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Día: 6 de febrero de 2020 (página 1 de 1)

Yahvé es el padre, Israel es el hijo y Auschwitz el Espíritu Santo

Judíos ortodoxos empuñan la bandera palestina
En 1981 las calles de Líbano se vieron sacudidas por una ola de ataques terroristas de falsa bandera. El patrocinador de las mismas era Ariel Sharon, el ministro de Defensa israelí, que ordenó explotar coches bomba en los barrios palestinos de Beirut y otras ciudades libanesas.

Muchísimos civiles murieron. En octubre un único ataque causó 400 víctimas y sólo en diciembre se produjeron 18 explosiones. Una organización libanesa fantasma reivindicó aquellos atentados, cuyo objetivo era provocar a la OLP para que tomara represalias contra Israel, lo que serviría para justificar la invasión militar del país vecino.

La OLP no cayó en la trampa, por lo que Israel planificó un gigantesco ataque en el estadio de Beirut con ocasión de la ceremonia política del 1 de enero, con toneladas de explosivos, con la idea de causar muerte y destrucción a una escala sin precedentes, incluso para el Líbano.

Aquella ola culminó el 16 de septiembre de 1982 en la matanza de los campos de refugiados Sabra y Chatila, en la periferia de Beirut. Se prolongó durante unas 30 horas. Algunos recuentos empiezan por estimar en 460 el número de palestinos muertos, en su mayor parte niños y ancianos; otros llegan hasta los 6.000. Además hubo torturados, violados y despedazados.

Tras ser arrojados de su tierra en 1948, los palestinos han sido perseguidos y exterminados hasta el día de hoy por los sionistas, pero nadie habla de ello. Nadie utiliza las palabras “genocidio” u “holocausto” que quedan reservadas para los judíos.

“Holocausto” es un término que alude a un sacrificio ritual de animales encima de un altar. El animal se mata y después se come.

“Voy a borrar de la faz de la tierra a todos los hombres que he creado porque me arrepiento de haberlo hecho”, dice Yahvé en el Génesis (6:7). Para ello provocó un diluvio, aunque luego se arrepintió de la matanza que había cometido y, para calmar su ira, Noé cometió el primer “holocausto” que registra la historia.

Tras el “holocausto”, el dulce olor de la carne quemada tranquilizó a Yahvé, quien prometió no volver a cometer más masacres de seres humanos (Génesis 8:21).

Los sionistas eligieron un término religioso, como “holocausto”, para referirse a las víctimas del fascismo en la Segunda Guerra Mundial porque en Israel los asuntos importantes se denominan así. La matanza no es más que un símbolo y, aunque el significado es sagrado, no es el que se imaginan: Yahvé quedó complacido por ella porque abría el camino a la Tierra Prometida, el Reino de Dios en la tierra, o sea, el Estado de Israel.

Yahvé es el padre, Israel es el hijo y Auschwitz es el Espíritu Santo, escribió Abraham Herschel (1), uno de los principales rabinos del siglo pasado. No hay peor antisionista que un judío. Si los fiscales españoles leyeran un poco, por ejemplo, lo que escriben los judíos contra Israel, los meterían a todos a la cárcel por “delito de odio” contra sí mismos. Es una bendición que sean tan ignorantes.

En 1977 Moshe Shonfeld, otro rabino ferozmente crítico, escribió que los sionistas necesitaban el “holocausto” para crear el Estado de Israel. Necesitaban víctimas, sangre, que es “el lubricante que engrasa las ruedas del Estado nacional judío” (2).

Israel es un Estado vampírico. Nace de la sangre, vive de la sangre y nunca se sacia de sangre (tanto si les gusta a los fiscales españoles, como si no).

(1) Israel, An Echo of Eternity, https://books.google.com/books/about/Israel.html?id=4skRAQAAIAAJ
(2) The Holocaust Victims Accuse, https://www.truetorahjews.org/images/holocaustvictims.pdf

La noticia de hoy es que el niño ha mordido al perro

La elección de unas u otras palabras para designar la realidad no es neutral, ni tampoco inocente. No es lo mismo decir enfermedad, que infección, que contagio, que epidemia o que pandemia.

No es lo mismo que intervenga la OMS o que no.

No es lo mismo buscar una enfermedad en Londres que en Wuhan.

No es lo mismo despachar el asunto con un par de reportajes, o tres, que encargar a los periodistas de la redacción que pasen la mañana buscando truculencias para rellenar un titular sensacionalista.

Llegan muchos más lectores si localizamos debajo de las piedras a un “especialista” cretino capaz de decir lo que el redactor jefe quiere escuchar: algo que desate todas las alarmas.

Si un medio define a esta “gran catástofe mundial” como una neumonía corriente y moliente se queda fuera de juego.

Si sugiere que la intoxicación sobre el coronavirus está en la línea de
la revuelta de Hong Kong, los campos de concentración para musulmanes de
Xinjian o las negociaciaciones arancelarias con Trump, da muestras
de ser un conspiranoico.

Si apunta que los casos detectados fuera de Wuhan se pueden contar con los dedos de una mano, el globo se desinfla. Sería considerado como propaganda china. El gobierno de Pekín siempre miente y está empeñado en reducir la magnitud de la tragedia. Los medios deben hacer lo contrario: inflarla.

Más que insignificantes, las cifras son ridículas: en todo el mundo hay unos 28.000 afectados por el coronavirus y han muerto unos 560 enfermos.

Por primera vez fuera de China, en febrero murió una persona en Filipinas.

Lo único viral en este ataque de histeria es el número de artículos publicados por los medios de comunicación que, sin embargo, han calado. La gente compra mascarillas, que se han agotado en las farmacias y su precio se ha disparado.

En 2015 en todo el mundo 920.000 niños menores de 5 años murieron de neumonía, pero ningun medio publicó nada; absolutamente nada.

En España el número de muertos por gripe apenas llega a los 1.000 cada año, según el Instituto Nacional de Estadística, casi todos ellos ancianos mayores de 65 años con otras dolencias.

El coronavirus es aún más insignificante, a pesar de lo cual la alarma ha ido mucho más allá de los medios. Han cerrado escuelas, han cancelado viajes, han bloqueado fronteras, han suspendido reuniones internacionales, han abierto centros de investigación, han aumentado los presupuestos dedicados a la “lucha” contra el coronavirus, el aeropuerto de Pekín está vacío…

¿La causa de este desastre mundial? Los chinos son unos asquerosos: comen murciélagos y serpientes, dicen los medios más ridículos, como la CNN, ElDiario.es, Clarín, Infobae… No se cortan ni un pelo.

Primero fue la gripe “española”, luego el VIH (el virus del SIDA), luego el SARS, luego la gripe porcina, luego el Ébola… ¿Cuál será el siguiente virus que acabará con la humanidad?, ¿cuándo se acabarán las campañas histéricas?

Como los demás, el gobierno ruso se ha lanzado en cuerpo y alma a la tontería coronaria, aunque el primer canal de la televisión pública ha emitido (por la noche) una serie de reportajes para desinflar la histeria.

Una de sus informaciones es muy sorprendente: un juego de rol para conspiranoicos. En octubre del año pasado, dos meses antes de la histeria, se organizó en Nueva York un juego de rol sobre la lucha contra una epidemia mundial de coronavirus. Entre los participantes figuraban representantes de la ONU, las empresas multinacionales, la industria farmacéutica, el Banco Mundial, el gobierno de Washington y otros figurines del tablero mundial.

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