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Día: 23 de octubre de 2016 (página 1 de 1)

Síntesis de la resolución del Comité Federal del PsoE

B.

No pasa nada”. Esta es la conclusión que saca este blog una vez conocido el cantado y previsible resultado de la votación del pomposo Comité Federal ese donde ha ganado la abstención, o sea, ponérselo a Rajoy como le ponían las carambolas (en el billar) a Fernando VII y los túnidos a Franco cuando pescaba en el yate “Azor” donde, por cierto, puso su pie Felipe González -dato que pocos recuerdan, pero para eso estamos nosotros- sin duda aquejado de oscuros complejos edípicos y/o homoeróticos.

Preguntado un relevante miembro del PsoE, expresidente y “barón” de una comunidad autónoma partidario de la abstención en la sesión de investidura a Mariano, en segunda vuelta, eso sí, declaró (por si no estaba claro): “aquí no pasa nada”. Y añadió: “me piro que empieza el partido; por cierto, ¿se sabe si juega Benzema en el once inicial?”


“Ha habido un debate, una votación y un resultado favorable a la abstención, Eso es la democracia, amigo mío”, dijo a quien quisiera oírle otro destacado miembro de la Gestora en funciones que no quiso revelar su nombre por modestia franciscana, añadiendo estas sabias palabras: “y a quién Dios se la dé, San Pedro se la bendiga”. Off the reccord se le oyó eso tan recio y español de “y a tomar por culo”. Después lo negó.

En la acera de enfrente de la calle Ferraz, donde está la sede del PsoE este, una señora con sombrero tirolés, exclamó: “apaleados puede, pero cornudos va a ser que no, o sea, mire usted, lo que yo le diga, pues sí que faltaría, mecagoendiós, y no juro”. Era partidaria del “no es no”, evidentemente. Borrell declaró que “sí pero no, o átame esa mosca por el rabo”, emulando a la Cospedal y recordando, de paso, a Susana Díaz que, si tanto le gusta “coser”, como decía después del golpe de mano contra Pedro Sánchez, que se meta costurera o monja, pero que deje de joder con cara conejo, quien dijo a todo esto que “es tiempo de unidad del Partido este de los cojones que nos da de comer a todos en este cuento fantástico y fabuloso” (de “fábula” y “fantasía”) que es la democracia esta de pacotilla y baja estofa.

Los derrotados partidarios del “no” a darle por la puta cara el Gobierno a Rajoy Brey, zángano a carta cabal, dijeron que “hoy es un día triste igual que el gato que está triste y azul”, que cantara Roberto Carlos, no el “jurgolista”, sino el otro, sí, coño, ese.

En resumen y conclusión, para que nuestros miles y miles de lectores/as no pierdan su precioso tiempo oyendo a tertulianos y tertulistos, la cosa es ésta: “aquí no pasa nada, tenemos a Arkonada”. Seguiremos informando.

Buenas tardes.

Marruecos colaboró con Israel en la Guerra de los Seis Días contra los ejércitos árabes

Hasan II de Marruecos con Nasser
Un antiguo dirigente de la inteligencia militar israelí, Shlomo Gazit, acaba de confirmar la colaboración de Marruecos con Israel en 1967 durante la Guerra de los Seis Días contra los ejércitos árabes.

El 5 de octubre de 1967 Israel lanzó un feroz ataque militar contra Egipto, bombardeando los aeródromos militares y destruyendo casi todos sus aviones de combate. La agresión fue posible gracias a las informaciones que suministró Marruecos a Israel, traicionando sus vínculos con los demás países árabes.

Durante la Guerra, Israel arrebató la franja de Gaza y la Península del Sinaí a Egipto, Cisjordania y Jerusalén este a Jordania y los altos del Golán a Siria.

En 1965 el rey de Marruecos, Hassan II, autorizó que los servicios secretos de Israel, tanto al Mosad como al Shin Bet, ocuparan una planta entera del hotel Casablanca, hoy llamado Hyatt Regency, para grabar en secreto una reunión de los delegados de la Liga Árabe.

Temiendo que los espías israelíes fueran descubiertos por sus invitados árabes, permitió que ocuparan la planta el día anterior a la reunión.

