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Día: 11 de marzo de 2023 (página 1 de 1)

El dinero contante y sonante vuelve a Suecia

En Suecia cada vez hay más personas que no llevan monedero. Casi todo se puede pagar con una tarjeta bancaria, sin compra mínima. Pero el experimento de erradicar el dinero en efectivo ha fracasado. Hay desconfianza hacia el dinero digital y el control que supone, además de miedo a los ciberataques. No hay nada mejor que guardar el dinero en el bolsillo de uno mismo. Es el fin del “todo digital” pregonado desde Bruselas.

En Suecia el declive del efectivo era tan rápido que la proporción de pagos en efectivo en las tiendas cayó del 40 por cien en 2010 al 15 por cien en 2016. En las ciudades hay que dar un largo paseo para encontrar un cajero automático. Los comercios que rechazan el efectivo se multiplicaron.

En las iglesias la colecta fue sustituida por Swish, una especie de Bizum que vincula el número de teléfono a la cuenta bancaria. En vez de tender la mano en la calle, los mendigos, llevan su número Swish en el pecho. Los 56.000 millones de coronas que aún circulan por el país representan ahora sólo el 1,2 por cien del PIB, el nivel más bajo del mundo (la media en la eurozona es del 10 por cien), y el efectivo se utiliza únicamente en el 6 por cien de las transacciones.

El 1 de enero de 2020 entró en vigor una ley para obligar a los bancos a prestar servicios de caja. A partir de ahora, los suecos deberán poder retirar efectivo -y depositarlo para las empresas- en un radio de 25 kilómetros de su domicilio.

El gobierno sueco vende la moto de la siguiente manera: hay que proteger a los más vulnerables: “Los ancianos, los discapacitados, los que acaban de llegar a Suecia deben poder pagar en efectivo”, explicó el ministro de Finanzas, Per Bolund.

Cualquiera no puede tener dinero digital. Hace falta un número de registro universal, una cuenta bancaria y una dirección fija, que no tienen los inmigrantes, los turistas y las personas en situación precaria. Exige dominar los artilugios digitales y consultar la cuenta bancaria en una terminal. Requiere un acceso permanente a la red telefónica y a internet, lo que no siempre es posible en las zonas rurales.

‘Muerte a los árabes’: Israel aprueba la pena capital para los palestinos

El Parlamento israelí avanza hacia la legalización de una práctica que existe desde hace tiempo: la pena de muerte para la resistencia palestina. El 1 de marzo el pleno del Parlamento de Tel Aviv aprobó en primera lectura un nuevo proyecto de ley para imponer la pena de muerte a los presos palestinos condenados por “terrorismo”.

El proyecto de ley tiene el respaldo del primer ministro, Benjamín Netanyahu. Establece la pena de muerte a quienes “intencionadamente, o por indiferencia, causen la muerte de ciudadanos israelíes cuando la acción esté motivada por el racismo o el odio hacia un determinado público […] y con el objetivo de perjudicar al Estado de Israel y al renacimiento del pueblo judío en su tierra”.

Una nota explicativa del proyecto de ley señala que también tomarán medidas contra las denominadas condiciones de detención “todo confort”.

La última medida de los diputados israelíes se produce en el contexto de los recientes ataques israelíes contra los presos políticos palestinos, especialmente tras la fuga del Túnel de la Libertad de 2021, por el que seis detenidos palestinos escaparon de Gilboa, una prisión de máxima seguridad de Israel.

El objetivo declarado del proyecto de ley es “cortar de raíz el terrorismo y crear un fuerte elemento disuasorio”. En la sesión parlamentaria de 1 de marzo, el ministro israelí de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, expresó su apoyo al proyecto, afirmando que “no erradicaría completamente el terror, pero que este castigo está moralmente justificado”.

La ley sólo alcanza a los palestinos. No es más que la expresión institucional de una política de facto que existe desde hace años, especialmente con el resurgimiento de las ejecuciones extrajudiciales de palestinos durante la Operación Romper la Ola del año pasado. Los asesinatos de palestinos se describen como ejecuciones o “liquidaciones” porque a menudo se llevan a cabo cuando los palestinos suponen una amenaza escasa o nula para el ejército israelí y son, de hecho, una forma de disuasión.

En el Levantamiento Unitario de 2021 los palestinos se enfrentaron a una ferocidad reavivada de la violencia colonial protegida por un sistema de impunidad muy perfeccionado. Las turbas de colonos israelíes llamaron públicamente a matar palestinos. “Muerte a los árabes” se convirtió en un lema generalizado en Jerusalén contra los palestinos con ciudadanía israelí.

Tampoco es nuevo. En 2014 los colonos israelíes se manifestaron con ese lema. En Jerusalén, incluso se tradujo en hechos: los colonos secuestraron a Muhammad Abu Khdeir, de 14 años, y lo quemaron vivo.

La intensidad de las provocaciones contra los palestinos es especialmente fuerte en el caso de los palestinos con ciudadanía israelí.

