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Día: 18 de septiembre de 2018 (página 1 de 1)

Orgía de sexo, drogas y… ¡novichok!

La cloaca medíatica británica no descansa. Alimentada por el gobierno, el Caso Skripal es un filón de portadas sensacionales y sensacionalistas. Las acusaciones no paran ni un momento y una película de acción trepidanete se está haciendo esperar demasiado.

Después de que el gobierno afirmara que dos ciudadanos rusos, Alexander Petrov y Ruslan Boshirov, eran los espías rusos implicados en el intento de asesinato de Serguei Skripal y su hija Julia, le ha tocado el turno a los plumíferos.

El Daily Mail dice que ambos rusos, a los que llama “los asesinos del Kremlin”, pasaron una noche de desenfreno en un hotel de Londres consumiendo drogas con una prostituta unas horas antes de viajar a Salisbury rociar con “novichok” en la puerta de la casa de Skripal.

Fueron muy poco discretos. Casi ni parecían espías. En el City Stay Hotel, en el este de Londres, contrataron una habitación doble que les costó 75 libras esterlinas y montaron tal juerga que no dejaron dormir al resto de huéspedes.

Otro periódico, The Sun, asegura que a la mañana siguiente, los espías se pelearon con los trabajadores del hotel, cuando les increparon por el “sexo ruidoso” que habían tenido durante toda la noche.

Un huésped del hotel afirma que reconoció a la pareja por el vídeo de la policía y le dijo al periódico: “Pude oler la hierba en su habitación. Estaba cerca de la puerta y en el pasillo, no había ninguna duda. Deben haber sido alrededor de las 7:00”.

Más tarde entró una mujer: “Creo que era una prostituta. Se acostaban juntos. Definitivamente. Los oí teniendo sexo muy fuerte durante mucho tiempo”.

El testigo supone que era una mujer como supone que era prostituta: “No creo que los hombres estuvieran durmiendo juntos”. Naturalmente. ¿No sabe que en Rusia la homosexualidad está prohibida? Debería leer la prensa…

 Los espías rusos en una foto difundida por la policía de Londres

¿Por qué se ha frenado la ofensiva siria sobre Idlib?

Ayer Putin anunció un acuerdo con Erdogan para crear, antes del 15 de octubre, una zona desmilitarizada bajo su control en la región de Idlib, el último bastión terrorista de Siria.

“Hemos decidido crear una zona desmilitarizada de 15 a 20 kilómetros de ancho a lo largo de la línea de contacto a partir del 15 de octubre de este año“, dijo el Presidente ruso tras una reunión de más de cuatro horas con su homólogo turco en la localidad rusa de Sochi.

“El ejército turco y las unidades de la policía militar rusa controlarán” la zona desmilitarizada, continuó Putin, añadiendo que las armas pesadas de todos los grupos deberán ser evacuadas de Idlib antes del 10 de octubre.

Según el Presidente ruso, este acuerdo presenta “una solución seria” que permite “avanzar en la solución del problema” y Erdogan aprovechó la ocasión para apuntarse al carro de las preocupaciones humanitarias:

“Estoy convencido de que con este acuerdo hemos evitado que se produzca una grave crisis humanitaria en Idlib”, dijo. “Rusia tomará las medidas necesarias para garantizar que no se produzcan ataques contra la zona de desescalada de Idlib”, añadió.

Se veía venir. En la cumbre de Teherán celebrada el 7 de septiembre, Rusia y Turquía no pudieron ponerse de acuerdo porque están en momentos diferentes y con estrategias también diferentes.

Moscú gana tiempo porque considera que el reloj juega a su favor. En el otoño hay elecciones en Estados Unidos y los rusos esperan que la crisis en sus relaciones con Turquía se agudicen aún más.

Turquía compra cerca de la mitad de sus importaciones de petróleo crudo de Irán y ha declarado que no cumplirá con las nuevas sanciones impuestas por Washington, lo que seguirá tensando las relaciones entre ambos países.

Si esas previsiones se verifican, Ankara no podrá añadir una crisis con Rusia cuando tiene dificultades con Estados Unidos; no le quedará más remedio que arrojarse en los brazos de Putin.

Además de aniquilar a la resistencia kurda, la estrategia de Erdogan en Siria quiere reforzar sus posiciones en Idlib, para lo cual debe reforzar las posiciones de las milicias turcomanas bajo su control, ahora denominadas “Frente Nacional de Liberación”.

