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Día: 11 de agosto de 2018 (página 1 de 1)

La crisis económica de Turquía no sólo amenaza con llevarse a Erdogán por delante

Los 16 años que lleva Erdogan con las riendas de Turquia en las manos se explican por una larga etapa de prosperidad económica. Cuando en 2002 se convirtió en Primer Ministro, Turquía salía de una recesión. Su predecesor, Kemal Derviş, había implementado importantes reformas económicas y Erdogan se llevó los réditos.

Como en tantos otros lugares, no ha habido ninguna política económica misteriosa sino la llegada de inversiones extranjeras y lo que aquí llamamos “ladrillo”, un binomio propenso a la especulación y la corrupción.

Turquía tiene un déficit comercial crónico. Importa más bienes y servicios de los que exporta y tiene que pedir prestado dinero del exteror para pagar la diferencia. El dinero fluyó hacia la construcción, especialmente en Estambul: viviendas, centros comerciales, más de 10.000 mezquitas, puentes, aeropuertos y un suntuoso palacio de 1.000 habitaciones para Erdogan.

Los tipos de interés de los bancos turcos cayeron, pero se mantuvieron altos en comparación con otros, como los de la Unión Europea, por lo que el endeudamiento se contrajo en euros y dólares. Esa es siempre la trampa: se pagan menos intereses siempre que los tipos de cambio no cambien.

Pero cambiaron. La libra se desploma literalmente, casi cada minuto. De 0,30 dólares hace dos años ha pasado a 0,15 en la actualidad.

Las empresas y los bancos turcos tienen que devolver 150.000 millones de dólares en divisas, a pesar de que obtienen sus ingresos en libras, es decir, que están en bancarrota, lo mismo que el país en su conjunto, y los bancos que concedieron los créditos, que no saben si cobrarán, entre ellos algún banco español.

Nadie quiere prestar dinero a Turquía. Las malas relaciones con Estados Unidos impiden la obtención de un préstamo del FMI. Cuando pueden contratar un préstamos, los intereses son prohibitivos.

Pronto Turquía no podrá pagar sus importaciones, especialmente por los hidrocarburos que necesita.

Estados Unidos está al acecho. El plan norteamericano actual es utilizar las dificultades económicas de Turquía para derribar a Erdogan. Las medidas son las mismas que contra otros países: bloqueo, sanciones económicas, amenazas. Ayer Trump publicó el siguiente mensaje en Twitter:

“Acabo de autorizar una duplicación de las tarifas aduaneras sobre el acero y el aluminio turcos porque su moneda, la libra turca, baja rápidamente en relación a nuestro dólar, muy fuerte”.

El acero es uno de los mayores productos de exportación de Turquía. Las importaciones de Estados Unidos suponen 1.000 millones de dólares anuales. Por su cabían dudas, la Casa Blanca ha reconocido que el aumento de las tarifas aduaneras es por motivos de seguridad, no comerciales.

Inmediatamente después Erdogan llamó por teléfono a Putin, posiblemente para pedirle un préstamo de emergencia. El lunes le esperan a Lavrov en el aeropuerto de Ankara.

Nazis y sionistas: ¿cuándo acabará el mayor tabú histórico de la posguerra?

Son cosas tan sabidas como calladas. Incluso los propios sionistas lo han reconocido desde hace muchos años, pero es algo que interesa mantener bajo la alfombra, todo un tabú que ya forma parte de la historia, sobre todo de la historia de la manipulación.

En 1989 el diario israelí “Jerusalem Post” admitió los vínculos de los sionistas con los nazis porque unos y otros perseguían el mismo objetivo: sacar a los judíos de Alemania para llevarlos (deportalos, en realidad) a “su sitio” (Palestina).

El diario se refería a un caso concreto: los vínculos establecidos en 1941 entre el III Reich y los sionistas-terroristas de Stern Gang que dirigía Isaac Shamir.

En realidad tales vínculos proceden de la llegada de los nazis a la Cancillería en 1933, pero pasaremos por alto este detalle (al menos de momento).

Cuando el “Jerusalem Post” destapó el asunto, la agencia Reuters lo reprodujo, calificándolo como “el fin de un tabú nacional”, creyendo que bastaba la divulgación “nacional” en Israel para que los vínculos entre nazis y sionistas fueran conocidos por todo el mundo. Si los israelíes, que estaban implicados de manera directa, los admitían, la historia de la Segunda Guerra Mundial debería acabar con sus propios mitos.

Obviamente, no ha sido así; seguimos leyendo toda clase de basura sobre la Shoah, el Holocausto (con mayúsculas) judío y demás, con el agravante de que es algo que no se puede poner en duda porque te acusan de nazi, de negacionista e incluso te meten a la cárcel porque está considerado como un delito.

En el caso concreto de Shamir, que fue Primer Ministro de Israel en los ochenta, el asunto es harto evidente: además de compartir los mismos objetivos políticos, los nazis y los sionistas utilizaban los mismos métodos terroristas, por lo que no es de extrañar que llegaran a acuerdos entre ellos.

Hay otra conclusión obvia: a los sionistas les importaba un bledo que los nazis asesinaran masivamente a los judíos porque ellos nunca intentaron defenderles sino defender la creación de un nuevo Estado en Palestina a su imagen y semejanza, es decir, terrorista, basado en la deportación y el exterminio de los árabes.

En 1941, cuando la “Solución Final” ya estaba en marcha en Alemania, Shamir buscaba la cooperación de los asesinos en la creación de lo que siete años después se convirtió en el Estado de Israel.

Para ocultar sus propios planes, los sionistas divulgaron que en la Segunda Guerra Mundial quienes se aproximaron a los nazis no fueron ellos sino los árabes.

Se trató de una disputa típica entre potencias imperialistas, donde la hegemonía regional correspondía entonces a los británicos. El plan de Shamir consistía en poner a su banda terrorista al servicio del III Reich contra los británicos y les dio muestras de su eficacia: en 1944 Shamir asesinó a Lord Moyne, virrey de Gran Bretaña en Oriente Medio.

Shamir no sólo era un sionista y un terrorista. No sólo trató de venderse a Hitler sino también a Mussolini porque era un fascista. El mundo ha tenido que soportar sin sonrojarse que alguien así estuviera hasta 1992 a la cabeza de un Estado moderno.

Tan moderno que tiene armas nucleares a su disposición. Ahora pensemos por un momento en un nazi-sionista como Shamir provisto de tales capacidades armamentistas…

El III Reich creó esta medalla para recordar su alianza con los sionistas. A un lado tenía la cruz gamada y al otro la estrella de David

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