre.

La VDA es una asociación privada que desde la unificación alemana en 1871 despliega las posiciones pangermanistas con las que los imperialistas alemanes han justificado siempre su expansionismo. Se trata de crear enclaves alemanes, como ya hicieron en 1920, y germanizar Dinamarca, Yugoeslavia, Polonia y determinadas regiones de la URSS. Para ello crearon un banco en Holanda que blanqueaba dinero procedente de operaciones secretas. Con fondos públicos alemanes compraron empresas y grupos de prensa en el extranjero. Había que formar poderosos consorcios de intereses que reclamaran la autonomía cultural, luego la independencia y, finalmente, la anexión a Alemania.

Bajo el nazismo, la VDA ocupó un lugar central en la estrategia hitleriana, sobre todo en Checoslovaquia. El espionaje sólo era una de sus variadas funciones.

A comienzos de la II Guerra Mundial, las minorías alemanas en el este de Europa prestaron una ayuda logística muy importante para la entrada de la Wehrmacht. Los miembros de la VDA desempeñaban funciones policiales, perseguían a la resistencia y exterminaban a la población local. En la URSS los especialistas de la VDA seguían un programa de germanización y, como en Argentina en 1973, secuestraron a niños que podían formar parte de dichos programas para integarlos en familias alemanas. Los que no podían ser asimilados eran entregados a la SS para su exterminio.

En 1945 los aliados prohibieron la VDA clasificándola entre las organizaciones nazis importantes y confiscando sus propiedades. Pero dos años después los viejos cuadros ya la habían revitalizado de nuevo, a pesar de la prohibición. Su jefe entonces era Hans Steinacher y su lema “raza y hegemonía”. Lo único que cambió fue su rabioso antisemitismo.

A partir de 1952 las biografías se cruzaron. Oberländer es nombrado ministro para los alemanes emigrados y, con su apoyo, la VDA, sin cambiar su nombre, recupera su estatuto oficial y sus sólidos contactos con el Ministerio de Asuntos Exteriores, que recomienza a utilizar a los afiliados de la VDA para “tareas precisas en el extranjero”.

En 1961 Steinacher mantiene una entrevista con el gobierno federal para realizar “trabajos conjuntos” y obtiene financiación secreta para ejecutarlas. Todas las redes de la VDA en el este de Europa coinciden con las antiguas que previamente había tendido Rinhardt Gehlen y forman parte del espionaje previo y posterior a la guerra mundial.

Tras Steinacher, Rudolf Aschenauer dirige la VDA hasta finales de los años setenta. Su biografía es como la de Oberländer y todos los demás: nazi y miembro de la SA, las tropas de asalto, tras la guerra mundial fue abogado de la organización nazi “Stille Hilfe” (Ayuda Silenciosa) que defendía a los criminales de guerra en los procesos judiciales. En los años cincuenta perteneció a diversos movimientos nazis y servía de enlace entre el “Deutsche Reichspartei” (Partido del Imperio Alemán) y el Ministerio del Interior, cuyo titular era Schröder, otro de sus colegas en la SA.

En muchos aspectos, por ejemplo en la diplomacia, la política oficial alemana llega a confundirse con la política nazi de la VDA y destacados miembros de esta asociación ocupan cargos clave no solamente en partidos políticos alemanes sino incluso en la Presidencia de la República y en la Unión Paneuropea. Por supuesto, en nómina también figuran europarlamentarios, de esos que denuncian el genocidio checheno de 1944…

Así que volvemos a hablar de Chechenia.

En enero de 1995 el máximo dirigente de la VDA, Karsten Schlamelcher, apareció muerto en su apartamento, muy cerca de Bonn. Su familia dijo que había sido asesinado, pero el caso está cerrado sin culpables. Schlamelcher era conocido en Alemania como el hombre de la maleta: tras la caída del muro de Berlín era quien llevaba el dinero alemán, millones de marcos, hacia el este y los Balcanes, hasta el punto de que había convertido a la VDA en un poder fáctico en los antiguos países del Pacto de Varsovia. El carácter aparentemente privado de la VDA no le ha impedido percibir fuertes sumas procedentes de fondos reservados que no eran precismente subvenciones. Sólo en 1990 y 1991 recibió de los ministerios alemanes del Interior y de Asuntos Exteriores, cien millones de marcos, teóricamente para repatriar a los alemanes que vivían en el exterior. En realidad se trataba de vincular a esos países al imperialismo alemán, sacándolos de la influencia de Estados Unidos.

Schlamelcher recorrió todo el este de Europa. Curiosamente sólo se denunciaron las actividades de la VDA en países como Dinamarca o Bélgica, es decir, en occidente, pero sabemos que su penetración en el este y en los Balcanes fue mucho más intensa. La división y la guerra de Yugoeslavia son obra directa de esta tarea subterránea porque no era suficiente con liquidar el socialismo: había que dividir aquellos países, repartirse las áreas de influencia, alejar a los competidores y rivales.

Chechenia es un ejemplo de eso.

El supuesto ‘genocidio’ de los chechenos

Oberländer en tiempos nazis
Las Guerras del Cáucaso (5)

El 23 de febrero de 1944 los chechenos estaban o en el exilio o en su país, o combatiendo en el Batallón Bergmann o combatiendo en el Ejército Rojo. La inmensa mayoría estaban en su país y combatiendo en las filas del Ejército Rojo. Los demás, los que acompañaban a la Wehrmacht en su retirada, se dedicaban a ahorcar guerrilleros en Grecia. Sin embargo, los que se quedaron en la URSS fueron introducidos -todos- en 180 trenes y trasladados al otro lado del Mar Caspio, a Kazajistán.

A partir de aquí todo lo demás es falso y forma parte de la guerra sicológica imperialista:

— no fueron trasladados a Siberia
— no murió la mitad en el trayecto porque duró unas pocas horas
— no se trataba de ninguna venganza.

En este punto habría que establecer muchas precisiones históricas. La evacuación no cayó sólo sobre los chechenos sino sobre varios pueblos caucásicos. En aquellos trenes entraron -insistimos- todos los chechenos: también los militantes del Partido bolchevique, los funcionarios soviéticos, los cooperativistas de los koljoses, etc. Por tanto, no sólo se desplazó a la sociedad sino que se desplazó al Estado, a la propia República chechena, con todo lo que se pudo poner sobre los raíles: no marcharon las escuelas pero marcharon los maestros, no marcharon los hospitales pero marcharon los médicos, y así sucesivamente.

Menos atrevidos, algunos como Jruschov no hablan de genocidio pero sí de deportación, de castigo. El Ejército Rojo no se vengó sino que impartió justicia con los chechenos colaboracionistas en cuanto los capturaron, especialmente al finalizar la guerra mundial. No era el caso de los que se quedaron, que fueron evacuados por razones puramente militares.

En febrero de 1944 la guerra continuaba y aún no se podía saber si Alemania estaba en condiciones de contratacar, en qué dirección lo haría y si, en tal caso, Turquía entraría en ella o no. Lo cierto es que al otro lado de la frontera estaban desplegadas gran número de divisiones turcas.

No hay ninguna guerra moderna sin
grandes desplazamientos de población. En la guerra civil española, el
gobierno del PNV envió por barco a Londres a una buena partida de niños
vascos y lo mismo hizo el Frente Popular, que envió otro contingente a
Moscú. Cuando al final de la guerra cayó Barcelona, salieron a Francia
casi dos millones de republicanos, cuatro veces más que los chechenos.
Lo que diferencia a los desplazamientos soviéticos durante la II Guerra
Mundial de todos los demás (y de todas las demás guerras) es que, en
lugar de caóticos, fueron cuidadosamente preparados y planificados para
que las poblaciones padecieran el mínimo posible. En 1941, antes del
comienzo de la guerra, Stalin (de quien dicen que el ataque nazi le
pilló de improviso) también desplazó grandes contingentes de población,
unas por razones económicas y otras, como los alemanes del Volga, por
evidentes razones políticas. No es por casualidad que todos esos
desplazamientos afectaran a poblaciones fronterizas o que podían ser
alcanzadas por la guerra. Como bien sabían los imperialistas, las
fronteras fueron siempre el punto débil de la defensa soviética y la
guerra con Finlandia y las anexiones de los paises bálticos en 1940
tenían ese objetivo estratégico.

El desplazamiento era puramente
temporal. En 1956 el pueblo checheno retornó a su tierra natal. La República Autónoma de Chechenia e Ingushetia volvió
a figurar en los mapas. Se establecieron diversas reparaciones para ellos. El
gobierno soviético otorgó facilidades especiales para la educación
superior de los chechenos, lo cual permitió que se graduaran numerosos
profesionales e incluso oficiales del Ejército soviético. Por ejemplo,
Dudaiev y Masjadov, los dos primeros dirigentes de Chechenia tras la
caída de la URSS, eran de aquellos niños deportados durante la guerra y
alcanzaron -nada menos- que el rango de generales del Ejército
soviético. Nos tratan de hacer creer en una oposición irredenta de los
chechenos a integrarse en la URSS que nosotros no advertimos por ninguna
parte. Se nos antoja un poco difícil comprender cómo aquellos dos
niños, Dudaiev y Masjadov, que padecieron tan salvaje deportación y que
vieron exterminar a su pueblo (a sus familiares, a sus vecinos, a sus
amigos) a manos del Ejército soviético, se integraran luego en ese mismo
Ejército, cómo juran bandera, alcanzan el grado de generales y se les
pone al mando de escuadrones enteros de bombarderos atómicos. Y se nos
hace imposible comprender cómo luego, en 1991, vuelven a su país y su
pueblo les elige como máximos dirigentes de la nueva República…

Aquí
algo falla estrepitosamente. Las cosas no encajan. Por ejemplo, nos
quieren hacer creer que al regresar de su deportación a los chechenos se
les habían quitado sus propiedades, cuando todos pensábamos que la
propiedad privada se había abolido en la URSS…

Por cierto,
hablando de este retorno, tenemos otra duda aritmética que quienes
hablan acerca de ello quizá nos puedan responder: cómo es posible que
Chechenia haya padecido el primer y único genocidio de la historia en el
que regresan más habitantes de los que tuvieron que marchar. Los farsantes nos quieren hacer creer que la mitad de los chechenos murieron durante el
viaje que los trasladó a Kazajistán; si salieron 400.000, llegaron
200.000 a su destino y cincuenta años después -a pesar de un continuo
genocidio soviético- eran 1.200.000, eso significa que la población se
había multiplicado por seis, lo cual arroja un fabuloso crecimiento
demográfico.

