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Día: 2 de noviembre de 2016 (página 1 de 1)

22 oficiales del ejército francés están acusados del genocidio cometido en Ruanda en 1994

Ayer una comisión ruandesa que investiga desde hace más de 20 años el genocidio, publicó un informe titulado “La manipulación del expediente del avión de Habyarimana, una ocultación de las responsabilidades francesas en el genocidio” cometido en 1994 en el país africano de los Grandes Lagos en el que un millón de personas fueron asesinadas y la mayor parte de la población tuvo que huir de sus hogares.El informe pone nombres y apellidos a 22 oficiales del ejército francés implicados en la mayor matanza desde la Segunda Guerra Mundial que, oficialmente, se inició con el derribo del avión en el que viajaba el Presidente Juvenal Habyarimana, que falleció junto con toda la tripulación.

Desde hace 20 años los tribunales franceses y españoles (Audiencia Nacional) han abierto sendas causas que, como es habitual, son otras tantas cortinas de humo para encubrir a los verdaderos responsables.

También se creó un Tribunal Penal Internacional, que cerró las puertas a finales del año pasado y que nació lastrado por una rasgo típicamente imperialista: el Tribunal sólo podía juzgar a los propios ruandeses o a los extranjeros que hubieran estado dentro del país en el momento de cometerse los hechos. Se hizo así para que quedara claro que el genocidio era un “asunto interno” que no dependía de órdenes emanadas de Washington, Londres o París.

La única autoridad que durante años ha investigado a fondo y sin desmayo aquella matanza es el gobierno de Paul Kagame, que ya acusó antes expresamente a los máximos dirigentes del partido socialista francés, entonces encabezados por Mitterrand, así como a varios ministros y al “fontanero” del Elíseo Hubert Vedrine.

Ahora también señala con el dedo al general Jacques Lanxade, antiguo jefe de Estado Mayor y al también general Jean-Claude Lafourcade, que dirigía la fuerza militar Turquoise desplegada en Ruanda bajo el amparo de la ONU.

Aunque se suele poner el origen del genocidio en la muerte del presidente hutu Habyarimana el 6 de abril de 1994, en realidad el país de los Grandes Lagos fue víctima de una lucha entre los imperialistas estadounidenses y franceses, que provocaron un enfrentamiento entre sus aliados tutsis y hutus. El verdadero detonante fue la invasión que, con el respaldo del imperialismo británico, realizó el alto mando del ejército ugandés en octubre de 1990 sobre sus vecinos ruandeses.

Una de las implicaciones más silenciadas del genocidio ruandés es la de la Iglesia católica, cuyos misioneros y órdenes religiosas fueron desde el siglo XIX un  pilar del imperialismo belga y luego del francés. Hay varios sacerdotes y monjas condenados en firme por dirigir el genocidio. Pero en la matanza también están implicados misioneros metodistas, anglicanos y presbiterianos que trabajaban para el bando contrario, es decir, para los imperialistas estadounidenses y británicos.

Más información:
— Un nuevo libro documenta el papel del imperialismo francés en el genocidio de Ruanda
— El imperialismo francés desató el genocidio de Ruanda en 1994
— El jefe del Estado Mayor del ejército francés fue uno de los defensores de los genocidas ruandeses
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— Acusan al banco BNP de participar en el genocidio de Ruanda
— Ruanda según la Audiencia Nacional: el mundo al revés
— Historia secreta del teléfono rojo en pleno genocidio ruandés
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El fugaz romance entre Hollywood y la Unión Soviética

Ignasi Franch

Después del ataque japonés a la base estadounidense de Pearl Harbor, Hollywood apostó fuerte por el militarismo. Aunque la mayor parte de los grandes estudios habían optado previamente por mantener la neutralidad, se adaptaron inmediatamente al nuevo ciclo: centenares de películas de todos los géneros, desde el cine bélico al musical pasando por la comedia romántica, defendían la intervención en la II Guerra Mundial.

