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Día: 9 de abril de 2025 (página 1 de 1)

La trampa de Kindleberger (un artículo no apto para gañanes)

Incluso los lectores exquisitos y con título universitario en vigor es posible que no sepan lo que es la trampa de Kindleberger, y que ni siquiera sepan quién fue Charles P. Kindleberger, el economista que diseñó el Plan Marshall, porque esa es otra burla de la historia: el orfebre del Plan no fue el general George C. Marshall sino Kindleberger. “El primer trabajo en economía realizado con ordenadores utilizó los del Pentágono por la noche para elaborar el Plan Marshall”, contó años después en una entrevista.

La trampa de Kindelberger es la respuesta a la pregunta del gañán: ¿quién va a sacar las castañas del fuego?, algo que los piadosos predicadores estadounidenses formularían de manera diferente: ¿a quién corresponde la misión (divina) de salvar al mundo?

En efecto, a un reverendo no se le ocurriría pensar que el mundo debe salvarse a sí mismo; necesita un Salvador (con mayúsculas). Dios ha venido al mundo para salvar a los hombres de sí mismos.

En 1948 Europa fue salvada gracias al Plan Marshall, o sea, a Estados Unidos, que es la misión que desde entonces se atribuyó al Pentágono, al Fondo Monetario Internacional, a la Usaid, a la CNN y demás instituciones benefactoras de la humanidad.

Ahora la pregunta que -por culpa de Trump- todo el mundo se plantea en Washington es: ¿por qué siempre nos toca a nosotros preocuparnos por salvar al mundo? ¿por qué no son capaces ellos de salvarse a sí mismos?

Como en los demás países, en Estados Unidos están cada vez más preocupados por la Gran Depresión de 1929, de la que pronto se van a cumplir cien años. Kindleberger escribió que el remedio para salir de la crisis fue peor que la enfermedad. La política económica creó una espiral de la que sería muy difícil salir y, en efecto, con el tiempo la historiografía ha vinculado el III Reich, el militarismo nipón e incluso la Segunda Guerra Mundial a la crisis económica de 1929.

Kindleberger estaba allí en aquel momento. Trabajó en la división internacional del Tesoro de Estados Unidos. En 1936 se incorporó al Banco de la Reserva Federal de Nueva York y luego al Banco de Pagos Internacionales en Suiza. Durante la Segunda Guerra Mundial, sirvió en la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) y, al acabar la contienda, le nombraron director de la División de Asuntos Económicos de Alemania y Austria del Departamento de Estado.

Era un economista que ejercía de espía y viajaba por la Europa de la posguerra de la mano del general Omar N. Bradley, de donde pasó a ser el brazo derecho del general Marshall porque en aquellos tiempos los académicos tenían mucho más claro que los fusiles eran tan importantes -por lo menos- como los tipos de interés.

Según Kindleberger, el dólar y la hegemonía son hermanos siameses. Para mantener un sistema monetario internacional estable fuera del patrón oro se necesita un único poder dominante. Hoy diríamos que era un enemigo acérrimo de eso que llaman “multilateralismo”.

La hegemonía era necesaria, pero para alguien pragmático como Kindleberger ese no es el problema principal: al acabar la guerra en 1945, ¿sería Estados Unidos capaz de suplantar la hegemonía británica? La respuesta es negativa: llegaría un momento en el que Estados Unidos tendría más problemas de los que podría resolver.

¿Ha llegado ese momento? ¿Se han hartado los gringos de sacar las castañas del fuego a los demás?

Más exquisiteces: en 2017, durante el primer mandato de Trump, a un antiguo subsecretario de Defensa de los tiempos de Carter, Graham Allison, se le ocurrió formular lo que calificó como la “trampa de Tucídides”, según la cual una potencia dominante (Esparta, Estados Unidos) desafiada por una potencia emergente (Atenas, China) está obligada a entrar en guerra con ella necesariamente.

