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Día: 10 de febrero de 2018 (página 1 de 1)

‘Lloraba: ¡Mamá, mamá! Mi hermana no podía consolarme’

Carmen Ruiz. Huyó con 5 años.
El recorrido:  La madre de Carmen, Concepción García, decide subir a sus hijos en un autobús escolar hacia Almería. A Carmen le acompañan sus hermanos Teresa (14 años); Juan (12); Conchi (4 años) y Rafael (18 meses). Su otro hermano, Pepe, (16 años) permanece en Málaga con su madre. Su padre, José Ruiz Jurado, tras conocer la decisión de la madre, decide marchar también hacia Almería para buscarlos. Se reencontrará con ellos en Valencia.

Su historia. Carmen no ha olvidado su nombre. Se llamaba Leopoldo, era el director de un colegio de huérfanos por la zona de Pedregalejo y le gustaba que le llamaran camarada. Él fue el que convenció a su madre para que embarcara a sus hijos en un autobús hacia Almería. “Mi madre estaba colocada allí, donde planchaba y cosía. El director le dijo: ‘Concha, va a pasar una cosa muy grave porque los moros vienen matando a los niños y a las mujeres. Nosotros nos vamos a llevar a todos los niños que tenemos aquí”. Concepción no se lo piensa; sin consultárselo a su marido, recoge a sus hijos más pequeños en casa y acude al colegio, donde les espera un autobús amarillo. Teresa, de 14 años, será desde entonces la responsable de cuidar de sus hermanos Juan (12), Carmen (5), Conchi (4) y Rafael, de tan sólo 18 meses.

Cuando el padre y el hijo mayor, Pepe, vuelven de trabajar les sorprende la noticia. “A mi padre le dio un desfallecimiento. Mi hermano Pepe empezó a llorar y decía: ‘Mamá, ¿qué has hecho con los niños?’ Y ella le decía que lo que quería es que no nos mataran”. El padre, pescador de profesión y de ideología socialista, decide coger su bote y, pegado a la orilla, comenzar la búsqueda de sus hijos. José Ruiz llegará así hasta Almuñécar, donde debe abandonar el barco y continuar andando. No encontrará a sus hijos hasta 10 meses después.

Carmen y sus hermanos hacen la mitad del camino en autobús. “La carretera iba llena de personas, de burros. La gente llevaba máquinas, muebles, muchos bultos de ropa. Se querían subir en el autobús y allí no cabíamos ni los que íbamos dentro”. Para aquel grupo niños, la peor parte del trayecto comienza en Motril. Al intentar cruzar el río Guadalfeo, que va muy crecido, el autobús queda encallado. “Por allí iban caballos, personas, bultos… El profesor nos quitó de allí porque aquello era horroroso de ver y nos llevó para el monte”. Hace frío y ha llovido, pero los niños permanecen tumbados bocabajo en una loma, mientras los barcos insisten en su cañoneo. Algunos, incluso, se quedan dormidos. “El maestro, de vez en cuando, hacía recuento y se ponía con mucha pena: ‘Hoy faltan tres; hoy faltan dos’. No podía asistir a tantos, porque había tanta gente… Y los niños, si se asustaban, corrían y se metían entre las cañas de azúcar y, si no salían a tiempo, nos íbamos y allí se quedaban”.

Teresa, la hermana mayor, quiere evitar por todos los medios que alguno de sus hermanos se extravíe. “Se le ocurrió una idea muy buena. De tanto trapo como había por el suelo, hizo tiras una sábana; nos amarró a todos por la cintura y ella se quedó con los cabos en la mano”.


También se encarga de tranquilizar a sus hermanos. “Yo lloraba y decía: ¡Mamá, mamá, mamá!. La pobrecita de mi hermana ya no sabía cómo me iba a consolar. El hermanito de 18 meses también preguntaba por ella e inclusive pedía pecho porque todavía mamaba. Andábamos un tramo y le decía mi hermana:‘Detrás de aquel monte, allí está mamá’. Y llegábamos y mamá no estaba. Y llorar y llorar y de hambre, porque el angelito tenía mucha hambre; era muy chiquitito y lo que hacía mi hermana era que le machacaba cañadú y se lo ponía como si fuera un chupe para que chupara el caldito”.

Los niños avanzan sin zapatos y con la ropa hecha jirones de tirarse al suelo para resguardarse de las bombas. “Hacía mucho frío. Siempre íbamos mojados porque llovía y estábamos metidos en las cañas o tirados en el monte. Mi hermana me lió los pies porque los llevaba llenos de cortes de ir descalza sin zapatillas”.