En títulos destinados a un público juvenil, Tarzán luchaba contra soldados alemanes, el Hombre Invisible se infiltraba en los cuarteles del III Reich y Batman se enfrentaba a un científico japonés que convertía a las personas en zombis. Pero quizá las producciones más sorprendentes fueron las que justificaron la alianza con la Unión Soviética liderada por Josef Stalin.

Según autores como Nicholas J. Cull, la opinión pública estadounidense era partidaria del aislacionismo y desconfiaba de los llamamientos británicos a la colaboración militar. El ataque a Pearl Harbor implicó una entrada en guerra que era deseada por la Administración de Roosevelt. Pero justificar la colaboración con la URSS, satirizada y satanizada apenas unos meses antes, resultaba un desafío estratégico que requirió la colaboración de Hollywood.

El deseo de cultivar la empatía hacia el pueblo ruso, implicado en sangrientas batallas contra el Ejército alemán, comportó la presencia de papeles positivos en multitud de filmes. Algunos otorgaron un protagonismo central a personajes soviéticos o a las relaciones con la URSS: Miss V from Moscow, Misión en Moscú, The Boy from Stalingrad, La estrella del norte, Three Russian Girls, Song of Russia, Días de gloria y Contraataque. Cuatro de estas ocho obras fueron estrenadas en 1943, momento álgido del amor de conveniencia de Hollywood hacia el gobierno bolchevique.

Antes de Pearl Harbor, los estudios Warner Brothers ya se habían significado con diversos títulos antinazis que supusieron conflictos diplomáticos y grandes tensiones con el organismo censor de Hollywood, la Production Code Administration. La productora low cost PRC inició el nuevo ciclo prosoviético con Miss V from Moscow, estrenada en 1942. Su protagonista era una espía rusa que colaboraba con los aliados desde la Francia ocupada. En los tres años posteriores, la mayoría de los principales estudios (Warner, Fox, Metro-Goldwyn-Mayer, Columbia y RKO) hicieron sus propias aportaciones fílmicas a la fugaz amistad ruso-americana.

Fueron tiempos en que el cine de ficción se acercaba a la actualidad más inmediata. El montaje de muchas películas se modificaba en el último momento para adaptarse a las novedades en el frente. También se recogían discursos reales de figuras relevantes de la política internacional. En Sherlock Holmes en Washington, por ejemplo, el detective victoriano (reconvertido en investigador contemporáneo y antinazi) citaba a Winston Churchill llamando a la cooperación entre Estados Unidos y Reino Unido.

Algunos filmes fueron más allá del atlantismo. En el drama romántico Song of Russia, un actor aparece interpretando a Stalin y recitando fragmentos de un discurso que el líder soviético ofreció el 3 de julio de 1941. A pesar de algunas diferencias, como la eliminación de una referencia a los “alemanes esclavizados por los déspotas hitlerianos”, el grueso de la versión cinematográfica se corresponde con las palabras del gobernante.

Este guiño presente en Song of Russia empequeñece ante las loas a Stalin que incluye “Misión en Moscú”, adaptación del libro testimonial de [Joseph E. Davies] un diplomático cercano al presidente Roosevelt.

El protagonista sirve de nexo con la audiencia: su visión del mundo está basada en el libre mercado y el capitalismo, pero aprende a comprender y admirar los logros de la URSS. A través del filme, no sólo se defiende vehementemente la intervención norteamericana en la guerra, sino que también se justifican las purgas al trotskismo (caracterizado como una quinta columna al servicio de Hitler) y la invasión de Finlandia. Un final con tintes religiosos acaba de redondear un conjunto desconcertante.

Como afirmaron Michael S. Shull y David Edward Wilt en Hollywood War Films, 1937-1945, estas películas solían mostrar simpatía e identificación con los ciudadanos soviéticos y, salvo excepciones, minimizaban la presencia de su gobierno.

Diversos títulos se limitaban a reforzar el autorretrato de los Estados Unidos como gendarme del mundo, mostrando las desventuras de resistentes patrióticos que luchan en inferioridad de condiciones contra un invasor cruel. La pertenencia a la URSS de los protagonistas de Días de gloria o Contraataque, por ejemplo, no resulta demasiado significativa y se asemeja a las representaciones de la insurgencia noruega (“Al filo de la oscuridad”) o francesa (“Pasaje a Marsella”).