¿Genocidio o baby boom?


Imagen de la evacuación de los chechenos: ¿dónde ven el genocidio

La Segunda Guerra Mundial en el Cáucaso

Las Guerras del Cáucaso (4)

El Cáucaso entra en el Plan Barbarroja de invasión de la URSS de una forma directa y estratégica. Los nazis calculan derribar a la URSS en 10 semanas, pero la heroica resistencia del Ejército Rojo les obliga a prorrogarlo y modificar el proyecto original. Una vez frenados en 1941, los nazis se aprestan a una guerra más prolongada. Durante el verano del año siguiente concentran sus fuerzas en el frente sur, donde la gigantesca batalla de Stalingrado ha eclipsado a la guerra caucásica, en la que los nazis llegaron hasta la ribera del rio Terek, a las mismas puertas de Grozni.

Atacando el Cáucaso los objetivos nazis eran múltiples, entre otros:

— alcanzar los pozos de petróleo de Bakú
— forzar a Turquía a entrar en la guerra al lado del Eje
— enfrentarse a los británicos en Persia y Asia central.

Es bien sabido que, en su escalafón racista, los nazis consideran a los eslavos como infrahumanos (“untermensch”), por lo que podemos imaginarnos la estimación que tenían hacia otros pueblos, como el checheno. A efectos prácticos había dos posiciones entre ellos. Algunos, como Alfred Rosenberg, eran partidarios de la “independencia” de los pueblos del este, de respetar su idiosincrasia y mantener relaciones de colaboración con ellos. Pero también había quienes pretendían simplemente someterlos a la fuerza y reducir a sus habitantes a la servidumbre. Esta última política es la que impusieron el primer año de la guerra, donde las espantosas masacres cometidas en Ucrania y Bielorrusia lanzan a las masas a la resistencia y a la guerra de guerrillas. Al año siguiente aprendieron del fracaso, suavizaron sus modales y trataron de incorporar a los pueblos auctóctonos del Cáucaso a sus filas. Se imponían las tesis de Rosenberg, uno de tantos nazis nacidos en la Rusia zarista, grandes conocedores del país, su idioma y su cultura. De origen alemán pero nacido en Estonia, Rosenberg había estudiado ingeniería en Moscú, de donde huyó tras la Revolución de Octubre, trasladándose a Alemania, siendo con Hitler uno de los fundadores del partido nazi.

Tras la derrota de la URSS, Rosenberg estaba destinado a ser el ministro del Reich para los Territorios Ocupados del Este, y para cada uno de ellos (Báltico, Ucrania, Bielorrusia, Cáucaso) tenía planes específicos del papel que debían desempeñar en el futuro (“Generalplan Ost”).

En Alemania, Rosenberg reclutó para los nazis a muchos viejos zaristas y “nacionalistas”, como el georgiano Alexander Nikuradze. Físico, seguidor de las teorías reaccionarias de Spengler y Haushofer, Nikuradze se nacionalizó alemán, se afilió al Partido nazi y fue uno de los que colaboró con Rosenberg para establecer una alianza entre el III Reich y los países del Cáucaso con el fin de “liberar” a éstos del “yugo” soviético. Esa alianza tomaría la forma de una “Confederación” de todos los pueblos caucásicos encabezada por Georgia, que era el único país de la región que tras la I Guerra Mundial, durante su “independencia”, se había alineado con el Reich.

Por tanto, en 1942, una vez fracasado el año anterior el plan de colonización y sometimiento en Ucrania y Bielorrusia, se imponen para el Cáucaso las tesis de Rosenberg y su “Generalplan Ost”. Pero este plan no asume las tesis panturquistas sino las del georgiano Nikuradze. Por tanto, para los nazis, los chechenos y demás pueblos islámicos del Cáucaso sólo eran carne de cañón preparada para ser triturada en el frente. En efecto, una parte del Plan General para el Este es utilizar tropas autóctonas, caucásicas, en la lucha contra el Ejército Rojo, dar la apariencia de que no se trataba de una invasión extranjera sino de una guerra civil contra los bolcheviques, continuación de la anterior.

Dentro de la Wehrmacht se formaron en 1942 unidades de combate georgianas, azeríes y norcaucásicas a las que se le dio el nombre de Legiones Voluntarias Orientales. A diferencia de otras parecidas, como las bálticas, no formaban parte de la Waffen SS sino del ejército regular alemán y estaban dirigidas por mandos alemanes. Estas Legiones eran las siguientes: de Turkestán, de Azerbaián, de Georgia, de Armenia, de los Tártaros y de los Montañeses, que es donde se integraron los chechenos (“Nordkaukasische Sondergruppe”) formando tres batallones: los 801, 802 y 803. Cada batallón musulmán disponía de un “mullah” para las ceremonias religiosas y para arengar a la tropa en la batalla contra los impíos bolcheviques. Habían sustituido la media luna por la cruz gamada, cualquier cosa antes que la hoz y el martillo. En total las Legiones Orientales sumaban 90.000 mercenarios encuadrados en 90 batallones (seis divisiones) de los que sólo 20 entraron en combate en el Cáucaso; a ellos hay que añadir 200 compañías con labores de retaguardia, es decir, para hacer el trabajo sucio represivo. Estas fuerzas eran superiores a las que Alemania dispuso en la región durante la I Guerra Mundial. Los mercenarios de estas Legiones fueron reclutados por el general Ernst Köstring: alemán nacido en Moscú, participó en la I Guerra Mundial, luego fue asesor del atamán Skoropadski durante la guerra civil rusa y la etapa de “independencia” de Ucrania y, finalmente, desde 1927 fue agregado militar de la embajada alemana en Moscú hasta el dia antes del ataque a la URSS. Otro personaje de las Legiones era el general Bicerachov, un fanático zarista que ya había combatido a los bolcheviques en Bakú en 1918 a sangre y fuego. Otra joya era el príncipe cherkés Klyc-Girej, antiguo comandante de la “División Salvaje”, la caballería caucásica que había participado en la I Guerra Mundial y luego contra el Ejército Rojo en la guerra civil. Las hordas que se aprestaban a “liberar” el Cáucaso, además de los jefes nazis, tenían mandos autóctonos de esta calaña.

Sonderverband Bergmann

Pero esto no es lo principal ni tampoco lo más interesante; lo verdaderamente significativo es que, además de esas Legiones, y siempre bajo el mando de oficiales alemanes, los nazis formaron unidades autóctonas del Abwehr, el Servicio de Inteligencia Militar, para la realización de operaciones “especiales”, espionaje, sabotaje y guerra sicológica, tanto en el frente como en la retaguardia. Eran conocidas con el nombre de “Brandenburgo” y fueron las primeras en utilizar a los viejos contrarrevolucionarios y exiliados, lo cual es lógico porque el espionaje y el sabotaje son la antesala de la guerra.Entre las operaciones “especiales” de los brandenburgueses está la creación de la “Organización Tamara” anotada en el Diario de Operaciones del Alto Mando del Ejército alemán tres días antes del ataque a la URSS. Su objetivo era desencadenar una insurrección en Georgia a las órdenes del teniente Kramer y del suboficial Hauffe, ambos del Abwehr, aunque promovida por comandos especiales compuestos por georgianos. Estos comandos se reclutaron y entrenaron en Rumanía, un país que formaba parte del Eje fascista y donde desde 1917 había una colonia muy importante de exiliados zaristas y “nacionalistas”. El jefe del Abwehr en persona, el almirante Canaris, pasó revista a “sus” hombres durante la jura de bandera. Es fácil imaginar a todos aquellos “nacionalistas” (en realidad contrarrevolucionarios de la más baja estofa) vestidos con uniforme alemán, jurando lealtad eterna y ofrendar su vida para mejor gloria de Alemania y su Führer.

La “Organización Tamara” fracasa por el propio fracaso del Plan Barbarroja y la dilatación de la guerra.

Entonces el Abwehr encomienda a Theodor Oberländer, un profesor universitario convertido en capitán del servicio de inteligencia militar, la formación de la Unidad Especial Bergmann (“Sonderverband Bergmann”). El capitán Oberländer era otro experto conocedor de los pueblos caucásicos, materia de la que impartía sus cursos en la Universidad y que vio entonces la oportunidad de llevar sus teorías a la práctica. Su concepción era similar a la de Rosenberg: para ganar la guerra no se podía aplastar a los pueblos de la URSS, sino todo lo contrario, había que aprovecharlos, engañarlos y prometerles cualquier cosa, incluso la “independencia”, con tal de utilizarlos como carne de cañón contra la URSS.

