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Día: 30 de junio de 2020 (página 1 de 1)

Tulsa 1921: la masacre racista en la que 300 negros fueron asesinados por los racistas

El 1 de junio de 1921 en la masacre de Tulsa 300 afroamericanos fueron asesinados por los racistas que, además, quemaron sus casas. Durante años Estados Unidos ocultó los hechos.

Los recientes disturbios recuerdan a los que se produjeron en el barrio de Watts. Los Ángeles, en 1965 o a los sucedidos también en Los Ángeles, pero en 1992, después de que un jurado compuesto únicamente por blancos absolviera de los cargos que pesaban sobre ellos, a los policías responsables de la brutal agresión del taxista negro Rodney King.

En el caso de Mineápolis, los disturbios se producen, además, cerca del 1 de junio, fecha de la conocida como Masacre de Tulsa, unos disturbios raciales acaecidos en 1921 que, a pesar de los intentos del Gobierno de Estados Unidos por ocultarlos durante décadas, vieron finalmente la luz en 1996. Tras una comisión de investigación concluida en 2001, los supervivientes y herederos de las víctimas comenzaron a ser reparados.

Situada en el estado de Oklahoma, a orillas del río Arkansas, Tulsa era, a principios del siglo XX, una próspera ciudad gracias a los beneficios que generaba el petróleo que se extraía en la zona y que permitía el florecimiento de empresas vinculadas a esa industria, como refinerías o fábricas de tuberías para oleoductos. Una bonanza que se materializaría en la construcción de suntuosos edificios, la venta de automóviles, la apertura de comercios de lujo y la modernización de los servicios públicos, como la puesta en marcha de una vasta red de tranvías eléctricos y la construcción de auditorios, teatros, estadios deportivos, escuelas o su propio aeropuerto en 1919.

No obstante, el centro de la ciudad y los barrios residenciales estaban destinados únicamente a la población blanca. Los pocos negros que vivían en esas zonas eran los empleados de servicio de los millonarios blancos. El resto, alrededor de diez mil afroamericanos, lo hacían en Greenwood, un barrio a las afueras de Tulsa que los blancos supremacistas denominaban Little Africa, pero que los negros del lugar preferían llamar Black Wall Street por su gran actividad empresarial. Greenwood funcionaba como una pequeña ciudad dentro de la gran urbe, aunque solo para la población negra. Tenía periódicos propios, comercios, locales de ocio, profesionales cualificados con educación universitaria, iglesias, escuelas, hoteles y restaurantes.

Además de por esa separación geográfica, existían bastantes diferencias entre la población blanca y negra de Tulsa. Por ejemplo, los negros no tenían derecho a votar, no podían entrar en determinados lugares y si se les permitía, debían hacerlo por accesos reservados solo para ellos. Además, Tulsa tenía cabinas de teléfono segregadas y, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, los reclutados para combatir en Europa fueron principalmente negros.

En lo que sí que coincidían blancos y negros era en que, habitantes ambos de una zona económicamente potente, disfrutaban de una amplia oferta de ocio nocturno, que incluía tanto las actividades legales como las ilegales, sobre las que la policía local solía hacer la vista gorda. Para ser una localidad de tamaño medio, no era difícil encontrar en Tulsa alcohol, todo tipo de drogas, sexo y otras formas de diversión en las que, ahí sí, los negros y blancos se mezclaban sin demasiado problema. De hecho, más que la droga, el juego o la prostitución, lo que más escandalizaba a la sociedad tulsana de la época era que negros y blancos pudieran relacionarse y, llegado el caso, mantener relaciones sexuales. Y algo de eso hubo para que, el 31 de mayo de 1921, comenzaran los disturbios de Tulsa.

