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Esta reducción de la economía a una de sus teorías ha tenido consecuencias evidentes a la hora de dirigir nuestras sociedades, pero la gran dimensión del problema también ha contribuido a oscurecer cuestiones laterales que ese hecho plantea. Por ejemplo, ¿es posible imponer un modelo teórico concreto en el mundo del conocimiento, como es el universitario? Y si es así, ¿está ocurriendo en las ciencias sociales y en las humanidades? Según las respuestas de los académicos consultados, no solo es factible, sino que es lo que está ocurriendo. Existe una censura informal que funciona a través de los mecanismos de recompensa que se activan para los investigadores que utilizan los marcos teóricos adecuados y que condenan al resto a la invisibilidad y a una carrera académica marginal.
El ‘régimen de verdad’
Esta imposición ha sido evidente en el campo económico en España, como subraya Xavier Martínez Celorrio, profesor de sociología de la Universidad de Barcelona: “En toda disciplina compiten diversos paradigmas cuya lucha por el poder académico da lugar a campos de control simbólico que se traducen en cátedras, plazas de profesorado, financiación para investigación y dominio en publicaciones. El paradigma neoliberal está más que defenestrado en el terreno empírico de la economía desde la crisis de 2008, pero su vigencia se ha reforzado por la fuerza del campo de control simbólico que ha construido en las últimas décadas. Se ha construido un ‘régimen de verdad’, que diría Foucault”.
Pero no solo se trata del campo económico, sino de que el resto de ciencias sociales también vive males similares. Como explica Víctor Sampedro, catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos, se van marcando una serie de controles y de filtros en los que unas escuelas preponderan por encima del resto. Por ejemplo, existe una obligación de ser cuantitativo y manejar grandes bases de datos, (y cuanto mayores mejor), lo cual supone que aquellas instituciones y países que cuenten con las bases de datos más completas sean los únicos que pueden hacer ciencia, pero también que cuando emergen nuevas tendencias sociales no pueden ser investigadas, porque todavía no existen los datos suficientes.
Además, se han primado clarísimamente la teoría de la acción racional y el enfoque economicista. En la ciencia política toda la investigación ha ido hacia la sociología electoral tratada con estos modelos. Eso hacía imposible, por ejemplo, analizar los procesos de movilización que, como el 15 M, hemos vivido en los últimos años. Por decirlo en otros términos, el mismo paradigma que se utiliza para analizar la economía se está trasladando a las ciencias sociales, que comienzan a ser examinadas desde el prisma del individualismo metodológico.
Una empresa privada evalúa los currículos académicos
El mecanismo para ejercer este control ideológico en la universidad, explica el periodista, economista y doctor en sociología Andrés Villena, es el sistema de evaluación que se ha implantado, del que depende la trayectoria académica de cada docente, y que otorga una importancia crucial a los artículos JCR. Cuando se refieren a estas siglas, muy populares en la universidad, aluden al “Journal of Citation Reports”, “un ranking elaborado por la empresa Thompson-Reuters. EL JCR, a través de la Web of Science, contiene el conjunto de revistas que cumplen con las condiciones imprescindibles para estar en la primera división: que sus artículos hayan sido citados, a ser posible, por autores en otras revistas prestigiosas, que su índice de impacto supere un determinado nivel, etc. De esta forma, queda definido un conjunto de revistas o journals en los que cabe casi toda la ciencia publicada a lo largo de un año. Si no estás en el JCR, tus contribuciones corren mucho más riesgo de pasar desapercibidas. Y cuando la crisis ha creado un auténtico tapón de expedientes esperando para entrar en la universidad, este tipo de méritos se han convertido en imprescindibles”.
El problema de fondo, asegura Villena, no es solo que los mecanismos de objetividad que establece, como la llamada revisión ciega (el artículo recibido es delegado por un editor a dos revisores que no conocen a quien examinan), no funcionen del todo, porque el editor puede conocer al autor del artículo y desviarlo a revisores afines, o porque estos puedan detectar quién es el autor por el tema tratado o la manera de enfocarlo, “sino que la gran mayoría de estas revistas están controladas por los mismos modelos teóricos, de manera que producir algo diferente y que sea publicado se convierte en una tarea improbable”. Los artículos que se recogen en revistas que no sean JCR, por interesantes que puedan resultar, no producen efectos académicos, por lo que en esta “carrera en la cinta mecánica” por la subsistencia en la que universidad está inmersa, casi nadie quiere perder tiempo en investigaciones que, por valiosas que sean, resulten ineficaces a la hora de asegurarse un futuro laboral.