Oberländer dividió la unidad Bergmann en tres compañías: en la primera estaban los georgianos, en la tercera los azeríes y en la segunda los norcaucásicos, entre ellos los chechenos. Desde Berlín se impidió que las unidades extranjeras que combatían en la guerra dentro del ejército alemán sobrepasaran el rango de un batallón, por lo que la unidad Bergmann llegó a ser el Batallón Bergmann, si bien sus fuerzas reales eran muy superiores. Sus tareas eran las propias de las operaciones “especiales”: preparar el terreno para la llegada de las fuerzas de vanguardia, promover el descontento entre la población, socavar la retaguardia del Ejército Rojo, incendio, sabotaje, etc. Es ocioso subrayar que muchas de estas operaciones se realizaban previa infiltración tras las líneas enemigas, vistiendo uniformes del Ejército Rojo y con armamento soviético. Una vez conquistado el Cácaso y mientras los alemanes seguían avanzando, la misión del Batallón era de “limpieza” represiva: ahorcar a los comunistas, a los koljosianos, a los guerrilleros, a los funcionarios soviéticos y, finalmente, formar los ejércitos de los nuevos Estados “independientes”…

Pero el Batallón Bergmann no era más que uno de tantas otras fuerzas autóctonas que luchaban bajo uniforme alemán contra sus propios compatriotas (lo cual resulta también muy “nacionalista”), y no en el frente precisamente sino en las tareas más sucias y criminales de retaguardia. Ya hemos mencionado el caso de las Legiones de Voluntarios; vamos a enumerar algunas otras:

— RNNA o Ejército Nacional del Pueblo Ruso al mando del coronel Bojarski (seis batallones, unos 10.000 criminales) que no luchaba en el frente sino contra la guerrilla en tareas policiacas de “limpieza”
— el 120 Regimiento de Cosacos del Don al mando del coronel Kononov, unos 3.000 también dedicados a labores policiacas de retaguardia
— el Ost Ausbildung Regiment “Mitte”, cinco batallones bajo la dirección del teniente coronel Janenko; también realizaba operaciones antiguerrilleras
— RONA o Ejército de Liberacion del Pueblo Ruso, casi 20.000 pistoleros a las órdenes del general Kaminski, siempre en misiones de “limpieza”
— la Brigada Druzina del teniente coronel Rodionov, creada por la Waffen SS.

Dentro de los planes de guerra del Cáucaso, el Ministerio alemán de Asuntos Exteriores convocó una reunión con los dirigentes en el exilio de los pueblos autóctonos del Cáucaso para abordar la ocupación como una auténtica liberación y atraerse así a Turquía a esta campaña. Presidió la reunión el conde Von Schulemburg, el mismo que había dirigido a las tropas alemanas destacadas en Georgia al final de la I Guerra Mundial, el mismo que en 1939, cuando era embajador en Moscú, preparó la firma del Pacto Molotov-Von Ribbentrop. En la reunión había muchos viejos conocidos que llegaron hasta Berlín desde Turquía. Estaba el checheno Said Beck Shamil; estaba el ingushe Dzabagi, antiguo Presidente de la República de los Pueblos del Cáucaso; estaba Jakub, dirigente del partido azerí “Mussawat”; estaba Bagration, príncipe heredero de Georgia,…

Los temas de negociación no sólo concernían a la limpieza de comunistas del Cáucaso; también había que expulsar de allá a todos los rusos, eslavos y, en general, a los no originarios de la región. La limpieza debía ser a la vez política y étnica.

No vamos a narrar la guerra del Cáucaso que, al mando de Von Kleist, se inició en el verano de 1942 y llegó justo hasta el río Terek, penetrando sólo unos pocos kilómetros en territorio checheno. Seis meses después, en diciembre del mismo año, los nazis y sus acompañantes volvieron a fracasar y recularon hasta las estepas del Don. Con ellos huyeron los colaboracionistas que no pudieron ser inmediatamente apresados. En combates feroces, las Legiones Orientales tuvieron numerosas bajas y se tuvieron que unir al Batallón Bergmann que, fuera de su ámbito y de la misiones previstas, tuvo que reconvertirse en Crimea en una unidad de combate, algo para lo que no estaba entrenado.

Al final de la guerra, conscientes del destino que les esperaba, las compañías del Batallón Bergmann trataron de entregarse a los británicos y a los norteamericanos, sabedores de que con ellos tenían más posibilidades de salvar el pellejo que con los soviéticos. No todos lo lograron; algunos fueron entregados al Ejército Rojo, identificados y pasados por la armas. Ya hemos presentado muy brevemente las biografías de algunos de aquellos pretendidos “libertadores” del Cáucaso. Podemos explorar la biografía de algunos otros que lograron escapar, como el comandante azerí Fatalibejli-Dudanginski, un desertor del Ejército Rojo que se pasó al bando contrario, donde ascendió en el Batallón Bergmann y llegó a mandar una compañía cuando cayeron muertos los mandos alemanes. No fue capturado al final de la guerra y de la represión se pasó a la política, llegando a convertirse en uno de los dirigentes del exilio anticomunista azerí. Pero no se libró de su justo castigo: un agente del contraespionaje soviético le ejecutó en Munich en 1954. El mariscal Von Kleist fue capturado por los ingleses en 1945, entregado a los yugoeslavos, quienes a su vez lo entregaron a los soviéticos, donde murió en un presidio en 1954. Escapó Theodor Oberländer, el creador del Batallón, que luego fue diputado y ministro en la República Federal de Alemania en la década de los años cincuenta. Fue juzgado en rebeldía en la República Democrática Alemana en 1960 y condenado por crímenes de guerra a cadena perpetua. Había dirigido la matanza de Lvov. Lamentablemente la sentencia no se pudo ejecutar. Tras la caída del muro, Oberländer tuvo la desfachatez de limpiar -era su especialidad- su memoria: en 1993 inició un pleito para anular la sentencia dictada en Alemania oriental y lo peor es que lo logró porque -dijeron los nuevos tribunales “democráticos” de Berlín- el fallo anterior se había fundado en pruebas “falsas”. Pudo morir plácidamente cinco años después en Bonn con la conciencia muy tranquila.

Para mayor gloria del Batallón Bergmann, vamos a finalizar narrando que continuó cumpliendo las funciones para las que había sido adiestrado, especialmente la lucha antiguerrilera en Ucrania, Grecia y Yugoeslavia, cuyos habitantes conocieron la brutalidad y el salvajismo de sus métodos de “limpieza”. La II Compañía, en la cual servían precisamente los chechenos, fue destinada al final de la guerra a Polonia; más concretamente fue la que aplastó inmisericordemente la sublevación del ghetto de Varsovia…

El uniforme de los soldados de las Legiones Orientales sólo se diferenciaba del de la Wehrmacht por un pequeño detalle: en su gorro llevaban como insignia un “kindjal”, la navaja caucásica. Los chechenos que asesinaron dentro de las unidades alemanes, son criminales de guerra, aunque imaginamos que también serían absueltos por los tribunales imperialistas alemanes, como su jefe, el capitán Oberländer. Limpieza de sangre, limpieza étnica, limpieza política… la política nazi e imperalista es siempre limpia y por eso queda también limpia de pruebas. A ellos sí hay que absolverles; a nosotros, los comunistas, a los que estamos en las barricadas contra el fascismo, a nosotros hay que condenarnos. Nosotros además de criminales somos mentirosos. Y somos criminales porque llevamos al pueblo checheno al genocidio el 23 de febrero de 1944.

Vamos a comprobar también ésto.

Tropas caucásicas del ejército alemán

La política nacional de la Revolución de Octubre en el Cáucaso

Las Guerras del Cáucaso (3)

Hoy apenas podemos concebir siquiera la magnitud impresionante que supuso la creación de la URSS como una comunidad de naciones precisamente en un momento histórico en el que en todo el mundo capitalista los Estados multinacionales desaparecían y en el que se producían gravísimos dramas, como el salvaje genocidio armenio en 1920. A muy pocos kilómetros de distancia, el panorama nacional a un lado y otro de las fronteras soviéticas era radicalmente dispar. En el Imperio Austro-Húngaro había once nacionalidades; en la Unión Soviética más cien.Certeramente apuntó Stalin que mientras en occidente las naciones habían precedido a los Estados, en oriente sucedió al revés (1). Lo mismo cabe decir de la URSS, donde se concedió un estatuto nacional (y por tanto un reconocimiento político) a pueblos que, por su enorme atraso, no formaban verdaderamente unidades nacionales. La política nacional de la URSS, dijo Stalin, era igualitaria y otorgó el mismo tratamiento político a las nacionalidades clásicas (como Ucrania o Georgia) que a las pequeñas tribus, muchas de ellas inmersas en otros conjuntos nacionales y subyugadas por ellos. Así, existía un enclave armenio en territorio azerí (Nagorno Karabaj) y un enclave azerí en Armenia (Najichevan). Lo mismo sucedía con el encave abjasio dentro de Georgia. Según la nueva disposición nacional igualitaria de la URSS, los georgianos tenían los mismos derechos que los rusos, pero, a su vez, los abjasios tenían los mismos derechos que los georgianos.

En el V Congreso de la Internacional Comunista un militante turco dijo que los imperialistas aspiraban a conquistar los territorios de oriente, mientras los comunistas aspiraban a conquistar el corazón de oriente. Esto supuso un impacto social de primer orden en las sociedades caucásicas, especialmente entre aquéllas de tradición nómada, que fueron dotadas de todas los servicios de un Estado: un aparato político, un partido comunista local, una estructura estatal (Consejo de Ministros, gobierno republicano, jefe de Estado), una cultura nacional de la que la lengua era la piedra angular, una Universidad y una Academia de Ciencias y unos símbolos nacionales, como bandera e himno. La Revolución de Octubre aplica todos los derechos nacionales a una región que, por tradición histórica y cultural, los desconoce y forja todos los elementos conceptuales históricos, etnográficos y lingüísticos que proporcionan legitimidad al estatuto político de las nuevas repúblicas nacionales. Su existencia, a falta de un nacionalismo anterior que las fundamentara, está justificada por el desarrollo del estatuto que el proletariado soviético les confiere.

Esas naciones existen y sobreviven hoy gracias a la Revolución; esas naciones progresaron gracias al titánico esfuerzo de la URSS. Y por tanto, su dramática situación actual tiene ese mismo origen: ya no existe la URSS. Los imperialistas jamás han reconocido y jamás reconocerán nunca este gigantesco avance de la humanidad que, en medio de las más terribles condiciones externas, es ejemplar y sin precedentes en la historia. Por todo ello es comprensible que su esfuerzo esté destinado a ocultarlo y tergiversarlo.

