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Día: 1 de abril de 2020 (página 1 de 1)

Un Presidente altamente contagioso: Franklin Delano Roosvelt

En la foto, tomada en Yalta, en el último año de la Segunda Guerra Mundial, Roosvelt, Churchill y Stalin posan sentados. Desde que Roosvelt quedó paralizado por la polio en 1921, sólo hay dos fotos suyas en silla de ruedas. Nunca consintió posar de otra manera e hizo todo lo posible por disimular su parálisis.Los políticos burgueses son forma sin contenido. No son ellos mismos sino su imagen pública, de cara al exterior, pendientes a cada minuto de la pose y de ser recordados para la posterioridad de una cierta manera. En público Roosevelt caminaba con un bastón o sostenido por unas tablillas ortopédicas; en privado, se movía en una silla de ruedas.

Hay un libro de Hugh Gregory Gallagher que detalla los esfuerzos de Roosevelt por aparentar en público que podía caminar con normalidad (1).

El Presidente tenía polio, una enfermedad que la OMS y los manuales de medicina aseguran que es “muy infecciosa” (2). La Wikipedia dice que es “altamente infecciosa” (3). Entonces, ¿cómo consintieron que un político como Roosvelt participara en numerosos actos públicos?, ¿cómo no le impusieron una cuarentena?, ¿cómo es posible que participara en reuniones al más alto nivel como la de Yalta?, ¿Churchill y Stalin no sabían que su colega tenía polio?, ¿no tenían miedo al contagio?, ¿se vacunaron?, ¿o la polio no es contagiosa como quieren hacer creer?

Roosevelt quedó paralizado por la polio en 1921. Los historiadores dicen que se inició en ambas piernas y luego le llegó a alcanzar el pecho. No era un niño; tenía 39 años, por lo que la imagen de la polio asociada a la infancia es un poco extraña.

El médico que diagnosticó a Roosvelt fue Robert Lovett, una eminencia en materia de polio que no supo explicar quién fue el “paciente cero”, ni de dónde provino el contagio del futuro Presidente, si es que lo hubo.

Roosvelt nunca fue sometido a cuarentena. La parálisis no le impidió convertirse en gobernador del Estado de Nueva York en 1928 y ser el único presidente de Estados Unidos elegido cuatro veces, ejerciendo su cargo de 1933 a 1945, es decir, en una época crucial del siglo pasado que va de la Gran Depresión de 1929 a la guerra mundial.

Da la impresión de que nadie le contagió y él tampoco contagió a nadie, lo que es bastante extraño en una enfermedad tan contagiosa. Pero en el mundo de los contagios nadie hace preguntas, nadie obtiene respuestas y nadie se atreve con insinuaciones. Todo queda en el aire.

Como cualquier enfermo, Roosvelt intentó toda clase de curaciones, tanto los remedios convencionales como los más alternativos. En 1926 compró una propiedad en Warm Springs, Georgia, donde fundó un centro de hidroterapia para poliomielíticos, el Instituto Roosevelt de Warm Springs para la Rehabilitación, que sigue funcionando hoy en día (a pesar de que la enfermedad ha sido erradicada, o casi, o al menos eso aseguran los manuales).

Roosvelt no murió de polio sino de una hemorragia cerebral, pero si su fallecimiento hubiera ocurrido hoy, los médicos dirían que la causa fue el poliovirus, que sólo mata a ratos, o más bien nunca. No hay más que leer la rocambolesca historia que cuenta la Wikipedia: aunque los polivirus ya se detectaron hace miles de años, “no hay evidencias de poliomelitis [sic] en poblaciones humanas hasta hace 200 años donde aparentemente el virus se extendió mundialmente” (3).

¿Que ocurrió en el mundo para que cambiara drásticamente una situación sanitaria que se había mantenido durante miles de años (en realidad desde siempre) sin ninguna clase de complicaciones? La respuesta es el desarrollo del capitalismo y sus secuelas: hambre, trabajo extenuante, vivienda insalubre, contaminación, suciedad, urbanización inexistente, ratas, falta de agua potable…

En 1907 y 1916 se desataron sendas “epidemias de polio” en Nueva York, donde impusieron la cuarentena, la policía se adueñó de las calles y a la población le metieron en el cuerpo mucha más histeria que virus. “Prohibido a todos los niños el acceso al cine a causa de la guerra contra la parálisis”, decía un titular del New York Times del 4 de julio de 1916. Se movilizaron todos los recursos imaginables, excepto uno: el de saciar el hambre en los barrios más pobres de la ciudad.

