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Día: 19 de mayo de 2018 (página 1 de 1)

Los Skripal han salido del hospital sin que viéramos a los reporteros acercarnos sus primeros planos

El viernes salió del hospital Serguei Skripal con mucho más sigilo del que entró. El 11 de abril le tocó el turno as Julia Skripal y ocurrió lo mismo: nadie nos transmitió sus primeras palabras. El 22 de marzo salió Nick Bailey, el policía también afectado por el “horrible ataque tóxico”. Tampoco hubo declaraciones.

Una vez lanzada, la campaña se intoxicación debía parar porque la comedia Skripal-Novichok ha sido como la del Superagente 86: no daba para más.

Esperábamos escuchar el relato de lo sucedido y nos imaginábamos al malvado espía del KGB-Kaos acercandose subrepticiamente a la pareja en el centro comercial de Salisbyury, haciéndose pasar por un inofensivo vendedor de helados para suministrarles el veneno mortal que debió acabar con vida de manera fulminante…

… Pero no pasó nada porque el veneno no era tan venenoso, ni las consecuencias tan letales, ni el vendedor de helados era ruso, ni… Nada de nada. Por no tener no tenemos ni declaraciones de primera mano de los afectados.

Al salir del hospital, el consulado ruso en Londres se dirigió a Julia por si necesitaba algo. ¡Qué estupidez! Lo que necesita Julia es alejarse de ellos, del KGB-Kaos, los malos, para pedir protección a los buenos, a Scotland Yard, que la han llevado a un “lugar seguro”, no vaya a ser que los ataques tóxicos se reproduzcan.

¿O ha sido para escapar de las preguntas indiscretas de algún reportero?

La bufonada ha servido de acicate para la mayor oleada de expulsiones de diplomáticos que ha conocido la historia. Al imperialismo le interesa tensar la cuerda y no escatiman en orquestar un montaje detrás de otro.

Señor Klein: a todo cerdo le llega su San Martín

Estamos en 1942, en plena ocupación de Francia por los nazis. Robert Klein es un marchante de arte que compra obras maestras a precios de ganga a los judíos que intentan huir de la deportación.

En medio de la guerra, del terror y de la persecución, Klein vive muy confortablemente y sólo tiene que preocuparse por sí mismo, por vivir cada dia mejor.

Hasta que una mañana aparece en la puerta de su casa un periódico destinado a los judíos marcados con la estrella amarilla y Klein descubre un homónimo que perturba su buena vida porque, además de judío, el otro señor Klein es miembro de la resistencia antifascista.

Klein hace lo que haría cualquier buen ciudadano: lo denuncia a la policía, e incluso va más allá; asume las funciones de policía y se pone a buscar al “otro señor Klein” para sacudirse el problema de encima y mostrarle a la policía que es un colaboracionista de corazón.

Sin embargo, el denunciante acaba siendo el denunciado. La Gestapo y la policía empiezan a seguirle los pasos. ¿Quién se esconde bajo ese tal señor Klein que denuncia a otro señor Klein?

Así comienza la película que Joseph Losey dirigió en 1976. Hay una mujer desnuda que tapa sus tetas ante un médico que debe diagnosticar su “grado de judaísmo”. En realidad no es un médico sino más bien un veterinario, uno de esos “científicos” de mirada fría y aséptica que tiene que justificar la deportación y, finalmente, la muerte. Sin motivos personales, ni morales, ni políticos, ni ideológicos… Pura y exclusivamente científico-médicos.

Es una película sobre la indiferencia humana ante el sufrimiento ajeno… que finalmente no resulta ser tan ajeno. Podía ser el tan repetido poema de Brecht, pero tras la cámara está Losey, director de otra película inquietante, “El sirviente”, donde los papeles se invierten al más puro estilo hegeliano: el esclavo acaba haciéndose el amo (y a la inversa).

