La web más censurada en internet

Día: 14 de mayo de 2017 (página 1 de 1)

La pérdida de poder adquisitivo de los salarios lleva la tensión a las fábricas

“La pérdida de poder adquisitivo lleva la tensión a las fábricas”, titulaba el diario El Confidencial en enero de este año. La guerra (salarial) está servida. El repunte del IPC —hasta el 3 por ciento en enero— amenaza con elevar la conflictividad laboral”, añadía dicho medio.

Los 743 convenios colectivos con vigencia durante este año, que afectan a 2,18 millones de trabajadores, han pactado un incremento salarial medio del 1,12 por ciento, muy lejos del 3 por ciento que está subiendo la inflación.

Si no hay acuerdo entre sindicatos y empresarios, la batalla está servida porque apenas el 14 por ciento de los convenios colectivos prevé una cláusula de garantía salarial que compense el incremento de los precios, por lo que en caso de que no se cierre un acuerdo, se produciría una pérdida general de poder adquisitivo de los trabajadores.

El salario medio en España se ha incrementado un 0,3 por ciento nominal en el último lustro, hasta los 1.636 euros mensuales, si bien el poder adquisitivo de la remuneración obrera media española ha registrado una caída del 2,4 por ciento en el mismo periodo, como consecuencia del incremento del coste de la vida.

El descenso se produce en todas las Comunidades Autónomas, según el “V Monitor Anual Adecco sobre Salarios” (2), elaborado por la empresa de compraventa de fuerza de trabajo, que muestra cómo el salario medio es un 0,2 por ciento menor que hace un año.

El poder adquisitivo del salario medio se ha reducido en todas las comunidades autónomas, excepto en Cantabria (+2,5 por ciento) y la Comunidad de Madrid (+0,6 por ciento). Mientras que las que más han perdido son Extremadura (-5,8 por ciento), Catalunya (-5,8 por ciento) y Castilla y León (-5,2 por ciento).

(1) http://www.elconfidencial.com/economia/2017-01-31/salarios-ipc-ccoo-ceoe-ugt-convenios-colectivos-poder-adquisitivo-huelgas_1324528/
(2) http://www.nuevatribuna.es/articulo/economia-social/2-4-menos-salarios-no-paran-perder-poder-adquisitivo/20170510144644139649.html

‘Le cortaron los testículos, se los metieron en la boca, le cortaron la lengua y le quitaron los ojos’

La muerte atroz de un maestro republicano
Un vil crimen, cometido por falangistas en una aldea de Lugo, convirtió a Arximiro Rico en un mártir de la educación pública. Hombre ilustrado, encarnó el progreso en el rural gallego, sometido al poder de curas y caciques, quienes apagaron su luz.

Llamaron a la puerta de la casa y su madre, la noche ya encima, le rogó que no abriese la puerta. Se lo llevaron. De camino a la sierra de la Ferradura, los falangistas pararon en una taberna a abrevar y a él, mientras, lo amarraron a una argolla. Monte arriba, cabalgaron sobre su lomo. Al llegar a la cima, “le cortaron los testículos, se los metieron en la boca, le cortaron la lengua y le quitaron los ojos… Y todo eso vivo, claro”. Luego lo molieron a palos y abrieron fuego. “Eran tiros de escopeta, porque la cabeza estaba desfigurada”. Muerte de un maestro. Primero de septiembre de 1937.

“Es Arximiro, criatura única y ser colectivo, nombre gentilicio de todos los maestros escarnecidos y asesinados por la réplica fascista de Atila, que martirizó a la Galiza republicana entera”, escribe Xosé Manuel Beiras en uno de los prólogos de Maestros de la República, de María Antonia Iglesias. La periodista alumbró esta antología de mártires de la enseñanza, santos laicos a los que ningún cura rezó, tras descubrir el trágico fin de un hombre hecho a sí mismo y deshecho por otros. Lo leyó en Arximiro Rico, luz dos humildes, escrito a dos manos por Narciso de Gabriel y Xosé Manuel Sarille, quienes rescataron su figura del silencio.