El ‘colegio invisible’
El concepto a través del cual se entiende la vida académica, explica Andrés Villena, es el de “colegio invisible”. Para publicar en los JCR tienes que pertenecer a esa capilla que, sin estar institucionalmente establecida, opera de forma continua y facilita el acceso a las publicaciones importantes. Eso supone que tus investigaciones deben restringirse a lo que esa red de poder entiende útil, “de forma que el campo de cosas sobre el que se puede escribir se restringe a introducir un matiz en los debates que ellos están manejando. Si eres Stiglitz puedes investigar y te lo publicarán, pero si no lo eres no podrás entrar diciendo teorías similares a las que él maneja. No hay una censura expresa, a la antigua, pero está claro que hay cosas en las que sabes que debes entrar y en otras en las que no”.
Las consecuencias de este sistema se dejan sentir en varios órdenes. En un sentido, la universidad se convierte, asegura Villena, “en una meritocracia de contactos, en la que no puedes ser un manta, porque si no no estarías, pero si careces de los vínculos precisos tu carrera será efímera. Para conseguir ese respaldo es frecuente que se tengan que dar algunas clases del catedrático, o aparecer en tercer o cuarto lugar en los artículos del departamento”.
En segundo lugar, asegura Alfonso Pérez Agote, catedrático de la Universidad Complutense, los resultados en cuanto a conocimiento son muy decepcionantes. Así ocurre en sociología, donde todos están como idiotizados intentando que les publiquen en revistas que ningún sociólogo lee. Echas un vistazo, por ejemplo, al “American Journal of Sociology”, (una de las más prestigiosas) y te encuentras con una gran serie de banalidades y tonterías. El método de evaluación que tenemos es terrible porque lleva a nuestros investigadores a intentar colocar un articulito en estas publicaciones, que hacen a base de leerse los tres o cuatro últimos libros y realizar un apunte medianamente inteligente, en lugar de estar metidos en proyectos de investigación.
Pocos libros y muchas cifras
Este contexto resulta muy llamativo, según Pérez Agote, “porque las viejas generaciones eran muy de estar en casa con los libros en lugar de montar investigación, y hoy cuando estás metido en un grupo potente para investigar, no te sirve para nada. Muchos jóvenes te dicen que no pueden perder el tiempo en eso porque tienen que hacer JCR para sacar su acreditación y poder ser contratados como doctores. Esto es un problema muy gordo”.
Coincide Rosa Agost, decana de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales de la Universitat Jaume I, que señala cómo “la gente que empieza ahora, que tiene un camino muy duro por delante y que sabe que si no consiguen cinco publicaciones potentes en seis años no tendrá sitio en la universidad, deja de estar en proyectos y se encierra en casa para redactar los JCR, lo que deteriora la investigación con mayúsculas”.
Como tercer efecto, asegura Pérez Agote, está el hecho de que la calidad desciende, de manera que “hay pocas revistas buenas, y la mayoría de ellas están circunscritas a un disciplina concreta. La revista del CIS (la más importante en España) ha dado un giro muy particular, que ha venido de la mano de aquellos que salieron de la universidad pública pero luego pasaron por el Instituto de la Fundación Juan March, el de José María Maravall, que está intentando convertir la sociología en una disciplina numérica. Y no es malo en sí mismo, siempre que haya una teoría detrás, lo cual no suele ser el caso”.
Pero eso no significa que no haya resistencia en la universidad, o que todos los profesores se limiten a publicar aquello que les generará rentabilidad. “En educación, por ejemplo, sabemos que se está colando la sustitución del paradigma cualitativo por el cuantitativo, y que si quieres aparecer en los rankings tienes que estar ahí, pero a pesar de eso también hay quienes tratan de publicar artículos que saben que les serán inútiles a la hora de la evaluación, pero que abordan temas de gran interés para la disciplina. En España también hay gente crítica que trata de compaginar lo que se nos impone desde arriba y lo que resulta importante para las disciplinas teóricas en las que trabajamos”.