Ese día, un joven limpiabotas de 19 años llamado Dick Rowland fue detenido y trasladado a los juzgados de la ciudad. La acusación que pesaba sobre él era haber intentado propasarse con una mujer blanca de 17 años en el interior de un ascensor, en el que la chica trabajaba como ascensorista. A pesar de que no había testigos –más allá del empleado de una tienda que escuchó a la chica gritar pero no vio nada–, de que la supuesta víctima no presentó denuncia y de que no era improbable que la pareja fueran realmente amantes, la noticia del supuesto asalto sexual no tardó en extenderse por la ciudad. Pronto comenzaron a recibirse llamadas anónimas en el juzgado advirtiendo de que el chico sería linchado y, en lugar de tranquilizar los ánimos, el Tulsa Tribune, un diario vespertino, publicó en primera página “Negro detenido por agredir a una niña en un ascensor” e invitaba a sus lectores en el editorial “A linchar al negro esta noche”.

Cuando los ciudadanos blancos de Tulsa se organizaban para linchar a alguien, no bromeaban. Unos meses antes ya habían acudido al edificio de los tribunales para llevarse consigo a Roy Benton, un joven blanco acusado del asesinato de un taxista, al que posteriormente torturaron y asesinaron. Para evitar que volviera a ocurrir, cuando los ciudadanos blancos comenzaron a rodear los juzgados, el shérif decidió apostar policías en la puerta del edificio, levantar barricadas en el interior y trasladar a Dick Rowland a uno de los pisos superiores.

La agitación del centro de la ciudad llegó a oídos de los habitantes negros de Greenwood, que decidieron impedir por todos los medios que el preso fuera linchado, para lo cual se desplazaron al lugar y se quedaron también a las puertas del edificio. La mera presencia de los negros ya fue interpretada como una provocación por los blancos, pero el hecho de que fueran armados hizo que gran parte de los allí presentes se marcharan a sus casas a por sus armas. Otros, directamente, se acercaron a la armería de la Guardia Nacional donde intentaron aprovisionarse de armas robándolas de las instalaciones.

En un momento dado, una delegación de los ciudadanos negros decidió entrar en el edificio del juzgado, en cuyo interior ya había un grupo de blancos que presionaban a las autoridades para que les fuera entregado Rowland. Cuando vieron la situación, los afroamericanos se ofrecieron voluntarios al shérif para ayudarle a controlar a la turba, pero el ofrecimiento fue rechazado. No obstante, los blancos comenzaron a insultar a los negros, la discusión subió de tono y, de repente, sonó un disparo.

Nadie fue herido, por lo que no se sabe si fue un accidente fortuito o un tiro al aire para calmar los ánimos. El hecho es que la detonación provocó que los diferentes grupos, policía incluida, comenzasen a dispararse entre sí provocando, no solo heridos de bala, sino por pisotones y aplastamiento debido a las avalanchas y las carreras para huir del lugar. Eran las 11 de la noche  y la revuelta no había hecho más que empezar.

Tras ese primer tiroteo, los afroamericanos decidieron refugiare en Greenwood hasta donde fueron perseguidos por los blancos. Enterados de lo que sucedían, muchos de los vecinos del barrio, cerraron sus casas y se marcharon del lugar con la esperanza de que, al amanecer, los disturbios hubieran cesado. Aquellos que en su huida se cruzaron con grupos de supremacistas blancos, fueron asesinados.

Hacia las 2 de la madrugada ya del 1 de junio, los tiroteos cesaron. Los grupos de afroamericanos se sintieron seguros en su barrio y se relajaron. Sin embargo, entre los blancos, que además de airados estaban borrachos, comenzaron a correr rumores de que los negros habían quemado residencias de blancos o que una mujer blanca había sido asesinada por los negros y decidieron vengarse prendiendo fuego a los comercios y negocios Greenwood. Cuando los bomberos acudían a apagarlos, eran repelidos a tiros por los racistas.

