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Día: 13 de octubre de 2016 (página 1 de 1)

Estados Unidos establece una base militar en Rojava

Las fuerzas del Pentágono se instalan en Rojava
Estados Unidos han emplazado una base militar al sur de Kobane, en Rojava, según una información de BasNews, que ha confirmado un oficial militar del partido kurdo PYD.

El referido oficial añadió que la base militar reforzará el apoyo del imperialismo al PYD y se utilizará para supervisar y adiestrar a sus milicianos.

La base militar está emplazada en la ciudad de Karah Kuzak, junto al río Éufrates, a unos 35 kilómetros al sur de Kobane.

Anteriormente BasNews había informado de los preparativos del imperialismo para instalar dos bases aéreas en Rojava para entregar suministros militares a las fuerzas kurdas que operan en el norte de Siria.

En enero esta misma información fue difundida por la agencia de noticias France Press, si bien situaba el emplazamiento de la base aérea en Abu Hajar, al sur de la provincia de Hasaka.

El Observatorio Sirio de Derechos Humanos confirmó la noticia y dijo que el objetivo de la base no era servir a los aviones que bombardean las posiciones del Califato Islámico, sino el aprovisionamiento y apoyo a las milicias kurdas.

Dicha información fue desmentida oficialmente por el coronel Pat Ryder, portavoz del Centcom, y lo mismo hicieron entonces las llamadas Fuerzas Democráticas Sirias, de las que forma parte el PKK-PYD.

Sin embargo, la noticia fue confirmada por fotos tomadas vía satélite por Stratfor,
la agencia privada de la CIA, y divulgadas por la BBC. En ellas se veía
una pista de 1.300 metros en la que no había aviones de combate sino de
transporte, así como helicópteros.

Durante los dos primeros debates con Trump, la candidata del Partido Demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinton, ha defendido la necesidad de armar y reforzar al PKK-PYD a fin de hacer frente al gobierno de Damasco, que asumiría el papel que hasta ahora el imperialismo ha adjudicado a Al-Qaeda y el Califato Islámico.

Actualmente en Rojava las operaciones políticas y militares del PKK-PYD están dirigidas por 300 soldados de la CIA y las fuerzas especiales del Pentágono, que combaten con distintivos kurdos.

Fuentes: http://basnews.com/index.php/en/news/kurdistan/303813,
http://southfront.org/us-sets-up-new-military-base-in-kurdish-controlled-areas-of-syria-report/

¿Por qué la historia de la URSS es imposible? (y 3)

Nikita Jrushov, dirigente renegado del PCUS
En los tiempos de Kronstadt y Majno, los anarquistas ya pusieron en circulación el discurso ultrarrevolucionario, que también les conduce a los paraísos del idealismo histórico. Lo que ellos dicen es que en el repertorio de víctimas y perseguidos de la URSS, no sólo están los burgueses sino también ellos, los anarquistas, que son proletarios, por lo que la represión bolchevique no tuvo nada que ver con las clases sociales sino con la ideología. En la URSS encarcelaban a las personas por sus ideas políticas.

Es siempre el mismo argumento circular: sean capitalistas o socialistas, los Estados son todos iguales. Como los anarquistas son los revolucionarios de verdad, siempre van a ser las víctimas, perseguidos y encarcelados por sus ideas políticas.

Los anarquistas lo quieren todo y lo quieren ya, como los niños pequeños. En 1917 ellos hubieran empezado las cosas por el final, por la abolición del Estado mismo, que es el prototipo de la instantaneidad, de que las cosas se pueden cambiar de la noche a la mañana, el borrón y cuenta nueva de la historia.

Donde hay un Estado, cualquiera que sea, no hay nada bueno. No importa que se erradique el hambre o el paro, que se alfabetice, que se organice un servicio de salud… Lo único realmente importante es que hay un Estado, un poder y una coerción.

En los años treinta al acervo de renegados se le unen los trotskistas, que recurren a otras palabras para sostener los ataques de la burguesía mundial: la URSS fue pero ya no es, cambió en un momento determinado de su evolución.