El poliovirus tapa las lacras del capitalismo y van pasando décadas y seguimos igual. No importa que la doctrina fracase. Como el poliovirus no explica nada, algunos expertos siguen buscando otras cortinas de humo, de tal manera que han convertido la enfermedad de Roosvelt en el cuento de nunca acabar (4).

En 2003 el doctor Armond S. Goldman, de la Universidad de Texas, dijo que el diagnóstico de Roosvelt había sido erróneo (5). Los mejores especialistas de la época se habían equivocado al tratarle. No tenía polio sino el Síndrome de Guillain-Barré, que es como desvestir a un santo para vestir a otro.

Lo mismo que sus predecesores, Goldman se puede pasar la vida publicando artículos parecidos para inflar su curriculum académico. Es otro chiste. Los restos de Roosvelt no han sido exhumados, nunca fue objeto de ningún examen de laboratorio y casi todos los registros médicos, que estaban guardados en una caja de seguridad en el Centro Médico Militar Walter Reed, desaparecieron poco después de su muerte. Se supone que fueron destruidos por su médico personal, el almirante Ross McIntire.

Desde hace un siglo, la historia de la polio y demás enfermedades calificadas como “contagiosas” es la de un ridículo espantoso detrás de otro. En Nueva York llegaron a matar a 3.700 perros y gatos en un solo día en 1916, creyendo que eran el foco de la enfermedad.

En los años cincuenta llevaban a cabo fumigaciones masivas con DDT, una sustancia altamente tóxica, en las ciudades de Estados Unidos para combatir la polio, creyendo que el foco infeccioso se había trasladado de los perros y gatos a… los mosquitos.

Las cuarentenas son para los demás. En Estados Unidos aislaron a una ciudad entera del tamaño de Nueva York y no lo hicieron con una única persona: Roosvelt. Que nos lo expliquen.

(1) http://shatnerstoupee.blogspot.fr/2012_06_01_archive.html
(2) https://www.who.int/topics/poliomyelitis/virus-vaccines/es/
(3) https://es.wikipedia.org/wiki/Poliovirus
(4) http://io9.com/5958933/franklin-delano-roosevelt-probably-didnt-have-polio-after-all
(5) https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/14562158

Más información:
– Contagio: la oscura historia de las enfermedades mediáticas

Ucrania subasta sus tierras a cambio de las limosnas del FMI

El lunes por la noche se celebró una fantasmagórica sesión de la Rada ucraniana, el Parlamento, en plena vigencia de la ley marcial, con la población confinada en sus casas y los diputados enmascarados por miedo al contagio.

Otros portaban incluso trajes protectores, una especie de escafandras de buceo, para darle al “show” un aire mucho más surrealista aún.

Era el mejor momento para aprobar dos leyes a las que se opone la inmensa mayoría del país y que no dará lugar a ninguna protesta callejera porque, si alguna vez se levanta la ley marcial, ya nadie se acordará de nada de lo ocurrido.

Unos 35 diputados excusaron su asistencia: “no vamos por miedo al contagio”. Se trata de defensores del Presidente Zelensky que, al mismo tiempo, son seguidores del oligarca Kolomoiski, que fue quien aprobó la ley anterior que impedía la venta de tierras. Kolomoisky financió la llegada a la Presidencia de Zelensky, que ahora deshace lo que él otro hizo antes.

Como consecuencia de ello, Zelensky no tenía la mayoría parlamentaria suficiente para aprobar la reforma legislativa, por lo que se alió con Poroshenko para que le prestara los votos, a cambio de dar el carpetazo a los procesos que la fiscalía tiene abiertos contra él por corrupción, blanqueo de capitales y demás.

No es ninguna novedad afirmar que Ucrania está en bancarrota y que la pandemia ha acabado de darle la puntilla al moribundo. Para tapar los agujeros, 10.000 millones de dólares, el FMI exigía la aprobación de dos leyes sobre la venta de tierras.