Ya cerca de Almería, un grupo de milicianos les recogen con una furgoneta y los dejan en una plaza en la capital. “Nos dijeron que no nos moviéramos, y allí nos quedamos porque estábamos todos lacios; no nos podíamos mover aunque quisiéramos”.

El destino de los cinco hermanos es Macastre, en Valencia, adonde llegan tras un viaje de dos días en autobús. Allí residen en un internado con otros niños, sin noticias de sus padres. Pero un anuncio colocado en un periódico local por su hermana Teresa en el que cuenta que los cinco están vivos recibe una insospechada respuesta. “Una noche, a las 12, llegó un hombre preguntando por sus hijos. Cuando le dijo nuestros nombres, la muchacha que lo recibió se quedó de piedra. Mi padre no tenía manos para coger a tantos niños”.

Terminada la Guerra Civil, regresan a Málaga. El padre consigue entrar con un salvoconducto que le ofrecen unos conocidos en el que se asegura que es falangista desde el año 23. “Mi madre se quedó sin conocimiento cuando nos vio. Tuvieron que llamar a la casa de socorro”.

http://www.diariosur.es/malaga/desbanda-testimonios-huida-20180206145526-nt.html

‘Los aviones franquistas nos ametrallaban, éramos niños, mujeres y viejos’

Eran entonces niños o adolescentes. Hace once años dejaron su testimonio vital en el documental “Febrero 1937. Memoria de una Huida”, producido por Sur. En el 81 aniversario de aquel éxodo ocurrido durante la Guerra Civil, recuperamos sus vivencias.

Consuelo Torres. Huyó con 10 años. “Los aviones nos ametrallaban. Éramos niños, mujeres y viejos”.

El recorrido. La familia de Consuelo –su padre Juan Torres, su madre Consuelo Fernández y su hermano Juan (11 años)- sale la madrugada del 7 al 8 de febrero hacia Almería. De allí partirá en tren para Barcelona. La madre seguirá con sus hijos hacia Marsella y Casablanca. El padre no puede acompañarles porque está herido y acabará en un campo de concentración en Francia para fallecer finalmente a su llegada a Málaga. Consuelo Torres no regresa a Málaga hasta la muerte del general Franco. Nunca volverá a ver a su padre.

Su historia. Los continuos bombardeos sobre la capital durante los siete meses de asedio no hacen más que reafirmar a la madre de Consuelo de que hay que huir. Pero Juan, su padre, se niega una y otra vez, convencido de que no va a ocurrir nada malo. La mañana del domingo 7 de febrero, nueve aviones sobrevuelan la ciudad, pero esta vez no bombardean. Consuelo los observa desde la zona de El Ejido en la capital.


“Los aviones lanzaron programas en los que se podía leer: ‘Nosotros no somos lo que dicen los rojos; no os vamos a hacer nada; quedaros tranquilos; no salgáis de Málaga. Nosotros nos quedamos en mi casa”. Pero por la tarde el pánico se apodera de la ciudad. Los nacionales están a punto de entrar y el terror a las tropas moras que los acompañan es imposible de contener.

“Llegó la noche, eran las 10.30 o las 11. Estábamos acostados y mi madre escuchó muchos llantos, muchos gritos. Salió para preguntar que qué pasaba. ‘Que vienen los moros. Que ahí vienen, que vienen’, decían”. La madre de Consuelo le reprocha al marido no haber marchado antes y empieza a hacer el equipaje para salir. “Mi padre quedó en casa. Por la mañana iba a ir a cerrar una pensión que teníamos cerca de la cárcel de Málaga. Mi madre le dijo que ella iba a bajar al Centro con mi hermano Juan y conmigo y que ellos dos ya se reencontrarían en un sitio que habían previsto”.

La madre de Consuelo baja por la calle de la Victoria convencida de que a esas horas de la noche podrán encontrar un taxi, pero la escena que contemplan cuando llegan a la altura de la Aduana y de la calle Larios les sobrecoge.“Eso fue terrible, venía la gente de todos los pueblos de Málaga y venían corriendo. Mi madre dijo: ‘¿Pero esto qué es? Si aquí no hay taxi ni nada’. Y entonces nosotros seguimos por donde marchaban todos sin saber adónde íbamos”. Mientras avanzan por el Parque, la madre se encuentra con un vecino que va en carro hacia El Ejido para recoger a su familia y le pide que avise a su marido para que lo deje todo y les siga. Pocas horas después se reencuentran en el camino.

