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Día: 24 de octubre de 2016 (página 1 de 1)

¿Hacia dónde va la economía española?

Darío Herchhoren

Durante el corto período republicano España intentó iniciar un proceso de industrialización para lo cual se abrieron lineas de crédito para el desarrollo industrial, la mecanización del agro, las industrias de transformación de la carne y los productos agropecuarios.

Además de todo, la República Española comenzó una política de transformación y desarrollo de la minería del carbón y de los metales ferrosos, promoviendo la fabricación de aceros para lo cual se utilizaron las piritas de Huelva y el carbón asturiano.

Tras la guerra civil el gobierno fascista de Franco y en especial el ejército impulsaron lo que se llamó la autarquía, es decir utilizar las capacidades nacionales sin depender del exterior.

En ese sentido España aplicó una política muy similar a la iniciada antes por la Alemania nazi y la Italia fascista.

En España se impulsó la empresa CAMPSA, que se hizo cargo del monopolio del petróleo, y se crea la empresa Hunosa, que se encarga de la explotación de los carbones y lignitos, ENSIDESA, que impulsa la fabricación de aceros, y los Altos Hornos del Mediterráneo en Sagunto y los Altos Hornos de Vizcaya en el país Vasco.

Mediante generosos créditos se impulsó la industria nacional de fabricación de buques de altura, con empresas como Bazán, y los astilleros gallegos en El Ferrol, la empresa Pegaso, Orbegozo, Barreiros, y la creación del Instituto Nacional de Industrias (INI). Todo este entramado industrial, engendra un efecto de creación de un proletariado industrial, que crece a expensas del abandono del campo por parte de una importante cantidad de población que deja las actividades agrarias en busca de trabajos mejor remunerados, y con jornadas de trabajo tasadas en lugar de las interminables horas de trabajo rural.

Comienza entonces un éxodo hacia las ciudades importantes y sus suburbios, que no están preparados para absorber esa cantidad de personas y sus necesidades de viviendas, escuelas, hospitales, centros de ocio y de compras.

Todo esto genera la creación de un proletariado industrial, no politizado, pero que muy pronto comienza a despertar, y a reclamar mejores condiciones salariales y de trabajo.

Con la muerte del dictador, la burguesía española aplica hábilmente el principio lampedusiano de “que todo cambie para que todo quede como está”, y en aplicación del mismo se promulga la Constitución Española de 1978, que legaliza los partidos políticos, los sindicatos, las asociaciones de todo tipo, y comienza un período de alianza de la burguesía española que se había enriquecido durante el franquismo, con el capital transnacional.

Eso significaba el abandono de las políticas proteccionistas del franquismo por un lado, y la competencia con otros actores económicos más preparados. España, pasa a convertirse en un país industrial; pero no es un país plenamente desarrollado. Es un país periférico del desarrollo. No tiene tecnología propia, y desarrolla una industria que utiliza patentes extranjeras, para fabricar sus productos. Es un país tributario de las economías de los países centrales como Francia, Alemania, Reino Unido, y sobre todo Estados Unidos.

La llegada del PSOE al gobierno español, y sobre todo su ingreso en la Unión Europea implicó la práctica destrucción de las industrias básicas españolas. Se cierran los Altos Hornos de Vizcaya y de Sagunto, se acaba con Ensidesa, se liquida la flota pesquera, que era una de las mayores del mundo, y se convierte a España en un país de servicios.

A cambio de ello, se crean los ferrocarriles de alta velocidad a un costo enorme, para pagar la deuda política que el PSOE mantenía con la socialdemocracia alemana que había financiado la campaña del PSOE de 1982, y como pago de los favores franceses a la persecución policial contra ETA, se contratan los trenes de Alsthom para las lineas de alta velocidad, y las locomotoras Siemens para arrastrar esos trenes. Todos sacan ventajas menos España y los españoles.