Quien vende la tierra, vende el país; es el precio a pagar para arrodillarse ante el capital financiero internacional que, como ven, es quien pone y quita las leyes de todos los gobiernos mendicantes del mundo.

Esta larga historia se puede resumir así: Kolomoiski era dueño de un banco, PrivatBank, que fue nacionalizado y para evitar que volviera a su poder, se aprobó una ley que lo impedía.

Al mismo tiempo otra ley había congelado temporalmente la venta de tierras agrícolas. Hasta ahora el límite de superficie que puede tener un solo individuo era de 100 hectáreas. A partir de 2024 las empresas podrán comprar tierras agrícolas y el límite será entonces de 10.000 hectáreas.

Entonces los bancos podrán conceder créditos con la garantía hispotecaria de esos terrenos.

Ucrania no sólo tiene las tierras más fértiles de Europa (“chernozem”), sino las más baratas porque así lo ha impuesto la legislación anterior. A partir de ahora los especuladores se van a forrar comprando tierras a precio de saldo para venderlas luego a precio de oro.

El FMI quería que ambas leyes fueran derogadas y se ha salido con la suya por el módico precio de 10.000 millones de dólares que volverán a sus arcas con intereses, si es que alguna vez Ucrania logra devolver el préstamo.

No hay ninguna pandemia: no hay un número extraordinario de muertes por coronavirus

“No da tiempo a enterrar cada día a todos los muertos que hay en Madrid”, dijo el 28 de marzo el alcalde Almeida (1), un personaje execrable desde cualquier punto de vista que se le mire. Es terrible. El Estado burgués no se preocupa de los sanos, abandona a los enfermos y no es capaz de enterrar a los muertos. Ha llegado el momento, pues, de poner nuestras esperanzas en otro sitio. Ahora bien, como no podía ser de otra manera, la frase inducía a pensar que en Madrid hay ahora muchos más muertos que antes de la pandemia, lo que por sí mismo confirma su existencia. ¿No han visto Ustedes en Bérgamo a los camiones militares italianos repletos de cadáveres? Nunca se había visto nada parecido. ¿No han habilitado la Casa de Cristal en Madrid para almacenar cadáveres?, ¿han visto esas filas de ataúdes, uno detrás de otro?, ¿no tienen ojos en la cara o qué les pasa?

El 11 de setiembre de 2001 también vimos con nuestros propios ojos a los aviones estrellarse contra las Torres Gemelas en Nueva York después de haber sido secuestrados por unos terroristas enviados por Bin Laden. Por eso nos ha llamado la atención un artículo del doctor John Lee afirmando que “la televisión no es ciencia”. No sólo vemos con los ojos sino con nuestra cabeza, por lo que además de ver la tele, hay que reflexionar un poco.

Lee es profesor de patología y asesor del sistema de sanitario británico y ha escrito un artículo (2) afirmando que no hay ningún exceso de muertes por coronavirus en ningún país del mundo. Para hablar de pandemia no basta decir que muchas personas están muriendo, sino que están muriendo más de las que cabría esperar si no la hubiera, es decir, que la tasa de mortalidad es mayor que en años anteriores.

No está ocurriendo eso. A escala mundial, cabría esperar la muerte de 14 millones de personas en los tres primeros meses de este año y han muerto 18.944 por coronavirus: el 0,14 por ciento del total. En Gran Bretaña esperaban 51.000 muertos para este mes y se imputan al coronavirus 422 fallecimientos: el 0,8 por ciento del total previsto.

No cabe duda de que esas cifras aumentarán en el futuro pero, como bien dice Lee, en ningún caso justifican la imposición del terrorismo de Estado en todo el mundo. Al menos hasta este momento, y mucho tendrá que aumentar el número de muertos para respaldar el salvajismo desatado con el pretexto sanitario.

De momento no parece que el escenario vaya a ser apocalíptico. La tasa de mortalidad en Gran Bretaña es del 5 por ciento, un porcentaje que es pura ficción porque han cambiado por decreto tanto la manera de hacer las pruebas como el registro de fallecimientos.

