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Día: 22 de febrero de 2019 (página 1 de 1)

El comodín Al-Qaeda es reutilizable también para justificar un ataque contra Irán

En Oriente Medio hay una baraja con muchas cartas, pero Al-Qaeda no es una ellas; es el comodín, lo más útil que cabe imaginar en cualquier circunstancia. Lo mismo sirve para un roto que para un descosido. Encaja en todas las combinaciones imaginales, por sorprendentes que puedan parecer a simple vista.

Altos funcionarios del gobierno de Trump le susurran al oído al Washington Times lo más inverosímil que cabría imaginar y que el diario reproduce entusiasmado: Irán es un aliado de Al-Qaeda y, por lo tanto, puede ser atacado. “La alianza entre Irán y Al-Qaeda proporciona una justificación legal para los ataques militares estadounidenses”, añade el periódico (1).

Irán no combate a Al-Qaeda, como creíamos hasta ahora, sino todo lo contrario: es un refugio para sus combatientes, para su dinero y para sus armas. En otras palabras, en la jerga fantasiosa de esos “altos funcionarios” de Washington, Irán sustituye a Irak. Tienen que atacar a Irán por lo mismo (por la misma mentira) que antes atacaron a Irak.

La compleja y duradera relación entre esos dos enemigos declarados de Estados Unidos, Al-Qaeda e Irán, es una amenaza inaceptable para la seguridad del mundo.

La autorización para recurrir a la fuerza militar adoptada por el Congreso pocos días después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, sigue en vigor. A Bush le permitió invadir Afganistán con la excusa de atacar a Al-Qaeda en Afganistán a través de los talibanes que apoyaban.

Esa misma ley podría justificar ahora legalmente el ataque al territorio iraní, si Trump considera que las sanciones económicas no son suficientespara neutralizar la amenaza que para Estados Unidos e Israel representa el gobierno de Teherán.

Si nos hemos tragado que Trump es un espía ruso, también podemos tragar con esta locura, a cambio de ignorar que Irán está combatiendo activamente a Al-Qaeda en Siria e Iraq.

Cuando en 2001 Estados Unidos atacó Afganistán, las familias de los dirigentes de Al-Qaeda huyeron a Irán, donde fueron puestos en arresto domiciliario. Así siguen desde entonces: tienen la condición de rehenes por medio de los cuales Irán se asegura contra los ataques de Al-Qaeda, como bien reconoce el Washington Times en su artículo: en Irán los miembros de Al-Qaeda son “moneda de cambio”.

Trump lo tiene muy complicado en Irán. No va a poder formar una de sus fantasmales “coaliciones internacionales”. No sólo no tiene el apoyo de la Unión Europea sino que los grandes monopolios europeos son los más perjudicados por el bloqueo económico de Irán, como se ha puesto de manifiesto en las recientes cumbres de Varsovia y Munich.

Ni siquiera tiene el apoyo de Irak, con cuyo gobierno no puede contar ni siquiera como retaguardia. Los intentos de Netanyahu de crear un “frente árabe” contra Irán han fracasado. Si Estados Unidos quiere atacar a Irán, tendrá que ir por su cuenta. Sus aliados del Golfo Pérsico pondrán dinero encima de la mesa, pero no constituirán una fuerza militar, más allá de las hordas yihadistas al estilo de lo que ya hicieron en Siria.

Digamos de paso lo siguiente: recientemente se ha publicado el borrador de un artículo que estaba a punto de terminar el difunto periodista Khasshoggi, descuartizado en Estambul, en el que se oponía al “frente árabe” y preconizaba todo lo contrario: una alianza con Irán (2).

Pasemos ahora al otro lado de la frontera iraní, al este, donde Estados Unidos puede volver a captar a los talibanes para una lucha contra Irán. También puede seducir a Pakistán, como ya ha denunciado el gobierno de Teherán. Este lunes el príncipe saudí Mohamed Ben Salman, el asesino de Khashoggi, visitó Pakistán, donde tiene grandes intereses económicos.

El martes pasado se produjo un atentado en la región de Sistán-Baluchistán, en la frontera entre Irán y Pakistán, donde 27 soldados iraníes fueron asesinados en circunstancias similares al de Cachemira, que causó 41 muertos. El gobierno de Teherán acusa a la inteligencia pakistaní y el de India también.

Los talibanes negocian con los estadounidenses en Islamabad, donde también se han reunido con el Primer Ministro pakistaní Imran Khan y con el príncipe Mohamad Ben Salman.

A su vez, Irán también negocia con los talibanes para ofrecerles un apoyo alternativo al que reciben de Pakistán.

