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Día: 28 de junio de 2025 (página 1 de 1)

Los aviones de combate son cada vez más vulnerables a los ciberataques

La novela “2034” de Elliott Ackerman y James Stavridis, comienza con un ataque aéreo encabezado por el piloto de un caza F-35 en los cielos de Irán. A pesar del sigilo de la aeronave, sus controles de vuelo son pirateados, lanzándola hacia tierra en espiral (1).

Parece un planteamiento de ciencia ficción pero, como los demás aparatos modernos, los aviones y helicópteros de combate incorporan cada vez más equipamientos tecnológicos y tienen los mismos riesgos de ciberataques. Con la quinta generación de cazas, iniciada con la entrada en servicio del F-22 Raptor en 2005, las nuevas aeronaves están diseñadas para ser maniobrables, rápidas, especialmente sigilosas y, sobre todo, conectadas.

La conectividad aumentará en las próximas décadas. Desde Dassault hasta Boeing, pasando por Lockheed Martin y Sujoi, los fabricantes de aeronaves trabajan ahora en la integración de enjambres de drones que vuelan junto a los cazas, especialmente para realizar operaciones de reconocimiento. Estos planes suponen una mayor fragilidad ante los ciberataques.

“La mayor amenaza para el F-35 no son las armas, sino los piratas”, decía en 2018 un artículo publicado en Popular Mechanics. El objetivo de la instrusión son el sistema ALIS (Sistema de Información Logística Autónoma), diseñado para recopilar datos e información sobre la aeronave y su entorno, y la Empresa Conjunta de Reprogramación (JRE), que gestiona las armas y sensores del F-35.

En caso de guerra los generales del ejército estadounidense temen los ataques informáticos porque es posible interferir los sensores del F-35 e interrumpir su aviónica transmitiendo información errónea, lo que afectaría su rendimiento o incluso enmascararía la detección de ataques con misiles antiaéreos.

Una sucursal del gobierno de Estados Unidos, Sandia Laboratories, ha identificado varias vulnerabilidades que podrían ser explotadas por los piratas. Una de ellas se refiere a los ordenadores de a bordo que cumplen con la regla MIL-STD-1553. Esta norma coordina la aviónica de la aeronave, incluyendo sensores, armas y controles.

Los ciberataques exigen a los aviones de combate y helicópteros encontrar formas de contrarrestarlos para evitar un desastre. El piloto podría perder el control de la aeronave.

Al mismo tiempo, las oleadas de drones que se espera que acompañen a los cazas en el futuro tienen la misma probabilidad de ser atacadas por el enemigo. Un artículo publicado por Brookings en 2021 analiza la implementación de drones y la expansión de la ciberseguridad en las doctrinas militares y estratégicas (2).

Dassault anunció recientemente que en los próximos años volarán enjambres de drones con el FCAS (Future Combat Air System, un avión de combate de sexta generación), pero también con el Rafale F5 y el programa nEUROn.

(1) https://en.wikipedia.org/wiki/2034:_A_Novel_of_the_Next_World_War
(2) https://www.brookings.edu/articles/hacked-drones-and-busted-logistics-are-the-cyber-future-of-warfare/

Los últimos socios del selecto club del armamento nuclear

El Tratado de No Proliferación Nuclear es algo de otra época, de los tiempos de la Guerra Fría, cuando los países pensaban más en el desarme que en el rearme, no como ahora. Entró en vigor el 5 de marzo de 1970 y, hasta hoy, lo han firmado 190 países.

El Tratado establece que un Estado poseedor de armas nucleares es aquel que detonó alguna antes del 1 de enero de 1967, lo que incluye a la URSS, Estados Unidos, Reino Unido, Francia y China, conocidos como “los Cinco”. Los demás son Estados no poseedores de armas nucleares. Su objetivo es frenar la carrera de armamentos nucleares, que no haya países nuclearizados.

El organismo encargado de esa tarea es la OIEA, que forma parte de la ONU que, hasta la fecha ha fracasado porque, aparte de “los Cinco” hay otros cuatro países que se han nuclearizado. Israel, India y Pakistán no han firmado el Tratado y Corea del norte se retiró del mismo.