La primera cuestión ya la hemos expuesto en otras entradas anteriores y es algo admitido oficialmente en varios países. En cuando a la segunda, dice Lee, la burocracia sanitaria también ha cambiado la lista de enfermedades de declaración obligatoria. Antes, cuando una persona moría de una infección respiratoria, la causa específica de la infección no se registraba en Gran Bretaña. La causa del fallecimiento se consignaba como cáncer, por ejemplo.

Ahora el coronavirus, a diferencia de la gripe, está en el listado de enfermedades de declaración obligatoria y los médicos atribuyen al virus las muertes policausales en las que está presente. El enfermo no ha muerto con coronavirus sino a causa del coronavirus y así las cifras de fallecidos se inflan.

A nadie le cabe ninguna duda de que la muerte es un fenómeno “natural”. Lo que a muchos se les pasa por alto es que, además, es un fenómeno sanitario: el médico debe extender un certificado de defunción en el que consta la causa de la muerte. El certificado cambia según la política sanitaria, los reglamentos y las órdenes que dictan los gobiernos y que los médicos están obligados a seguir. El certificado se lleva al registro civil, otro organismo burocrático en el que se basan las estadísticas. Finalmente está la OMS que, a golpe de presiones y reuniones, convierte a una enfermedad en una pandemia, y cambia los criterios para meter o quitar a una enfermedad de la lista negra.

Antiguamente la OMS tenía un sistema de alertas con seis fases, de las cuales la última, la sexta, correspondía a una pandemia. Así ocurrió en 2009 con la gripe A/H1N1. Ahora ya no es así.

Una pandemia tampoco es sólo un fenómeno de la naturaleza sino de la sociedad. Es una decisión política que, como cualquier otra, puede ser correcta o no. En el caso del coronavirus no lo es, entre otras razones porque hay muchos más “contagiados” y muchos más muertos por otras enfermedades y la OMS no ha lanzado ninguna alarma.

(1) https://www.elespanol.com/espana/politica/20200328/almeida-no-tiempo-enterrar-dia-muertos-madrid/477953673_0.html
(2) https://www.spectator.co.uk/article/The-evidence-on-Covid-19-is-not-as-clear-as-we-think

Más información:
– La tasa europea de mortalidad ha descendido respecto a los tres años anteriores ¡en plena pandemia!

¿Se arroja Irán en los brazos del imperialismo?

Irán ha pedido un préstamo de emergencia al FMI de 5.000 millones de dólares. En sí misma, la petición ya demuestra que Teherán atraviesa serias dificultades, mucho mayores de lo que parece y que no todas son consecuencia del bloqueo imperialista.

La solicitud es aún más significativa teniendo en cuenta que es la primera vez que ocurre desde la revolución de 1979.

El gobierno no se ha dirigido previamente a sus aliados estratégicos, China y Rusia, sino que ha quedado a expensas de lo que decida Estados Unidos, que es quien abre el grifo del FMI. Si los Brics habian fallecido tiempo atrás, parece que ahora llega el momento de firmar el acta de defunción.

¿No se ha dirigido Irán a sus socios pidiendo ayuda?, ¿se ha dirigido pero no se la han aconcedido?, ¿Pekín ha cerrado el grifo porque tiene su propia crisis?, ¿se acabaron también los faraónicos proyecto de la Ruta de la Seda?

El golpe más duro contra Irán se lo ha dado India, uno de sus más importantes socios comerciales, que claudicó ante Estados Unidos sumándose al bloqueo y buscando proveedores de petróleo en otros lugares.

Podríamos añadir que la pandemia ha hecho el resto, pero no sería exacto: no ha sido la pandemia sino la política sanitaria con la que el gobierno de Teherán ha querido hacer frente a ella.

Irán padece una serie de crisis en cascada porque una mala respuesta ante un problema genera un segundo problema sin haber resuelto el anterior. La petición al FMI está en esa línea de creer que pueden salir del atasco con dinero fresco y no rectificando las políticas que les han llevado hasta el borde del colapso.

¿Cuál es el precio a pagar?, ¿qué condiciones impondrá Estados Unidos para conceder el préstamo?, ¿qué a pasar en Siria?, ¿qué va a pasar en Afganistán?, ¿qué tiene que decir Israel?

Demasiadas preguntas y ninguna respuesta, así que máxima atención a los siguientes movimientos de piezas en Oriente Medio.

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