“Al principio íbamos andando porque no bombardeaban, pero, al amanecer, ya se veían los aviones. Ya no íbamos andando, ya íbamos corriendo”. Cualquier equipaje pasa a ser accesorio y empiezan a tirar los bultos en el camino. “La carretera era como una serpiente. Mucha gente se caía. Eran gritos, eran llantos, eran lamentos. El que quedaba herido, ése se desangraba. Ahí no había nadie que pudiera acudir. Yo, que tenía 10 años, vi a un matrimonio con un niño de pecho que se estaba muriendo. Hicieron un hoyo en la carretera y lo enterraron. Eso lo vi yo”.

Los cañoneros Cervera, Canarias y Baleares son implacables y siguen a la caravana desde la costa. “De noche nos deslumbraban. A veces tiraban contra la montaña; las rocas se desplomaban y había gente que quedaba allí”. La desbandada durante cada bombardeo provoca continuos extravíos entre la multitud. “Entonces mi madre y mi padre se pusieron de acuerdo. Mi madre le dijo que se iba a ocupar de mí y que él estuviera pendiente del niño. Pero mi padre fue a las cañas de azúcar y mi hermano le dijo que se venía con nosotras. En ese momento, llegaron los aviones y ahí es donde mi hermano se pierde”.

Abatida, la madre de Consuelo no quiere seguir andando. Cada vez que llega a un pueblo empieza a buscar al pequeño Juan con desesperación. “Había muchos niños perdidos y, cuando la gente los encontraba, los cogía y, por la noche, los metía en casas vacías. Mi madre iba allí preguntando por mi hermano y tocando a los niños que estaban dormidos o muertos. Se encontraba a niños llorando y llegó a recoger a cuatro, que vinieron con nosotros hasta Almería”.

Las cañas de azúcar, que les producen ampollas en los labios, se convierten en el único sustento. “En un monte vimos un chotillo. Un hombre salió corriendo y lo mataron a pedradas. Mi madre, que era muy dispuesta, fue a coger algo. Le dieron una pata y la limpió con un trapo. Se puso a buscar algo para hacer fuego, pero no encontró nada. Como teníamos hambre, chupábamos la carne cruda”.

El río Guadalfeo, de noche, resulta inabordable. Aun así, la gente se lanza sin temor a ser arrastrada por la corriente. “Vino un camión y dijeron que no cruzáramos; que esperáramos a que pasara y que siguiéramos justo por donde fuera el camión”.

Al día siguiente, una combate entre dos aviones sorprende a los que avanzan. Uno de los aeroplanos es abatido y cae en la playa junto a la carretera. “Sacaron a dos hombres rubios. La gente se fue a coger trapos porque estaban heridos. Ahí, como fuimos a ver eso, ahí encontramos a mi hermano. Un miliciano lo recogió en la carretera”.

El agotamiento es general. Consuelo avanza con los pies liados en trozos de tela porque se le han deshecho las suelas de los zapatos. “La planta del pie daba a la gravilla. Esa carretera era toda de gravilla”.

Desesperada por el cansancio de sus hijos, la madre le pide a dos milicianos que marchan a caballo que se los lleve y que los dejen en el siguiente pueblo. “Pero el caballo no llevaba montura y a mí me sangraban las piernecitas. Nos dejaron en un pueblo, pero se vino la noche.


Mis padres no venían y empezamos a llorar. La gente nos preguntaba si queríamos irnos con ellos, pero les decíamos que no, que nos habían dicho que esperáramos allí. Al final, de madrugada, los vimos”.

Nada más entrar en Almería, a los ochos días de la partida, la madre entrega a los niños que había encontrado en la carretera a unos milicianos por si los busca su familia. Unos conocidos les aconsejan que no se queden en la ciudad; que vayan directamente a la estación porque está a punto de salir un tren. “¡Madre mía lo que había en la estación!. Todos los refugiados de Málaga estaban allí. Nos metieron en una tartana. No sabíamos hacia dónde iba.

Mi madre preguntó cuál era el destino y le dijeron que Barcelona”. El estadio de Montjuic de la Ciudad Condal se llena de refugiados. Hombres y mujeres duermen en plantas diferentes, sobre el suelo. En la oscuridad de la noche, el padre cae por las escaleras y tiene que ser hospitalizado. La madre decide marchar con los hijos para Marsella y después para Casablanca. Consuelo no volverá a España hasta 50 años después. Su padre partirá para el exilio, donde le espera un campo de concentración y fallecerá en Málaga.

Nunca volverá a verlo.

http://www.diariosur.es/malaga/desbanda-testimonios-huida-20180206145526-nt.html

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