El acto había sido organizado por la Asociación Hispania Cronos, que tenía prevista la presentación del libro a las 18 horas. Cuando unas diez personas que iban asistir al acto se hallaban en la puerta del Hotel esperando la hora del comienzo, llegaron los antifascistas gritando “¡No queremos nazis!”
Los convocantes patearon a uno de ellos por llevar una camiseta de Brigadas Amarillas y se produjo un enfrentamiento tumultuario “cuerpo a cuerpo” en la calle. El centro de la capital gaditana quedó destrozado, con las señales de tráfico arrancadas e importantes daños en el mobiliario urbano.
Luego llegaron tres vehículos radio patrulla adscritos a la Comisaría Provincial que intentaron, sin éxito, detener a los antifascistas, al mismo tiempo que escoltaban a los fascistas para garantizar que pudieran celebrar el acto en el Hotel sobre el fundador de la Falange, que fue ejecutado por la República en 1936.
El libro y su presentación pública forman parte del descarado ascenso del fascismo en España. Pepe de las Heras ha realizado una versión anovelada de un guión para una película hagiográfica que se presentará próximamente.
Tenemos al fascismo hasta en la sopa, debidamente escoltados y protegidos por la policía para que no padezcan ningún percance en sus actos oficiales.

Con su lucidez característica Bechet-Golovko lo resume perfectamente: “La etapa de los compromisos internacionales ha pasado; para negociar ventajosamente hay que tener una posición fuerte y clara” (1).
Algo parecido había escrito William Engdahl: “A pesar de los progresos impresionantes hechos por Rusia en el terreno de la política exterior, el país puede estar debilitado por una economía fatalmente débil” (2).
El 25 de julio Putin pidió al denominado “Club Stolypin” que preparara un plan de impulso económico porque para hacer frente a los imperialistas en todos los terrenos, hay que impulsar también el crecimiento económico y estrechar filas en el terreno político, lo cual no se puede hacer sin la depuración de los viejos cuadros y el nombramiento de nuevos equipos dirigentes.
Lo mismo que Theresa May en Reino Unido, Putin quiere poner fin a las viejas políticas monetarias implementadas desde los ochenta, que nunca van más allá del corto plazo, la especulación, las burbujas y el enriquecimiento golfo de cuatro oligarcas. En Rusia estas políticas tienen un nombre, Alexei Kudrin, el antiguo ministro de Finanzas, ahora defenestrado.
Putin se ha descubierto a sí mismo en Bismarck. Ahora persigue un desarrollo económico a la manera prusiana. El economista en boga es el alemán del siglo XIX Friedrich List. Tras la ola “mundialista” vuelve el “nacionalismo” en todos los terrenos, sobre todo en el económico. Con él vuelve el Estado, las empresas públicas, la política industrial, el proteccionismo, el déficit público… e incluso los viejos planes quinquenales o, al menos, una versión capitalista de ellos.
Todo empezó el 25 de mayo cuando, después de dos años de vacío, Putin convocó el Presidium del Consejo Económico. En el verano llegó la destitución de Serguei Ivanov, cabeza de la administración presidencial del Kremlin y luego la de Livanov, el ministro de Educación e Investigación. Sus sustitutos, A.Vaino y O.Vassilieva, no están dentro de los círculos de adeptos de la OCDE, escribe Bechet-Golovko, porque “representan el interés nacional frente a la visión globalizante”.
Los nombramientos han sido seguidos de la llegada al servicio de inteligencia exterior de S. Narchkin, que tendrá que lidiar con una situación internacional especialmente tensa. No hay más que repasar el blog Katehon para ver que los eurasiáticos de Alexander Duguin están de enhorabuena.
Pero esa moneda tiene un reverso, que es la guerra. Recientemente Duguin escribía que “la Tercera Guerra Mundial nunca ha estado tan cerca”(3). No le falta razón. Lo mismo que en 1931, cuando el gobierno soviético aprobó el Primer Plan Quinquenal, sin un fuerte impulso al desarrollo industrial, Rusia no podrá hacer frente a la agresión imperialista que se le viene encima.
(1) http://www.comite-valmy.org/spip.php?article7626
(2) http://journal-neo.org/2016/08/02/putin-nyet-to-neo-liberals-da-to-national-development/
(3) http://katehon.com/es/article/la-iii-guerra-mundial-nunca-ha-estado-tan-cerca