Aquello rompió los moldes tradicionales: la URSS dividió para unir y unió para dividir. En primer lugar, fragmentó las grandes superestructuras que se pretendían crear artificialmente sobre bases lingüísticas, culturales (panturquismo) o religiosas (panislamismo). En segundo lugar, rompió con las arcaicas estructuras sociales basadas en los linajes o en la religión. Por ejemplo, Stalin dirigió un mensaje al I Congreso de Mujeres de la República Montañesa, que agrupaba -entre otras- a las mujeres chechenas e ingushes. Stalin, que no pudo asistir por encontrarse enfermo, les llama a que se organicen para impulsar la revolución (2). No es difícil imaginar el impacto que este tipo de situaciones tuvo que tener en una sociedad islámica que relegaba a la mujer a las labores del hogar.

Como es natural, los janes tradicionales perdieron sus prerrogativas políticas, pero no las abandonaron de buena gana. Esto se observa con más claridad aún en 1929, con la colectivización, que en 1917.

En 1917 estalló una gran revolución en Rusia pero en muchas regiones el viejo Estado zarista simplemente se desplomó y los bolcheviques, acuciados por la guerra civil, no llegaron inmediatamente. Por ello, varios pueblos del Cáucaso proclamaron su independencia. En mayo de 1918 se proclamó la República de los Pueblos del norte del Cáucaso, de la que formaron parte los chechenos junto con otros pueblos. Como dijo Stalin, esa República era inviable desde todos los puntos de vista:

— no interesaba a las potencias imperialistas vencedoras de la guerra mundial
— tampoco a la contrarrevolución zarista
— Turquía había sido derrotada y, a su vez, debía defenderse de los tiburones imperialistas.

Durante la guerra civil el viejo ejército zarista que invade el Cáucaso lo integran cosacos, los viejos enemigos de los montañeses musulmanes, comandados por el general blanco Anton Denikin. Su objetivo es tanto aplastar a los bolcheviques como a los independentistas caucásicos. En la nueva Turquía a la que se dirigen los independentistas, Ataturk no les presta apoyo y, además, firma un tratado internacional con los bolcheviques. Además se reproducen las ancestrales disputas internas entre ellos. En marzo de 1919 armenios y azeríes se enfrentan por Nagorno-Karabaj.

La única posibilidad para todos los pueblos de la región es unirse entre ellos y unirse a los bolcheviques. Así lo hace el jeque dagestano Unzun Hayi y, partir de septiembre de 1919, las zonas liberadas por la alianza de los bolcheviques y los independentistas forman el Emirato del norte del Cáucaso.

En 1920 acaba la guerra civil en el Caúcaso con la derrota de Denikin. El Ejército Rojo controla Chechenia, donde es recibido como una fuerza de liberación. Los imperialistas aprenden rápido y cambian de estrategia. Tras la muerte de Unzun Hayi, se vuelven “nacionalistas” y convierten a los nuevos países independizados en plataformas desde las que preparan el ataque a los soviets. Como observó el IV Congreso de la Internacional Comunista, “se armó un dique de pequeños estados vasallos alrededor de Rusia para sofocar a esta última en la primera ocasión”. Para aplastar a los bolcheviques, los imperialistas promueven en setiembre de 1920 un levantamiento de los montañeses contra los soviets. Lo dirige Said Beck Shamil, nieto del mítico León de Daguestán. Los bolcheviques no caen en la provocación y el enfrentamiento. El 16 de octubre de 1920 Stalin viaja a Vladikavkaz y, con el apoyo de Ordjonikidzé y Kirov, convoca dos Congreso de representantes, uno de los pueblos de Daguestán y otro de los montañeses. En este último pronuncia un discurso clave en el que afirma que los bolcheviques no van a hacer concesiones porque se encuentren en una situación de debilidad sino todo lo contrario; tras la victoria en la guerra civil están fuertes y esa es la importancia de los planes que les presentan a los caucasianos. Van a adoptar una serie de medidas a largo plazo porque están convencidos de que son justas. Por el contrario, dice Stalin, las que se toman bajo presión, a regañadientes, no pueden ser duraderas. En fin, les dice que no trata de ganarse su apoyo, y añade:

“Camaradas montañeses, el antiguo periodo de la historia de Rusia, aquel durante el cual los zares y los generales zaristas menospreciaban vuestros derechos, aniquilaban vuestras libertades, aquel periodo de opresión y de esclavitud ha acabado para siempre. Hoy, cuando el poder ha pasado en Rusia a manos de los obreros y de los campesinos, no debe haber oprimidos en el país”.

“Acordando vuestra autonomía, Rusia os restituye con ella la libertades que os robaron los zares sedientos de sangre y los generales zaristas opresores. Es decir que vuestra vida interior se debe edificar según vuestro modo de existencia, vuestros usos y costumbres, bien entendido, dentro del marco de la Constitución general de Rusia”.

De inicio, Stalin decreta una amnistía para los sublevados y, sobre todo, consigue el apoyo del campesinado pobre checheno con la reforma agraria. Finalmente, explica el proyecto de crear una Unión de Repúblicas Socialistas en la que todos los pueblos montañeses dispondrán de una amplia autonomía que, en la práctica, significaba la independencia total. Moscú no podía interferir en los asuntos internos de la República montañesa ni en su ordenamiento legal. Ahora bien, les dice Stalin, aunque el poder soviético ha tomado medidas contra los cosacos, que habían agredido a los montañeses, y les ha desahuciado de las granjas para instalar en ellas a los chechenos, eso no autoriza a éstos a humillar a aquellos, agredirles, robarles el ganado o violar a sus mujeres porque “el poder soviético defiende a los ciudadanos de Rusia a título igual, sin distinción de nacionalidad, sean cosacos o montañeses” (3).

Las propuestas de Stalin fueron aceptadas y el levantamiento de Said Beck Shamil cesó sin derramamiento de sangre. El Congreso de los pueblos de la Montaña acabó constituyendo la República Autónoma Socialista Soviética de la Montaña (Gorskaya), junto con Nazran, Vladikavkaz, Kabardia, Balkaria y Karatchaev. Luego se fueron desgajando de ella estas últimas nacionalidades, hasta que desapareció el 7 de julio de 1924. A partir de entonces Chechenia fue una Región Autónoma (Oblast) integrada en la República Autónoma de Chechenia-Ingushetia.

Pero los imperialistas no dejan de acechar. El 10 de junio de 1921 el gobierno francés promueve en París la formación de la Unión de Repúblicas del Cáucaso, integrada por contrarrevolucionarios zaristas georgianos, azeríes, armenios y montañeses. Se produce un levantamiento reaccionario en Georgia en agosto de 1924, al año siguiente es derrotado el imán Najmudin, aunque la situación se agrava especialmente partir de la colectivización de 1929 que desata la lucha contra los “bey”, los campesinos acomodados, equivalente de los kulaks en Rusia. Los jeques islámicos reaparecen encabezando una resistencia feroz. Entre 1931 y 1934 se registran 69 atentados contra bolcheviques, cooperativistas y funcionarios sólo en Ingushetia-Chechenia. Se produce un éxodo -otro más- hacia Turquía de los montañeses que no aceptan la colectivización.

Al otro lado de la frontera turco-soviética, se mantenía la misma política de Ataturk de preservar buenas relaciones con la URSS. Sin embargo, en algunos sectores reaccionarios, el panturquismo seguía latente; en Turquía seguían viviendo los desplazados por el Imperio zarista y a ellos se unirían los contrarrevolucionarios que salieron de la URSS en tres las oleadas sucesivas: tras la Revolución de Octubre (1917), la guerra civil (1920) y la colectivización (1929). Al otro lado de la frontera, todos esos desplazados esperaban la revancha y aunque ya no tenían el apoyo del gobierno, otro apoyo -aún más fuerte- vino a sustituirle: Alemania. Las tesis panturquistas coinciden con las pangermanistas. En 1936 Gerhard Von Mende publica su obra “Der nationale Kamf der Russlandturken” (La lucha nacional de los turcomanos de Rusia) y muy poco después tendrá ocasión de llevar a cabo sus proyectos como dirigente del Ministerio alemán para los Territorios Ocupados del Este. Los nazis también publican en 1938 el libro de Mirza Bala “Historia de la nación azerí” y tratan de captar la atención de Turquía sobre los pueblos musulmanes del Cáucaso para integrarla en los planes que los nazis tienen sobre la región.

No se trató sólo de los pueblos islámicos. Salvo los armenios, la mayor parte de los contrarrevolucionarios del Cáucaso en el exilio se agruparon en 1928 en la Liga Prometeo, con sede en Varsovia, que se atribuía la representación de los pueblos “oprimidos” de la URSS.

Los imperialistas alemanes también utilizaron a los georgianos durante la I Guerra Mundial para socavar la retaguardia rusa. En Berlín existía un Comité Nacional Georgiano encabezado por el príncipe Macabeli y Tsereteli, que en 1915 reclutó una Legión Georgiana de 1.200 hombres para combatir junto al Ejército turco en Transcaucasia.

Lo mismo cabe decir de los armenios, si bien en este caso, la vinculación de los contrarrevolucionarios es con las potencias occidentales, a causa de su enfrentamiento con Turquía, que ocasionó -no lo olvidemos- un siniestro genocidio. Pero también hasta allá llegaban los tentáculos alemanes: entre 1926 y 1945 Paul Rohrbach, especialista en las minorías nacionales soviéticas, es presidente de la Sociedad Germano-Armenia.