Pero dichas milicias son minoritarias. El 60 por ciento de la región de Idlib está controlada por el grupo yihadista Hayat Tahrir Al-Sham, la antigua rama de Al-Qaeda en Siria.

Turquía quiere desarmar a ese grupo para sustituirlo por sus peones turcomanos y, una vez controlada la región, podría instalar en ella a los refugiados sirios y tendría un peso mucho mayor en la mesa de negociaciones posterior a la guerra.

El plan comprende también evacuar a los pistoleros Al-Qaeda de Idlib para llevarlos a Afrin y Jarablus, donde se intregrarían en la Operación Escudo del Éufrates, es decir, que se convertirían en la fuerza de choque contra los kurdos.

Pero los planes de Turquía son como el cuento de la lechera. No les va a resultar fácil sacarlos adelante. Siria no está dispuesta a admitir el control de Idlib por Erdogan, ni el de Afrin, ni el de Jarablus.

Al-Qaeda tampoco. Acaban de publicar una “fatwa” contra la presencia de los militares turcos “apóstatas” en Idlib.

Dado que, tras las presiones de Rusia, Erdogan tuvo que declarar a Hayat Tahrir Al-Sham como organización terrorista, en febrero se produjo otro reagrupamiento rocambolesco para cambiarle el nombre, que ahora se llama Tanzim Hurras Al-Dine, o sea, “Organización de los Guardianes de la Religión”

Karoshi: el exceso de trabajo es la causa de la muerte de unos 200 trabajadores al año en Japón

El día de Navidad de 2015, Matsuri Takahashi, una mujer de 24 años de edad, se arrojó por la ventana de su casa. Había empezado a trabajar en Dentsu, el gigante mundial de publicidad, en abril del mismo año. Una víctima más de karoshi, la “muerte por exceso de trabajo“, reconocida en Japón como un accidente laboral desde 1989.

En su cuenta de Twitter, Matsuri había admitido que solo dormía “dos horas” al día y que tenía jornadas laborales de 20 horas. También llegó a escribir: “mis ojos están cansados ​​y mi corazón está muerto” o “creo que sería más feliz si me mato aquí”.

El karoshi no es sino un reflejo brutal de hasta donde llega la explotacion capitalista, que mezcla la meritocracia con la competición más extenuante por ser (o parecer) o hacernos ser (parecer) más dignos de ocupar un lugar en esta sociedad.

En promedio, un trabajador japonés trabaja 2.070 horas al año. El exceso de trabajo es la causa de la muerte de unos 200 trabajadores al año, por ataque cardíaco, accidente cerebrovascular o suicidio. Además, hay muchos problemas de salud graves derivados de trabajar sin descanso.

Esta forma de considerar el trabajo es uno de los legados de la edad de oro de la economía japonesa de la década de 1980, cuando la publicidad exaltó la abnegación de los trabajadores con un lema: “¿Estás listo para luchar las 24 horas del día?”

La reputación por el buen hacer laboral que persiguen los japoneses con obsesión no es un mito. Muchos trabajadores se sienten culpables por abandonar su empresa en vacaciones, temiendo ser percibidos como “el que descansa dejando que otros trabajen en su lugar”.

Existen casos de trabajadores que no quieren regresar a casa demasiado temprano por temor a qué dirán a sus vecinos o familiares sobre su supuesta falta de seriedad. Además, se intenta ir a tomar algo con los compañeros de trabajo para fomentar la cultura empresarial.

Pero este arduo trabajo no es muy lucrativo. De hecho, su productividad a menudo es descrita como baja por observadores externos que creen que esto explica en parte las deficiencias de competitividad de las empresas en el archipiélago.

A largo plazo esta forma de trabajar no solo es poco competitiva en términos mercantiles, sino que supone un riesgo en la salud de los trabajadores, pudiendo conducir al colapso de los recursos médicos. De hecho, la depresión y el suicidio como consecuencia ya aparecen como los principales retos a abordar en una sociedad obsesionada con acumular horas de trabajo.

El problema es que el agotamiento sigue siendo un “concepto difuso” que, por el momento, no aparece en ninguna de las principales clasificaciones internacionales sobre los trastornos mentales. Las personas pueden estar en un hospital con síntomas asociados con el agotamiento: cansancio extremo, agotamiento emocional o despersonalización con insensibilidad hacia los demás sin que identifiquen los síntomas con un cuadro de karoshi.