A las 5 de la madrugada, el silbato de un tren que llegaba a Tulsa, cuya estación estaba muy cerca de Greenwood, hizo pensar a los asaltantes blancos que se trataba de una señal de ataque y entraron al asalto en el barrio, asesinando a los que encontraban a su paso e irrumpiendo en las casas, de donde sacaron a sus habitantes, a los que detuvieron o, directamente, mataron. A esos atacantes de tierra se sumaron avionetas privadas que desde el aire lanzaron bolas de brea en llamas que extendieron aún más los incendios. Por último, también fueron asaltadas las casas de aquellos blancos que tenían empleados de servicio negros, a los que se detuvo ilegalmente y se recluyó en centros clandestinos improvisados, como el estadio de béisbol o un salón de convenciones. Si sus empleadores intentaban oponerse a esos arrestos, eran amenazados de muerte y golpeados.

La gravedad de los hechos hizo que se desplazasen al lugar tropas de la Guardia Nacional que, por una serie de trámites burocráticos, no pudieron intervenir hasta el mediodía del 1 de junio, cuando decretaron la ley marcial. Para entonces, las cifras eran escalofriantes: más de 6.000 detenidos, 4.000 personas huidas de sus casas para salvar su vida, casi 1.300 edificios calcinados, alrededor de 8.000 personas sin lugar donde vivir, más de 50 blancos muertos y alrededor de 300 negros asesinados. Unas cifras que, en el caso de los muertos, aumentarían levemente durante los días siguientes por venganzas y ajustes de cuentas.

Aunque en las semanas posteriores el Gobierno de Estados Unidos envió una comisión para investigar los hechos, nadie fue procesado ni condenado por ellos. De hecho, en su afán por ocultar lo sucedido, los libros de texto estadounidenses no recogían los disturbios de Tulsa y los habitantes del lugar, tanto blancos como negros, evitaban hablar del tema. Una de las razones era que, tras los disturbios, el Ku Klux Klan experimentó un gran ascenso en la zona. A finales de 1921, más de tres mil blancos eran miembros del Klan en Tulsa, ciudad en la que la organización supremacista contaba además con una sección femenina y una junior.

Solo en 1971, cuando se cumplieron los 50 años del suceso, un grupo de ciudadanos afroamericanos organizó un acto público en una iglesia en memoria de los muertos. En todo caso, hubo que esperar a otro aniversario, el número 75, para que se constituyese una Comisión Oficial para investigar lo sucedido en 1921. Para entonces, muchos de los testigos habían fallecido o estaban demasiado mayores, lo que dificultó la investigación, que se alargaría hasta 2001. Ese año se publicaron las conclusiones y se fijaron una serie de objetivos entre los que se encontraban reparaciones económicas a las víctimas o sus herederos, becas escolares para los descendientes, inversiones económicas en la zona de Greenwood, la creación de un monumento conmemorativo y la búsqueda de las fosas comunes ilegales cavadas en los días siguientes a la masacre para ocultar los cadáveres de los negros y que, aún hoy, no han sido halladas.

La última referencia relacionada con la matanza de Tulsa llegó en 2019 y a través de un medio poco convencional para estos temas: Watchmen. Cuando Damon Lindelof recibió el encargo de HBO de hacer una serie de televisión del cómic, se planteó cuáles eran esos problemas reales que provocaban la angustia de los superhéroes. Si en el pasado era la amenaza atómica, ¿cuál era el problema de los estadounidenses en el siglo XXI independientemente de dónde vivan, de su género o de su situación económica?

“Para mí, la respuesta fue el conflicto racial. Siento que a medida que comenzamos a comprender nuestra historia real versus la historia que todos nos enseñaron, estamos en medio de un gran ajuste de cuentas como país. Pero este tema va mucho más allá de lo que se cuenta en los libros de historia. Si eres una persona afroamericana conoces lo sucedido porque te tocó más íntimamente pero si eres un hombre blanco como yo, esa historia está oculta. En todo caso, lo que sí sabes es que está ahí y ya es cosa mía elegir sentir vergüenza y culpa por ignorar esa historia o comenzar a enfrentarla y escucharla. Además, si tengo esta plataforma como narrador, incluso puedo comenzar a contarla”, explicaba Lindelof.

