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Día: 15 de agosto de 2016 (página 1 de 1)

Los que han provocado el terrorismo en Oriente Medio no pueden acabar con él

Seumas Milne

(artículo publicado en ‘The Guardian’ en junio del pasado año)

La guerra contra el terror, esa eterna campaña lanzada hace catorce años por George Bush se retuerce con contorsiones más grotescas. El juicio en Londres de un sueco, Bherlin Gildo, acusado de terrorismo en Siria, colapsó tras aclararse que la inteligencia británica había estado armando a los mismos grupos rebeldes de cuyo apoyo se acusaba al procesado. La acusación abandonó el caso, aparentemente para evitar complicar a los servicios de inteligencia. La defensa argumentó que seguir adelante con el juicio hubiera sido una “afrenta a la justicia” cuando había buenas pruebas de que el propio Estado británico había proporcionado “amplio apoyo” a la oposición armada siria.

Esto no sólo incluía la “asistencia no letal” cacareada por el gobierno (incluyendo blindaje personal y vehículos militares), sino entrenamiento, apoyo logístico y la entrega en secreto de “armas de forma masiva”. Algunas informaciones citan que el MI6 ha estado cooperando con la CIA en una “línea de escape” de armas, desde los almacenes en Libia hacia los rebeldes sirios en 2012, tras la caída del régimen de Gadafi.

Claramente, el absurdo de enviar a alguien a la cárcel, por hacer lo mismo que los ministros y los oficiales de seguridad hacían, era demasiado. Pero éste es solamente el último en una serie de casos similares. Menos suerte tuvo el taxista londinense Anis Sardar, quien, por haber participado en 2007 en la resistencia contra la ocupación de Irak por fuerzas británicas y estadounidenses, fue condenado a cadena perpetua quince días antes. La oposición armada a una invasión u ocupación ilegal no constituye claramente terrorismo ni asesinato en la mayoría de las definiciones, incluyendo la Convención de Ginebra. Pero el terrorismo está ahora en el ojo del espectador. Y en ningún lugar es esto ahora más cierto que en Oriente Medio, en donde los terroristas de hoy son los luchadores de mañana contra la tiranía, y los aliados son enemigos, frecuentemente dependiente del desconcertante capricho de una conferencia de los políticos occidentales.

En 2014 Estados Unidos, el Reino Unido y otras fuerzas occidentales volvieron a Irak, supuestamente para destruir el ultrasectario grupo terrorista Califato Islámico (anteriormente conocido como Al-Qaeda en Irak). Esto sucedió tras la toma por parte del Califato Islámico de grandes trozos del territorio sirio e iraquí, y la proclamación de un peculiar califato islámico. La campaña no está marchando bien. El último mes, el Califato Islámico entró en la ciudad iraquí de Ramadi, mientras al otro lado de la ahora inexistente frontera sus fuerzas conquistaban la ciudad siria de Palmira. La franquicia oficial de Al-Qaeda, el Frente Al-Nosra, también ha estado haciendo avances en Siria.

Los irakíes se quejan de que Estados Unidos se sentó a mirar mientras todo eso sucedía. Los norteamericanos insisten en que están evitando causar daños a civiles, y alegan importantes éxitos. En privado, los funcionarios dicen que no quieren que se les vea como atacantes de las fuerzas sunníes en una guerra sectaria, y molestar a sus aliados sunníes del Golfo. Una luz reveladora de cómo hemos llegado aquí lo ha proporcionado un informe secreto de la inteligencia de Estados Unidos recientemente desclasificado, escrito en agosto de 2012, que predice de forma asombrosa, y en la práctica celebra, la perspectiva de un “pequeño Estado soberano salafista” en el este de Siria, y un Califato Islámico dirigido por Al Qaeda en Siria e Irak. En duro contraste con las afirmaciones occidentales de aquel tiempo, el documento de la Defense Intelligence Agency identifica a Al-Qaeda en Irak (que se convirtió en el Califato Islámico) y otros salafistas como “las principales fuerzas impulsoras de la insurgencia en Siria”, y afirma que los “países occidentales, los Estados del Golfo y Turquía” apoyaban los esfuerzos de la oposición para tomar el control en el este de Siria.

Planteando la “posibilidad de establecer un Estado salafista declarado o no”, continúa el informe del Pentágono, “esto es justamente lo que quieren las fuerzas opositoras, de cara al aislamiento del régimen sirio, que se considera la profundización de la estrategia de la expansión chiíta (Irak e Irán)”.

Y esto es justamente lo que sucedió dos años más tarde. El informe no es un documento político. Está redactado de forma básica y tiene ambigüedades en el lenguaje, pero las implicaciones quedan suficientemente claras. Tras un año de rebelión en Siria, Estados Unidos y sus aliados no solamente apoyaban y armaban a una oposición que sabían dominada por grupos ultra sectarios; estaban preparados para permitir la creación de algún tipo de “Califato Islámico” (pese al “grave peligro” para la unidad de Irak) a modo de colchón sunní para debilitar a Siria.

