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Día: 23 de diciembre de 2017 (página 1 de 1)

La ‘guerra contra el terrorismo’ esconde la rivalidad imperialista en África

William Rivers Pitt

La ignorancia de la mayoría de estadounidenses con respecto a África es un fenómeno añejo y perpetrado desde arriba. En 2008, los y las auxiliares de la campaña electoral de Sarah Palin temían que la gente descubriera que Palin creía que África era un único país. En 2001, el entonces presidente George W. Bush dijo en un encuentro en Suecia: “África es una nación que sufre terribles enfermedades”. El entonces vicepresidente Joe Biden, hablando a los mismísimos asistentes a la cumbre de Estados Unidos y África en 2014, dijo: “No hay ninguna razón para que la nación africana no se sume a las listas de países más prósperos del mundo”. Eso son dos meteduras de pata en una sola frase, Joe.

Después de que cuatro soldados estadounidenses de un grupo de élite fueran asesinados en una emboscada en Níger hace unas semanas, y después de que el Presidente Trump lograra un chapucero pésame a las familias de los fallecidos, el programa en África se ha convertido en un tema candente de la política norteamericana. Más allá de la posibilidad febril de una humillación presidencial más se sitúa la incómoda pregunta: ¿qué estaban haciendo en Níger esos cuatro soldados?

Lindsey Graham, senador republicano de Carolina del Sur, que ocupa un puesto en el comité de servicios armados que entre otras cosas supervisa el Pentágono, parece acabar de percatarse de que Estados Unidos tiene aproximadamente 1.000 militares posicionados en Níger. Cuando se le preguntó el por qué, Graham dio la respuesta estándar que estamos acostumbrados a recibir en esta era: la lucha contra el terrorismo.

Es más, Estados Unidos tiene unos 6.000 soldados repartidos a lo largo y ancho de prácticamente todos los países africanos, con intensas concentraciones en el centro del continente, donde grupos como Daesh, Al-Qaeda, Boko Haram y Al-Shabaab llevan a cabo más actividad. Las Fuerzas Especiales estadounidenses están, ahora y en todo momento, llevando a cabo aproximadamente cien misiones militares en África, normalmente en nombre de la nación desde donde operan.

En 2006 sólo un 1 por ciento de todos los comandos que Estados Unidos desplegó en el extranjero se dieron en África. En 2010 fue el 3 por ciento. Para el 2016, la cifra había subido a más del 17 por ciento. De hecho, y según datos oficiales, hay ahora más personal de operaciones especiales dedicado a África que a ningún otro sitio, a excepción de Medio Oriente.

Esto se añade a la extensa pero secreta guerra de drones que Estados Unidos financia en África. De acuerdo con Africom, solo hay una base de drones estadounidense en África, localizada en el campo Lemonnier en Yibuti. Ésta fue establecida poco después de los ataques del 11 de septiembre como un salto táctico a la acción militar en Medio Oriente. En realidad, hay más de 60 bases de drones y otros puestos remotos salpicados por el continente africano.

No debería sorprender que las fuerzas armadas privadas y los contratistas de seguridad (PMSC) sean negocios en auge en África. Después de todo, el concepto de “contratista militar” fue creado por los británicos, holandeses y por supuesto, los estadounidenses hace más de cincuenta años en lugares como Sudáfrica, Angola y el Congo Belga. El objetivo de dicho personal a día de hoy es doble: servir como una estructura de apoyo tranquila y no-obstruyente a las fuerzas estadounidenses, y proveer seguridad en minas y otras operaciones lucrativas que se dedican a sondear el continente en busca de recursos naturales.

Lo más probable es que el cobalto en su teléfono inteligente haya sido extraído de una mina por una empresa que se sirve de los servicios de PMSC –de manera violenta si es necesario– para defender sus intereses. En Sudáfrica, por poner un ejemplo, los contratistas militares privados son más numerosos que las fuerzas armadas permanentes del gobierno.

