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Día: 19 de septiembre de 2019 (página 1 de 1)

Estados Unidos nunca va a poder pagar su gigantesca deuda

La deuda estadounidense es gigantesca y sigue creciendo. Estados Unidos es el país más endeudado del mundo. Este año su deuda pública ha superado los 22 billones de dólares, que equivalen al 107 por ciento del PIB.

Si sigue la misma tendencia, la deuda contraída podría situarse en un 200 por ciento sobre el PIB en menos de 30 años, según el informe de la empresa estadounidense de inversiones AllianceBernstein (1).

En internet hay un contador de la deuda estdounidense que establece el vertiginoso crecimiento de la deuda a cada instante: http://www.compteur.net/compteur-dette-usa/

No obstante, la deuda pública no es más que la punta de un iceberg cuyo tamaño es del orden de 72 billones si añadimos la deuda privada.

Por primera vez desde 2007 en agosto la curva de tipos del bono estadounidense protagonizó una inversión técnica: el interés del bono a 10 años cayó por debajo de los títulos a dos años, lo que es un síntoma de que la recesión económica está a las puertas (2).

En una entrevista al Washington Post concedida durante la campaña electoral, Trump dijo que sería capaz de deshacerse “en dos mandatos” de la gigantesca deuda que pesa sobre el país. No está siendo así y no lo será en el futuro. Su insistencia en bajar los impuestos así lo indica.

Esa deuda nunca se va a poder pagar. El año pasado el Fondo Monetario Internacional ya advirtió que la deuda de Estados Unidos es insostenible. En abril de este año el Departamento del Tesoro dijo exactamente lo mismo. Estados Unidos no puede pagar sus deudas pero el gobierno de Washington no tiene ningún plan para reducirlas.

Por lo demás, la deuda externa de Estados Unidos se considera uno de los mayores riesgos mundiales porque China posee más de un billón de dólares en Bonos del Tesoro estadounidense, lo que representa 28 por ciento de la deuda externa de Estados Unidos.

No hay precedentes. La historia no conoce un endeudamiento del nivel que ha alcanzado la de Estados Unidos. Es un rasgo típico del imperalismo que se ha acentuado desde los años setenta.


(1) https://www.cnbc.com/2019/09/09/real-us-debt-levels-could-be-a-shocking-2000percent-of-gdp-report-suggests.html
(2) https://www.efe.com/efe/america/economia/la-curva-de-deuda-estadounidense-se-invierte-y-aviva-el-miedo-a-recesion/20000011-4048042

Los seudoecologistas proponen el exterminio de la población del Tercer Mundo

Thomas Malthus, un sacerdote y economista inglés de principios del siglo XIX, sostuvo que la población mundial aumentaba más rápidamente que la producción agrícola, por lo que las hambrunas eran inevitables.

El hambre no es consecuecia de una sociedad dividida en clases sociales sino de una supuesta “ley natural” que lleva el nombre del reverendo.

El malthusianismo es falso, una cortina de humo que justifica las peores lacras de capitalismo, por más que perdure en la ideología burguesa con diversos nombres como superpoblación, explosión demográfica o eugenesia.

Tiene un evidente componente clasista porque, según Malthus, en este mundo los que sobran son los pobres, por lo que los malthusianos son partidarios de imponer la esterilización y el control de la natalidad sobre las poblaciones del Tercer Mundo.

El mito de la superpoblación no es, pues, otra cosa que imperialismo, por lo que Engels definió a los malthusianos como los peores enemigos de la clase obrera (1).

En torno a Malthus el imperialismo ha inventado una serie de pretextos reaccionarios para luchar contra los pobres y mantener la pobreza en el mundo. Una de ellas es la seudoecología, donde el malthusianismo siempre está presente en todas sus formas, como el decrecimiento, el planeta finito y otras lindezas del mismo estilo.

El 31 de agosto un artículo de Le Monde aseguraba que “en África la presión demográfica está devorando los bosques” porque, como ya informamos en una entrada anterior, los campesinos africanos tienen la costumbre ancestral de quemarlos periódicamente.

Es la típica intoxicación de los altavoces del imperalismo porque la quema de bosques en África no tiene nada que con la “presión demográfica”.

En su página web un seudoecologista como David Suzuki no oculta su ideología malthusiana (3) y, a pesar de que es miembro de la Asociación Canadiense de Libertades Civiles (4), pretende encarcelar a cualquiera que no esté de acuerdo con las directrices de reducción de las emisiones de CO2: en materia de cambio climático no debe haber libertad de expresión.

Otro de los que ha vuelto a la carga con el malthusianismo es Bernie Sanders, que incorpora a su New Deal verde la propuesta de financiar abortos en el Tercer Mundo para revertir la supuesta sobrepoblación mundial (5).

La propuesta la soltó durante la gira que están haciendo los precandidatos a la Presidencia de Estados Unidos, en donde los demócratas quieren introducir el asunto del cambio climático.

Nada de esto es nuevo; los seudoecologistas sólo están cambiando el maquillaje de las más viejas y más reaccionarias recetas colonialistas e imperialistas. No son propuestas: desde su nacimiento el imperialismo viene exterminando a las poblaciones aborígenes y esterilizando a las mujeres pobres del Tercer Mundo a la fuerza.