Con el inicio de la Operación Romper la Ola el año pasado, la campaña de provocaciones y ataques de los colonos se convirtió en una campaña militar en toda regla. Fue el año más mortífero para los palestinos de Cisjordania y Jerusalén desde que en 2005 la ONU comenzó a contabilizar las víctimas palestinas.

La última vez que el Parlamento israelí intentó legalizar la pena de muerte fue en 2018. El entonces ministro israelí de Seguridad Pública, Gilad Erdan, abogó por reducir al mínimo las condiciones de los presos políticos palestinos. El proyecto de ley pasó una lectura preliminar con 52 votos a favor y 49 en contra.

En una rueda de prensa en 2019, el ministro había declarado que “se acabó la fiesta” y que se rebajarían las normas penitenciarias israelíes para “disuadir el terrorismo”.

Menos de tres semanas después de que Erdan diera luz verde a la mano dura del Servicio de Prisiones israelí contra los presos, en enero de 2019, las fuerzas israelíes asaltaron la prisión de Ofer e hirieron a más de 100 reclusos, incendiando tres celdas.

Hoy Erdan es el representante permanente de Israel ante la ONU. Afirma que los detenidos vuelven al “terrorismo” una vez liberados, por lo que “deteriorar las condiciones de los terroristas es necesario, tanto para disuadir como para cumplir con nuestro deber moral hacia las víctimas del terror y sus familias.“

En otras palabras, Erdan aboga por que los detenidos palestinos sean castigados por las acciones que puedan cometer tras su puesta en libertad.

En respuesta a la intensificación de los ataques contra los detenidos en los últimos años, los presos llaman a la desobediencia colectiva dentro de las cárceles, mediante huelgas de hambre, prendiendo fuego a las celdas, negándose a ponerse en contacto o a acudir a las audiencias.

En febrero el Parlamento israelí aprobó en lectura preliminar un proyecto de ley que priva a los detenidos palestinos de tratamiento médico, legalizando su lenta muerte por desatención.

“Las autoridades de ocupación siguen haciendo caso omiso de todo lo aprobado por el sistema internacional, sin preocuparse en absoluto”, declaró Qaddura Fares, directora de la Asociación de Presos Palestinos, en respuesta al proyecto de ley contra el tratamiento médico de los detenidos.

“Y en el mayor silencio internacional”, continuó Fares, “las autoridades de ocupación siguen inventando leyes racistas que, a primera vista, sólo afectan a los palestinos, pero que en realidad afectan a toda la humanidad”.

Mariam Barghouti https://mondoweiss.net/2023/03/the-israeli-knesset-moves-to-adopt-the-death-penalty-for-palestinian-resistance/

El New York Times tiende una cortina de humo sobre la voladura de los gasoductos

La realidad es dura de digerir cuando se llevan años contando falsedades. Le ocurrió al Washington Post, que ha tardado un mes en informar a sus lectores del reportaje de Hersch imputando a Biden la responsabilidad por la voladura de los gasductos Nord Strem en setiembre del año pasado.

Le ha ocurrido al diario alemán Die Zeit, que inventa explicaciones paralelas (1) para ocultar que un país, como Estados Unidos, está involucrado en un atentado terrorista, otro más.

Finalmente, otro medio convencional, el New York Times, también se involucra en lanzar cortinas de humo: el atentado no sería obra de Estados Unidos, ni de Ucrania, sino de un oscuro “grupo pro-ucraniano” sin conexión con el gobierno de Kiev (2).

Por supuesto, el periódico evita culpar al gobierno ucraniano. Cualquier sugerencia de implicación ucraniana directa o indirecta podría alterar “el apoyo de un público alemán que se ha tragado los altos precios de la energía en nombre de la solidaridad” con Ucrania.

“Cualquier conclusión que culpe a Kiev o a representantes ucranianos podría provocar una reacción violenta en Europa y dificultar que Occidente mantenga un frente unido en apoyo de Ucrania”.

El gobierno de Zelensky se merece el apoyo incondicional del mundo civilizado porque juega el papel víctima de una guerra que pasará a las historias oficiales como una “invasión rusa no provocada”.

Pero cuando un periódico, como New York Times, inventa un fraude de estas dimensiones, tiene que dejar un cabo suelto para cuando se le vea el plumero dentro de un tiempo: sus fuentes, que por cierto son anónimas, no ofrecen conclusiones “firmes”. Es un reportaje lleno de “quizá”, “es posible”, “probable” y otras vías de escape parecidas.

“Los funcionarios estadounidenses se negaron a revelar la naturaleza de la inteligencia, cómo se obtuvo o detalles sobre la fuerza de las pruebas que contenía. Dijeron que no había conclusiones firmes, dejando abierta la posibilidad de que la operación fuera llevada a cabo clandestinamente por una fuerza proxy vinculada al gobierno ucraniano o a sus servicios de seguridad”, afirma.