Los soldados estadounidenses se encuentran repartidos por el continente africano, en teoría con el objetivo de entrenar las fuerzas armadas de docenas de países. A su vez, los contratistas –Kellog Brown & Root, Daamco USA, Praemittas Group y R4 Inc, por nombrar algunos–  ofrecen apoyo basado en la fuerza y la violencia, siempre cosechando ganancias que responden a sus intereses empresariales. La participación de Estados Unidos en África se ha disparado desde 2001 y no muestra intención de bajar el ritmo de crecimiento.

Para una industria militar siempre codiciosa por explotar nuevos mercados, África presenta un mundo de posibilidades. Existe un juego de tronos en África entre Estados Unidos, China, Francia (que utiliza uranio africano para alimentar el 75 por ciento de su electricidad) y otros países no africanos. Es un juego de sombras del colonialismo e imperialismo que dejaron a gran parte del continente en las manos caóticas de caudillos militares y déspotas armados por Occidente durante generaciones. Las naciones más involucradas, es importante apuntar, son también los que en el mundo dirigen la distribución de armas y herramientas militares.

Para Estados Unidos, sus aliados occidentales e incluso sus enemigos, las decisiones con respecto a África no son más que puras cuestiones de beneficios –minas, petróleo, madera– y de armas, las cuales cuestan dinero. La guerra de máquinas necesita sustento, nadie está dispuesto a prescindir de smartphone, y pocos de aquí son conocedores de lo que está pasando allí. ¿Qué hay que saber? Que Estados Unidos cuenta con oficiales, militares y contratistas en todo el continente africano, y también drones que surcan los cielos. La intervención estadounidense crece cada día, y el rápido crecimiento de las fuerzas especiales en África es imparable.

La llamada “guerra contra el terrorismo” –apodada por los soldados que la combaten como “la guerra interminable”– tiene un frente más, provocado por los mismos intereses que dieron lugar a lo que pasó en Afganistán, Iraq y Siria. A no ser que esta inercia termine, esperen mas de lo mismo, esta vez en el marco africano. Los cuatro soldados que fallecieron y dieron lugar a tal controversia son sólo el comienzo.

http://www.truth-out.org/news/item/42385-the-us-africa-and-a-new-century-of-war

Kim Philby: el fascismo y el imperialismo nunca perdonan sus humillantes derrotas

El británico Kim Philby (1912-1988) fue el agente doble más importante de la historia del siglo XX y un auténtico encantador de serpientes durante 30 años. Reclutado por los soviéticos con 22 años, dinamitó el prestigio del MI6, el servicio secreto británico, porque nadie podía sospechar que el hijo de un héroe de la Inglaterra colonial pudiera ser un comunista militante.

Philby demostró que es posible vencer al fascismo y al imperialismo, algo que jamás le van a perdonar. Se preguntan cómo es posible que les engañara y eso les ha hecho escribir infinidad de estudios. Su vida inspiró la novela “El topo” de John le Carré. Durante 30 años Philby luchó por el comunismo y por la defensa de la URSS y nunca renunció. El comunista británico tiene más biografías que muchos primeros ministros, litros y litros de tinta gastados en una historia que inquieta al imperialismo.

Formó parte del “Círculo de Cambridge”, un grupo de estudiantes comunistas formado por Guy Burgess, Donald MacLean, que luego sería diplomático y responsable, junto a otros, de transmitir a Moscú toda la información disponible sobre el programa de armamento nuclear norteamericano, Anthony Blunt, director de la colección de arte de la Reina, y Roger Hollis, el jefe del Servicio Secreto británico entonces.

Philby inició su carrera en la Guerra Civil española, donde alcanzó su plena madurez como espía al servicio de la URSS. El franquismo se cuidó de ocultarlo porque el propio Franco estuvo en su lista de embaucados, lo cual tampoco era demasiado complicado. El contacto de Philby en los servicios secretos soviéticos le ordenó que encontrara la forma de ejecutarlo, pero -lamentablemente- no pudo cuplimentar esa misión.

Siempre fue un enamorado de España y hasta sus últimos días afirmó que, de volver a Occidente, le hubiera gustado visitar España. Llegó por primera vez a España en 1937 como periodista autónomo con la doble misión de informar sobre el armamento que los italianos y los alemanes estaban empleando aquí y, sobre todo, para recabar datos sobre aquel general mediocre en auge a golpe de matanzas en masa.