Por tanto, tras la I Guerra Mundial los imperialistas alemanes retoman una parte de las redes contrarrevolucionarias organizadas fuera de la URSS, especialmente las panturquistas, con el fin de utilizarlas en su propio beneficio, y pronto las reforzarán para ponerlas en funcionamiento. Los servicios secretos de Alemania controlaban los contactos que el Imperio Otomano había tenido en Chechenia y las afianzaron con los “bey” opuestos a la colectivización y que diez años después formaron el denominado gobierno checheno en el exilio encabezado por Israilov y Sheripov. En junio de 1942 este gobierno fantoche checheno reparte una circular pidiendo a la población que “reciba a los alemanes como huéspedes bienvenidos” y declara que los nazis serían saludados con hospitalidad si reconocían la independencia de Chechenia.

(1) Stalin, Las tareas inmediatas del Partido en la cuestión nacional, Oeuvres, tomo V, pg.26
(2) Stalin, Las tareas inmediatas del Partido en la cuestión nacional, Oeuvres, tomo V, pg.59
(3) Stalin, Congreso de los pueblos de Terek, Oeuvres, tomo IV, pg.347.

La guerra ruso-turca de 1877

Las Guerras del Cáucaso (2)

La herencia de Shamil fue recuperada por un miembro de la hermandad Qadiriya, Kunta Hasi. En medio de la salvaje política de exterminio y deportación que estaban practicando los rusos, Kunta Haxi logró extender la influencia de esta cofradía, de la que era el dirigente reconocido en el Cáucaso. Los rusos persiguieron a los cofrades y los documentos rusos de la época narran con estupor las historias de centenares de musulmanes norcaucasianos que se dirigían al martirio entonando himnos religiosos sufíes o bailando las danzas rituales de las hermandades. Otros seguidores de Kunta Haxi formaron grupos guerrilleros en las montañas.

Hasta este momento toda la resistencia de los pueblos montañeses contra el zarismo presenta los tres rasgos característicos que ya hemos señalado antes. No se trata de una lucha nacional ni tampoco de una lucha exclusiva del pueblo checheno sino que -no obstante sus peculiaridades- hay que encuadrarla en el marco más general de las luchas campesinas contra el zarismo que no son exclusivas del Cáucaso sino que se exienden a toda Rusia. También se produjeron movimientos revolucionarios en las ciudades, el más conocido de los cuales es el de los “decembristas” de 1825, encabezado por la nobleza. En este clima de oposición al zarismo es donde surge también el populismo a mediados de aquel siglo. Lo que realmente singulariza a la resistencia del Cáucaso es su carácter anticolonial y su mensaje islámico.

La lucha de los pueblos contra el zarismo en el Cáucaso tampoco se puede desvincular de la rivalidad rusa con el Imperio Otomano, entonces máxima fuerza defensora del islam. En 1877 la guerra ruso-turca levantó otra campaña de resistencia de los pueblos musulmanes del norte del Cáucaso contra la dominación rusa. Cuando los otomanos desembarcaron en las costas del Mar Negro, entre sus tropas había numerosos norcaucasianos que habían estado refugiados en Anatolia. Los abjasios, cuyo territorio acababa de ser anexionado a Georgia por el zarismo, también se unieron a las tropas otomanas. También Daguestán y Chechenia volvieron a levantarse en armas, pero la guerra acabó con la victoria rusa y, tras ella, se produjo una nueva emigración masiva, ahora formada fundamentalmente por musulmanes de Abjasia.

Se acercaba la I Guerra Mundial, el capitalismo entraba en su fase imperialista. Fue entonces cuando empezaron a formarse los primeros grupos políticos nacionales en Transcaucasia. Antes no solamente no existían naciones sino que hasta la misma palabra era desconocida. Los términos que hoy traducen la palabra “nación” en las tres lenguas más importantes del área musulmana (turco, árabe y farsí) tienen un origen religioso. En el Corán la voz árabe “milla”, tiene el sentido de “palabra”, equivalente de la expresión “verbo” en la Biblia, que es la palabra de dios. Denota a un grupo de creyentes que acepta una predicación o un libro revelado y así pasó al turco “millet” para designar, en el Imperio Otomano, una comunidad religiosa. En árabe, lengua en la que “milla” y “milli” habían caído en desuso, en la época contemporánea se adoptó otra palabra del vocabulario religioso, “umma”, que en el Corán también designa a una comunidad de creyentes. Sólo a mediados del siglo XIX la palabra “milla” adquirió un sentido político para denominar a una comunidad nacional independientemente de su religión. Esta misma evolución lingüística se aprecia en farsí (mellat, melli) con una evolución incluso más tardía.

Hay una expresión menos religiosa, la de patria (“watan” en árabe, “vatan” en turco y en farsí), pero la traducción no es exacta porque “watan” designa el lugar de nacimiento de una persona, con una connotación sentimental y nostálgica, o lo que es lo mismo, la patria en el sentido de “patria chica”, sin connotaciones políticas.

Hasta el siglo XX esas palabras, en su nueva significación, son neologismos y cultismos que sólo se utilizan en las traducciones de idiomas extranjeros. Para los países islámicos es especialmente importante el idioma árabe, el equivalente al latín para los cristianos. Fue a través del islam y del árabe clásico como pueblos muy lejanos, que muy poco tenían que ver entre sí, crearon una cierta superestructura (el panislamismo) y la utilizaron en sus luchas como estandarte común. A finales del siglo XIX la utilizaron para luchar contra el imperialismo, cuya política era de división y reparto de la región en zonas de influencia. El II Congreso de la Internacional Comunista llamó a la lucha contra el panislamismo porque trataba de “combinar el movimiento de liberación contra el imperialismo europeo y americano con el fortalecimiento de los khanes, de los terratenientes, de los mullahs, etc.” No basta, pues, con tener en cuenta sólo uno de los caracteres de ese movimiento complejo, sino los dos.

Ismail Bey Gasprinski

Panturquismo e imperialismo

Por tanto, el nacionalismo sólo penetra en la región a finales del siglo XIX y exclusivamente entre los pueblos más avanzados. En Azerbaián se creó el partido “Hümmet” (Ayuda Mutua) y después el partido “Mussavat” (Igualdad), con elementos ideológicos tomados de fuentes diversas, entre ellas el panturquismo.

Hasta cierto punto se puede decir que el panturquismo es una versión laica, moderna y política del panislamismo, que lo hereda. Es causa y a la vez consecuencia del nacionalismo y su aparición sólo se explica, a su vez, por la entrada del capitalismo en su etapa imperialista. Mientras el Imperio Otomano, como el zarista, era un conglomerado heterogéneo de pueblos, de los cuales los turcos sólo eran una parte, existían sin embargo turcos fuera de las fronteras de dicho Imperio. Precisamente el panturquismo aspiraba a la unificación de todos los pueblos de origen, habla o cultura turcas, incluyendo tanto a los que eran de origen tártaro (descendientes de los mongoles) como a los de origen turco. Hasta el siglo XX los turcos no se llamaban a sí mismos con esa denominación. Era más bien un calificativo con el que eran conocidos por los demás. Pero la mayor parte de las veces, se empleaba la denominación de “turcos” para aludir a los musulmanes. Todavía hoy los españoles de Ceuta llaman “turcos” a los musulmanes, aunque sean de nacionalidad española (y por supuesto a los marroquíes). Lo mismo sucede en otros pueblos más próximos al Cáucaso. Hoy se suele hablar de “turcos” en sentido estricto para los que pueblan Turquía, mientras se reserva el de “turcomanos” para los de los demás países, pero siempre que se trate de pueblos de ese origen, especialmente los de Turkestán (Kazajistán, Turkmenistán, Uzbekistán y Kirguistán).

Los rusos tampoco distinguían con claridad entre unos y otros pueblos islámicos aplicándoles a todos el mismo nombre de “tártaros”, mientras reservaban el de “turco” para los súbditos del Imperio Otomano. Muchos pueblos tártaros habían acabado adoptando lenguas de origen turco y su cultura estaba muy influenciada por la turca. En resumen: aunque de origen distinto, tártaros y turcos del Imperio zarista tenían la misma religión y se sentían miembros de un mismo pueblo.

Es importante recordar que el panturquismo no nace en Turquía sino en Rusia a finales del siglo XIX. Su principal impulsor fue Ismail Bey Gasprinski (cuyo nombre real era Ismail Bey Gaspraly), un tártaro de Crimea que en 1883, había creado el diario “Targuman”. Gasprinski preconizaba la resurrección de los pueblos turcomanos, comenzando por la lengua, con el fin de alcanzar su unificación desde los Balcanes hasta China. Este panturquismo original aspiraba a la modernización de las sociedades islámicas del Imperio zarista a través de su alfabetización y educación para impulsar así una lengua literaria común capaz de forjar una conciencia nacional común. Naturalmente los panturquistas aspiraban a lograr posteriormente la independencia de la Rusia zarista como vía para una posterior anexión al Imperio Otomano. El movimiento panturco se extendió por las tres grandes regiones musulmanas del Imperio zarista: el Cáucaso, el Asia Central o Turkestán (Kazajistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguistán y Tajikistán) y las regiones tártaras (Crimea, el bajo Volga y los Urales).

Inicialmente el panturquismo de Gasprinski encontró poco eco en el Imperio Otomano. Pero la progresiva pérdida de la hegemonía otomana en los Balcanes acabó promoviendo la formación del Movimiento de los Jóvenes Turcos, cuyas pretensiones eran:

“turquizar” un Imperio Otomano multinacional
— compensar la pérdida de los territorios otomanos en los Balcanes con la absorción de las regiones turco-tártaras del Imperio zarista.

Se estableció una estrecha colaboración entre los Jóvenes Turcos y los seguidores de Gasprinski que veían en el Imperio Otomano al único gran Estado musulmán que podía liberarles del dominio ruso. Así pues, desde principios del siglo XX, los musulmanes de Rusia volvían sus ojos hacia Turquía, mientras que desde Estambul se veía con agrado la posibilidad de reconstruir un gran Imperio turco.