Lo mismo que los anarquistas, también ellos relatan una serie de cambios históricos fulminantes que convierten en negro lo que hasta entonces era blanco. A partir de los años veinte la URSS es un Estado obrero degenerado, burocrático, capitalismo de Estado…

Nadie como los trotskistas aprovecha el mito de la pureza, que ellos convierten en el lema infantil “clase contra clase”. Todo lo que no sea poner a los obreros contra los  burgueses en campos nítidamente separados por una trinchera, es un error, el mayor de los cuales es el Pacto Molotov-Von Ribbentrop de 1939, una alianza antinatural donde las haya.

Jrushov es la estrella de los renegados. Su Informe de 1956 fue el sostén más importante que tuvo nunca la propaganda imperialista porque era la URSS contada desde dentro por sus propios protagonistas. Si comunistas como él decían tales cosas, tenían que ser ciertas; es más, posiblemente Jrushov se quedó corto.

Al repertorio imperialista de críticas Jrushov le añade un matiz, el personalismo, que es imprescindible para una propaganda de masas porque le da un aire concreto. Las personas son identificables, tienen rostro. Lo que se critica no son abstracciones como la URSS o el socialismo, sino algo tan concreto y eficaz como Stalin, el culto a la personalidad, la dictadura, el ejercicio del poder político como manifestación de la voluntad omnímoda de una única persona.

Hasta 1956 Stalin fue el dirigente político mejor valorado de la primera mitad del siglo. No sólo era un héroe para los soviéticos sino para el mundo. A partir de entonces se convirtió en lo contrario, un Calígula de la historia contemporánea, capaz de engendrar por sí mismo un subgénero propio, el más importante dentro de la literatura antisoviética: atacar a Stalin es atacar a la URSS y al socialismo.

El momento histórico permite, además, poner en marcha otra simetría eficaz: la equiparación entre Hitler y Stalin. Ambos quedan asimilados, son iguales: dictadores que persiguen intereses propios, descabellados.

Jrushov lleva la simetría hasta las últimas consecuencias, embarcando a la URSS en una especie de competición deportiva que sólo tiene sentido si los competidores son equiparables. “Vamos por detrás, pero pronto adelantaremos a los grandes países capitalistas”, fue la consigna de Jrushov.

La Guerra Fría quiso parecer una sucesión de carreras: carrera espacial, carrera armamentística… Se trataba de llegar al mismo sitio, pero un poco antes.

Las equiparaciones son piruetas inagotables del intelecto. Dan mucho juego a un escritor medianamente hábil y son extraordinariamente impactantes. Estados Unidos tiene bombas nucleares, pero la URSS también las tenía; no es posible diferenciar a unas de otras. Saltando por encima de cualquier aspecto concreto y de la historia, se pueden hacer comparaciones sincrónicas, del tipo Stalin y Hitler, pero también diacrónicas, como la de Stalin con Iván El Terrible.

Con los ataques a Stalin se abre camino otra forma de idealismo histórico típicamente utópico: el socialismo a la carta, que tiene múltiples variantes. Hay quienes defienden a la URSS, pero en ningún caso a Stalin; hay quienes defienden el socialismo, pero en ningún caso el soviético, y así sucesivamente es posible que una revolución se adapte a nuestros gustos, a nuestros sueños y a nuestros más nobles ideales de perfección y pureza.

En el capitalismo los seres humanos somos libres, podemos elegir. La alternativa al ideal que imaginamos es lo real que padecemos, o sea, el propio capitalismo. Lo que la URSS demuestra es que las cosas no se deben cambiar porque cuando lo intentamos, lo empeoramos. Hay un largo listado de clichés que llevan agua al molino de la burguesía: “es peor el remedio que la enfermedad”, “todas las teorías son buenas, pero las prácticas son muy malas”… El renegado oculta lo principal: ¿cómo es posible que una buena teoría ocasione tan malas prácticas? O la teoría no es tan buena, o la práctica no es tan mala.

En todas las apuestas la banca, o sea, el capitalismo, siempre gana porque es el “mal menor”, “lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Es la excusa perfecta de los renegados para ponerse del lado de la burguesía contra la revolución.

Las teorías y las utopías no ganan ni pierden. Ninguna de ellas le interesa lo más mínimo a la burguesía. Lo que le preocupa son las prácticas, las revoluciones. La URSS le preocupa porque teme que la experiencia se reproduzca y que el proletariado vuelva ser capaz de desafiarla de la única manera que eso se puede hacer: por la fuerza de los hechos.