Los espías estuvieron dirigidos por Rafi Eitan, que a su condición de oficial de inteligencia unía la de político. A sus órdenes intervino Peter Zvi Malkin, un conocido espía del Mossad, muy conocido en su país.

En una nota de servicio enviada a Levi Eskhol, entonces primer ministro israelí, Meir Amit, el director del Mossad entonces, describe la operación marroquí como una de las mayores hazañas de los servicios de inteligencia.

Los dirigentes árabes habían convocado en secreto la reunión e iban acompañados de sus jefes militares y de inteligencia para discutir si sus ejércitos estaban preparados para hacer la guerra a Israel. Cada uno expuso detenidamente sus posibilidades, que fueron cuidadosamente registradas por los espías israelíes, que las transmitieron a la Dirección de Inteligencia Militar de su ejército, que las tradujo al hebreo.

Gracias a la información obtenida, Israel pudo prepararse cuidadosamente y empezar la guerra con una enorme ventaja militar. Supieron que las fuerzas árabes no sólo no estaban unidas sino que muchas de sus unidades militares tampoco estaban preparadas.

Tras esta operación de espionaje, a Shlomo Gazit le nombraron jefe de la inteligencia militar. Pero en octubre de 1973, durante la Guerra de Yom Kippur, el espionaje israelí no tuvo un cómplice tan cualificado como el rey Hassan II de Marruecos, que llegó a cambiar de chaqueta, participando junto a Egipto y Siria en la guerra contra Israel, que estuvo a punto de sucumbir.

La supervivencia del su ejército y, por lo tanto, la salvación del Estado de Israel, fue posible gracias a la intervención de los submarinos de los imperialistas.

Fuente: https://ledesk.ma/2016/10/19/guerre-des-six-jours-un-historien-israelien-dedouane-hassan-ii-et-pointe-la-responsabilite-doufkir/

La gallina de los huevos de oro se ha secado

Enron era uno de los grandes monopolios estadounidenses del sector de la energía, cuya desaparición se ha olvidado demasiado rápidamente porque en el capitalismo el tiempo es como todo lo demás: oro. Todo se hace demasiado rápidamente para que no podamos pararnos a pensar un poco las cosas.

Antes de hundirse los elogios menudeaban. La prensa especializada la consideraba como un ejemplo de gestión moderna. En sólo un año llegó a crecer un 90 por ciento. La revista Fortune la eligió durante seis años seguidos como la empresa más innovadora. Fue fundada en 1985 y pasó de ser una distribuidora regional de gas a convertirse en la séptima empresa más grande de Estados Unidos por capitalización bursátil.

Eran los años de Reagan, cuando el monopolio creció como consecuencia de la desregulación del sector energético en California y el precio de cada kilowatio se disparó. En su desplome Enron se llevó consigo todo aquello, especialmente a la empresa de auditoría Arthur Andersen, verdaderos cómplices de lo que a partir de entonces empezó a llamarse “ingeniería contable”. Es una pena que para tapar el agujero destruyeran un millón de documentos que hubieran debido ser materia de estudio en las Facultades de Economía (y de Criminología) de todo el mundo.

20.000 trabajadores fueron despedidos y varios cientos de millones de dólares de sus fondos de pensiones se esfumaron, por lo que les espera una vejez muy triste. La consigna de Enron era “Pregunta el por qué”, algo que al cabo de los años parece un sarcasmo. Es una pregunta que casi nadie se hace nunca. Parece normal que los peores dramas ocurran.

Tras la crisis, la contabilidad no ha vuelto a ser lo que era y las auditorías tampoco. Pero el crecimiento de Enron no fue consecuencia de una falsificación contable por una sencilla razón: los capitalistas no saben sumar (ni restar). Todas las cuentas, tanto las públicas como las privadas, están amañadas. El monopolio se rodeó de una red de sociedades fantasmales cuyo agujero suma 60.000 millones de dólares.

Kim García contó unas anécdota ilustrativa del alcance al que llega el parasitismo capitalista. Un día el capo de Enron, Kenneth Lay, invitó a 150 analistas de Wall Street a visitar la sexta planta que tenía la empresa en su sede de Houston, donde un enjambre de 75 intermediarios, rodeados de teléfonos y ordenadores, gritaban frenéticos las compras y ventas de acciones en una jerga incomprensible.