El panturquismo expresa la llegada de la conciencia nacional a los pueblos más avanzados de la región. Es un nacionalismo reactivo que expresa la oposición al imperialismo emergente de las grandes potencias occidentales. El nacionalismo turco en el siglo XIX fue una reacción al retroceso del Imperio Otomano frente a la superioridad del occidente cristiano. A su vez, el nacionalismo árabe que surgió en Oriente Medio era antiturco. Aunque era musulmán, afirmaba una identidad árabe (política) que le permitía atraerse también a los cristianos. Pero tanto en un caso como en otro, en el mundo musulmán el nacionalismo no surge de una afirmación positiva, sino de un sentimiento de opresión. Además, en vez de tomar un derrotero laico, está vinculado a la religión, predica la vuelta al islam, observándose una creciente politización del clero contra el imperialismo extranjero. Finalmente, frente al imperialismo, que divide y enfrenta a los pueblos de la región para imponerse, el nacionalismo adopta una forma panislamista y promueve la unidad y la solidaridad de todos los creyentes, independientemente de su nacionalidad, frente al imperialismo.

Por si no fuera suficiente, a este complejo panorama ideológico hay que añadir el político. En la I Guerra Mundial el Imperio Otomano se había alineado con las potencias centrales (con Alemania fundamentalmente), lo cual significa que en el otro lado de las trincheras estaba -otra vez- el Imperio Ruso. La I Guerra Mundial es una continuación de la lucha de rusos y turcos por conquistar el Cáucaso y, mientras los cristianos de Turquía apelaban al zar para que los rescatara, los musulmanes de Rusia hacían lo propio con el sultán de Constantinopla. Por ejemplo, los armenios de Turquía querían ser protegidos por Rusia; los azeríes de Rusia querían serlo por Turquía. Hay quien a eso le llama “nacionalismo” (y en cierto modo así es) pero parece claro que no se trataba más que de un intento de cambiar de dueño. Ya en la época imperialista, como escribió Stalin, los pueblos no podían conformarse con cambiar de dueño, sino que debían conquistar su derecho a la autodeterminación y a la independencia.

Tras la derrota de Turquía en la guerra imperalista, el otro bloque planeó su fraccionamiento para repartirse los despojos. Sólo la llegada al poder de Mustafá Kemal Ataturk lo impidió. En la nueva República de Turquía que sustituía al viejo Imperio Otomano, Ataturk impuso una nueva orientación que rechazaba el panturquismo y formalizaba relaciones de buena vecindad con la -también nueva- Unión Soviética.

Las Guerras del Cáucaso (1)

El Cáucaso es una frontera natural entre Europa y Asia. Dominado de este a oeste por una gigantesca cordillera, allá se pueden escalar 17 montañas más altas que el Mont Blanc que han sido tradicionalmente el refugio de muchos pequeños pueblos y comunidades religiosas perseguidos por sus poderosos vecinos. De entre ellos los más importantes han sido tres de los más grandes imperios que la historia ha conocido: el persa, el otomano y el ruso. Allí han coincidido estos tres gigantes con las tribus más minúsculas y entre ellos se han dado toda clase de combinaciones.

Los chechenos, que proceden de antiguas migraciones europeas a la región, se denominan a sí mismos “nojchi” porque su idioma pertenece al grupo “naj”, una de las familias lingüísticas caucásicas. De vida nómada y organizados en clanes, entre los siglos VIII y XIII estuvieron sometidos a la dominación de osetinos y kabardios y entre los siglos XIII a XIV a la de los mongoles. Desde el siglo XV hasta el XVIII luchan entre sí turcos, persas y rusos por el dominio de Chechenia y el Cáucaso.

Al mismo tiempo, muy lentamente, los valles y las aldeas más remotas fueron aceptando el islam que, en su avance, fue ocupando casi todo el Cáucaso en el siglo XVIII. La región se fragmentó en pequeños janatos o clanes donde la autoridad religiosa se confundía con la política. Tan sólo los georgianos, los armenios y los osetinos no se islamizaron, mientras otros pueblos, como los kalmucos, de origen mongol, preservaron el budismo.

Los chechenos son musulmanes sunnitas, si bien pertenecientes a una rama muy minoritaria: los sufitas. El sufismo es un movimiento gnóstico del islam que pone el énfasis en el misticismo y establece prácticas destinadas al logro de un mayor desarrollo espiritual interno. Los sufitas consideran que pueden alcanzar un contacto directo con dios y tienen un maestro que actúa como intermediario entre dios y los fieles.

Este es un elemento de identidad trascendental para comprender algunos de los acontecimientos chechenos, especialmente frente al último imperio de los tres que llegó a la región, el imperio zarista, de religión ortodoxa. A diferencia de otras ramas islámicas, los sufitas están organizados en hermandades (“tariqas”), de las cuales las más importantes y las más antiguas son la “Qadiriya” (fundada en 1166) y la “Naqshbandiya” (fundada en 1389). La influencia sufí ha sido más fuerte allí donde el islam ha estado más amenazado y actúa como fuerza integradora y movilizadora de los pueblos caucásicos frente a las amenazas externas. A partir del siglo XVIII el sufismo adopta una actitud política militante y militar, convirtiendo a las mezquitas en verdaderos centros de resistencia frente al colonialismo zarista.

Durante el siglo XVIII Rusia es un prototipo de monarquía absoluta y de régimen feudal. Pedro I El Grande (1682-1725) y Catalina II expandieron las fronteras del Imperio y trataron de conquistar y colonizar el Cáucaso. Esto significaba occidentalizar y, por tanto, imponer la religión ortodoxa, además de un sistema uniforme de administración. La política de Rusia hacia el Cáucaso se complementó con el reemplazo de la cultura islámica por la rusa (cambio del alfabeto árabe por el latino y después por el cirílico).

El jeque Mansur, primer dirigente muyahidin del Cáucaso

Se producen los legendarios levantamientos campesinos, tanto en las fronteras del Imperio como, sobre todo, en el interior de la propia Rusia. Naturalmente los dirigentes religiosos sufitas se opusieron a la colonización y alentaron su religión, a la que unieron el rechazo de las reformas administrativas, que les privaban de su poder, que en el islam es a la vez espiritual y político.

Se oponían a eso justamente y no por razones “nacionales” por cuanto Chechenia no era entonces una nación. El motor de la resistencia caucásica contra los rusos fue de tipo religioso, mientras los pueblos cristianos fueron integrados más fácilmente dentro el Imperio zarista.

Chechenia era un país muy atrasado, sometido a leyes tribales, basadas en costumbres ancestrales y atávicas. Los janes musulmanes tenían un poder absoluto sobre las vidas y las propiedades de los aldeanos y no se oponían a la servidumbre, de la que fueron beneficiarios hasta que un decreto imperial la abolió en 1861. La vida del Cáucaso estaba dominada por los “kanli”, de modo que ninguna ofensa podía pasar sin la venganza de los parientes de la víctima. La literatura épica chechena abunda en leyendas de conflictos interminables que empezaron con simples hurtos y acabaron con el exterminio de poblaciones enteras.

Los pueblos de la región opusieron una feroz resistencia a la conquista. La primera yihad entre los rusos y los musulmanes norcaucasianos se prolongó de 1785 a 1791. La guerra santa fue dirigida por los jefes religiosos y en ella, junto a los chechenos, estaban también los daguestanos, cherkesos, kabardos y abjasios.

En 1791 el jeque Manzur Ushurma, un musulmán sufí de la cofradía “Naqshbandiya”, alzó la bandera de la yihad islámica, que se caracterizó por lo siguiente:

— su naturaleza religiosa
— la dirección ideológica del sultán de Constantinopla
— la falta de unidad de los caucasianos.

Manzur Ushurma fue un personaje de oscura pero romántica biografía, por lo demás muy típica del Cáucaso. No era checheno sino italiano. Su nombre originario era Elisha Mansur, era sacerdote jesuita y había llegado a Anatolia para convertir a los griegos al catolicismo. Pero fue él quien se convirtió al islam y el sultán de Constantinopla le encomendó organizar la resistencia caucásica frente a los rusos. Sin embargo, no logró fundir a los pueblos del Cáucaso en un único frente. Todos aquellos montañeses sólo estaban unidos por su condición de “muridin”, creyentes seguidores de un mismo jeque sufí.

Su falta de unidad obstaculizó la resistencia frente al enemigo. En 1794 Manzur Ushurma fue derrotado y capturado en la batalla de Tatar-Toub. Pasó el resto de sus días preso en un monasterio en la costa de Anatolia, donde los monjes trataron infructuosamente de que regresara a la religión católica.

Los rusos ocuparon el Cáucaso con métodos brutales, matando y quemando todo lo que se oponía a su paso. En el centro de Chechenia establecieron una sólida fortaleza militar rusa, bautizada con el elocuente nombre de Grozni (“terrible”, en ruso). Las fértiles llanuras del norte de Chechenia, y más hacia el oeste el país de los tártaros, fueron arrebatadas a sus pueblos, que fueron expulsados hacia el Imperio Otomano y, en casos extremos, aniquilados, como los ubyks (emparentados con chechenos y abjasios). Los que permanecieron en sus tierras fueron forzados a trabajar como siervos para los terratenientes rusos.

La incorporación de Georgia al Imperio zarista pareció impedir de una manera definitiva el estallido de cualquier brote de resistencia en el futuro, ya que a partir de entonces Chechenia quedaba rodeada por territorios zaristas.

Ghazi Mullah, segundo dirigente de la yihad

Ghazi Mullah era un estudiante del pueblo de Avar, al sur de Daguestán. No era, pues, de origen checheno. Pronto se convirtió en un “murshid” (maestro) y empezó su propia enseñanza en 1827, eligiendo la villa de Ghirmi como centro de sus actividades. Los “muridin” de Ghirmi se distinguían del resto de los montañeses por sus banderas negras y por la ausencia de oro o plata en sus vestimentas y armaduras.

