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Día: 20 de octubre de 2019 (página 1 de 1)

En Santiago de Chile el ejército vuelve a patrullar las calles como en los sangrientos tiempos de Pinochet

En Santiago de Chile no se veía al ejército patrullando las calles desde que en 1990 acabó la sangrienta dictadura de Pinochet.

No obstante, a pesar del toque de queda impuesto por el ejército tras el segundo día de protestas en la capital, miles de personas siguieron recorriendo las calles de varias ciudades del país. Los enfrentamientos entre los manifestantes y la policía volvieron a estallar en Santiago.

En la batalla campal de la capital murieron tres personas el sábado por la noche en un incendio en un supermercado: dos fueron quemadas y la tercera fue llevada a un hospital donde falleció poco después.

A pesar del toque de queda, miles de personas salieron a las calles de varias ciudades del país. En Santiago, entre otros lugares, se produjeron enfrentamientos entre manifestantes y policías. Varios coches y autobuses fueron quemados en el centro de la ciudad, así como varios edificios.

El viernes por la noche, el presidente chileno Sebastián Piñera declaró el estado de emergencia de 15 días en Santiago y le entregó a un general del ejército la responsabilidad de garantizar la seguridad después de un primer día de violencia y enfrentamientos como resultado de las protestas contra el aumento de los precios de los billetes de metro de 800 a 830 pesos (1,04 euros) durante las horas pico, después de un primer aumento de 20 pesos en enero pasado.

Luego el presidente retrocedió: el sábado anunció la suspensión del aumento: «Quiero anunciar hoy que suspenderemos el aumento de las tarifas del metro», dijo, poco antes de que el general designado para garantizar la seguridad de la capital anunciara un toque de queda total en Santiago para tratar de impedir las protestas.

Pero este anuncio no calmó la ira popular que rugía. En Santiago, frente a los soldados desplegados en la Plaza de Italia, los manifestantes levantaron fotos de personas que habían desaparecido durante la dictadura militar (1973-1990), lo que resultó en más de 3.200 muertos o desaparecidos.

Con consignas como «Cansados de los abusos» o «Chile ha despertado», difundidas en las redes sociales, el país se enfrenta a su peor crisis social en décadas.

La multinacional Nestlé confiesa que hace trabajar a los obreros en condiciones de esclavitud en Tailandia

La multinacional Nestlé está acorralada. En Tailandia confiesa que hace trabajar a los obreros en condiciones de esclavitud, mientras que en Costa de Marfil la acusan de explotación infantil.

La esclavitud se da -sobre todo- en la industria pesquera. La propia multinacional denunció los hechos tras una investigación interna y muchas personas saludaron la honestidad de Nestlé, pero no se conocen todos los detalles sobre la cadena de suministro de estos productos.

Nestlé ha anunciado que quiere iniciar una nueva era para la empresa y de mayor control sobre su cadena de suministro. Por eso llevó a cabo una investigación un año antes de anunciar sus resultados.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce ya que iniciaron la investigación con retraso. Para entonces ya se habían publicado muchas acusaciones y denuncias. Es muy conocido que Tailandia es el tercer mayor exportador de productos marinos y que la industria pesquera tailandesa es pródiga en tráfico de seres humanos.

Nestlé también lo sabía de antemano, sin necesidad de investigar nada.

El producto afectado de Nestlé es, en particular, “Fancy Feast”, un alimento para gatos. La multinacional suiza señaló que ninguna de las marcas que operan en Tailandia son inmunes a este problema.

No hay ni buena fe ni ignorancia en una multinacional que, además, está involucrada en muchos otros escándalos, como la explotación del trabajo infantil en Costa de Marfil.

Pero, ¿en qué mundo vivimos?

Nadie se esperaba el levantamiento que durante una semana ha puesto en pie a Catalunya.

Nadie se esperaba el levantamiento que durante diez días puso de rodillas al gobierno de Ecuador.

Nadie se esperaba que la subida de los billetes del metro en Santiago de Chile pusiera a todo un país en estado de guerra.

¿Por qué nos quedamos sorprendidos con ese tipo de luchas populares? Es muy sencillo de entender: porque la burguesía nos ha inculcado hasta la médula su desprecio por los obreros, por el pueblo, por las masas explotadas y humilladas.

No creemos en el coraje revolucionario de la clase obrera; creemos que están dormidos y que, a causa de ello, ningún cambio es posible.

