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Día: 11 de marzo de 2020 (página 1 de 1)

Una guerra del petróleo a tres bandas

El hundimiento de los precios del petróleo el lunes no es consecuencia de una “guerra” de Rusia con Arabia saudí sino de una guerra (otra más) de Rusia con Estados Unidos.

Rusia y Arabia saudí explotan yacimientos petrolíferos convencionales, mientras Estados Unidos explota (o trata de hacerlo) petróleo de esquisto.

El esquisto ha cambiado el mercado mundial y, en consecuencia, la correlación de fuerzas, o al menos eso es lo que pretende Estados Unidos. A causa de ello, se han opuesto al tendido del gasoducto Nord Stream 2, al coste de enfrentarse también a Alemania.

Estados Unidos quiere aumentar su cuota de mercado y, en parte, lo ha logrado a costa de Arabia saudí, los demás países miembros de la OPEP y Rusia.

La extracción de petróleo de esquisto disminuye mucho más rápidamente que en los yacimientos convencionales. En una planta de esquisto la producción disminuye en un 70 por ciento después de un año y un 85 por ciento en tres años, mientras que en un pozo convencional las reservas se reducen un 5 por ciento cada año.

Como consecuencia de ello, el coste del esquisto es más elevado que el convencional, por lo que no es una inversión a largo plazo.

Para ser rentable, el petróleo de esquisto debe venderse a más de 60 dólares el barril. A principios de este año la rentabilidad ya era limitada, pero con la caída del precio casi a la mitad en tres meses, la rentabilidad ha desaparecido.

A ese nivel, el esquisto causa pérdidas. Los planes de Estados Unidos han fracasado y la OPEP (Arabia saudí) y Rusia vuelven a recuperar el control del mercado.

Es sólo la mitad de la historia, porque la OPEP (Arabia saudí) y Rusia también pierden dinero.

Ahora bien, hay tres factores más a tener en cuenta. El primero es que Arabia saudí pierde más dinero que Rusia porque sus yacimientos son menos rentables. El segundo es que Rusia tiene el respaldo de China, su mejor cliente. El tercero es que Rusia ha preparado un fondo gigantesco de reservas para aguantar el déficit durante al menos ocho años. La pregunta es si Arabia saudí puede aguantar durante ocho meses.

Por un lado, esa situación explica la purga interna que han emprendido los sátrapas de la Casa Real saudí.

Por el otro, si Estados Unidos no aguanta y Arabia saudí tampoco, ¿cómo es posible que Irán aguante una sacudida mucho más fuerte y más prolongada en el tiempo? También parece evidente que si Irán ha aguantado, Rusia también lo puede lograr porque está en condiciones mucho más favorables.

En otros tiempos un barril de petróleo a mitad de precio sería una noticia excelente, la oportunidad para relanzar una economía moribunda. Sin embargo, no es así por un motivo: porque, a diferencia de Rusia, los monopolios de Estados Unidos están endeudados hasta las cejas y en su caída van a arrastrar a los bancos.

Contagio: ‘A medida que se expande el miedo, se expande la sumisión’

En plena paranoia por el coronavirus, a Movistar se le ocurrió reprogramar la película “Contagio”, producida en 2012, muy pocos meses después de otra “gran crisis” epidemiológica: la del virus H1N1, del que ya nadie se acuerda.

No hay más que encender el ordenador o la televisión para darse cuenta de que en el mundo actual se está haciendo imposible discernir la realidad de la ficción, así que quien siga estas líneas no sabrá si hablamos de una película de Hollywood o de ese virus de rabiosa actualidad que asola a la humanidad ahora mismito.

Desde hace unos días lo han rebautizado Covid-19 porque es un nombre que mete más miedo que “coronavirus”, un término que se parece demasiado a una marca de cerveza o a “corinavirus”, que es otro microbio de rabiosa actualidad que alcanza a la Casa Real. Los “expertos de bata blanca” tienen que lograr por todos los medios que no seamos capaces de entender absolutamente nada

Empecemos por ahí: en realidad, nosotros no necesitamos saber nada; debemos limitarnos a obedecer las órdenes de los que saben, de los entendidos, los expertos y la autoridad establecida. Ese es el mensaje final de la película, de la televisión y de las tertulias: Usted se calla la boca, no haga preguntas y siga las instrucciones que le dicten. Es por su bien.

