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Día: 6 de octubre de 2020 (página 1 de 1)

La Unión Europea exporta venenos que están prohibidos en sus propios países

Los pesticidas europeos invaden los cinco continentes. Para las multinacionales agroquímicas con sede en el Viejo Mundo no importa si sus productos no son autorizados para la venta en la misma Europa. Todo vale y la deontología, para ellas, no existe en el diccionario de la rentabilidad.

En 2018, grandes empresas de los países de la Unión Europea (UE) exportaron más de 81.000 toneladas de pesticidas prohibidos a la venta en el propio mercado continental por contener sustancias que afectan seriamente la salud humana o el medio ambiente.

Los principales exportadores fueron empresas del Reino Unido con 32.187 toneladas; de Italia 9.499; de Alemania 8.078; de los Países Bajos 8.010. En igual período, desde Francia se vendió fuera de la UE, 7.663 toneladas; desde España 5.182 y desde Bélgica 4.907. El destino: unos 85 países, las tres cuartas partes catalogados como en desarrollo o emergentes. Entre los cuales, en América Latina, Brasil, México, Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Honduras, por citar solo algunos.

Entre los principales destinatarios de esos químicos prohibidos en suelo europeo se encuentran países que, paradójicamente, nutren, a la postre, a la Unión Europea con productos agrícolas. La UE permite así a sus empresas químicas y agroquímicas exportar desde su territorio sustancias que luego se encontrarán residualmente en las comidas consumidas por su población. Perversa práctica boomerang de mercado.

Dichas empresas aprovechan así de actividades económicas en naciones donde las reglamentaciones y controles son menos severos y los riesgos más elevados que en la misma UE, concluye la investigación elaborada por la ONG suiza Public Eye (el Ojo Público) en colaboración con Unearthed, célula de investigación de Greenpeace de Gran Bretaña. El estudio, cuyos resultados iniciales fueron develados a inicios del 2020, vuelve a ocupar hoy el espacio mediático a través de detalles y complementos difundidos a fines de septiembre.

Una pesquisa inteligente

Para evitar las respuestas edulcoradas de las multinacionales agroquímicas, durante varios meses, los investigadores de las dos ONG solicitaron informaciones, directamente, a la Agencia Europea de Productos Químicos (ECHA), encargada de regular las sustancias químicas y biocidas en el mercado continental. Esta instancia procesa expedientes de ese tipo de productos y observa si respetan las normas. Se dedica también, en colaboración con los gobiernos nacionales, al análisis de las sustancias más peligrosas y en ciertos casos, pone el foco en aquellas que obligan a una mayor gestión de riesgos para proteger las personas o el medio ambiente. Colabora, además, con un centenar de organizaciones acreditadas ligadas a la producción, al medio ambiente, académicas, sindicales (1), entre las cuales, Greenpeace.

A través de la ECHA lograron recolectar miles de notificaciones de exportaciones , es decir, los formularios que, según la legislación europea, las empresas deben completar cuando se trata de productos que contienen sustancias químicas prohibidas para la comercialización en la Unión Europea. Si a veces dichas notificaciones pueden diferir de los volúmenes efectivamente exportados, esa documentación constituye la fuente de información más completa señala el estudio. Resultado: las dos ONG lograron elaborar una cartografía hasta ahora inédita de las exportaciones pesticidas prohibidas que salen de los diferentes países de la UE (2). Identifican un total de 41 productos de esa categoría. De los cuales se reconocen oficialmente algunos de los efectos más graves: toxicidad aguda; malformación genética; problemas reproductivos o del sistema hormonal; cáncer; contaminación de fuentes de agua potable; impactos perversos para los ecosistemas.

Como parte de la investigación, Public Eye y Greenpeace contactaron también a unas 30 empresas, de las cuales quince incluida Syngenta- respondieron formalmente. Las mismas coinciden en cuatro argumentos retóricos repetidos: que sus productos son seguros; que están comprometidas con la reducción de riesgos; que respetan las leyes de los países donde operan y que éstos deciden libremente sobre los pesticidas más adecuados para los agricultores locales. Y, en particular, que es normal que numerosos pesticidas vendidos al extranjero no sean registrados en la UE dado que el clima y el tipo de agricultura son diferentes a los europeos.

Círculo macabro: semillas de laboratorio y pesticidas

Producido por la transnacional química suiza Syngenta en su fábrica inglesa de Huddersfield, el Paraquat está prohibido desde 1989 en Suiza y desde el 2007 en la Unión Europea.

En 2018, funcionarios británicos la autorizaron a exportar nada menos que 28.000 toneladas de un producto que incorpora dicho veneno vendido en muchos mercados bajo el nombre de Gramoxone. La mitad, destinada a Estados Unidos, donde la multinacional agroquímica es acusada ante los tribunales por campesinos que padecen del Mal de Parkinson. La otra mitad, en dirección, principalmente de los principales consumidores mundiales como Brasil, México, India, Colombia, Indonesia, Ecuador y África del Sur. Aunque su comercialización se expande en buena parte del planeta, incluido muchos países latinoamericanos.

Primer productor de pesticidas del mundo y tercer fabricante de semillas, Syngenta constituye, junto con Monsanto, el símbolo de la agricultura industrial. En 2018, la organización suiza Multiwatch publicó la versión francesa de su Libro Negro de los Pesticidas. Esa asociación que se dedica a denunciar las políticas ilegales de las transnacionales, describe en su publicación que las tres cuartas partes de la actividad de Syngenta está consagrada a productos fitosanitarios y un cuarto a organismos genéticamente modificados (OGM). Asistimos a la apropiación de la naturaleza por parte de las multinacionales con el fin de constituir monopolios en el mercado de semillas y pesticidas. Y denuncia el mecanismo diabólico que lleva a los campesinos, fundamentalmente en el Sur, a tener que comprar las semillas, con el gran riesgo de aumentar sus deudas y de disminuir la biodiversidad.

Y de estar obligados a usar pesticidas, de las mismas multinacionales, responsables de la degradación de la salud de ellos y de las poblaciones expuestas a esos productos. Los ejemplos, no faltan: de Pakistán a Hawai, de la India al continente africano y en toda América Latina. Multiwatch dedicó este libro al militante social brasilero Keno, dirigente del MST (Movimiento de Trabajadores rurales sin Tierra) asesinado en el 2007 en Santa Tereza do Oeste, Estado de Paraná, por miembros de una sociedad privada de seguridad contratada por Syngenta, quien ocho años después fue condenada por tal hecho.

En esa publicación los militantes helvéticos retoman cifras que provienen de la misma ONU. El organismo internacional calculaba ya en el 2017 alrededor de 200.000 decesos anuales resultantes del uso de pesticidas. Y subrayan la gran capacidad de las multinacionales de cambiar de ropaje cuando el descrédito amenaza sus intereses. De la misma manera que la estadounidense Monsanto desapareció en 2017 al ser absorbida por el gigante alemán Bayer, la Syngenta suiza fue formalmente vendida en el 2016 a la Chemchina, aunque su sede principal sigue estando en Basilea, capital suiza de la industria química.

Un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de septiembre del 2019 indicaba, por otra parte, que cada 40 segundos se produce el suicidio en una persona en algún lugar del planeta. El envenenamiento con pesticidas es uno de los tres métodos más usados. Y concluye que la intervención con mayor potencial inmediato para reducir el número de suicidios es la restricción del acceso a los plaguicidas que se utilizan para la intoxicación voluntaria.

Concesión a las multinacionales

En julio del año en curso Baskut Tuncak, por entonces todavía Relator Especial de las Naciones Unidas sobre productos tóxicos, pidió a los países ricos que pongan fin a la deplorable práctica de exportar productos químicos y plaguicidas tóxicos prohibidos a las naciones más pobres que carecen de “capacidad para controlar los riesgos”.

Su declaración fue sostenida por otros 35 expertos del Consejo de Derechos Humanos. Entre ellos David Boyd, Relator Especial sobre derechos humanos y medio ambiente, Tendayi Achiume, Relator Especial sobre las formas contemporáneas de racismo, Francisco Cali Tzay, Relator Especial sobre los derechos de los pueblos indígenas, y Michael Fakhri, Relator Especial sobre el derecho a la alimentación.