La llegada del PP al gobierno español significa la ruina total de la economía española, que siguió aplicando la misma política del PSOE de beneficio de la inversión extranjera y de perjuicio del capital nacional. El PP nacionaliza la deuda privada y la convierte en deuda externa del país. De esa manera, llegamos a que España en la actualidad debe más del cien por ciento del producto bruto interno (PIB). Este es un dato oficial, que está trucado a la baja. El economista español Santiago Niño que es un estudioso independiente de la deuda externa y sus consecuencias, afirma que en realidad la deuda externa española es de cerca del ¡300 por ciento!

Es indudable  que España no puede pagar su deuda. Si lo hace no podrían pagarse los sueldos de la administración pública, ni las pensiones, ni los gastos de educación, ni de sanidad, ni de mantenimiento de los gastos corrientes.

Esa es la situación real de la economía española. La deuda es impagable. La solución: desconocer la deuda por ilegítima, utilizando para ello la teoría de la deuda odiosa, que consiste es que esa deuda no ha sido contraída en beneficio del pueblo español.

Además de todo ello, el paso siguiente debe ser la salida de la Unión Europea, y la reconstrucción de la industria y el comercio español orientando eso hacia el mercado histórico español que es Sudamérica y África, y pagando en la moneda nacional.

Dylan, Sartre y el Nobel de Literatura

B.
Parece que el recientemente galardonado con el Premio Nobel de Literatura, Bob Dylan, anda por ahí semioculto sin que la Academia sueca dé con su paradero para saber, por lo menos, si tiene intención de recoger el premio y su nada desdeñable cuantía económica o «passsha» de todo. Sea lo que sea lo que haga  el bardo de Minnesota, será considerado como una extravagancia típica de los «genios» -al final irá y cobrará, ya lo verán- que, desde luego, no tiene nada que ver con la actitud de Jean Paul Sartre -guardando las distancias entre un caso y otro que tampoco son tantas, si bien se mira- y su real rechazo del Nobel de Literatura que le otorgaron en 1964 y, como decimos, declinó.

Preguntado por una revista francesa los motivos de su rechazo al galardón, entre otras cosas, Sartre dijo: «¿Por qué rechacé ese premio? Si hubiera aceptado el Nobel -y aunque hubiera hecho un discurso insolente en Estocolmo, lo que hubiera sido absurdo- habría sido recuperado (por el ‘sistema’, diríamos hoy. Nota mía). Si hubiera sido miembro de un partido, del partido comunista, por ejemplo, la situación hubiera sido diferente. Indirectamente hubiera sido a mi partido que el premio habría sido discernido (sic); es a él, en todo caso, que hubiera podido servir. Pero cuando se trata de un hombre aislado, aunque tenga opiniones ‘extremistas’, se lo recupera necesariamente, de un cierto modo, coronándolo. Es una manera de decir: ‘Finalmente es de los nuestros’. Yo no podía aceptar eso”.

Sartre, en octubre de 1964, ya era famoso por su solidaridad con causas progresistas como el Mayo francés (aunque hubo otros «mayos» por ahí), la revolución cultural china, la revolución cubana y la guerrilla venezolana, la guerra de Vietnam y, sobre todo, con la guerra de independencia de Argelia, por entonces colonia francesa. También organizó y formó parte del «Tribunal Russell» en absoluto sin tener que ver con los «Human Right Watch» o «Amnistias Internacionales» actuales financiados por magnates y financieros tipo Soros.

Sartre lo tenía claro:»el premio Nobel es objetivamente una distinción reservada para los escritores de Occidente o los opositores del Este», sostuvo por aquella época. Época de plena «guerra fría» (cool war) en que  surgían, cuando no se promocionaban, los a la sazón llamados «disidentes» (con el socialismo, claro, con el «real», y no el «socialismo con rostro humano», que decían defender ellos, los «disidentes»), otrosí los «opositores» a los que se refiere Sartre.

Hombre, hablando de Dylan, por allí asoma. Como Moby Dick…

Buenos días.