Hace unos días, el asesinato de George Floyd y los disturbios posteriores parece que le dan la razón a Lindelof. Ahora solo falta que haya más gente dispuesta a dar a conocer casos como los de Tulsa.

http://www.agenteprovocador.es/publicaciones/tulsa-1921-la-masacre-racista-de-la-que-nos-enteramos-por-watchmen

China es sacudida por un escándalo de falsificación de oro que garantizaba millones en préstamos

Un mercado que parecía aparentemente inmune a cualquier falsificación era el del oro físico en China, lo cual era extraño teniendo en cuenta que en la última década China se había convertido en el mayor falsificador del mundo de varios metales, principalmente industriales, utilizados para garantizar préstamos bancarios: los conocidos como «colaterales fantasma», y que en los últimos años han servido para garantizar préstamos varias veces (dicho de otro modo: un mismo lingote servía para garantizar varios préstamos).
Todo eso está a punto de cambiar con el descubrimiento de lo que puede ser uno de los mayores escándalos de falsificación de oro en la historia reciente. Y sí, no solo involucra a China, sino que emerge de una ciudad que se ha convertido en sinónimo de todo lo escandaloso sobre China: la ciudad de Wuhan.
Con estos antecedentes, presentamos a los lectores a Wuhan Kingold Jewelry Inc., una compañía que, como su nombre indica, fue fundada y opera dentro y fuera de Wuhan, y que se describe en su sitio web como «Una compañía con un futuro dorado«.
Más de una docena de instituciones financieras chinas, principalmente compañías fiduciarias (es decir, bancos fantasmas) prestaron veinte mil millones de yuanes, equivalente a dos mil ochocientos millones de dólares, en los últimos cinco años, que eran garantizados por Wuhan Kingold Jewelry con oro puro y pólizas de seguro para cubrir cualquier pérdida. Solo había un problema: el «oro» resultó ser cobre chapado en oro.
El oro falso salió a la luz en febrero cuando Dongguan Trust, una sociedad de gestión de activos titulizados, se propuso liquidar la garantía de Kingold para cubrir las deudas incumplidas. Pero para su sorpresa, Dongguan Trust dijo que descubrió que las relucientes barras de oro eran en realidad aleaciones de cobre dorado.

Las 83 toneladas de oro supuestamente puro almacenado en las arcas de los acreedores por Kingold a partir de junio, respaldando los 16 mil millones de yuanes de préstamos, equivaldrían al 22% de la producción anual de oro de China y al 4.2% de la reserva estatal de oro a partir de 2019.

En resumen, más del 4% de las reservas oficiales de oro de China pueden ser falsas, despertando sospechas sobre el resto de productores de oro y de joyas.

Una pandemia de autor tiene nombre propio y el de la actual es Anthony Fauci

Anthony Fauci
Por muchas razones, Anthony Fauci muestra en su persona las características esenciales sin las cuales no se entienden ni la ciencia, ni tampoco las seudociencias, ni las ideologías, ni las supersticiones de la posmodernidad.

Fauci es el asesor científico por antonomasia de la Casa Blanca, un cargo científico que ocupa desde hace 36 años, por lo que no es un partido u otro. Es la ciencia misma institucionalizada y convertida en un poder político por encima de cualquier resultado electoral.

Es el tercer funcionario mejor pagado de toda la burocracia federal. Su salario es unos 400.000 dólares al año. Gana más que el vicepresidente de Estados Unidos o el ministro de justicia (29).

Llegó al cargo con el Sida, otra de esas pandemias que jalonan la posmodernidad que descubrió una disciplina hasta entonces marginal: la inmunología. Fauci es inmunólogo.