“Escuché hablar de él desde pequeño, así como de su horrible muerte. Cuando iba a casa de mis padrinos, que vivían en Pol, por las noches contaban historias. Una versaba sobre una buena persona que no le había hecho nada malo a nadie. Mi padrino lamentaba aquel asesinato y se sorprendía por la carnicería. La narración fue tan contundente que siempre ha permanecido en mi memoria”, explica De Gabriel, decano de la Facultad de Ciencias de la Educación de A Coruña. La descripción del macabro ritual se la escuchó a Manuel Sarille, socialista represaliado y padre de Xosé Manuel, quien dedicó su vida a investigar el terror sembrado en Montecubeiro durante la Guerra Civil.

Aunque nada podría explicar el ensañamiento, la parroquia de Castroverde fue escenario de un luctuoso suceso que contextualiza el crimen. Un año después del golpe de 1936, dos guardias civiles a la caza de varios fugados fallecen en un tiroteo, lo que desata una feroz represión en este municipio del interior de Lugo. Una lista pone en el punto de mira a 65 inocentes, de los cuales quince son asesinados. Arximiro Rico da clases en una aldea de Baleira, un ayuntamiento vecino, si bien frecuenta la zona y tiene amistades con republicanos del lugar. Su
cadáver fue abandonado en el límite entre ambos municipios. “Lo dejaron tirado en el monte para extender la sensación de terror”, explica Sarille, profesor de Historia jubilado.

Era un maestro ilustrado de origen humilde, aunque también un hombre que echaba una mano a sus vecinos: curaba a personas y animales, daba consejos sobre cultivos y repoblaciones forestales, enseñaba las cuatro reglas a niños y formaba a escolantes… “Pasaba por rojo, pero era un republicano centrista seguidor de Manuel Portela Valladares, quien estaba a la derecha de la Izquierda Republicana de Azaña”, matiza Sarille. Tampoco era un ateo, sino un creyente que había desterrado el crucifijo del aula. No daba clases de religión, mas regalaba catecismos a sus pupilos para que los leyesen en sus casas.

Sin embargo, Arximiro encarnaba el progreso. “Hizo un labor sociocultural que trascendía los muros de la propia escuela: creó un coro, un grupo de teatro, una biblioteca circulante… Elementos importantes para un lugar como aquel, muy aislado de los núcleos grandes de población”, afirma Narciso de Gabriel, quien lo describe como “el maestro total”. De hecho, cuando le llegó la muerte, estudiaba Medicina, al tiempo que daba clases mañana, tarde y noche, pues preparaba a bachilleres y a maestros por libre. “Mataron, pues, la esperanza de un futuro mejor para la gente del común”.

¿Por qué lincharon a un hombre bueno? Quizás la respuesta ya haya sido dada. “Ellos pretendían, además de vengarse de un enemigo político, matar esa antorcha de luz y cultura”, asegura el decano coruñés. Cuando dice ellos, se refiere a los poderes fácticos: el cura y, por extensión, el obispado de Lugo; los caciques, agazapados hasta que prendió la mecha de Franco; y los falangistas, una panda de analfabetos de la zona, quienes hicieron valer la fuerza sobre la razón. “Era evidente que la difusión de la cultura contribuía a erosionar esos liderazgos tradicionales”, le explicó De Gabriel a María Antonia Iglesias, quien también habló con su alumno Antón Arias: “Yo creo que si matan a mi padre no lo siento tanto…”.

José María Maravall, en el prólogo de Maestros de la República, señala que detrás del asesinato subyace una campaña sistemática para laminar la política educativa y cultural de Azaña. “Las razones de las ejecuciones eran erradicar el espíritu de la República encarnado en los maestros y en la educación; provocar un miedo generalizado. Esas razones fueron reforzadas por las venganzas”. Porque en la ejecución de Arximiro también hubo motivos personales: además de que los verdugos eran vecinos, y no esbirros llegados de otros lares, él había tenido roces con el cura de San Martín, cuyo hermano era un abogado falangista de tomo y lomo que llegó a ser alcalde de Lugo.