Turquía ha sido expulsada de la ‘coalición internacional’ que interviene en la Guerra de Siria

Mañana se reúnen en París los ministros de Defensa de los países que forman parte de la llamada “coalición internacional”, el heteróclito grupo de fuerzas imperialistas reclutadas por todo el mundo para intervenir en la Guerra de Siria, sin que nadie les haya llamado para ello.

A pesar de su pertenencia, cada vez más formal, a la OTAN, el ministro turco Fikri Işık no ha sido invitado, otro de los síntomas de que Turquía se ha movido del sitio que venía ocupando desde el principio de la Guerra Fría en 1945. Aunque el motivo de la ausencia no está claro, parece que no se trata de que el gobierno de Erdogan no quisiera ir, sino de que no les han invitado, de que la OTAN ha perdido la confianza en sus viejos aliados de Ankara.

Sin embargo, la diplomacia turca sí participó en la reunión de la semana pasada que preparó la estabilización futura de Mosul, una intervención de menor cuantía que no altera el hecho de que, desde el punto de vista militar, Turquía está fuera de juego en la Guerra de Siria y que, aparentemente al menos, no coordina sus operaciones militares con nadie. Se podría decir que hace la guerra por su cuenta, que es lo peor que se puede decir de alguien que está metido en una guerra.

Eso parece dar la razón a los que afirman que, por primera vez en la historia militar, ha estallado una guerra en la que no hay dos bandos sino posiblemente tres o cuatro, pero nadie es capaz de decir cuáles son esos bandos y quién lucha contra quién. Es extraño, pero no cabe descartar nada de eso porque estamos hablando de Oriente Medio, que desde hace 100 años los imperialistas han convertido en el reino de taifas por excelencia.

Hay muchos síntomas de la confusión propia de una guerra de “todos contra todos”. El sábado el Estado Mayor del ejército turco informó de que, por segunda vez en dos días, sus fuerzas aéreas habían realizado ataques contra 70 posiciones sostenidas por el conglomerado kurdo de siglas PKK-PYD que, a su vez, forma parte de las denominadas Fuerzas Democráticas de Siria, junto a algunas pequeñas milicias árabes, que Estados Unidos dirige, apoya y protege en el norte de Siria.

Al mismo tiempo que se producían esos bombardeos, el jefe del Pentágono, Ashton Carter, estaba de visita en Ankara tratando de arreglar un viejo matrimonio entre dos países en el que las recientes rencillas están causando estragos.

Al menos de puertas afuera, Carter dice que Turquía debería colaborar en la batalla de Mosul, en Irak, para desalojar al Califato Islámico. No se ha debido enterar de que quien se opone a ello es el actual gobierno de Irak, no el turco. ¿Se le abren las puertas de Irak a Turquía al mismo tiempo que se le cierran las de Siria?

Gracias al apoyo aéreo de la llamada “coalición internacional”, las Fuerzas Democráticas de Siria desalojaron a los salafistas de la ciudad de Manbi, al tiempo que Turquía inició la ocupación del norte de Siria para impedir que el PKK-PYD se consolidara en Rojava y uniera las zonas de Afrin, Kobane y Yazira bajo el mando de un único gobierno autónomo kurdo tutelado por Estados Unidos.

Lo mismo que en Siria, el ejército turco está presente también en el norte de Irak, en Bachika, una localidad al noroeste de Mosul, donde ha formado su propia milicia local, denominada “Gran Nínive”, integrada por unos 2.000 combatientes dirigidos por  Atheel Nujaifi, el antiguo gobernador de Mosul, a quien el gobierno irakí acusa de haber facilitado que el Califato Islámico capturara la ciudad, hasta el punto de que ha ordenado su detención.

Las relaciones de Erdogan con el gobierno central de Irak no son buenas, lo que contrasta con su familiaridad con el gobierno autónomo de Barzani. Es otro indicio de lo que parece una guerra minifundista de “todos contra todos” en la que los kurdos de uno u otro bando, de uno u otro país, se mueven como pez fuera del agua.

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