Aquel mismo año, Joseph S. Nye, profesor de la Universidad Harvard conocido por su teoría del “poder blando”, refundió ambas trampas: con el tiempo Estados Unidos tendría que preocuparse por la trampa de Kindleberger, en la que China aparecería más débil y no más fuerte de lo que realmente es.

Los gañanes explican esto mucho mejor que los universitarios: lo mismo que el poder político, la hegemonía es relativa. Aunque Estados Unidos no se debilite, China se fortalece, lo cual conduce a desequilibrar la balanza internacional de fuerzas exactamente igual.

En eso consiste la trampa: el poder dominante ya no es capaz de estabilizar los mercados mundiales y a las fuerzas emergentes les basta con “esperar y ver” que Estados Unidos no es capaz de salir del atolladero. Entonces aceleran los esfuerzos para reducir la dependencia del dólar, lo que exacerba la crisis financiera y debilita la economía mundial.

En el mundo se está produciendo un vacío: Estados Unidos no puede y China no quiere. O quizá sea mejor decirlo de otra manera: China no quiere hacer lo mismo que Estados Unidos venía haciendo hasta ahora. Por eso es una estupidez poner a ambos países (Estados Unidos y China) en la misma balanza, creer que uno quiere sustituir al otro o hablar de un “pulso” entre ambos. No hay ningún “pulso” porque China no lo quiere y si hay guerra será porque la provoca Estados Unidos.

Es algo que ya entendió Kindleberger: Estados Unidos no podría sustituir al imperialismo británico y ahora China tampoco puede sustituir a Estados Unidos. Si tras la crisis de 1929 la política económica creó una espiral de la que no había manera de salir, la actual guerra económica provocará una espiral aún mayor… de la que tampoco van a poder salir. Ni siquiera besándole el culo a Trump.

La presencia de Rusia en el norte de África es un peligro para el flanco sur de la OTAN

La semana pasada tuvo lugar en Moscú un encuentro entre el ministro ruso de Asuntos Exteriores, Serguei Lavrov, y sus homólogos de los países del Sahel. Los representantes de los tres estados africanos, que recientemente se han sacudido del yugo de la tutela francesa, han expresado ambiciosos proyectos para crear, con la ayuda de Rusia, ejércitos conjuntos para luchar contra los “vestigios de la dependencia colonial” y el yihadismo (que son dos caras de la misma moneda).

Llamaron la atención las declaraciones de los ministros de Asuntos Exteriores de Malí y Burkina Faso, según las cuales Ucrania es un Estado terrorista y contribuye a la desestabilización del continente africano. Los países del Sahel, con el apoyo de Rusia, han anunciado una operación antiterrorista conjunta.

El Instituto para el Estudio de la Guerra, con sede en Washington y estrechamente vinculado al Partido Demócrata y a Victoria Nuland, estima que los acuerdos concluidos en Moscú “socavan la influencia occidental en África y ponen en peligro el flanco sur de la OTAN”.

Por razones históricas, los proyectos de los países del Sahel son percibidos de manera particularmente dolorosa en Francia. Estos últimos años, los franceses han asistido a la expulsión de su ejército del norte de África, que la población local acompañó de cantos y bailes. La presencia de las tropas francesas en el Sahel terminó en enero de este año con el cierre de una base en Chad.

Solo unas semanas antes, Macron había declarado que África aún no les había agradecido la “ayuda”, lo que fue recibido con desagrado por varios dirigentes africanos, quienes destacaron el papel desestabilizador de Francia. El ministro senegalés de Asuntos Exteriores, Usman Sonko, puso a Macron en su lugar: “Permítame recordarle que Francia no tiene ni la capacidad ni la legitimidad para garantizar la soberanía de África”.