“El cura observa cómo en la escuela aparece un foco de luz que irradia sobre las gentes, funde las tinieblas, despierta las conciencias y hace desaparecer la ignorancia”, escribe Sarille. Arximiro, de algún modo, se convirtió en uno de los nuevos líderes locales que habían desplazado a los estamentos tradicionales. Sin embargo, “ante ellos tenían un clero ultramontano, una jerarquía que creía poseer la verdad absoluta y trataba, en consecuencia y naturalmente, de imponerla”. Así, fue expulsado de la escuela y sustituido por una maestra adepta al franquismo. Recurrió y la autoridad competente terminó dándole la razón, una humillación para sus detractores y un motivo más para llevárselo por delante.

Así, cuando llegó el comunicado oficial que le permitiría reincorporarse a su puesto, ya había sido asesinado. “En el rural gallego, durante la Segunda República había comenzado un proceso de sustitución de notables. Frente a caciques y sacerdotes, brotaron nuevas figuras, como los maestros. Desde ese momento, el enfrentamiento está dado porque él le segó al antiguo régimen la hierba bajo los pies. Y de ahí el odio”, analiza Sarille. “Cuando los liderazgos tradicionales y brutales tuvieron oportunidad de tomarse la revancha, no ahorraron en medios ni en formas”, concluye De Gabriel.

Arximiro, pese a que era consciente de que la guadaña falangista campaba por Montecubeiro, se confió y volvió a casa. O, lo que es lo mismo, a su escuela, aunque no llegó a poner un pie en ella. La última vez que su hermano Gumersindo lo vio, el maestro le dijo: “Me sentenciaron a muerte por haber enseñado a leer a una aldea”.

http://www.publico.es/politica/arximiro-rico-maestro-republicano.html

101 soldados heroicos del Ejército Rojo fueron asesinados por los nazis en un campo de concentración holandés

Hoy los antifascistas holandeses honran la memoria de 101 prisioneros del Ejército Rojo asesinados por los nazis en un bosque de Amersfoort, cerca de Utrecht, en 1942. Son soldados desconocidos de origen uzbeko que dejaron sus hogares en Asia central para combatir al III Reich. La Wehrmacht los capturó en la batalla de Smolensk. Los llevó presos y vestidos de harapos a un campo de concentración en Holanda.

Cada primavera los antifascistas holandeses se reúnen y encienden velas para honrar su memoria en el mismo lugar en el que fueron acribillados por los nazis hace más de medio siglo.

Nadie recordaría a aquellos combatientes de no ser por el periodista holandés Remco Reiding que descubrió su historia hace 18 años cuando volvió a su país después de haber trabajado varios años en Rusia como corresponsal y escuchó de un amigo que había un cementerio de guerra soviético cerca de la zona. “Me sorprendió ya que nunca antes había escuchado de este cementerio”, dice Reiding. “Visité el lugar y comencé a buscar archivos y testigos”.


865 soldados soviéticos estaban enterrados allí y todos, con excepción de 101, habían sido llevados a ese lugar desde otras partes de los Países Bajos o de Alemania. Los 101 sin nombre habían muerto allí, en Amersfoort, un campo de concentración que estaba bajo el mando de Karl Peter Berg, quien fue ejecutado en 1949. Una inscripción en la tumba de los 101 dice “Soldado soviético desconocido” en ruso.

Los héroes del Ejército Rojo fueron capturados cerca de Smolensk en las primeras semanas después de la invasión alemana de la Unión Soviética y los nazis los transportaron a la Holanda ocupada por cuestiones de propaganda. “Eligieron meticulosamente a los que tenían aspecto asiático para exhibirlos ante los holandeses que se resistían a las ideas nazis”, cuenta Reiding.