La estrella del norte, en cambio, parece un intento de refutar el escepticismo de una audiencia anticomunista. El resultado defraudó a la misma escritora, la dramaturga afín al comunismo Lillian Hellman (La calumnia).

Las granjas colectivizadas se convierten en pintorescos espacios poblados por trabajadores joviales. En el primer tramo del filme, se incluyen himnos patrióticos y también canciones explicativas de las historias de los personajes, como si de un musical se tratase. En el desenlace, mucho más duro, un doctor ucraniano asesina a un médico alemán algo cínico, ejecutor y a la vez censor de los abusos nazis. Su discurso contra los “hombres que hacen el trabajo de los fascistas mientras fingen que son mejores” parece una advertencia a los partidarios de equidistancias y aislacionismos.

Song of Russia también incluía momentos peculiares. A pesar de tratarse de un drama romántico y no de un biopic político, su lógica propagandística lo acerca a Misión en Moscú. El pueblo soviético recibe a un director de orquesta estadounidense con banderas de Estados Unidos y el himno de las barras y estrellas. Los conflictos entre el capitalismo y el comunismo, trascendentales antes (y después) de la guerra, se convertían en matices superables que no dificultaban la cooperación contra el fascismo.

En Estrella del norte y Song of Russia aparecían voluntariosas guerrillas populares. The Boy from Stalingrad fue un paso más allá al relatar las peripecias de una milicia de niños. Es un ejemplo de las anomalías de la autocensura hollywoodiense en tiempos de guerra, durante los cuales se retrataron violencias difícilmente aceptables en otros contextos. La excepcionalidad de la situación trajo consecuencias más positivas, como pequeños cuestionamientos de la división sexista del trabajo: el cine debía incluir guiños a las mujeres para que se sintiesen partícipes de la campaña bélica.

Los discursos sobre fraternidad internacional y países hermanados, tan presentes en el Hollywood propagandístico, no sobrevivieron al final de la contienda. La idea de “hacer de esta la última guerra”, citada en La estrella del norte y muchos otros títulos, resultaría tan fallida como cuando se planteó en la Primera Guerra Mundial. Estados Unidos y la URSS profundizaron en su antagonismo y no tardaron en estallar conflictos como el coreano.

Lawson encarcelado
La trepidante intriga Berlín express, estrenada en 1948, tiene algo de canto de cisne de la cooperación entre los Estados Unidos y la URSS. En el filme, un soldado ruso ejerce de símbolo de esa potencia desconfiada, cuyas motivaciones son difíciles de entender desde el punto de vista del americano medio, pero con el que hay posibilidades de acuerdo a través del conocimiento mutuo.

Unos meses después, el país cambiaría de enemigo y de nivel de alerta: dejaría de estar en guerra abierta con el fascismo para entrar en una guerra fría contra el comunismo. También se produciría una depuración interna que, en el mundo del cine, afectaría a muchos asociados al politizado Sindicato de Guionistas. Algunos de sus miembros, izquierdistas más o menos cercanos al comunismo, habían firmado escenas con una apariencia de sinceridad poco frecuente en el Hollywood oportunistamente antinazi. Y serían represaliados durante la caza de brujas.

De los once escritores que firmaron las ocho películas mencionadas al inicio de este artículo, ocho formarían parte de listas negras. Coincidirían con ilustres compañeros como Charles Chaplin (El gran dictador), Howard Koch (Casablanca) o Dalton Trumbo (Treinta segundos sobre Tokio). El autor del libreto de Contraataque, John Howard Lawson, incluso fue condenado a prisión por desacato al Comité de Actividades Antiamericanas (*). Lawson había escrito la pionera Bloqueo, que denunciaba los bombardeos sobre la población civil de la España republicana. Tras el final de la II Guerra Mundial, haberse posicionado contra el nazismo antes de Pearl Harbor implicaría un estigma: haber sido “prematuramente antifascista”.

Fuente: http://www.eldiario.es/cultura/cine/Hollywood-Union-Sovietica_0_574293326.html
 (*) Al salir de la cárcel en 1953 tuvo que exiliarse en México.

El búho ucraniano se nutre de los murciélagos rusos

Las insignias de las instituciones que se dedican al espionaje son expresivas de lo que hacen y de lo que les gustaría hacer. La CIA, por ejemplo, pone una rosa de los vientos en su distintivo para indicar a un centro en el que convergen informaciones procedentes de lugares distintos.

Las insignias de los espías indican el país que les paga y, en ocasiones, el mundo entero, para indicar que les interesa cualquier clase de información, cualquiera que sea su procedencia geográfica.

Lo extraño es que los espías ostenten como símbolo distintivo el mapa de otro país, como ocurre con el que acaba de aprobar Ucrania para su servicio de inteligencia militar, GUR, en el que aparece la silueta de… Rusia.

El nuevo distintivo se ha aprobado tras la llegada al cargo del nuevo director, cuya preocupación principal ha sido la de cambiar las insignias de sus oficiales. Es una manera de demostrar que tiene intención de cambiar algo… excepto la arraigada paranoia contra Rusia.

Suele ocurrir hasta en los vecinos que comparten la misma escalera: como a alguno le entre la paranoia contigo, es mejor que te cambies de vivienda. Lo mismo le ocurre a Rusia con sus vecinos ucranianos. Parece un país que ha nacido para hacer lo que el búho en la insignia: clavar una espada sobre Rusia.

La preocupación de los espías ucranianos no es el mundo sino Rusia exclusivamente. El lema de arriba en ucraniano dice dos cosas: primero “Ucrania por encima de todo” y luego abajo pone en latín “Sapiens dominabitur astris” que significa: “el sabio se guía por los astros”, es decir, que los espías ucranianos se consideran a sí mismos como “sabios” pero no lo parecen tanto porque su fuente de información es la misma que la de los Reyes Magos: los astros.

El lector se preguntará: ¿por qué poner un búho en el distintivo? Pues por lo que dicen los libros de biología: los búhos se comen a los murciélagos, que están en el emblema del espionaje ruso.

Naturalmente, el distintivo de los espías ucranianos se ha convertido en objeto de polémica en las más altas esferas políticas del Kremlin. El viceprimer ministro Dimitri Rogozin ha calificado de “idiota” la elección de un búho como distintivo y ha dicho que el lema de los espías ucranianos no es nada original: es el mismo de los nazis: “Deutschland uber Alles” (Alemania por encima de todo).

Hablando astros, en el emblema se puede ver también una estrella de cuatro puntas que, como sabrá el lector es el distintivo de… la OTAN, por lo que llevan a cabo una combinación casi mejor que el gin tonic: la alianza militar actual con el viejo III Reich.

En descargo de los nazis ucranianos hay que decir que Rogozin no tiene razón, al menos en un punto: la consigna de “Alemania por encima de todo” está en la primera estrofa del himno nacional germano compuesto en 1841 por August Heinrich Hoffmann von Fallersleben.

Pero seguro que los espías ucranianos no sabían este último detalle.

¿Qué vínculos unen al PSOE con los narcotraficantes colombianos?

Pablo Escobar en la fiesta del PSOE de 1982
1. En 1974 el gobierno de Colombia designa a Belisario Betancur como embajador en Madrid.

2. En Madrid vivía entonces el especulador vasco Enrique Sarasola Lertxundi, que anteriormente había vivido en Colombia muchos años, donde en 1966 se había casado con María Cristina Marulanda, hija de Alberto Marulanda Grillo, uno de los principales terratenientes del país y accionista de la compañía aérea Avianca.

3. Sarasola era amigo del almirante Carrero Blanco y a través de Carlos Zayas, el voluntario de la CIA, conoció a Felipe González en 1974. Las oficinas que Sarasola tenía alquiladas a nombre de su empresa en la calle Jacometrezo de Madrid servían de tapadera para las reuniones del PSOE.

4. Sarasola presenta a Felipe González a Betancur, quien pone a su disposición la embajada de Colombia en Madrid para sus chanchullos con el franquismo.

5. En 1976 y 1977 Felipe González viaja a Colombia apadrinado por Betancur y Sarasola, quienes le ponen en contacto con el narcopolítico Alberto Santofimio Botero, que fue ministro de Justicia en 1974, senador, presidente de la Cámara de Representantes, dos veces candidato presidencial y condenado en 2006 como autor del asesinato del también candidato presidencial Luis Carlos Galán, cometido en 1989, en complicidad con el capo del narcotráfico Pablo Escobar.

6. En 1981 la mujer de Pablo Escobar, Virginia Vallejo, entrevista a Felipe González en una cadena de la televisión colombiana.

7. En octubre de 1982 Pablo Escobar, Alberto Santofimio Botero y Jairo Ortega Ramírez, otro narcopolítico colombiano, viajan a Madrid invitados por Felipe González y Sarasola para celebrar el triunfo electoral del PSOE en el Hotel Palace. La fiesta está documentada en la sentencia contra Santofimio por asesinato. Los tres colombianos se sentaron juntos en la mesa del hotel, junto al torero Luis Miguel Dominguín.

El periodista colombiano Gonzalo Guillén, presente en aquel acto, afirma que fue Pablo Escobar quien le presentó a Felipe González para que le pudiera entrevistar. Luego fueron a una discoteca, donde siguieron celebrándolo toda la noche. La policía española, que tenía fichado a Escobar, supo con antelación que iba a viajar a Madrid y el hotel en el que se hospedaba. Los antidisturbios rodearon el edificio y detuvieron a varios congresistas del Partido Conservador colombiano que se acostaron temprano. Vestidos con sus pijamas, fueron cacheados, junto con sus equipajes.

8. Casi al mismo tiempo que González en Madrid, llega al gobierno en Colombia su amigo Betancur gracias al dinero del narcotráfico, que le pagó su campaña electoral.

9. Betancur nombra alcalde de Medellín a Álvaro Uribe cuando la ciudad es un feudo de Pablo Escobar. Uribe se reúne con los capos del cártel de Medellín y a los cuatro meses de su nombramiento, Betancur lo tiene que destituir de la alcaldía a causa de ello.

10. En Medellín Betancur lanza el proyecto multimillonario de construcción de un metro, cuyas obras adjudica a Sarasola, quien se lleva un pellizco de 20 millones de dólares, que se reparte con Felipe González. En el negocio reaparece el espía alemán Werner Mauss, implicado en el intento de asesinato de Cubillo en Argel en 1978, quien también se lleva su pellizco correspondiente. Luego el propio Betancur tuvo que nombrar una comisión especial para “investigar” el chanchullo.

11. El primer gerente del metro de Medellín es Diego Londoño White, quien acabó condenado por sus vínculos con Pablo Escobar, así como secuestro, siendo finalmente asesinado en 2002 en un ajuste de cuentas.

12. En 1986 Sarasola crea la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción que preside Manuel Gutiérrez Mellado, un general procedente de los servicios secretos franquistas y vicepresidente del gobierno en la época de Suárez. Otro de los promotores de la fundación es el general Calderón, director del servicio secreto en el gobierno de Aznar. Además, reúne a un grupo de empresarios de los medios de comunicación, cada uno de los cuales aporta 20 millones de pesetas. A cambio del donativo los empresarios esperan recibir las primeras cadenas de televisión privadas que el gobierno de Felipe González se dispone a crear.

13. En 1990 el narcotraficante español Ricardo Portabales confiesa ante Garzón que Sarasola participó en una reunión en un hotel de Isla Cristina (Huelva) en 1988 con el traficante de armas de origen sirio y protegido del servicio secreto español, Monzer al Kassar, y los narcos Laureano Oubiña y Paz Carballo, para vender fusiles AK-47 a los narcos colombianos.

Fuente: http://amnistiapresos.blogspot.ro/2014/07/pablo-escobar-el-narco-con-felipe.html

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