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Día: 30 de mayo de 2017 (página 1 de 1)

Desmantelada la red de espionaje de la CIA en China

Durante décadas la CIA fue tejiendo una importante red de informadores al más alto nivel en el gobierno de China y, sobre todo, en sus fuerzas armadas, aprovechando el fango de corrupción que envuelve el funcionamiento de aparato administrativo en el país asiático.

A partir de 2010 los miembros de la red fueron cayendo con cuentagotas, hasta que la semana pasada la operación se dio por terminada con la ejecución de al menos una docena de espías y el encarcelamiento de unos seis u ocho más, un golpe del que —como siempre— sólo conocemos la versión estadounidense, que esta vez procede del New York Times (*).

“Es uno de los mayores fracasos de la inteligencia en las últimas décadas”, reconoce el periódico, y la CIA no sabe de dónde ha llegado el golpe que les ha dejado sordos, por lo que ha abierto una investigación interna, en colaboración con la división de contraespionaje del FBI, con el nombre clave de “Honey Badger” para averiguar el origen de la filtración.

La investigación ha repasado al milímetro las biografías de los funcionarios de la embajada de Estados Unidos en Pekín para averiguar si en ella había un topo del contraespionaje chino.

También revisaron la posibilidad de que China fuera capaz de descifrar las comunciaciones entre Langley y Pekín y, finalmente, que el topo de los chinos estuviera dentro de la propias filas de la CIA.

Entre 2008 y 2011 nada menos que 57 residentes en Estados Unidos fueron juzgados por enviar a China información clasificada a cambio de dinero, lo que sumaba a los casos de Aldrich Ames y Robert Hanssen, dos de los casos más sonados de infiltración de China en los aparatos de inteligencia de Estados Unidos.

Las sospechas se concentraron luego sobre un antiguo analista, especializado en China, pero las pistas no condujeron a ninguna parte. También repasaron las reuniones de los espías de la CIA con sus fuentes sobre el terreno, que no reunían todos los requisitos de seguridad, ya que solían quedar en restaurantes en los que los chinos habían puesto aparatos de escucha, e incluso los camareros eran miembros de la inteligencia china.

En fin, la CIA no sabe de dónde les ha llegado el golpe, pero el hecho es que ya no pueden disfrutar de la información privilegiada de que gozaban antes.

(*) https://www.nytimes.com/2017/05/20/world/asia/china-cia-spies-espionage.html

‘Los rusos fuera, los americanos dentro y los alemanes bajo control’

Ante cumbres como la del G7, el tratamiento de la prensa suele ser un bien termómetro del “climax” de eso que los marxistas califican como “contradicciones interimperialistas”, o sea, el estado de las mutuas relaciones entre las grandes potencias, sus acuerdos y desacuerdos.

En la reciente que se ha celebrado en Sicilia, la atmósfera no ha podido ser peor, algo característico desde la llegada de Trump a la Casa Blanca. Ni siquiera han logrado ponerse de acuerdo para redactar un comunicado conjunto sobre todos los puntos del orden día. Un periódico alemán dice que se reunieron “para nada” y que más valdría haber dedicado sus esfuerzos a otros asuntos.

Desde los tiempos de los movimientos “altermundialistas”, este tipo de situaciones se describen con una terminología confusa, que es propia de los grandes centros imperialistas y que se irradian por los medios pequeño burgueses. Así, el Washington Post habla de que las diferencias proceden de que Europa sigue defendiendo la globalización, mientras que Trump está en contra.

Los pro-globalización se oponen a las nuevas corrientes que siguen defendiendo viejas concepciones como los Estados, las fronteras y poco menos que una política económica autárquica, una resurreción de Keynes para hacer frente al neoliberalismo, etc.

En estas ocasiones, mejor que la verborrea seudoanalítica es recurrir a las palabras de los protagonistas, políticos pragmáticos, como Angela Merkel quien, inmediatamente después de regresar a Alemania, hizo unas declaraciones en Munich en las que ponía fin de manera solemne a los tiempos pasados, es decir, al mundo tal y como se configuró en 1945.