“Los llamaron ‘untermenschen’ [personas inferiores] y contaron con que una vez que los holandeses vieran la apariencia de los soviéticos, querrían unirse a los alemanes”. El objetivo principal de los nazis era convencer a los holandeses comunistas, que habían sido detenidos en un campo de concentración en Amersfoort junto con los judíos locales, desde agosto de 1941.

Pero el plan no funcionó. Henk Broekhuizen, quien hoy tiene 91 años, es uno de los pocos testigos que quedan de lo ocurrido. Recuerda cuando era adolescente y vio llegar a los prisioneros soviéticos. “Cuando cierro los ojos veo sus caras”, dice. “Estaban envueltos en harapos, ni siquiera parecían soldados, solo podías ver sus caras”, recuerda.

“Los nazis los desfilaron por la calle principal, desde la estación de tren hasta el campo de concentración”, dice Broekhuizen. “Se los veía débiles y pequeños, sus pies estaban cubiertos en telas viejas. Algunos apenas podían caminar y eran ayudados por sus amigos”, rememora.

Algunos prisioneros pudieron establecer contacto visual con los locales y usaron gestos para indicar que tenían hambre. “Les llevamos un poco de agua y pan”, dice Broekhuizen. “Pero los nazis nos los sacaron de las manos y no nos dejaron ayudarlos”. Nunca más los volvió a ver y no oyó nada sobre lo que les ocurrió.

Pero Reiding logró hallar evidencias en los archivos holandeses. Una de las cosas que descubrió es que la mayoría de los soldados eran uzbekos. Los verdugos del campo de concentración no lo supieron, hasta que llegó un agente de la SS que hablaba ruso y los entrevistó. La mayoría era de Samarcanda, según Reiding. “Quizás había algún kazako, kirguís o baskir, pero la mayoría eran uzbekos”.

En 2015 Reiding compiló las confesiones de los guardianes del campo de concentración y los recuerdos de los prisioneros en el libro “Child of the Field of Honour” (Niño del Campo de Honor).  El periodista logró rastrear a los familiares de 200 de los 865 soldados soviéticos enterrados en Amersfoort.

También averiguó que los soldados del Ejército Rojo fueron tratados peor que los demás presos. “Durante los primeros tres días en el campo de concentración los uzbekos fueron dejados a la intemperie, sin comida y rodeados de alambres de púa”, señala Reiding. “Los alemanes tenían listo un equipo de filmación para captar el momento en que estos ‘bárbaros subhumanos’ se pelearan por comida, una grabación que querían usar como propaganda. Así que los nazis les lanzaron una rodaja de pan a los hambrientos uzbekos”.

“Para sorpresa de ellos, uno de los prisioneros tomó el pan y con calma lo dividió en pedazos iguales con una cuchara”. “Los otros esperaron pacientemente. Nadie se peleó. Luego se dividieron los pedazos de pan de manera igualitaria. Los nazis estaban decepcionados”
, asegura el periodista.

Pero luego vendrían cosas peores. “A los uzbekos les daban la mitad de comida que al resto y si algún otro prisionero los ayudaba todo el campo de concentración se quedaba sin comida, como castigo”, cuenta Bahodir Uzakov, un historiador uzbeko. Uzakov, quien vive en la cercana Gouda, también ha estado investigando lo que ocurrió en el campo de concentración de Amersfoort.

“Cuando comían sobras y cáscara de papas los nazis los golpeaban por comer comida de cerdos”, asegura.

Reding averiguó que a los uzbekos les daban las peores tareas. Por ejemplo, cargar la albañilería más pesada o arena o troncos, en temperaturas heladas.

Una de las historias más horrorosas que descubrió es sobre el médico del campo de concentración, un holandés llamado Nikolaas Van Nieuwenhuysen, un sádico que tras la guerra fue sentenciado a 10 años de prisión.