Tuncak explicó que las naciones más ricas suelen aplicar un mecanismo cuestionable que permite el comercio y el uso de sustancias prohibidas en partes del mundo donde las regulaciones son menos estrictas, externalizando los impactos sanitarios y ambientales en los más vulnerables Estos vacíos legales son una concesión política a la industria , que permite a los fabricantes de productos químicos aprovecharse de trabajadores y comunidades envenenadas en el extranjero Hace mucho tiempo que los Estados deberían haber finalizado con esta explotación, concluyó.

Veneno para muchos -especialmente campesinos de países periféricos-, rentabilidad extrema para las grandes multinacionales agroquímicas. Cara y seca de una realidad planetaria que sin embargo no se queda solo en la sanción sanitaria y ambiental del Sur. Va y viene, como un enorme boomerang interoceánico, y llega también, inexorablemente, al plato diario del consumidor europeo.

(1) https://echa.europa.eu/es/ about-us/partners-and-networks/stakeholders/echas-accredited-stakeholder-organisations
(2) https://www.publiceye.ch/fileadmin/doc/Pestizide/202009_EU-export-pesticides_worldmap_FR.pdf

Sergio Ferrari, http://suramericapress.com/europa-exporta-venenos-prohibidos-en-sus/

La ‘nueva subnormalidad’ nos ha convertido en piezas de recambio de un taller de desguace

A partir del jueves de esta semana y durante 28 días al menos, los vecinos de las zonas de Canadá clasificadas como “rojas”, que incluyen las regiones de Montreal y Quebec ya no pueden recibir invitados en sus casas.

La policía podrá entrar en sus viviendas para verificar que respetan la norma.

Contrariamente a lo que dijo la semana pasada el doctor Horacio Arruda, director nacional de salud pública de Quebec, la policía no podrá entrar en las residencias privadas sin una orden judicial.

“La policía no empezará a golpear cada puerta de Quebec al azar. No habrá caza de brujas”, aseguró el primer ministro de Quebec, François Legault, en una conferencia de prensa la semana pasada.

Si la policía sospecha que se trata de una “reunión ilegal”, podrá obtener rápidamente una orden electrónica de un juez, que le permitirá entrar en el domicilio sin el consentimiento de sus titulares. Si los ocupantes cooperan, la orden no será necesaria.

En el caso de una infracción sanitaria, la policía podrá expedir inmediatamente “multas portátiles”, similares a las utilizadas para las infracciones de tráfico. Los participantes en una reunión privada ilegal -pero también en una reunión al aire libre, ahora prohibida en las “zonas rojas”- están sujetos a una multa de 1.000 dólares canadienses (640 euros).

El gobierno de Quebec se centra en las reuniones privadas es porque cree que son la causa del aumento de “brotes” que se ha observado en los últimos días. El miércoles de la semana pasada la provincia canadiense de 8,5 millones de personas detectó 838 nuevos “casos”.

Son los estragos sociales del estado de guerra, que se extienden por el mundo entero. Están culpabilizando a las personas por su vida social, por relacionarse, por divertirse, por querer estar con sus amigos, con sus familiares, por querer consuelo, compartir y ayudarse.

En la “nueva subnormalidad” nada de eso volverá a ser posible. No debenmos comunicarnos, intercambiar, tocarnos, besarnos y sentirnos acompañados. Nos han convertido en piezas de recambio de un taller de desguace.

Los ancianos también fallecieron por abandono en los asilos británicos, según Amnistía Internacional

Ayer Amnistía Internacional denunció la vulneración sistemática de los derechos fundamentales de miles de ancianos en los asilos de Reino Unido durante los primeros meses de la pandemia y exigió “una investigación completa, pública e independiente” para aclarar lo sucedido.

El informe pide también poner fin a las limitaciones a las visitas y explica que una serie de errores provocó que en los primeros momentos de la pandemia se abandonara a estas personas a su suerte en residencias de la tercera edad.

Entre otros fallos, critica que se tomó la decisión de trasladar a miles de pacientes de hospitales a residencias de la tercera edad sin someterlos a pruebas de diagnóstico y que se impusieron órdenes generales de no reanimar a estos pacientes. Entre marzo y junio, las residencias registraron un exceso de mortalidad de 28.186 muertes, con la confirmación de más de 18.500 fallecimientos por coronavirus en estos centros durante ese periodo.

Directores y trabajadores describieron a Amnistía Internacional un “colapso total” de los sistemas durante las primeras seis semanas de respuesta a la pandemia, con esperas para recibir instrucciones, carencia de equipos de protección individual y falta de acceso a pruebas de diagnóstico.

Según la organización, esta situación se complicó porque, “de manera increíble”, el 17 de marzo el Gobierno ordenó trasladar a 25.000 pacientes de hospitales a residencias de la tercera edad, incluidas personas infectadas por coronavirus o sospechosas de estarlo .

El 2 de abril, el mismo día en que la Organización Mundial de la Salud confirmó la existencia de casos de transmisión presintomática de coronavirus, el gobierno insistió en que “no se necesitaban pruebas de resultado negativo para ingresar a personas en residencias o trasladarlas allí” desde hospitales. De hecho, varios responsables de residencias contaron a Amnistía Internacional que no habían tenido casos de coronavirus en sus centros hasta que recibieron pacientes desde los hospitales.

Para Kate Allen, directora de Amnistía Internacional en Reino Unido, “la demoledora cifra de muertes fue totalmente evitable. Es un escándalo de proporciones monumentales”.

“Cuando el país se enfrenta a una segunda ola de coronavirus, urge llevar a cabo una investigación completa, pública e independiente sobre el escándalo de las residencias de mayores, para aprender de la experiencia y proteger a la población residente de estos centros antes de que se pierdan más vidas”, reclamó. Por ello, Amnistía Internacional ha lanzado una campaña para pedir la apertura inmediata de dicha investigación.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-s/mostrar/382079/amnistia-denuncia-fallos-abandono-miles-personas-residencias-mayores-reino-unido-durante-primeros-meses-pandemia

El nuevo formato del consultorio radiofónico franquista: Maldita y su interpretación ‘auténtica’ de la pandemia

En 1947 la radio franquista inauguró uno de los programas de más éxito de su historia: el consultorio de Elena Francis. Las oyentes preguntaban por carta y el franquismo respondía a través de Radio Barcelona. En aquellos años las radios eran como hoy las redes sociales y, como vemos, eran más interactivas de lo cabía sospechar.

También era un proyecto más comercial de lo que aparentaba, porque trataba de publicitar de manera encubierta una marca de cosméticos. A lo largo de todo el franquismo los temas se ampliaron luego con los maridos, los niños, la decoración del hogar, las manchas de la ropa y cosas por el estilo. Muchos se criaron creyendo que en la radio había alguien llamada Elena Francis que respondía a sus preguntas sobre belleza. Pero se trataba de un equipo compuesto por siete guionistas. Uno de ellos fue Ángela Castells, miembro de la sección femenina de la Falange. El periodista Juan Soto Viñolo, que se hizo cargo del programa desde 1966, confesó que no sólo se inventó las respuestas, sino también las preguntas. Era publicidad. Se trataba de subir los índices de audiencia.

Con el éxito del programa, la radio buscó nuevos guionistas, cuyas respuestas eran supervisadas por un equipo de sacerdotes antes de emitirse en abierto. El consultorio de Elena Francis fue un gran engaño, tan grande como la transición, por lo menos, y acabó en 1984. Ya no tenía oyentes, pero cuando los autores del fraude lo confesaron, resultó una enorme decepción para sus seguidores.

Hoy los inquisidores de Maldita han renovado el formato del consultorio radiofónico franquista. Los lectores preguntan y Maldita responde. Lo mismo que la radio franquista, responde incluso antes de que nadie le pregunte nada. Los fraudes mediáticos no acabaron en la transición, porque son consustanciales a los altavoces de una clase social explotadora y dominante.

Las respuestas de Maldita también son guiones periodísticos revisados por un Sumo Sacerdote antes de salir a la luz pública para impedir que se filtren herejías. Es un refuerzo de la ideología dominante, a la que no le basta con dominar, como en tiempos de Marx y Engels: aspira a ser un canon, una ideología uniforme y única que se expresa a través de un único portavoz.

Maldita no trata de demostrar la naturaleza falaz de un bulo sino que aspira a convertirse en intérprete de la realidad. Si The Lancet afirma por dos veces que covid-19 no es una pandemia (1), Maldita expone lo que realmente quiere decir la revista, que es muy diferente a lo que hemos leído con nuestros propios ojos.

Sí, no sabemos leer. Hemos sacado el título de contexto, a diferencia de Maldita, que hace equilibrios en el alambre para darle la vuelta a un asunto que no tiene vuelta de hoja (2). No hace falta ninguna interpretación de una frase repetida dos veces que, por su simplicidad, no tiene otra interpretación posible que sus propios términos.

Desde luego que si cupiera alguna interpretación, no le corresponde realizarla a la Maldita Inquisición, que justifica su existencia por desmentir bulos, no por interpretar textos redactados por terceros.

El artículo de The Lancet es un ataque nada disimulado a la OMS, no sólo por su actitud reduccionista, típica de las corrientes dominantes de la microbiología, sino por su retorno a un concepto trasnochado, el de “pandemia”, que quiso abandonar el 31 de enero y no pudo por las presiones a las que está sometida.

Es evidente que si el 11 de marzo la OMS declaró una pandemia con poco más de 4.000 muertos en todo el mundo, hay muchísimas enfermedades que matan más y merecen el mismo calificativo, por lo menos. Pero, como se está demostrando a cada paso, se trata de imponer a los países una política sanitaria uniforme que no disperse su atención en múltiples enfermedades al mismo tiempo. Lo que se les pide es que sólo atiendan a una de ellas.

Una vez que la política sanitaria fija su atención en una parcela muy reducida de la realidad, cualquier desastre es posible, como el de los asilos. Pero esa manera de proceder es imprescindible para justificar la propia realidad de una pandemia, de tal manera que todo el exceso de mortalidad que se está produciendo, especialmente en España, se atribuye a un único motivo.

Hace un par de días OKDiario lo expresó muy claramente: “El exceso de muertes con respecto al mismo periodo del año pasado se eleva hasta esos 56.110 muertos [en España]. Puesto que la única causa extra de mortalidad en esos meses es el coronavirus, la práctica totalidad de esas muertes corresponden, por pura lógica, al Covid” (3).

Las pandemias son así “lógica pura”, o quizá peor: tautologías. Están al principio y al final de la argumentación. Es una profecía que se cumple por sí misma.

No es algo propio sólo de la actualidad. Cuando los historiadores se refieren a las epidemias pasadas, como la “gripe española” de 1918, mezclan patologías muy distintas en el mismo saco y, lo que es peor, suponen que todas ellas tienen una misma causa (4), cualquiera que sea el lugar en el que se produzcan, independientemente de las circunstancias.

Hay que agradecer que, siete meses después, The Lancet se baje del burro y no sólo se refiera a la presencia de enfermedades “no contagiosas” en medio de una delirio de contagios, sino que ponga encima de la mesa los factores sociológicos de las mismas o, en otras palabras, que las enfermedades y las muertes no son sólo fenómenos “naturales” sino que son evitables, al menos en parte, y que quienes no las evitan son responsables de ellas. La lucha de clases tiene, en efecto, este tipo de consecuencias, aunque la izquierda domesticada no quiera hacerse cargo de las mismas.

El artículo de la revista es, pues, un intento desesperado para que la medicina moderna no siga haciendo el ridículo en este punto. Bienvenido sea.

(1) https://mpr21.info/covid-19-no-es-una-pandemia-admite-por-fin-la-revista-medica-the-lancet/
(2) https://maldita.es/malditaciencia/2020/10/05/the-lancet-no-niega-existencia-covid19-no-conspiracionista-cambio-pandemia-sindemia-factores/
(3) https://okdiario.com/espana/datos-del-ine-dejan-evidencia-sanchez-espana-supera-56-000-muertos-coronavirus-6226167
(4) https://mpr21.info/ciencia-e-ideologia-la-arqueologia/

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