“La época en la que podíamos contar al cien por cien los unos con los otros, casi ha terminado”, sentenciaba. “Evidentemente debemos seguir siendo amigos de Estados Unidos y Reino Unidos, como buenos vecinos, siempre que sea posible, y también de Rusia. Pero tenemos que darnos cuenta de ello: tenemos que luchar por nosotros mismos, como europeos, por nuestro porvenir y nuestro destino”, concluyó la canciller.

Si no la interpretamos mal, de lo que Merkel habla es de hegemonía y de dirección del capitalismo como sistema económico mundial y lo que dice es extraño para los que estamos habituados a una lectura literal de lo que Lenin decía hace cien años. Da la impresión de que no hay una lucha por le hegemonía sino —más bien— un vacío porque el capitán —Estados Unidos— ha abandonado el barco, dejando huérfanos a los marineros.

Es como si los europeos —pero también los canadienses y japoneses— desearan que Estados Unidos siguiera llevando “la voz cantante” en los asuntos mundiales, mientras que Trump y los suyos no quisieran asumir ese papel. Éstos parecen volcados en sus propios asuntos internos (“América primero”) y en la reunión se han encontrado completamente aislados del resto de potencias mundiales.

Es aún más confuso deducir de lo expuesto que hay un acuerdo en tre las grandes potencias. Es todo lo contrario y Merkel no lo ha podido decir más claro: la alianza transatlántica se ha acabado. El artículo 5 del Tratado de la OTAN que garantiza la ayuda mutua en caso de agresión se ha puesto en cuestión.

En su lenguaje demágogico y cutre, como en el caso del muro con México, Trump lo ha expresado diciendo que los europeos no pagan a la OTAN lo que deberían, pero los europeos no pueden pagar por algo que se escapa de sus manos, es decir, no pueden subvencionar indirectamente a Estados Unidos y su industria militar, que es lo que Trump pretende: reforzar aún más la presencia de su país en el mercado mundial de armamento, que es uno de los pocos en el que aún son competitivos.

Por el precio que exige Trump, los europeos pueden tener sus propia industria militar. Si resumimos la hegemonía del imperialismo estadounidense desde 1945 en términos militares, o sea, en la configuración de la OTAN, hay que volver a las palabras de su primer secretario general, Hastings Ismay, según el cual su objetivo consistía en “mantener a los rusos fuera, a los americanos dentro y a los alemanes bajo control”.

Si eso es lo que ha cambiado, entonces esta nueva etapa se resume simétricamente diciendo que “los rusos dentro, los americanos fuera y los alemanes sin control”.

En términos económicos —que son los únicos que Trump es capaz de atisbar— se expresa en un tuit de los suyos: “¿Ven Ustedes todos los vehículos que los alemanes venden en Estados Unidos? Pues hay que acabar con eso”. Sería tanto como acabar con la potencia industrial de los monopolios alemanes, algo imposible para Trump y para Estados Unidos.

Esa fuerza económica es la que permite que Alemania —y por lo tanto Europa— sea capaz de escapar del control que hasta ahora ha ejercido Estados Unidos. En Francia algunos medios le pintan a Macron como un delegado comercial procedente del otro lado del Atlántico, pero se equivocan. Es un sujeto de la factoría Merkel, que ha puesto toda la carne en el asador para lograrlo. El dúo Merkel-Macron se ha impuesto tarea volver a impulsar la Unión Europea, tras el fiasco del Brexit.

La prensa alemana no habla de otra cosa, mientras critica acerbamente a Trump, como nunca se había visto con un Presidente de los Estados Unidos. Al mismo tiempo hablan de atar Europa central a la Ruta de la Seda que llega del Extremo Oriente como el nuevo maná. En la medida en que eso alcanza a los rusos, éstos ya se pueden considerar “dentro”, por lo que sólo queda que “los americanos” se vayan fuera (de Alemania), lo que se traducirá en reducciones de tropas en Ramstein o en la liquidación de la propia base militar.

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