Cuando dos uzbekos murieron, obligó a otros prisioneros a decapitarlos y a hervir sus cráneos hasta que estuvieran limpios, cuenta Reiding. “El doctor guardó las dos calaveras en su escritorio para estudiarlos, ¡qué locura!”, señala. Muertos de hambre y débiles, los uzbekos comenzaron a comer ratas, ratones y plantas.

Veinticuatro de ellos no sobrevivieron el duro invierno de 1941 y los restantes 77 no le servían a los nazis una vez que se pusieron demasiado débiles para trabajar. Así que una mañana en abril de 1942 los alemanes les dijeron que los trasladarían al sur de Francia, donde el clima más cálido les sentaría mejor.

En realidad los llevaron a un bosque justo afuera del campo de concentración donde los fusilaron y los enterraron en una fosa común. “Algunos comenzaron a llorar, otros juntaron las manos y enfrentaron su muerte. Los que trataron de huir fueron perseguidos y acribillados”, dice Reiding, basándose en lo que contaron los guardias que presenciaron la ejecución.

“Imagina estar a 5.000 km de tu hogar, en un lugar donde no hablas el idioma y nadie entiende el tuyo”. “Y nunca entiendes por qué estas personas te tratan como si fueras un animal”, reflexiona.

No hay mucha información que ayude a identificar a estos prisioneros. Los nazis le prendieron fuego a los archivos del campo de concentración cuando huyeron en mayo de 1945. Hay una sola foto que muestra caras, las de dos hombres, que no están identificados. También hay nueve retratos dibujados en lápiz por un prisionero holandés, pero solo dos tienen nombre.

“Los nombres están mal escritos pero suenan uzbekos”, dice Reiding. “Uno es Kadiru Xatam y el otro Muratov Zayer. Así que lo más probable que el primero sea Kadirov, Hatam y el segundo Muratov, Zair”. Los retratos muestran a hombres de unos veinte años o quizás más jóvenes. Seguramente en Uzbekistán sus madres habían comenzado a buscarles esposas apropiadas y sus padres ya habrían comprado un ternero para arriar para su fiesta de casamiento cuando explotó la guerra y cambió todo.

Se estima que un tercio de los 1,4 millones de uzbekos que lucharon en la Segunda Guerra Mundial no regresaron y 100.000 permanecen desaparecidos. Hay varios motivos por los cuales los 101 soldados uzbekos que fueron enterrados en Amersfoort no fueron identificados, salvo los dos de los dibujos.

Uno fue la Guerra Fría, que llegó inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial y convirtió a Europa Occidental y a la Unión Soviética en enemigos ideológicos. Otro es la decisión de Uzbekistán de olvidar su pasado soviético cuando se independizó en 1991. Los veteranos dejaron de ser considerados héroes.

Un monumento dedicado a una familia que adoptó a 14 huérfanos de la guerra fue retirado de una plaza en el centro de Tashkent, aunque el nuevo presidente uzbeko dijo que será devuelto a ese lugar. Los cuerpos de los uzbekos fueron trasladados de la fosa común a un cementerio y luego mudados nuevamente a un cementerio creado especialmente para los soldados soviéticos caídos.

En resumen, podría decirse que buscar a soldados que desaparecieron hace varias décadas cuando formaban parte del Ejército Rojo no ha sido una prioridad del gobierno uzbeko. No obstante, Reiding mantiene la esperanza de encontrar los nombres en los archivos de ese país. “Los documentos sobre soldados soviéticos que no murieron o cuyas muertes no eran conocidas por las autoridades soviéticas fueron enviadas a la KGB local (la agencia de inteligencia soviética) así que es probable que la identidad de los 101 prisioneros esté guardada en Uzbekistán”, asegura.

http://www.bbc.com/mundo/noticias-39889803
Karl Peter Berg, jefe nazi del campo de concentración, fusilado en 1949

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies