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Día: 10 de septiembre de 2020 (página 1 de 1)

Uzbekistán reconstruye la historia de su etapa soviética según las necesidades de la política económica

El Presidente de Uzbekistán, Shavkat Mirziyayev, ha ordenado que se perpetúe la memoria de todos los uzbekos que fueron perseguidos durante el “stalinismo”. Según datos oficiales del gobierno, hay unos 100.000, de los cuales 13.000 fueron fusilados.

Cambiarán los nombres de las escuelas, de las “mahallas” (bloques de viviendas) y publicarán libros con las biografías de las víctimas. “Imagina las grandes cosas que esta gente podría haber hecho en nombre del desarrollo nacional, la ciencia, la economía, la cultura y la literatura, ¡qué grandes avances habrían hecho nuestros pueblos si no hubieran sido reprimidos! Hoy recordamos esta pérdida con tristeza”, subrayó el Presidente de Uzbekistán.

Los dirigentes de las repúblicas surgidas del desmantelamiento de la URSS se han empeñado en recordar a las víctimas de la URSS o de Stalin porque es un signo de distanciamiento con Rusia y de acercamiento a Estados Unidos. Incluso Rusia ha caído en ocasiones en la reescritura de la historia con el único propósito de complacer al imperialismo.

Durante años dio la impresión de que los nuevos libros de historia eran necesarios para romper para siempre con la URSS en mil pedazos. Aquellos pueblos ya no eran “hermanos”. En Nukus, la capital del Karakalpakstán autónomo, se erigió un monumento a la amistad de los pueblos. Dos muchachas, una rusa y una Karakalpak, aparecían cogidas de la mano. Ahora la joven de Karakalpak está sola; su amiga rusa ha sido destruida.

El antistalinismo es una metamorfosis histórica de la rusofobia. Es algo relativamente normal en países como los Bálticos, pero extraña mucho en Asia central, donde hasta la Wikipedia reconoce que en 1990 no había ningún interés por romper con la URSS ni por salir de ella. Países como Uzbekistán se hicieron independientes con desgana.

Hasta no se levantaron complejos conmemorativos como el “Shahidlar hotirasi”, en memoria de las víctimas de la represión. El primer museo público creado en el Uzbekistán independiente tiene un nombre similar.

El museo está dividido en diez secciones, pero sólo cuatro de ellas están dedicadas al período soviético. El primero se centra en la colonización de Asia central por el Imperio zarista, mientras que el segundo se concentra en los años anteriores al colapso de la URSS. Los ejemplos de opresión se asocian exclusivamente con la URSS y Rusia. Desde entonces la represión ya no existe.

Busto de Stalin en Saylyk

La represión era “rusa”. Después de su independencia, Tashkent hizo una apuesta inequívoca por el nacionalismo, que implicaba la negación de todo el período ruso de la historia. El cruel imperio del norte oprimió al pueblo uzbeko durante siglos. Incluso reniegan de la participación uzbeka en la Segunda Guerra Mundial, presentada como una guerra por intereses extranjeros, en la que el pueblo uzbeko se vio obligado a participar por la fuerza.

Ahora Uzbekistán es la única república de Asia central en la que, según las encuestas de opinión, la mayoría de la población no lamenta el colapso de la URSS, a pesar de que el periodo soviético fue el más gigantesco salto adelante de todos los pueblos de Asia central, pero sobre todo de Uzbekistán. Nunca antes una sociedad agrícola tradicional de subsistencia se transformó tan rápidamente en una sociedad moderna, con fábricas, hospitales y universidades.

Los libros de historia no hablan de eso. Sólo les interesa la represión “stalinista”, gracias a la cual las mujeres uzbekas dejaron de llevar velo y se emanciparon plenamente.

Los nuevos libros de historia de Turkmenistán van más allá: dicen que los turcomanos inventaron la rueda.

En Uzbekistán era habitual que el Presidente Islam Karimov acudiera a Moscú a celebrar la victoria contra el fascismo en la Gran Guerra Patria. Pero a partir de 2016 las cosas empezaron a cambiar. Querían estimular las inversiones internacionales y el turismo, para lo cual hay que hacer lo que las potencias occidentales esperan que hagas. Había que cambiar de imagen para que Uzbekistán pareciera un país moderno, asimilable a cualquier otro.

Tras cuatro años de cambios, la reescritura de los libros de historia y el lavado de imagen, The Economist nombró a Uzbekistán “país del año” y la CNN lo nombró entre los destinos turísticos selectos. Esas cosas son imprescindibles para que un país como Uzbekistán entre en la modernidad, las guías de viajes, las recomendaciones gastronómicas y los reportajes de National Geographic.

Los rusos fueron los primeros en redescubrir Uzbekistán. En los medios de comunicación rusos empezaron a aparecer las bellezas de Samarcanda y fotos en los blogs de turismo. A medida que los rusos llegaban haciéndose fotos, la rusofobia pasaba a un segundo plano. En los discursos oficiales nadie habla mal de Moscú y la Gran Guerra Patria vuelve a cambiar en los libros de historia. Ya nadie derriba más monumentos, e incluso el 9 de mayo se construyó el Parque de la Victoria y se rodaron tres películas sobre la victoria contra el fascismo.

La bestia negra de Mirziyoyev ya no es Rusia, ni tampoco la URSS. El discurso de detiene en Stalin, que es poco más que un fetiche fabricado para recibir golpes. Es una crítica acotada y limitada por las necesidades de la política económica.

Paul Robeson: un ejemplo de censura de la música revolucionaria que se ha prolongado hasta hoy

Al comienzo de la Guerra Fría, una chusma racista atacó un concierto de Paul Robeson en las afueras de Peekskill, una localidad del norte del estado de Nueva York. Podemos imaginarnos la agresión con cualquier imagen de la actualidad de Estados Unidos.

Robeson ya no es la leyenda que fue en los años cuarenta. Era hijo de un antiguo esclavo convertido en pastor y una madre cuyos antepasados esclavos se habían casado con indios de Delaware y cuáqueros blancos.

Había nacido en 1896, creció en Nueva Jersey y asistió a la Universidad de Rutgers, que el año pasado celebró el centenario de su graduación con todos los honores. Robeson destacó en todo: en los estudios, en el deporte y en la música.

Hubiera sido un americano perfecto si no hubiera sido negro. Como cantante triunfó en Estados Unidos y en Europa. En la URSS recibió el Premio Stalin. El público nunca había escuchado una voz como la suya.

También era un actor de gran fuerza, una estrella en potencia cuya aura agitaba las visiones de un héroe cinematográfico negro, hasta que las limitaciones raciales de Hollywood quedaron en evidencia.

La Guerra Fría se volvió en su contra. Comenzó la caza de brujas, una operación de gran envergadura para acabar con el más mínimo asomo de cultura progresista en Estados Unidos.

El concierto de Peekskill fue un viraje. Estaba programado para el 27 de agosto de 1949. Mientras sus anfitriones intentaban llevar a Robeson al recinto del concierto, la carretera fue bloqueada y una chusma reaccionaria, que comenzó a gritar consignas racistas y antijudías.

Consiguieron bloquear la llegada del coche en el que viajaba Robeson, destrozaron el escenario, prendieron fuego a las sillas y quemaron una gran cruz al más puro estilo Ku Kux Klan.

Tres días después, la multitud se reunió en Harlem para expresar su apoyo a Robeson. Planearon volver a intentar celebrar el concierto el 4 de septiembre en el mismo lugar.

Los representantes de varios sindicatos, trabajadores del cuero, electricistas, estibadores y almaceneros, tomaron posiciones fuera de la residencia de la familia Robeson en una casa privada antes del concierto. Los veteranos de la Segunda Guerra Mundial se prepararon para cualquier eventualidad.

Los racistas tomaron posiciones con armas largas en una colina cercana, pero Robeson regresó al escenario del concierto rodeado por un cordón de seguridad de los sindicatos. A punta de pistola, Robeson cantó junto con Pete Seeger y otros, comenzando por “Let My People Go!”.