Es un autor prolífico de artículos científicos. El motor de búsqueda PubMed recoge casi 300 publicaciones en las que ha participado en las dos últimas décadas, aunque dudamos que realmente los haya escrito. Se los han escrito para que él los firme, lo cual es un toque de distinción para los autores verdaderos, una plataforma de ascenso en el escalafón.

Fauci dirige el NIAID (Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas), otra de las típicas organizaciones burocráticas de Estados Unidos que aúnan lo público a lo privado sin solución de continuidad.

El NIAID dispone de gigantescos recursos presupuestarios: 4.900 millones de dólares en 2017. Tiene una unidad dedicada a la guerra biológica porque en el mundo actual es imposible separar la salud de la guerra. Es imposible decir si el dinero va destinado a curar o a matar.

Casi todos se oponen a que el dinero se destine a los ejércitos, pero ¿quién ha protestado alguna vez por los gigantescos capitales destinados al Sida o al coronavirus? Nadie levanta la voz porque se supone que es un dinero gastado para curar enfermos.

El dinero derrochado por Fauci en la pandemia de Sida jamás superaría una auditoría ni un control de calidad. Desde hace 35 años numerosas empresas han recibido dinero para trabajar en una vacuna destinada al “virus del Sida” que no existe. Ha ocurrido en todos los países del mundo, pero solo en Estados Unidos Fauci ha repartido más de 500.000 millones de dólares.

La administración del dinero le da a Fauci un enorme poder en el mundillo de la investigación médica y científica. Tiene muchos “fieles”, incluso grandes laboratorios a su disposición.

En una reunión celebrada en 2017, el NIAID simuló una pandemia. El mundo tendría una “explosión sorpresa” dentro de “los próximos años”, lo cual es una contradicción: algo que se ensaya previamente no puede sorprender.

En abril volvió a sacar su bola de cristal: “En otoño tendremos otra vez el coronavirus. Estoy seguro de que lo tendremos”, pronosticó Fauci. Pero si en 2003 la epidemia de Sars-Cov1 desapareció completamente, ¿por qué insisten ahora con rebrotes futuros?

Desde el comienzo de la pandemia, Fauci dijo que el coronavirus era incurable. Antes del 22 de mayo, cuando The Lancet publicó el artículo fraudulento de sobre la hidroxicloroquina, Fauci declaró que el uso de dicha sustancia no se había estudiado en relación con el coronavirus, lo cual era mentira. En un estudio publicado en 2005 en la revista Virology Journal aseguró que la cloroquina es un potente inhibidor de la infección por el coronavirus del Sars y de su propagación (1). El Sars es el Sars-CoV1. El Covid-19 también se llama Sars-CoV2 y tiene un genoma que en un 80 por ciento es idéntico al del Sars-CoV1.

15 años antes la cloroquina había sido aprobada por los CDC (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades) de Estados Unidos. Trump se manifestó a su favor  y el 29 de marzo se autorizó la cloroquina en Estados Unidos para 19 pacientes de coronavirus en determinadas condiciones.

Fauci sabía todo eso, mintió y siguió mintiendo después, tras la publicación de The Lancet. “Ahora las pruebas científicas son realmente muy claras sobre la falta de eficacia de esa sustancia” (2), dijo entonces. ¿Se le escapó a Fauci que el artículo se basaba en datos falsos?

Si la cloroquina estaba aprobada, ¿por qué Fauci no recomendó tratar a los enfermos con ella? Porque en plena histeria introducir un remedio no sujeto a ninguna patente cerraría el mercado a las futuras pócimas de la industria farmacéutica: primero el remdesivir de Gilead y algún día la ansiada vacuna.

Desde un cargo público y en nombre de la ciencia, Fauci dirige una red de grandes empresas farmacéuticas y médicas con intereses repartidos por todo el mundo. Necesitan pandemias como ésta, más enfermedades y más enfermos.

(1) https://virologyj.biomedcentral.com/articles/10.1186/1743-422X-2-69

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