Esto no significa que Estados Unidos creara el Califato Islámico desde luego, pese a que algunos de sus aliados del Golfo jugaran un papel en ello, como el vicepresidente Joe Biden reconoció en 2014. Pero no había ningún Al-Qaeda en Irak hasta que Estados Unidos y el Reino Unido lo invadieron. Y los Estados Unidos ciertamente han aprovechado la existencia del Califato Islámico contra otras fuerzas en la zona como parte de una operación más amplia de mantener el control de los occidentales.

El cálculo cambió cuando el Califato Islámico comenzó a decapitar occidentales y a publicar atrocidades en línea; los Estados del Golfo respaldan ahora a otros grupos en la guerra de Siria tales como el Frente Al-Nosra. Pero esta costumbre de los países occidentales de jugar con los grupos yihadistas, que luego les muerden, se remonta por lo menos a la guerra de los años 80 contra la Unión Soviética en Afganistán, que promovió a la Al-Qaeda original, bajo la tutela de la CIA.

Se volvió a calibrar durante la ocupación de Irak, en donde las fuerzas norteamericanas dirigidas por el general Petraeus patrocinaron un estilo de guerra sucia, tipo El Salvador, empleando escuadrones de la muerte sectarios para debilitar la resistencia irakí. Y se retomó en 2011 durante la guerra de la OTAN contra Libia, en donde el Califato Islámico tomó el control de la ciudad natal de Gaddafi, Sirte.

El realidad, la política de Estados Unidos y Occidente en la conflagración en Oriente Medio pertenece al clásico modelo de divide y vencerás. Los norteamericanos bombardean a un grupo de rebeldes mientras apoyan a otros en Siria, y organizan operaciones militares conjuntas con Irán contra el Califato Islámico en Irak, mientras apoyan las campañas militares de Arabia saudí contra las fuerzas hutis respaldadas por Irán en Yemen. Pese a lo confusas que puedan ser las políticas de Estados Unidos, una Siria y un Irak débil y fragmentado cumplen ese enfoque a la perfección.

Está claro que el Califato Islámico y sus monstruosidades no serán derrotados por las mismas fuerzas que lo llevaron los primeros a Irak y a Siria, y cuya guerra abierta o cubierta lo ha promovido en estos años. Las eternas intervenciones militares occidentales en Medio Oriente solamente han traído división y destrucción. Solo los pueblos de la región pueden curar la enfermedad, y no aquellos que incubaron el virus.

Fuente: https://www.theguardian.com/commentisfree/2015/jun/03/us-isis-syria-iraq
 

Otro caso de complicidad de Amnistía Internacional con los yihadistas

El apoyo a los yihadistas vuelve a poner en la picota el papel de las ONG como correas de transmisión del imperialismo. Hasta 2012 Amnistía Internacional se destacó por sus campañas de defensa de Ussama Atar, un yihadista belga detenido en Irak. Una vez logrado su objetivo, Atar está hoy perseguido por la policía antiterrorista belga como dirigente del Califato Islámico.

Ahora la presión se ha vuelto contra la ONG, que ayer tuvo que difundir un comunicado para justificar su campaña favorable al yihadista. Dice que sólo criticó las condiciones de detención de Atar y su estado de salud, pero que nunca pidió su liberación. Las fotografías de la época, los carteles y las manifestaciones, convocadas junto con el Partido Socialista belga, el Ecologista y el CDH, dicen todo lo contrario.

Atar tiene 32 años y es primo de los hermanos Bakraui, autores de los atentados cometidos en marzo en Bruselas. Se trasladó a la región fronteriza entre Irak y Siria en 2002, cuando tenía 18 años y los irakíes le encarcelaron hasta 2012. Ahora es “el hombre más buscado de Bélgica”. La policía le acusa de ser el instigador de los crímenes cometidos por sus primos.

En el comunicado de ayer, Amnistía Internacional afirma que pidió al gobierno de Irak que tomara las medidas necesarias para atender en la cárcel a Atar, dado su estado de salud. Naturalmente el comunicado repite los tópicos rituales sobre la condena de toda clase de violencia, sobre todo si es “ciega” (casi tan “ciega” como la misma justicia).

No hay más “ciego” que el que no quiere ver. Amnistía Internacional, determinados partidos parlamentarios y el gobierno belga lograron que Irak liberara a Atar por razones de salud. Ahora quieren volver a meterle en la cárcel.

Cuando Amnistía Internacional inició la campaña ya era sabido que Atar era un dirigente del Califato Islámico y que había estado en prisión junto a su máximo dirigente Abu Bakr Al-Bagdadi.