¿Por qué la historia de la URSS es imposible? (2)

En la propaganda antisoviética los mejores aliados de la burguesía son siempre los renegados, la legión de los frustrados, los que una vez fueron pero ya no son. Aportan un punto de vista nuevo a las campañas típicas: “yo también simpaticé una vez, pero ahora estoy desengañado”.

Es una cuña hecha con la propia madera, un tipo de ataque superior al de la burguesía porque es interno al movimiento revolucionario, destapa sus interioridades y secretos. Expone un argumento irrefutable del tipo “yo estaba allí” o “yo soy víctima del socialismo” que no admite discusión. Las víctimas siempre tienen razón. En la literatura antisoviética hay numerosas vivencias, relatos subjetivos y directos que conmueven al oyente, que no puede dejar de identificarse con ellos.

Da la impresión de que el renegado abre los ojos al oyente, pero no es así. Lo que hace es cerrárselos porque logra que asuma su mismo punto de vista: hay que ahorrarse un viaje personal que conduce a la frustración indefectiblemente.

Es, pues, un ataque preventivo cuya meta es llegar al propio revolucionario para defraudarle desde el primer momento. La URSS no es el Nirvana, no creó una sociedad perfecta, seguía habiendo muchas lacras… Hablemos de ellas; hablemos sólo de ellas.

La burguesía siempre había atacado a la URSS desde su propio punto de vista, es decir, de la contrarrevolución. Con los renegados empiezan las críticas desde el punto de vista de la revolución. No tratan sobre lo que se ha hecho, sino sobre lo que falta por hacer. La botella está medio vacía.

Este tipo de ataques no se apoyan en la historia, ni en la experiencia, sino en ideales absolutos de pureza. Instrumentalizan el socialismo utópico para enfrentarlo al socialismo real, es decir, otra incursión del idealismo en la historia, el de quienes quieren: 1) cambiarlo todo, 2) hacerlo, además, instantáneamente y 3) hacerlo siempre bien, acertar con los cambios correctos.

El renegado aparenta asumir la defensa de la revolución verdadera, el punto de vista ultrarevolucionario. En la URSS lo criticable no es la revolución en sí sino que en algún momento de la historia se detuvo. Hubo poca revolución. Por eso hay cosas que se dejaron sin cambiar.

El idealismo histórico conduce al voluntarismo, un terreno que el renegado aprovecha para justificarse a sí mismo: “las cosas no han ido como a mí me hubiera gustado y el equivocado no soy yo sino la URSS porque a mí me gustan las cosas perfectas. Si yo hubiera tomado las decisiones, hubieran sido las adecuadas”.

Los ataques de los renegados llevan a la pasividad. Si algo va mal no hay que esforzarse por cambiarlo sino desistir. Las cosas que no se hicieron en 1917 jamás se harán; las que se hicieron mal no se mejorarán.

La fuerza de los ataques de los renegados es que tienen razón en un punto: hay cosas que en 1917 no cambiaron. De ahí deducen que todos los Estados son iguales: hacen lo mismo precisamente porque son Estados. Es una tautología que inicia la fase de las equiparaciones de lo que es cualitativamente distinto: la URSS no sólo fue un Estado, no sólo tenía ejército, policía, juicios o cárceles, sino que además era homologable a cualquier otro Estado capitalista. La URSS era un país poderoso, una potencia, pero también el III Reich lo fue, Stalin era como Hitler, Estados Unidos es un país imperialista y la URSS exactamente igual…

Los renegados se llaman así no sólo porque se han pasado al bando de la burguesía, sino porque la burguesía también se ha pasado al bando de los renegados. Se ha producido una simbiosis; ambos forman una piña. Para atacar a la URSS a la burguesía no le importó nunca ser anarquista, ni trotskista.

Sin embargo, el renegado se presenta a sí mismo como una tercera opción, que es diferente tanto de la burguesía como del proletariado. Dicen que no “atacan” a la URSS sino que la “critican”.

Pero eso no es verdad porque ellos no son nada por sí mismos, sino uno de los brazos de la propia burguesía, que es de donde deriva su influencia ideológica. Una crítica se sirve de medios propios y tiene por objeto impulsar la revolución. Ninguna de esas dos circunstancias reunían los ataques renegados.

Desde Trotski ha habido numerosos ejemplos de renegados, pero el perfecto llegó con Jruschov, que en 1956 dio un salto cualitativo a la propaganda antisoviética.

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