Gracias a los contactos de su padre, Harry St. John Philby, le nombraron corresponsal del “Times” en España. Estuvo en Sevilla, después en Salamanca y Burgos. Cubrió muchísimas batallas: la ofensiva del Norte en Bilbao y también en la batalla de Teruel en diciembre de 1937, donde sobrevivió al impacto de un obús republicano contra su coche, que mató a otros tres corresponsales anglosajones que viajaban con él. Philby solo sufrió una herida en la cabeza.

El ataque le dio acceso directo a los mandos franquistas. Poco después recibió una llamada telefónica de Pablo Merry del Val: “Franco quiere verte. Te va a condecorar por haber demostrado tu valor en el frente de batalla ante los comunistas”. Philby recogió la Cruz Roja al Mérito Militar de manos del propio criminal Franco, le que le permitió moverse con libertad entre las líneas fascistas. Hasta entonces los golpistas le había hecho la vida imposible a los corresponsales, porque pensaban que iba a ser una guerra muy corta. Él representaba exactamente la clase de periodista que buscaban para revertir esto: un joven reaccionario comprensivo con los fascistas.

Mientras se dejaba agasajar, Philby se dedicaba a enviar cartas -en apariencia de amor- a una dirección en París usando tinta invisible con información precisa para los soviéticos. Sus contactos españoles y su buen trabajo en la Península dejaron satisfechos a los soviéticos y también a los jefes de su diario. Le condecoraron con la Orden del Imperio Británico.

En 1939 la Segunda Guerra Mundial le llevó a aparcar el periodismo (que en su caso era una tapadera) para dedicarse a labores de espionaje en el MI6. Su influencia le aseguró un puesto en este organismo como encargado del contraespionaje en la Península Ibérica durante el verano de 1941.

En 1949 fue destinado a Washington con un puesto capital: enlace entre el espionaje inglés y la recién nacida CIA. Se convirtió en amigo íntimo y consejero de James Angleton, el primer director de la CIA, a la que dio uno de sus golpes maestros: informó al KGB de un plan para enviar terroristas a desestabilizar Albania.

Llegó a ser jefe del servicio de contraespionaje frente a los mismos soviéticos a los que informaba. En 1950 alertó a otros dos miembros del “Círculo de Cambridge”, Burgess y MacLean, de las sospechas que se cernían sobre ellos. Al año siguiente ambos huyeron a Moscú. La situación de Kim se tornó enormemente comprometida, insostenible.

Hasta entonces nadie había sospechado que aquel hombre apadrinado por el franquismo y de un entorno reaccionario pudiera ser un doble agente.

En julio de 1951 fue apartado provisionalmente del MI6 e interrogado. Estaba próximo a ascender a la cúpula de los servicios secretos. MacLean era un íntimo amigo. O había sido muy tonto o era un agente doble.

Caído en desgracia, Philby vio en España la oportunidad de recuperar la confianza de los servicios secretos. En 1952, regresó aquí para, supuestamente, dedicarse a la importación. No sabía nada de comercio y este era el país más atrasado de Europa. Utilizó de nuevo a los franquistas para limpiar las sospechas.

En 1955 montó su mayor espectáculo: una rueda de prensa en casa de su madre para desmentir que fuera un espía soviético.

Al año siguiente el MI6 le destinó a Beirut en la última de sus misiones en compañía de uno de sus antiguos compañeros, Nicholas Elliott,  que tenía la misión de arrancarle una confesión.

En 1963 Elliott logró que asumiese verbalmente su compromiso con la URSS. Seis días después fue convocado a una cita en la Embajada británica en Beirut. Era una trampa para detenerle. Llamó a su enlace del KGB y el 23 de enero de 1963, en una noche de tormenta embarcó en un carguero que le trasladó a Odesa, de donde viajó a Moscú.

En la URSS alcanzó el grado de coronel del KGB con la máxima condecoración. Tras fallecer en 1965, recibió un funeral de héroe de la URSS, con máximos honores, y hasta emitieron un sello de correos con su rostro.

Un vídeo de 1981 emitido por la BBC muestra a Philby instruyendo a los agentes de la Stasi, el servicio secreteto de la República Democrática Alemana: “Mi consejo es no confesar jamás”, les dice.

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