Los periodistas tomaron fotos de todo aquel trajín para hacer sus portadas y reportajes a todo color en papel cuché. Los intermediarios de Enron desempeñaban un trabajo agotador y estresante como pocos, escribieron los gacetilleros de las páginas sepia después de haber sido agasajados con unos canapés y unos buenos buenos tragos de vino blanco.

Era un decorado; aquellos frenéticos intermediarios eran actores y la sexta planta de Enron poco más que un plató para la prensa y los invitados. En cuanto acabó el ágape, relató García, el decorado que había sido contratado se desmanteló; los teléfonos y los ordenadores volvieron al depósito que había en el sótano.

La cotización en bolsa de las acciones depende de ese tipo de shows estrafalarios, tan típicos de Estados Unidos, el país de las relaciones públicas.

A finales de setiembre de 1999 la redactora jefe de CFO Magazine, Julia Homer, estaba muy contenta por la entrevista que le había concedido un joven tiburón de 37 años, Andrew Fastow, director financiero de Enron, que siempre simuló que se encontraba a disgusto bajo los focos. Homer quería a preguntarle qué había hecho Enron para multiplicar por 10 su cifra de negocio en menos de 10 años sin endeudarse. “Una financiación innovadora”, decían los cretinos cerrando los ojos ante los viejos trucos de siempre para inflar el activo y desinflar el pasivo. A ninguno de aquellos analistas embobados se le ocurrió pensar, siquiera por un momento, por qué Enron tenía más de 700 filiales en las islas Caimán y por qué tenían nombres como LJM2, LJM3 y otras siglas parecidas: porque eran las iniciales de la mujer y los dos hijos de Fastow.

En un capitalismo parasitario dominado por la farsa y la bufonada, los capitalistas son las primeras víctimas de sus mentiras. Nosotros creemos que nos engañan, pero no es así. A base de repetirlas mil veces se creen sus propias mentiras, como se vio durante la crisis de “las punto com”, las empresas informáticas que, como Enron, se hundieron después de haber experimentado un crecimiento espectacular con el cambio de siglo.

En agosto de 2000 las acciones de Enron estaban en la cumbre, a 90 dólares la unidad, y poco después 26.000 millones de dólares se habían evaporado como por arte de magia, pero el Consejo de Administración quería llevar el show hasta el final y acordó repartir dividendos, una parte de los cuales fueron a parar a sus propios bolsillos: un millón de euros en acciones y opciones por un trabajo bien hecho.

En una de las sesiones de investigación, uno de aquellos administradores dijo que ellos gestionaban la empresa, que no eran detectives para husmear en los papeles y las cuentas. En el capitalismo que padecemos, pedir explicaciones y revisar las cuentas es de mala educación. “¿Es que no te fías de mí?” A los ingenuos les basta con un buen decorado y el mundo está lleno de ellos. Se ha acostumbrado al cartón piedra de los escenarios, el maquillaje y el atrezzo (económico, político y social). Nos cuesta diferenciar la realidad de la ficción; no preguntamos por qué ocurren las cosas.

Cuando después del pucherazo electoral Bush toma solemnemente posesión del cargo de Presidente de Estados Unidos en enero de 2001, los máximos dirigentes de Enron, también tejanos, están el aquel show con pleno derecho: cada uno de los jefes de Enron -y la propia Enron- pusieron 100.000 dólares para pagar la fiesta de su hombre en Washington. Entre 1989 y 2001 el monopolio tejano repartió casi 6 millones de dólares entre los partidos políticos y los candidatos. A Kenneth Lay, el capo de Enron, Bush le llama “Kenny Boy” seguramente por los 737.000 dólares que puso para las campañas electorales de 1993 a 2001.

Hoy hace exactamente 15 años el jefe de contabilidad de Enron en Arthur Andersen entró a las oficinas ordenando a gritos que había que quemar toda la documentación comprometedora, una operación nada fácil. Tardaron más dos semanas en hacerlo.

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