En la Guerra Fría las escuelas de Estados Unidos enseñaban a los niños lo que debían hacer en cuanto los malvados comunistas empezaran a lanzar bombas nucleares sobre sus cabezas: debían agacharse bajo el pupitre para evitar que el techo del aula les cayera encima. Por su propio bien.

Los médicos, los microbiólogos y la OMS también se esfuerzan por preservar la salud de la humanidad y por eso aconsejan lo que todos debemos hacer. Desinteresadamente. En nombre de la “ciencia” y por nuestro propio bien.

Ustedes deben entender que vivimos en un mundo lleno de peligros y que cuando no es el cambio climático, es una plaga. Todo lo demás (la crisis económica, la precariedad, los desahucios) es consecuencia de esas catástrofes “naturales”.

Las escuelas, las películas y las televisiones nos enseñan en quién debemos confiar y en quién debemos desconfiar (porque propagan noticias falsas, porque no son expertos, porque no tienen titulación académica).

Los expertos y la autoridad son una y la misma cosa o, por lo menos, funcionan de manera sincronizada. Hoy ningún gobierno del mundo haría nada que no tuviera un respaldo “científico”. Da lo mismo que gobierne un partido u otro; todos harían lo mismo: lo que digan los “expertos”. Por eso, en la película se acaba imponiendo la ley marcial, o sea, que los militares le dan una patada a los políticos y la Casa Blanca la okupa una bicefalia de expertos y militares.

El papel de ambos (militares y médicos) es el mismo: lo que quieren es salvar a los seres humanos de una muerte segura. Si los militares no matan, los médicos tampoco. ¿Qué se habían creído? Por lo tanto, para frenar una epidemia son necesarias ambas cosas: una vacuna y, además, la ley marcial, porque es posible que las masas desconfíen de la primera (el médico) y haya que recurrir a la segunda (la bayoneta).

Las vacunas las suministran por el bien de todos, pero siempre hay gente egoísta que sólo mira por sí misma. ¿No se dan cuenta de que pueden contagiar a los demás, al mundo entero?

Además del miedo, el cine catastrofista tiene por objeto acostumbrar a millones de personas del mundo entero al sufrimiento y la angustia. Ustedes creen que viven una vida cómoda al abrigo de toda clase de peligros, pero se equivocan. Vivimos en un planeta lleno de riesgos.

En 2009, tras meses de noticias aterradoras, cuando el pánico se calmó, acusaron a la OMS de alarmismo y, sobre todo, de estar manejada por la farmafia, las grandes multinacionales farmacéuticas. El escándalo salpicó a los CDC (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades contagiosas) de Estados Unidos, que fue uno de los organismos que financió la película.

Los CDC son quienes imponen al mundo el canon en materia epidemiológica y, a pesar de su nombre, fueron creados por… la Marina de Guerra de Estados Unidos. Sus médicos tienen graduación militar: son capitanes de corbeta, almirantes, contramaestres… Son el mejor ejemplo de que no hay mucha diferencia entre unos (curanderos) y otros (chusqueros).

Sí señores. Como bien dice el lema de la película “Nothing spreads like fear“ (Nada se expande más que el miedo). Es algo de lo que se encargan, al alimón, los “expertos”, las autoridades y los periodistas. Nuestro lema es un poco diferente: “A medida que se expande el miedo, se expande la sumisión”.

Cuando se acabe la crisis del Covid-19 (o como se llame) y respiremos aliviados, la crisis capitalista nos parecerá mucho más llevadera. Nos habrán despedido de nuestro trabajo pero, al menos, gozaremos de buena salud (o eso creeremos).

Más información:
– Contagio: la búsqueda del ‘foco infeccioso’ no conduce a ninguna parte
 

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