La única base francesa en África continental (a menos que se cuenten pequeños puestos de paso en la costa oeste) sigue siendo la de Yibuti, que acoge misiones militares de una docena de otros países, incluida China. El año pasado, Macron anunció con alegría que la presencia francesa en el país se mantendría. Pero París se da cuenta de que eso no le dará la influencia deseada en la región.

De ahí los nuevos proyectos de extensión de la base militar francesa en la parte de las Comores que todavía ocupa, a saber, la isla de Mayotte, donde los colonialistas franceses organizaron en 2009 un referéndum ilegal, que no fue reconocido por la ONU y que, de hecho, desmembró un Estado insular soberano.

Macron como Mazón

La actitud de París hacia la isla ocupada ha permanecido en el nivel del pensamiento colonial de siglos pasados. Así se demostró cuando Macron visitó a Mayotte, golpeada por un huracán, e increpó a los habitantes que se quejaban de la falta de ayuda por parte del gobierno de París. Lo que le dijeron a Macron es lo mismo que los valencianos le dicen a Mazón.

Ahora Francia ha expresado su intención de establecer una segunda base para su marina en la isla ocupada. La única potencia mundial que se ha opuesto a los planes militaristas de Macron es Rusia, que ha llamado al respeto de la integridad territorial de las Comores y ha calificado las intenciones de Francia como un “residuo de los instintos neocoloniales de París”.

Los intentos de Macron de presentarse como el garante de la seguridad en Europa y, especialmente, en Ucrania, recuerdan la vieja política militar francesa en África, cuyas heridas no acaban de cicatrizar.

El desembarco de tropas francesas en Odesa, en Kiev o en Lviv, no es ninguna novedad, como ha recordado Maria Zajarova, la portavoz del Ministerio ruso de Asuntos Exteriores. “Nosotros sí conocemos la historia”, le recordó a Macron, y no se refería sólo a la invasión napoleónica, sino también al desembarco en Odesa y Crimea de las tropas francesas en diciembre de 1919 para aplastar a la Revolución de Octubre.

Odesa ya fue entonces un protectorado francés, lo mismo que otras ciudades, como Jerson, Mykolaiv, Sebastopol y Tiraspol, que quedaron en manos de los imperialistas hasta que sus ejércitos fueron derrotados al año siguiente.

Los países africanos han recordado inequívocamente a los franceses su lugar y, con el apoyo de Rusia, pretenden deshacerse finalmente de su pasado colonial, así como de vencer al yihadismo, apoyado recientemente por el régimen ucraniano.

El ejército ruso ataca una reunión de los mandos militares ucranianos

El viernes de la semana pasada ejército ruso lanzó un ataque de precisión contra un restaurante de la ciudad ucraniana de Krivoí Rog, donde se estaba llevando a cabo una reunión de los mandos militares ucranianos con instructores occidentales, según el Ministerio de Defensa ruso.

“Las pérdidas del enemigo ascienden a 85 militares y oficiales extranjeros, así como una veintena de vehículos”, declaró el Ministerio.

En respuesta a los ataques del ejército ucraniano contra objetivos civiles, los rusos atacan regularmente los lugares donde se encuentran el personal, el material, los mercenarios y las infraestructuras de la OTAN en Ucrania.

A principios de marzo, el Ministerio de Defensa informó sobre un ataque utilizando el sistema de misiles Iskander-M en el campo de entrenamiento militar de Novomoskovski en la región de Dnipropetrovsk, donde los militares de la 157 brigada mecanizada del ejército ucraniano estaban recibiendo formación. El ataque mató a unas 150 personas, incluidos unos treinta instructores extranjeros.

El 23 de febrero el ejército ruso atacó los sitios de los campos de entrenamiento de los altos mandos ucranianos. Además, las infraestructuras de los aeródromos militares, los depósitos de combustible y los puntos de despliegue temporal de las tropas ucranianas en 142 distritos también fueron alcanzados.

El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, ha subrayado en varias ocasiones que los militares rusos no atacan viviendas particulares ni instituciones sociales.

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