En lugar de “Señor Klein”, en España la película la hubieran titulado “A todo cerdo le llega su San Martín”, pero en otros lares son más elegantes. Los cerdos se caracterizan precisamente por revolcarse en medio de la porquería, que es la nota diferencial de las sociedades capitalistas en donde, como el “Señor Klein” todos creen que la cosa no va con ellos. Primero fueron los terroristas, luego los catalanes, ahora los raperos…

La película es también una reflexión sobre la identidad, sobre lo que somos y lo que creemos ser. A cada paso debemos preguntarnos si somos judíos, terroristas o raperos. Es un debate a medio camino entre la sociedad y la biología, un tema bastante antiguo ya sobre el que se ha escrito una numerosa basura seudocientífica por parte de unos (sociólogos) y otros (biólogos).

El marchante integrado, estandarte del burgués, acaba marginado y desintegrado, algo coherente con una sociedad, como la francesa de 1942 que, lo mismo que la actual, está dominada por la sospecha, la delación, la intriga… En fin, una cloaca en la que sólo pueden vivir los cerdos.

Son sociedades en las que impera la policía, que es la que detiene a Klein en París cuando se estaba buscando a sí mismo. Le sorprenden en compañía de los mismos judíos de los que se había aprovechado antes y todos ellos acaban en los trenes que conducen a Auschwitz.

Los guionistas de la película, entre los que estaba el griego Costa Gavras, tomaron el nombre de Klein de un personaje real, entrevistado por Marcel Ophüls, para su excelente y polémico documental de 1969 “Le Chagrin et La Pitié” acerca de un tabú francés: la colaboración de la población con los ocupantes nazis, el mismo argumento que la película “Lacombe Lucien” de Louis Malle reprodujo en 1974.

Aquel personaje se llamaba Marius Klein. Era un comerciante alsaciano que, para evitar ser confundido con un judío a causa de su apellido, publicó anuncios en la prensa, dejando muy claro que era francés de pura cepa, aceptando así, sin cuestionar en absoluto, la ocupción nazi.

Todo tiene un por qué; hasta las películas se cuecen en las peores pesadillas y conducen a otras pesadillas aún peores. Losey fue un cineasta estadounidense que se refugió en Europa a causa de la Caza de Brujas en Hollywood. Huyó de una pocilga para retratar otra.

El destino de todos los Klein es Auschwitz. “Quién soy yo para vivir bien”, es la pregunta con la que acaba la película.

Histórica victoria de la huelga de los trabajadores de la construcción de Panamá

Ayer acabó la huelga más larga de Panamá en lo que va de siglo con una clamorosa victoria de los 90.000 trabajadores de la construcción. La dirección del Sindicato Único de Trabajadores de la Construcción y Similares (Suntracs) y de la Cámara Panameña de la Construcción (Capac) firmaron el Convenio Colectivo que estará vigente desde este año a 2021.

El aumento salarial para los próximos cuatro años es de un 44 por ciento para los trabajadores de grandes obras, 14 por ciento para empresas privadas y el 18 en empresas públicas.

En la mesa de negociaciones la patronal sólo se había mostrado dispuesta a un aumento salarial del 0,5 por ciento anual.

El ministro de Trabajo, Luis Ernesto Carles, quien fungió como mediador, afirmó que la firma del acuerdo es por 4 años a partir del 1 de julio del 2018 empezarán a regir los primeros salarios, poniendo fin a la huelga.

Panamá es una locomotora para el sector de la construcción en todo Centroamérica, por lo que esta huelga, que ha durado exactamente un mes, ha tenido un enorme repercusión en toda la región, tanto para el movimiento obrero, como para los capitalistas.

La protesta de los obreros ha provocado la paralización de 266 proyectos en construcción en todo el país, lo que preocupó al gobierno, quien comunicó que la suspensión de los trabajos ponía en riesgo la culminación a tiempo de obras como la Línea 2 del Metro de Panamá y la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional de Tocumen.

En Panamá los salarios de los trabajadores de la construcción superan a la mayoría de los vecinos de la región. Oscilan notablemente, aunque la mayor parte de ellos está ligeramente por encima de los 700 dólares mensuales.

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