Mientras los espectadores trataban de salir del lugar por un camino estrecho, los racistas golpearon los coches y autobuses con piedras y algunos participantes fueron arrastrados fuera de sus coches y golpeados al grito de “¡Iros a Rusia, judíos y rojos!”

La intoxicación periodística de la época tituló que “¡Robeson se lo había buscado!”. La censura se cebó sobre el cantante comunista. Las organizaciones que decían defender los derechos civiles se apartaron de él y sus conciertos fueron prohibidos. Le quitaron el pasaporte. Su voz fue totalmente silenciada.

Paul Robeson canta ‘Joe Hill’ ante los mineros escoceses en huelga
https://www.youtube.com/embed/B0bezsMVU7c

 

Los bancos de alimentos son un negocio que desgrava impuestos

En España hay 54 Bancos de Alimentos que, según la ley, tienen la condición de entidades sin fines de lucro. Pero no son solidarios, ni desinteresados, ni caritativos. En una sociedad capitalista cumplen numerosas funciones, la principal de las cuales es absorber una parte de la superproducción de mercancías. Una buena parte de las donaciones tienen un origen público y se compone de los excedentes agrícolas de la Unión Europea, es decir, de producción que no tiene salida en ningún otro mercado.

Las aportaciones realizadas a dichas entidades gozan de incentivos fiscales, tanto si proceden de particulares como de empresas u organizaciones. Un donativo en dinero de hasta 150 euros desgrava hasta el 80 por ciento en la declaración de la renta.

Las empresas desgravan el 35 por ciento del valor de los alimentos que donan de la cuota del impuesto de sociedades. Para ello facilitan al Banco de los Alimentos una factura con el nombre de la empresa, el NIF, la dirección fiscal, los kilogramos de productos donados y su valor contable. Con estos datos, el Banco de los Alimentos envía a la empresa un certificado válido para realizar la desgravación.

Por ello, muchas grandes superficies y cadenas de distribución son, a la vez, Bancos de Alimentos y los mantienen en sus sedes y almacenes porque son ellas las que controlan el 70 por ciento del mercado de alimentación. Gracias a los Bancos de Alimentos las distribuidoras mantienen un precio que no es de mercado, sino más elevado, al mismo tiempo que arruinan al pequeño comercio.

Pero los Bancos de Alimentos no son sólo dinero ni alimentos, sino que también necesitan medios materiales para almacenar, manejar y conservar alimentos (p. ej: estanterías, palets, cámaras frigoríficas, carretillas eléctricas, furgonetas, equipo y mobiliario de oficina, etc.) Estas donaciones también desgravan.

No hay ni una pizca de altruismo. Los Bancos de Alimentos generan publicidad gratuita para las grandes empresas y lavan su imagen con grandes campañas que generan titulares en los medios, como “Mercadona regala 19 toneladas de leche al Banco de Alimentos de Zaragoza” (2).

También lavan la cara de la monarquía: “La Reina inaugura un banco de alimentos en Alcorcón” (2) y lo mismo ocurre con el ejército: “Las Fuerzas Armadas han apoyado a los Bancos de Alimentos desde el inicio de la Operación Balmis contra el Covid-19” (3).

A su vez, la publicidad y los lavados de imagen generan ideología, que en España es la consabida de la caridad, tradicionalmente acaparada por la jerarquía católica y el Opus Dei (4), que son quienes dirigen los Bancos de Alimentos, del mismo modo que dirigen Caritas y organizaciones similares.

(1) https://www.msn.com/es-es/dinero/noticias/mercadona-dona-19-toneladas-de-leche-al-banco-de-alimentos-de-zaragoza/ar-BB18RAK2
(2) https://www.larazon.es/local/madrid/la-reina-inaugura-un-banco-de-alimentos-en-alcorcon-CH23712725/
(3) https://www.lacerca.com/noticias/espana/robles-labor-banco-alimentos-enorme-esfuerzo-compromiso-pandemia-512398-1.html
(4) https://www.filantropofagos.com/blog/los-bancos-de-alimentos-y-el-opus-dei

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