En cualquier caso, para Irán es prioritario asegurar su flanco oriental. Combinaciones no faltan. Como Estados Unidos ha dejado al gobierno afgano fuera de las conversaciones con los talibanes, literalmente con el culo al aire, podría adelantarse a los talibanes y aceptar la mano iraní…

(1) https://m.washingtontimes.com/news/2019/feb/18/iran-al-qaeda-alliance-may-provide-legal-rationale/
(2)
https://www.middleeasteye.net/fr/news/exclusif-lappel-de-jamal-khashoggi-en-faveur-de-lunite-entre-les-peuples-saoudien-et-iranien

La lucha contra el sionismo es una lucha contra el imperialismo y los nuevos ‘delitos de odio’ no la van a frenar

Con la criminalización del “negacionismo” del llamado “holocausto” y la creación de los delitos de odio, en Europa la represión se encamina hacia la inmunización de Israel y del sionismo como ideología criminal, es decir, que da un giro de 180 para proteger a los delincuentes.

La vestimenta ideológica es que la lucha contra el sionismo es una agresión a los judíos, por lo que los judíos son sionistas. Recientemente Macron rindió pleitesía al Crif (Consejo representativo de las Instituciones Judías de Francia), donde lo dejó bien claro: la Unión Europea asumirá como propia la definición de “antisemitismo” de la Alianza Internacional para la Memoria de la Soah, lo cual significa que los ataques “a los judíos” los definen los propios “judíos” y que el antisionismo forma parte de esa definición.

Es otra falsificación de la historia: durante la primera mitad del siglo XX, la gran mayoría de los judíos eran enemigos del sionismo, lo que puede conducir al absurdo de calificar a los judíos como antisemitas.

El sionismo es parte del imperialismo; participa de sus mismas características: la conquista, el asentamiento y el colonialismo. A finales del siglo XIX y antes de la Primera Guerra Mundial, la gran mayoría de los judíos de Europa central y Rusia emigraron masivamente a occidente y, especialmente a Estados Unidos. Otros muchos se integraron en las sociedades de las que formaban parte, donde acabaron asimilados. A partir de 1880, y a pesar del antisemitismo, el número de matrimonios mixtos entre los judíos alemanes aumentó constantemente: entre 1901 y 1929 la proporción aumentó del 17 al 59 por ciento.

La participación activa de los judíos en el movimiento obrero y comunista internacional fue otra forma de integración social y los pogroms de la Rusia zarista y la represión nazi no estuvieron dirigidos contra “los judíos” sino -principalmente- contra los revolucionarios.

En 1897 se creó el Bund, la Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia, una organización socialdemócrata cuya federación Lenin no admitió dentro del Partido bolchevique. El Bund compartía los principios de la II Internacional que, en lo que a la cuestión nacional se refiere, estaban dominados por los “austro-marxistas”, esto es, por el federalismo y una especie de autonomía cultural.

Cuando en 1943 los nazis aplastan el levantamiento del ghetto de Varsovia, acaban también con ese movimiento, que no era estrictamente judío sino socialdemócrata, es decir, político y no religioso ni étnico.

Las grandes potencias imperialistas son las que convierten a un movimiento minoritario, como el sionismo, en mayoritario incorporándolo al nuevo orden mundial inaugurado en 1945 y creando en torno a él una de las más formidables campañas propagandísticas que ha conocido la historia, que no es otra cosa que la reedición del mito bíblico de la huida de Egipto que encabezó Moisés.

En 1948 la creación del Estado de Israel por el imperialismo fue otro “éxodo” que, si se desprende de la mitología religiosa, debería llamarse conquista, asentamiento y colonización de Palestina. El nuevo Estado no sólo atrae a una parte importante de los judíos de la diáspora sino que compromete al resto en su defensa. A diferencia del judaísmo, que forma vínculos en torno a una religión, el sionismo los crea en torno a un Estado, o sea, a una política determinada.

Cabe concluir, pues, que la suerte del sionismo está ligada al imperalismo y a sus lacras coloniales. En Palestina los sionistas no son muy diferentes a los blancos en Sudáfrica, convencidos de llevar a cabo una misión civilizadora o típicamente religiosa (misionera) porque se creen superiores a los indígenas.

Como los demás colonos que ha conocido la historia, los sionistas llegan a una tierra (Palestina) pero dependen de otra (Gran Bretaña primero, Estados Unidos después). Viajan y se establecen en oriente pero representan a occidente. Creen simbolizar la cultura en medio de la incultura y la barbarie. En norteamérica los colonos metieron a los indios en las reservas, en sudáfrica los blancos crearon bantustanes y en Palestina los sionistas hicieron exactamente lo mismo.

Los imperialistas pueden seguir inventando los delitos que quieran. Pueden seguir emitiendo reportajes a mansalva sobre el holocausto. Quizá tapen la boca e intimiden en sus respectivos países. Quizá hayan logrado lavar el cerebro a más de uno y silenciar a otros cuantos. Pero no cabe duda de que ese castillo de naipes que es Israel se derrumbará inexorablemente porque un Estado no se puede sostener indefinidamente sobre el crimen organizado, por más que la ONU se empeñe en ello.

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