Es una noticia que no puede ser noticia porque no dice absolutamente nada. Las fuentes dice que los autores “son opositores al presidente ruso Vladimir V. Putin, pero no especifica los miembros del grupo ni quién dirigió o pagó la operación”. Quizá fueron Torrente y su equipo de colaboradores. ¿Por qué no?

“Muy probablemente fueron ciudadanos ucranianos o rusos, o una combinación de ambos”. En ningún caso hay implicados “estadounidenses o británicos”, que están por encima de toda sospecha.

“Probablemente fue un acto patrocinado por un Estado, quizá por la sofisticación con la que los autores colocaron y detonaron los explosivos en el fondo del mar Báltico sin ser detectados”.

Es muy extraño que una operación que el periódico califica como “sofisticada” sea obra de una pandilla de enemigos de Putin de origen desconocido. “Lo más probable es que los explosivos fueran colocados con la ayuda de buceadores experimentados que no parecen trabajar para servicios militares o de inteligencia”, pero que pueden haber “recibido formación gubernamental especializada en el pasado”.

El periódico asegura que los terroristas utilizaron más de 1.000 libras de explosivos de uso militar y que unos 45 barcos fantasma tenían sus transpondedores de seguimiento sin encender o sin funcionar cuando pasaron por la zona, “para enmascarar sus movimientos”.

(1) https://www.zeit.de/politik/ausland/2023-03/nordstream-2-ukraine-anschlag
(2) https://www.nytimes.com/2023/03/07/us/politics/nord-stream-pipeline-sabotage-ukraine.html

Un monopolismo de nuevo tipo: Amazon

Amazon es lo más parecido a un mercadillo del siglo XXI. La mayor parte de las mercancías que vende no son propias sino de terceros. En 2021 había unos seis millones de vendedores únicos activos en Amazon y casi 2.000 nuevos vendedores abrían cuentas cada día. Son otra subespecie de “falsos autónomos” creados por el moderno desarrollo de las fuerzas productivas, especialmente los mercados en línea.

Aunque los críticos afirman que la empresa ha tenido un efecto nocivo en las empresas familiares, Amazon promociona el número de terceros que venden a través de su plataforma. Como dijo Bezos a la Cámara de Representantes de Estados Unidos en 2020, “el éxito de Amazon depende en gran parte del éxito de las miles de pequeñas y medianas empresas que también venden sus productos a través de las tiendas de Amazon”.

Pero limitarse a considerar a Amazon como un monopolio subestima la transformación que se ha producido entre las pequeñas empresas del propio sitio. Los vendedores de Amazon se parecen menos a entidades independientes que a un híbrido de trabajadores a la carta y comerciantes de barrio.

Amazon transfiere el riesgo a los vendedores de forma parecida a lo que Uber hace con los conductores. Sin embargo, les niega el “libre mercado”, ya que están sujetos al peaje que cobra Amazon por utilizar su red: una media del 34 por cien del precio de cada venta.

Muchos vendedores se incorporaron al mercado a raíz de la recesión de 2008, y la mayoría no tenía experiencia previa en el comercio minorista. Convierten sus casas en centros de distribución y sus coches en vehículos de reparto. Se endeudan para comprar anuncios en la plataforma y fijan precios por debajo de lo que constituiría un beneficio para ganar protagonismo en el escalafón de la multinacional.

Es una especie de metrópoli que gobierna eficazmente el comercio mundial de diferentes maneras. Los vendedores le permiten a Amazon acceder a nuevos mercados. Delinean sus límites, exploran la frontera, colonizan nuevos territorios y se adentran en la jungla. Son los embajadores de un proyecto mucho mayor que ellos mismos.

El propio mercado de Amazon era una frontera. El interlocutor es un conquistador, un colono o un competidor a la carrera venido de todo el mundo para reclamar su parte del terreno que Amazon había permitido arrebatar a los minoristas convencionales. Pero si los vendedores imaginaban Amazon como un territorio, también hablaban con frecuencia de su autoridad colonial.

Amazon creó programas que enviaban a aspirantes a vendedores por todo el mundo -a tiendas Big Lots en dificultades en Missouri, ferias de suministros en Nueva Delhi y fábricas en Guangdong- para extender los territorios de la empresa. Los vendedores de la plataforma no sólo reclaman un nuevo territorio sino que actúan en cuyo nombre del monopolio. No son ellos mismos; son Amazon.

Aunque en su mayoría de ellos son personas que tenían negocios preexistentes que luego llevaron al mercado en línea para aumentar su número de clientes, casi todas las historias tienen que ver con un negocio nativo de Amazon; aquellos que inventaron o diseñaron un producto en un contexto ajeno a Amazon han tenido dificultades para competir y proteger sus mercancías.

Las empresas nativas de Amazon pueden dividirse en tres categorías: los que compran productos para revenderlos a través de Amazon; propietarios de marcas, que desarrollan, marcan y patentan nuevos productos para venderlos a través de Amazon; y vendedores internacionales, que utilizan los servicios de Amazon para desarrollar o comercializar productos de marca en mercados extranjeros.

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