Pero no nos engañemos: en quien no creemos es en nosotros mismos. Si, es verdad, que nos gustaría que la situación cambiara, pero que la cambien los demás, y como los demás no quieren cambiarla, entonces tiramos la toalla y nos quedamos en nuestra casa (si es que aún conservamos nuestra casa).

Nuestras ganas de cambiar las cosas tiene un tope: ir a votar cada cuatro años al último cretino con un piquito de oro que nos prometa algo (cualquier cosa), o sea, volver a engañarnos a nosotros mismos por enésima vez.

Luego vienen los desengaños, y el peor de ellos es que esas masas que creíamos adormecidas se levantan, luchan y se enfrentan a los robots del (des)orden público.

Es una auténtica faena porque entonces caemos en la cuenta de que quienes estaban narcotizados no eran los demás sino nosotros, empezando por uno mismo. Los insultos que siempre lanzamos contra los demás debemos, pues, reservarlos para nosotros mismos. Debemos ponernos delante de espejo y decirnos: sí, es verdad, el único atontado soy yo.

Los acontecimientos sólo nos sorprenden por un motivo: porque no sabemos en dónde vivimos o, por mejor decirlo, porque creemos que vivimos en otro lugar, o en otra época, o en otro mundo, o bajo otras circunstancias.

No sólo los creyentes hacen actos de fe, es decir, creen en entes que no existen, en milagros o en la vida eterna. Otros creen que el capitalismo les dará trabajo o que España es un país democrático (burgués pero demócratico al fin y a la postre).

El mundo cambiará cuando dejemos de ser creyentes.

Dejaremos de ser creyentes cuando la realidad nos de una bofetada en pleno rostro, cuando el capital nos eche de nuestra casa después de habernos echado de nuestro trabajo y cuando el juez nos meta en la cárcel porque lo que creíamos que era un derecho, era el peor de los delitos que podíamos cometer.

Ya lo decía el poema de Brecht: cuando estemos amarrados en una celda no nos podremos mover. Nos debemos mover mientras podamos evitarlo.

‘Disculpe, señora, estoy de bronca, ¿quiere apartarse?’

Bianchi

Las huelgas son un buen termómetro de la lucha de clases, indican y denotan la temperatura de las clases trabajadoras, incluso cuando son rechazadas como huelgas-farsa cuando son convocadas por sindicatos reformistas vendeobreros.

Dicho esto, cuando de cortes de tráfico o terminales de aeropuertos, trenes o autobuses se trata, los medios masivos de desinformación y propaganda del régimen (no diré «del 78» porque estos barros vienen de los lodos del 39, «Año de la Victoria»), reaccionarios en su mayoría, sacan a relucir, sistemáticamente, la oposición entre quienes ejercen su derecho a la huelga y sus manifestaciones violentas y quienes van, pacifiquísimamente, a sus trabajos (no por cuenta ajena, mayormente).

No hay derecho, no puede ser, que buenos ciudadanos-contribuyentes vean impedido su derecho constitucional al trabajo por hordas y piquetes de desalmados que lo impiden. O no respetan los horarios mínimos (en hospitales, por ejemplo, o el Metro). Si algún representante sindical «mayoritario» es entrevistado es para recalcar que serán respetados los «servicios mínimos» y que la protesta transcurrirá por los cauces previstos, esto es, una manifestación-procesión, o sea, normales y legales, nada que temer. Se trata de conciliar a las partes enfrentadas y «condenar» a los «violentos» al servicio objetivo de la gran patronal, privada o estatal.

Se pasará mil veces por las pantallas las declaraciones del paisano/a que se ha visto atropellado en sus derechos, ¡toma ya!, por un grupo de «energúmenos» que impiden dirigirse a su puesto de trabajo, sin más, sin explicar el por qué de esa situación. Sin llegar a decir que esa suerte de contradicción es, bajo el capitalismo, irresoluble e inconciliable. No tiene solución, por tanto, el choque entre un, vale decir, huelguista y un honestísimo ciudadano que va a abrir su mercería, es, por antipático que suene, secundario y por eso se pone, como si fuera lo principal del conflicto, en las pantallas. La responsabilidad siempre la tendrá quien no se aviene a negociaciones obligando a un choque inevitable con quienes por ahí. La cuestión, visto desde fuera, es posicionarse, como todo.

Otra cosa es el papel egoísta de quien dice que también es un trabajador al que se le impide trabajar, y el verdadero solidario que está con la causa del huelguista, económica o política, a sabiendas de que le puede perjudicar a él y sus intereses.

Bona tarda.

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