Durante los dos años siguientes, Ghazi Mullah propagó la idea de unidad de los musulmanes caucasianos frente al enemigo infiel, unidad que debería forjarse en torno a la ley islámica. Según él, los caucasianos no habían abrazado completamente el islam pues sus viejas leyes y costumbres, el “adat”, variaba en cada tribu, y por tanto tenían que ser reemplazadas por la shariá (ley) islámica. Viajó por todo Daguestán, predicando abiertamente contra el vicio, rompiendo con sus propias manos las grandes tinajas de vino que se vendían en el centro de las ciudades. Había que suprimir el “kanli”, las venganzas, y todas las injusticias tenían que ser juzgadas de acuerdo con la ley islámica. Sólo así, les dijo, podrían vencer sus viejas divisiones y conseguir la unidad para hacer frente a la amenaza de los infieles rusos.

En 1829 Ghazi Mullah consideró que sus “muridin” estaban preparados para la guerra. Había llegado el tiempo de la yihad. En una serie de encendidas alocuciones animó al pueblo para el “ghazwa”, la lucha armada: “¡Un musulmán debe obedecer la Shariá, pero todo su Zakat, todos sus Salat y abluciones, todas sus peregrinaciones a La Meca, no valen de nada si se hacen bajo la mirada Rusa. Vuestros matrimonios son ilícitos, vuestros niños son bastardos, mientras quede un solo ruso en vuestras tierras!” Los jeques islámicos de Daguestán reunidos en la mezquita de Ghirmi lo aclamaron como imam y le prometieron su apoyo. Marcharon tras Ghazi Mullah, cantando el grito de guerra de los muridin: “La ilaha illa Alá”.

Los rusos habían desplazado colonos a la región y el proceso de limpieza de musulmanes de sus tierras había comenzado. Para protegerlos habían construido fortalezas militares, en Grozni, Khasav-Yurt, Mozdok y en las planicies del norte.

Ghazi Mullah atacó y tomó el fuerte ruso de Vnezapanaya. Durante todo el período 1827-1859 se sucedieron las escaramuzas entre los montañeses y las fuerzas zaristas. Estas últimas llegaron a talar bosques enteros donde se ocultaban los guerrilleros, quemaron los cultivos y destruyeron 61 ciudades.

Pero lentamente los “muridin” se tuvieron que replegar a las montañas. Ghazi Mullah decidió hacerse fuerte en Ghimri. Después de un amargo asedio, con numerosas bajas en ambos bandos, las tropas rusas entraron en la ciudad identificando a Ghazi Mullah entre los muertos.

El León de Daguestán

Tras la muerte de Ghazi Mullah, su discípulo más influyente, el imam Shamil (1796-1871), el León de Daguestán, se convirtió en otro “murshid” (maestro), quizá el dirigente más conocido de la resistencia montañesa contra los rusos.Gravemente herido en Ghimri, Shamil había logrado romper el cerco y huir con los supervivientes para reemprender la lucha. Marchó hacia Sakli, una villa rural junto a los ríos helados del alto Daguestán. Fue aclamado como el Imam al-Azam, el dirigente de todo el Cáucaso y aprovechó su influencia para imponer la paz entre las distintas tribus musulmanas de la región, hasta entonces enfrentadas entre sí.Había nacido en el seno de una familia noble de Avar, el mismo pueblo en el que había nacido Ghazi Mullah y donde apacentaba el rebaño de ovejas de su familia. Tampoco era, pues, checheno. Con Ghazi Mullah había sido discípulo de Muhammad Yaraghi, el maestro que enseñaba a los jóvenes que no bastaba con la pureza espiritual, sino que, además, debían combatir con las armas en la mano para hacer prevalecer la ley de Alá, la sharía, sobre las leyes paganas de las diferentes tribus del Cáucaso. Tan sólo entonces Alá les daría la victoria sobre los rusos.

El levantamiento se inició en Daguestán, región contra la cual los rusos lanzaron su ataque en 1831. En la ciudad de Ashilta, al tiempo que los rusos se aproximaban, 2.000 muridin juraron sobre el Corán defenderla hasta la muerte. Después de una encarnizada lucha en las calles, los rusos la tomaron y destruyeron, sin poder apoderarse de ningún prisionero.

Las operaciones militares prosiguieron entre 1832 a 1839. Shamil recurrió a la guerra de guerrillas ante la imposibilidad de ganar una batalla frontal contra los bien preparados y numerosos ejércitos rusos. Dividía al enemigo, lo atraía a remotas montañas y bosques para caer sorpresivamente sobre él en ataques fulgurantes. Moviéndose con una extraordinaria rapidez, los guerrilleros engañaban al enemigo y le asestaban golpes por sorpresa. Pero tenían que defender las ciudades que, a pesar de sus fortificaciones, eran vulnerables a los asedios con la moderna artillería.

Los rusos llegaron a lanzar al combate hasta medio millón de mercenarios contra los guerrilleros de Shamil, que envió peticiones de ayuda a los dos principales dignatarios musulmanes del mundo; al Sultán de la Sublime Puerta, que además de mandar en el Imperio Otomano, ostentaba el título de Califa (Comendador de los Creyentes) y, como tal, era el dirigente espiritual del mundo islámico. Y al Emir de La Meca, Guardián de los Santos Lugares del islam. Ni uno ni otro prestaron ninguna ayuda a Shamil, que en 1859 fue derrotado. El último grupo de 400 guerrilleros se entregó a una formación rusa de 40.000 hombres, bajo el mando del general Baratinski. Como renocimiento a su heroísmo, el zar permitió a Shamil conservar su espada. Confinado al sur de Moscú, se exilió luego en Estambul con su familia y falleció el 4 de febrero de 1871 durante una peregrinación a La Meca.

Los supervivientes sólo pudieron seguir viviendo en las montañas. Convencidos de que serían difícilmente asimilables, los rusos les presionaron para que emigraran hacia el Imperio Otomano. Entre 1858 y 1864, unos 500.000 miembros de distintas tribus caucasianas se refugiaron en Turquía, Siria y los Balcanes.

Los chechenos consideran a Shamil como su héroe legendario. Basaiev, uno de los dirigentes islamistas que a finales del siglo pasado volvió a luchar contra los rusos en Chechenia, tomó de él su nombre de pila. Pero, en realidad, Shamil es el héroe de todos los pueblos montañeses del Cáucaso y de todos los musulmanes. La Naqshbandiya sufí mantiene actualmente un museo en Pakistán en el que se veneran sus reliquias y fue la inspiración ideológica de los talibanes afganos contra la intervención soviética a partir de 1979. Allí se entrenó Basaiev en los campamentos que organizó la CIA.

57 años del asesinato de Lumumba por los imperialistas

Hace 57 años agentes de los servicios secretos belgas y de la CIA introdujeron el cuerpo de Patrice Lumumba en un barril de ácido y lo hicieron desaparecer. El Congo pudo haber ido hacia una democracia y, por el contrario, fue hacia una de las peores dictaduras africanas del siglo XX.

Patrice Lumumba fue el primer jefe de gobierno de la República Democrática del Congo. Buscó la descolonización de su país en manos de Bélgica y destruir totalmente el poder colonialista europeo presente en África, erradicar el ultraje y el expolio que durante siglos había sufrido el continente.

En 1958 se orientó decididamente hacia la lucha por la descolonización del Congo por las escasas posibilidades de acción social que le permitían las autoridades coloniales belgas y así fundó el Movimiento Nacional Congolés, partidario de crear un Estado independiente y laico, cuyas estructuras políticas unitarias ayudaran a superar las diferencias tribales creando un sentimiento nacional.

Tras la independencia de Bélgica, el 30 de junio de 1960, el Congo celebró elecciones, y Patricio Lumumba, líder de la lucha independentista, llegó a la presidencia con un programa nacionalista y de izquierda.

Lumumba no pudo impedir que la retirada del ejército belga diera paso conflicto político con pronunciamientos militares, ataques a la población blanca y disturbios generalizados.

La rebelión fue especialmente grave en la región minera de Katanga, que se declaró independiente bajo el liderazgo de Tschombé; Lumumba denunció que esta secesión había sido promovida por el gobierno belga en defensa de los intereses de la compañía minera que explotaba los yacimientos de la región.

Lumumba pidió ayuda a la Organización de Naciones Unidas (ONU), que envió un pequeño contingente de cascos azules incapaces de restablecer el orden, y por eso pidió el apoyo de la Unión Soviética, con lo que amenazó directamente los intereses occidentales.

El presidente de Estados Unidos, Eisenhower, dio entonces orden de eliminarlo. Y envió al agente de la CIA, Frank Carlucci, quien luego sería secretario de Defensa de Ronald Reagan.

Un golpe de Estado derrocó a Lumumba en septiembre de 1960. Fue torturado brutalmente y fusilado por mercenarios belgas, que disolvieron su cuerpo en ácido y esparcieron sus restos para que no fuera reconocido.

En noviembre de 2001, el Parlamento de Bélgica reconocía la responsabilidad de su Estado en la muerte de Patricio Lumumba.

Lumumba fue asesinado de esa manera por la gran lucha política e ideológica que realizó para dar a conocer la unidad como instrumento y vía para el logro de la liberación por parte de los pueblos africanos, de los yugos coloniales que se mantenían en el momento en que libró su lucha y que aún se mantienen, incluyendo entre ellos al neocolonialismo naciente y al imperialismo norteamericano que ya comenzaba a meterse en los países africanos para sumarse a los saqueadores de las riquezas de ese continente.