Por lo tanto, el club nuclear lo forman nueve países, de los que cinco están dentro y cuatro fuera. Además, hay otros, llamados “Estados umbral” en la jerga de los especialistas, que permanecen en el armario: no tienen armas nucleares, pero tienen capacidad para enriquecer uranio por sus propios medios. Son seis: Argentina, Brasil, Alemania, Irán, Bélgica y Japón.

Rusia posee el 40 por cien de la capacidad mundial de enriquecimiento de uranio, Estados Unidos el 20 por cien, Francia el 15 por cien, Alemania, Reino Unido y Bélgica juntos el 22 por cien, y el resto del mundo solo el 3 por cien.

Pero además de vigilar el enriquecimiento de uranio, la OIEA debería vigilar también el tráfico, a los países que lo compran de los países productores y las existencias en los almacenes de estos últimos. Según algunas estimaciones, 43 países en el mundo poseen reservas de uranio altamente enriquecido, incluidos 28 países en desarrollo, lo que aumenta todavía más el número de países que la OIEA tiene que vigilar: Japón, Alemania, Canadá, Países Bajos, Italia, España, Suecia, Suiza, Brasil, México, Argentina, Corea del sur, Taiwán, Indonesia, Arabia Saudí y Sudáfrica.

De todos esos países, al único al que se le presta atención es a Irán, a pesar de que la versión oficial, que procede de la OIEA, niega que Irán tenga armas nucleares ni que haya enriquecido el uranio lo suficiente para construirlas, de tal manera que, como la Inquisición en la Edad Media, lo que se juzgan son las intenciones: no tiene pero le gustaría tenerla, está a punto de construirla…

Cada uno de los pasos que da Teherán se juzga en base a esas intenciones. Ha enriquecido el uranio al 60 por cien para llegar al 90 por cien que es necesario para fabricarlas… De los demás países no sabemos nada, no nos cuentan nada, no conocemos sus intenciones, aunque a veces la noticia se escapa: “Japón está a un paso de construir una bomba nuclear”.

Lo mismo ocurre con Turquía que, con ayuda de Rusia, ha completado la construcción de la central nuclear de Akkuyu y pretende alimentarla con uranio, lo que significa que también dispondrá de combustible gastado, que le permitirá poseer materiales aptos para desarrollar armas nucleares.

Dos terceras partes de las mezquitas de Irán han cerrado

Una cierta forma de presentar los acontecimientos de Oriente Medio por las grandes cadenas de comunicación occidental reincide en la naturaleza teocrática de Irán, que es una “república islámica” que, de forma casi inconsciente, podemos asimilar a Estados como el Vaticano, por poner en un ejemplo.

La última de esas campañas la desataron los medios en septiembre de 2022, tras la muerte de Mahsa Amini, fallecida a causa de una detención por no portar el hiyab, el velo.

Es un tipo de campañas que sólo son posibles porque el espectador nunca se ha paseado por una calle de Teherán, como tampoco ha visitado Pyongyang. Pero si presta un poco de atención verá que en Teherán la mayor parte de las mujeres no llevan velo y que en Pyongyang las personas no desfilan en uniforme militar.

Sin embargo, las únicas imágenes que un espectador occidental verá en su vida de una u otra ciudad, Teherán o Pyongyang, sean esas, porque quien mira no son sus ojos sino un medio de comunicación, que se encarga cuidadosamente de diseñar la realidad.

Como en cualquier otro país, en Irán la realidad tiene poco que ver con lo que dicen los medios y con lo que pretenden los aparatos del Estado. A pesar del islamismo, el año pasado el ministro iraní de Cultura, Mohammad Mehdi Esmaili, afirmó que en el país la asistencia a las mezquitas había descendido de manera “muy alarmante”.

La población que va a rezar ha disminuido y el número de mezquitas también. En febrero de 2023 un destacado clérigo iraní, Mohammad Abolghassem Douabi, reveló que 50.000 de las 75.000 mezquitas del país, dos terceras partes, habían cerrado debido a una disminución significativa de la asistencia.

En agosto de 2023 el ministro de Cultura hizo un llamamiento a que se celebraran más eventos en mezquitas para revivir la fe y atraer a los iraníes de vuelta a la fe. Esmaili afirmó que “la mayoría de las actividades culturales y artísticas deberían tener lugar en las mezquitas”.

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