Los seudoecologistas son los imperialistas de siempre vestidos de verde y embaucando al munto entero con las patrañas del CO2. Por eso hacen preguntas tautológicas como la siguiente: “¿La catástrofe ecológica le dará la razón a Malthus?” (6). No se lo pierdan.

(1) Una declaración de guerra contra el proletariado, El Otro País, 6 de abril de 2010, http://www.elotropais.com/index.php/opinin-mascosas-36/222-una-declaracin-de-guerra-contra-el-proletariado
(2) https://www.lemonde.fr/planete/article/2019/08/30/en-afrique-la-pression-demographique-grignote-la-foret_5504528_3244.html
(3) http://www.davidsuzuki.org/
(4) https://ccla.org
(5) https://es.panampost.com/mamela-fiallo/2019/09/07/bernie-sanders-abortos/
(6) https://www.portafolio.co/opinion/otros-columnistas-1/demografia-la-catastrofe-ecologica-le-dara-la-razon-a-malthus-532083

Más información:
– 300.000 mujeres pobres esterilizadas en Perú 
– ‘Es bueno que la población del Tercer Mundo padezca hambre porque ayuda a combatir el calentamiento del planeta’

¿Debe retornar Hong Kong al Tratado de Nankín de 1842?

Manlio Dinucci

Frente al Consulado Británico en Hong Kong, cientos de jóvenes chinos cantaron el “Dios Salve a la Reina” y gritaron “Gran Bretaña salva a Hong Kong”, un llamamiento reunido en Londres por 130 parlamentarios que piden que se otorgue la ciudadanía británica a los residentes de la antigua colonia. De este modo, la opinión pública mundial, especialmente los jóvenes, ve a Gran Bretaña como garante de la legalidad y de los derechos humanos. Para ello, hay que borrar la Historia.

Por lo tanto, es necesario, antes de cualquier otra consideración, conocer los episodios históricos que, en la primera mitad del siglo XIX, sometieron el territorio chino de Hong Kong al dominio británico.

Para entrar en China, entonces gobernada por la dinastía Qing, Gran Bretaña utilizó el flujo de opio que transportaba por mar desde India, donde tenía un monopolio. El mercado de drogas se extendió rápidamente en el país, causando graves daños económicos, físicos, morales y sociales que provocaron una reacción de las autoridades chinas. Pero cuando confiscaron el opio almacenado en Cantón y lo quemaron, las tropas británicas ocuparon la ciudad y otras ciudades costeras durante la Primera Guerra del Opio, obligando a China a firmar el Tratado de Nankín en 1842.

El artículo 3 dice: “Como es obviamente necesario y deseable que los súbditos británicos tengan puertos para sus barcos y provisiones, China cede para siempre la isla de Hong Kong a Su Majestad la Reina de Gran Bretaña y a sus herederos”. En el artículo 6 del Tratado se establece lo siguiente: “Dado que el Gobierno de Su Majestad británica se ha visto obligado a enviar una fuerza expedicionaria para obtener una indemnización por los daños causados por los procedimientos violentos e injustos de las autoridades chinas, China acepta pagar a Su Majestad británica la suma de 12 millones de dólares por los gastos incurridos”.

El Tratado de Nankín es el primero de los tratados desiguales por los que las potencias europeas (Gran Bretaña, Alemania, Francia, Bélgica, Bélgica, Austria e Italia), la Rusia zarista, Japón y Estados Unidos se aseguran una serie de privilegios en China por la fuerza de las armas: la transferencia de Hong Kong a Gran Bretaña en 1843, la fuerte reducción de los impuestos sobre las mercancías extranjeras (al mismo tiempo que los gobiernos europeos erigen barreras aduaneras para proteger sus industrias), la apertura de los principales puertos a los buques extranjeros y el derecho a tener zonas urbanas bajo su propia administración (“concesiones”) fuera del control chino.

En 1898 Gran Bretaña anexionó a Hong Kong la Península de Kowloon y los llamados Nuevos Territorios, concedidos por China “en arrendamiento” durante 99 años.

La gran insatisfacción con estos impuestos hizo estallar una revuelta popular, la de los boxers, a finales del siglo XIX, contra la cual una fuerza expedicionaria internacional de 16.000 hombres bajo mando británico, en la que también participó Italia [y Francia].

Desembarcó en Tianjin (Tien Tsin) en agosto de 1900, destruyendo Beijing y otras ciudades, destruyendo muchas aldeas y masacrando a la población. Posteriormente, Gran Bretaña tomó el control del Tíbet en 1903, mientras que la Rusia zarista y Japón compartieron Manchuria en 1907.

En China, reducida a un estado colonial o semicolonial, Hong Kong se convirtió en la principal puerta de entrada a la trata basada en el saqueo de recursos y la esclavitud de la población. Una enorme masa de chinos se vio obligada a emigrar principalmente a Estados Unidos, Australia y el sudeste asiático, donde están sujetos a condiciones similares de explotación y discriminación.

Una pregunta surge espontáneamente: ¿en qué libros de historia estudian los jóvenes que piden a Gran Bretaña que “salve Hong Kong”?

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