El pensamiento de Patrice Lumumba constituyó un peligro para las potencias occidentales explotadoras de los pueblos africanos. Medio siglo después, las autoridades estadounidenses reconocieron su implicación en el derrocamiento y asesinato del dirigente congoleño.

http://www.telesurtv.net/news/Patrice-Lumumba-el-heroe-asesinado-de-Africa-20160116-0031.html

Los funcionarios jubilados están dejando de cobrar sus pensiones en Estados Unidos

La quiebra de Lehman Brothers fue un pequeño aperitivo. Todo el sistema financiero de Estados Unidos está al borde del abismo, especialmente los fondos de pensiones. No es un problema del futuro sino del presente.

En todo el mundo a los jubilados les espera un futuro muy negro, pero especialmente en Estados Unidos, donde sólo el 25 por ciento de los trabajadores cotizan en el sistema público; el resto lo hace en el privado, incluidos los funcionarios.

El Instituto Hoover, un centro de análisis de la Universidad de Stanford, ha lanzado la alarma. El agujero es de 3.850 millones de dólares. Grandes ciudadaes como Dallas, Filadelfia, Nueva Orleans y Chicago no tienen forma de pagar las pensiones contratadas. Algunas de ellas ya han dejado de pagar, otras sólo pagan en parte y otras han prometido que buscarán dinero para pagar.

El año pasado se acumularon deudas por valor de 434 milloones en pensiones impagadas y las típicas explicaciones absurdas vuelven a aparecer, especialmente el aumento de la esperanza de vida, dejando al margen la crisis, el papel de los fondos privados y la gestión de los mismos.

Necesitados de dinero fresco, los fondos han llevado a cabo inversiones cada vez más arriesgadas. Necesitan una rentabilidad del 7,5 por ciento pero no llegan a un tercio de ese porcentaje a causa de la caída de la bolsa y los tipos de interés.

En 2008 los fondos privados en el mundo perdieron el 18,3 por ciento de su valor, el 20 por ciento en EEUU y el 9 por ciento en España.

Los fondos privados tuvieron su etapa dorada entre 1995 y 2000, coincidiendo con las primeras amenazas de quiebra del sistema público. Los economistas engañaron a los trabajadores afirmando que para que el sistema público no se hundiera había que promocionar el privado.

Los fondos privados pasaron de gestionar 4,9 billones de euros a 11,5 billones en sólo cinco años. En España pasaron en el mismo periodo de tiempo de 13.000 a 38.000 millones de euros.

El derrumbe previsto para el año 2000 no llegó, pero el engaño sigue adelante. Periódicamente nuevos informes de “expertos” siguen con el mismo mantra, una y otra vez.

Pero el mundo vuelve a estar del revés: lo que realmente está en quiebra es el sistema privado que, al estar vinculado a la bolsa, se ha hundido como consecuencia del colapso financiero de 2008.

Las múltiples sucursales que mantienen los sionistas en Kurdistán

Muy poco después de la invasión imperialista de Irak y la imposición de un gobierno regional kurdo, en agosto de 2003, Israel organizó en Tel Aviv una conferencia para aconsejar a los capitalistas que invirtieran en Kurdistán utilizando para ello a empresas radicadas en Jordania y Turquía y códigos de barras falsificados que ocultaran su verdadero lugar de producción: Israel.

El Kurdistán irakí está lleno de este tipo de mercancía averiada y de empresas israelíes. En 2008 el sitio Roads to Irak contabilizó 210 sociedades israelíes de falsa bandera operando en los mercados kurdos. Al año siguiente su número se disparó cuando el Primer Ministro irakí, Nuri Al-Maliki, suprimió el boicot empresarial a Israel, una parte de las cuales eran ventanillas de reclutamiento del Mosad.

Líbano es el segundo país inversor en Kurdistán, con 13.000 millones de dólares, que también aparece muy frecuentemente en el sur de Irak, en la zona petrolífera de Basora, alguna de cuyas empresas son mixtas líbano-israelíes, a veces con la apariencia procedente de su constitución en Estados Unidos, con denominaciones típicamente occidentales y con escala en Dubai.

En los capitales libaneses que operan en Kurdistán hay muchos oficiales retirados del ejército, viejos pistoleros de las milicias cristianas que ofician como contratistas privados de seguridad, visten el traje de intérpretes de Blablater u ofician como instructores de todo tipo.

Turquía no podía faltar en un negocio de estas características. Las relaciones de Erdogan con Barzani son casi íntimas porque están cosidas por la animadversión de ambos hacia el PKK/PYD. Cuando en 2013 se produjo la creación y expansión del Califato Islámico, Barzani elogió a la nueva organización yihadista que trataba de hacer una “revolución de las tribus”, es decir, crear un nuevo Estado exclusivamente suní, paraleleo al kurdo. Los propios yihadistas se encargaron de desengañarle. Sólo entonces se apercibieron de que uno de los objetivos militares de los yihadistas era Kurdistán y que su pretensión era reducir a la población kurda a la condición de esclavos.

No contento con aquella torpeza, Barzani lanzó otra provocación contra el gobierno central de Bagdad, participando en el saqueo del petróleo y su exportación a Israel. El primer cargamento de petróleo llegó al puerto israelí de Ashkelon a finales de jiunio de 2014, dos semanas después del ataque del Califato Islámico al Kurdistán. Otra parte del petróleo se exporta a través del puerto turco de Ceyhan y en el negocio estaba involucrado Erdogan personalmente.

Un Estado kurdo independiente crearía un “tsunami político” en Oriente Medio, reconocen los propios kurdos. Ningún país vecino lo reconocería, “excepto Israel” (1). “Israel quiere ser el primer país en reconocer la independencia de Kurdistán”, decía Reuven Azar, un diplomático israelí en Estados Unidos (2). Los sionistas están interesado en la fragmentación de Irak tanto como en la de Siria. En ambos países utiliza a los kurdos como peones contra los países respectivos. El otro objetivo de Israel al apoyar a los kurdos es Irán. En el Kurdistán irakí el Mosad entrena comandos para infiltrarlos dentro de Irán, con un balance nefasto hasta la fecha. Como carne de cañón, los comandos están siendo aniquilados uno detrás de otro por las fuerzas iraníes.

Los centros de adiestramiento del Mosad en el Kurdistán irakí también imparten formación y equipan a los peshmergas de Barzani, es decir, que su colaboración se extiende a muy diferentes organizaciones kurdas.

Durante una conferencia en Tel Aviv en 2014 el antiguo dirigente de la seguridad israelí, Avi Akhtar, admitió que los sionistas están interesados en la partición de Irak y que su gobierno jamás pudiera volver a recuperar el protagonismo que había tenido en el mundo árabe. Para Israel el Kurdistán irakí es una atalaya inmejorable de agresión: desde el inicio de la invasión en abril de 2003 y octubre de 2004 el Mosad asesinó a 310 científicos, ingenieros y especialistas irakíes, es decir, la parte sustancial de fuerza de trabajo más especializada, algo parecido a lo que han llevado a cabo con los palestinos.

Tras la batalla de Fallujah, el Pentágono construyó en el desierto de Neguev un centro de entrenamiento para infantería de Marina llamado Baladia City, situado cerca de la base secreta de Tzeelim en el que los soldados israelíes participan hablando árabe, jugando a ser el enemigo o población civil. Según el Marine Corps Time, el centro se ha levantado siguiendo los planos de Bint Jbeil, donde en 2006 el ejército israelí fue derrotado por Hezbollah.

(1) http://www.rudaw.net/english/middleeast/iraq/21042017
(2) http://http://www.kurdistan24.net/en/feature/7cb7106e-0698-4520-a9fc-eb20073e26e4/%E2%80%98Israel-would-be-first-to-recognize-indepen

El Pentágono admite que sus ‘consejeros y acompañantes’ están en Raqqa armados pero sin disparar

Dos consejeros y acompañantes en Raqqa
Ayer el portavoz del Pentágono, el coronel Ryan Dillon, admitió la presencia de comandos de operaciones especiales en el centro de Raqqa bajo el eufemismo de “consejeros y acompañantes” de otro eufemismo, como las FDS (Fuerzas Democráticas Sirias).

El portavoz se esforzó en enfatizar que dichos “acompañantes” no combaten directamente sino que “coordinan” los ataques aéreos, es decir, que dirigen desde el suelo a la aviación de su propio país: Estados Unidos.

Desmintiendo lo que muestran las fotografías, dichas tropas van armadas con todo su equipo y se encuentran en medio de los combates, a diferencia de lo que está ocurriendo en Mosul. “Están mucho más expuestas al contacto con el enemigo que en Irak”, explicó Dillon.

La ofensiva de Estados Unidos y las FDS para recuperar Raqqa comenzó en noviembre del año pasado. El 6 de junio lograron abrir una brecha en el muro que rodea la parte vieja de la ciudad, el último feudo del yihadismo en Siria.

Según Dillon, el Califato Islámico utiliza drones cargados de explosivos cada vez más asiduamente, una táctica que también han empleado en Mosul. “Desde hace una o dos semanas aumenta a medida que hemos seguido penetrando en el corazón del centro de la ciudad de Raqqa”, manifestó el portavoz.

El Pentágono rehúsa informar sobre el número exacto de tropas que tiene desplegadas en Siria, aunque se estima que 500 soldados de operaciones especiales dirigen los movimientos de las FDS y que, además, hay infantería de marina al mando de las baterías de artillería que bombardean Raqqa.

La presencia de una unidad de artillería fue admitida en mayo por el Centcom, el mando del Pentágono en Oriente Medio y sus efectivos se calculan en 400 soldados de la XI Unidad de infantería de marina.

Estados Unidos tampoco ha establecido ningún límite temporal a su invasión de Siria, aunque el general Stephen J.Towsend ha admitido que permanecerán incluso después de la derrota del yihadismo.

El gobierno de Siria ha repetido que no admite la presencia de tropas estadounidenses en su territorio y que su función real no es la de combatir a los yihadistas, sino de proteger la huida de sus dirigentes para posteriores utilizaciones.

En junio Hezbollah amenazó con atacar directamente a las fuerzas estadounidenses desplegadas en Al-Tanf, en la frontera sur de Siria.

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