No hay un diagnóstico claro para esos síntomas, tampoco existen unos parámetros para saber si se ha llegado al límite de lo que se puede trabajar sin correr riesgo para la salud. Esta falta de conciencia de salud mental, unas prácticas laborales cada vez más abusivas y un mercado laboral transformado por la tecnología conducen a que se traspasen todos los límites de la dedicación al trabajo.

El miedo al paro y a quedarse fuera del sistema conduce a que las personas crean que trabajar a cualquier hora es una buena opción, cuando en realidad se merman las capacidades intelectuales y las consecuencias para la salud pueden ser irreversibles, con un mayor riesgo de caer en adicciones de todo tipo.

El karoshi, por tanto, se parecería a un “estrés crónico” que ya no se puede resistir, los pacientes ya no tienen la capacidad de soportarlo y caen en depresión. El término “quemado” (burnout) sin embargo es mucho más aceptado socialmente que la depresión en Japón, ya que el agotamiento extremo se considera casi un ”título de gloria”, mientras que una depresión es claramente menos “gloriosa”: se percibe como una forma de debilidad.

Pero este fenómeno no está restringido a los japoneses. Los estadounidenses incluso le han dado un nombre: “alcoholismo laboral” (workalcoholism). Esta dependencia del trabajo también se da en el Viejo Continente. En España, más del 12 por ciento de la población sufre de esta enfermedad y el 8 por ciento trabaja más de 12 horas al día. En Suiza, una de cada siete personas activas admite haber sido diagnosticada con depresión.

El Gobierno de Japón ha aprobado una reforma que permite a las empresas dejar de pagar horas extras a los trabajadores que ganan más de 80.000 euros al año, que son los más propensos a agotarse.

Además, El estado quiere imponer un mínimo de 5 días de vacaciones a los trabajadores japoneses para luchar contra la sobreinversión en el trabajo, perjudicial para la salud de los trabajadores y la productividad empresarial. En la Tierra del Sol Naciente, los trabajadores son recompensados ​​con 20 días de vacaciones pagadas al año, si tienen al menos seis años y medio de antigüedad. Sin embargo, los trabajadores toman menos de la mitad de estas vacaciones.

La nueva ley no se aplica a los trabajadores a tiempo parcial, sino solo a los trabajadores que tienen derecho a por lo menos 10 días de vacaciones anuales pagadas. De hecho, se aplicaría cuando hubiera riesgo para la salud de un accidente en el trabajo o la muerte debido a la fatiga sea real.

http://www.lavozdelsandinismo.com/curiosidades/2018-09-16/muerte-por-exceso-de-trabajo/

El gobierno comunista nepalí pone freno a la penetración de los evangelistas procedentes de Estados Unidos

En Nepal el gobierno comunista ha aprobado una ley para prohibir las conversiones religiosas, lo que no es fácil de explicar para quienes consideran que la religión no tiene que ver con “la política”, o que se trata de convicciones personales o prácticas rituales.

Las religiones no son otra cosa que instrumentos de dominación política, por lo que no pueden ser iguales en Estados diferentes. Una de las estupideces más grandes, muy extendida entre los ateos, consiste en creer que “todas las religiones son iguales”.

El gobierno de Nepal ha vuelto a demostrarlo y no tiene que ver tampoco con su carácter comunista, sino más bien con el nacionalismo. La prohibición de la propaganda para que la población cambie sus creencias religiosas es un intento de poner frente a la proliferación de movimientos cristianas que, bajo la forma de ONG, se han multiplicado en Nepal desde el final de la guerra de guerrillas.

Aunque la ley no lo dice, se trata de contener la plaga evangelista que ha desembarcado en el “techo del mundo”, cuya población hasta ahora era tradicionalmente hindú.

“Nadie puede convertir a otro para que cambie de religión, ni predicar su propia religión o creencias con las mismas intenciones, ya sea mediante el uso de métodos atractivos o poco atractivos, ni perturbar la religión o las creencias de ningún grupo étnico o comunidad que las haya practicado desde la antigüedad”, dice la ley.

En diez años el número de cristianos se ha triplicado en Nepal, especialmente entre los habitantes más pobres. Han desembarcado en compañía de la música “gospel” y otras sorpresas ajenas a los países asiáticos.

Lo mismo que en Latinoamérica, el evangelismo llega a Nepal como “quinta columna” del imperialismo para enfrentarlas entre sí a las comunidades locales y, finalmente, destruirlas y desestabilizarlas.

Dentro de poco empezaremos a leer “noticias” sobre persecuciones religiosas en Nepal, que serán equiparadas a las del Tíbet, con explicaciones que reconducen a la Guerra Fría, a Stalin, a Mao…

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