Este tipo de acciones por parte de Amnistía Internacional no son ninguna casualidad. Ya ocurrió lo mismo con la campaña iniciada para obtener la liberación del checheno Ahmed Chataiev, a fin de luego pudiera cometer el mortífero atentado de Estambul el 29 de junio de este año. Ya lo denunciamos en este artículo, en el que también aparecía involucrada la misma ONG:

Terroristas que son demócratas contra demócratas que son terroristas
https://mpr21.info/2016/07/terroristas-que-son-democratas-contra.html

El apuro de los socialistas, ecologistas y demás partidos parlamentarios que participaron en la campaña no es menor que el de la ONG. Ya es extraño que ese tipo de ONG y partidos se preocupen de los presos y, sobre todo, de aquellos que cumplen su condena en Irak. ¿Sería Atar uno de esos presos “de conciencia” por los que se preocupa Amnistía Internacional?, ¿por qué no busca presos “de conciencia” también en cárceles un poco más cercanas, como las españolas?, ¿no hay presos enfermos en España?

No es muy habitual que digamos. Uno de los dirigentes ecologistas, el diputado Zoé Genot, se puso ayer a balbucear a los medios de su país: “Yo no sabía…” Es evidente que no tenía ni idea, ni de Atar ni de nada. Pero, ¿por qué no se quedarán en su casa? Los peores cómplices son siempre los más tontos.

Para el gobierno belga la cosa es más peliaguda: fueron ellos los que trasladaron a Atar desde una cárcel en Irak hasta la misma Bruselas, donde se cometieron los atentados de marzo. Se lo pusieron en bandeja. Naturalmente que el gobierno tampoco sabía nada de nada… ni quiere saber.

Los presos ‘de conciencia’ que defiende Amnistía Internacional
resultan ser… yihadistas

Un grupo fascista australiano asalta una iglesia cristiana disfrazados de musulmanes

El sábado un grupo fascista australiano ha asaltado una iglesia anglicana disfrazados de musulmanes y lanzando gritos contra el islam. Al parecer eligieron la parroquia porque era favorable a los emigrantes.

El asalto ocurrió en Gosford, en la coste este de Australia. Cuando el reverendo anglicano Rod Bower celebraba la liturgia, una decena de fascistas disfrazados de musulmanes interrumpieron el acto, imitando los rezos musulmanes.

Los fascistas pertenecían al Partido de la Libertad, que ha reivindicado el asalto en su página de Facebook publicando un vídeo del incidente, pero también de sus militantes disfrazados y contentos por su puesta en escena.

El Partido eligió la iglesia por su postura favorable al islam y su defensa de los inmigrantes. Uno de los carteles situados al exterior de la parroquia se titulaba “Bendice el burka”.

El día de asalto se podía leer en el mismo cartel “Suerte al equipo olímpico australiano y al equipo de refugiados” y “Apoyamos a la comunidad musulmana, tendemos puentes entre las diferentes religiones”.

Durante el asalto los fascistas se lo recordaron al sacerdote para mofarse de él: “Queremos compartir el islam con Usted, es nuestro porvenir, somos una riqueza”.

El párroco ha confesado que está escandalizado y profundamente afectado por este incidente: “Venir a un recinto sagrado celebrando el acto último de amor para proclamar mensajes de odio… es profundamente chocante”, ha manifestado.

Desde hace meses Australia se enfrenta a una multiplicación de incidentes ligados a la emigración y al islam. El 7 de agosto la policía detuvo a un militante fascista que preparaba un atentado. En junio en Perth, otra localidad de la costa del Pacífico, lanzaron una bomba incendiaria contra una mezquita tras la oración.

El 26 de julio fue degollado en Saint-Etienne-du-Rouvray, en la Normandía francesa, un sacerdote católico llamado Jacques Hamel, un anciano de 86 años que siempre se había caracterizado por su defensa de los emigrantes. Siguiendo el mantra, Hollande culpabilizó inmediatamente del asesinato al mismo de siempre, al Califato Islámico.

El tercer hombre de la foto no levantó el puño ni era negro tampoco

Durante diez años olvidamos una gesta de esas que jamás deberíamos olvidar. Lo recordó el año pasado el escritor italiano Riccardo Gazzaniga (*) y hoy, en plenos Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016, es el momento de refrescar la memoria, no vaya a ser que despertemos del letargo y no sepamos ni quiénes somos.

Se trata de la famosa foto tomada durante el podio de los Juegos Olímpicos de México 1968 en las que aparecen los atletas estadounidenses Tommie Smith y John Carlos descalzos, con la cabeza agachada y el puño alzado envuelto en un guante negro. Era el símbolo de los Panteras Negras y, por extensión, de la opresión de la población negra de Estados Unidos, un gesto que jamás se ha vuelto a repetir.

La imagen es uno de los grandes iconos del siglo pasado y sus protagonistas fueron aquellos dos atletas negros que protestaban con los primeros acordes del himno de Estados Unidos, algo muy poco patriótico. Pero en el podio había un tercer personaje del que nadie habló nunca, una especie de convidado de piedra que acabó olvidado, incluso en su propio país. Es el atleta blanco que ni está descalzo ni levanta el puño: el australiano Peter Norman, fallecido hace diez años.

Como escribió Gazzaniga, ese tercer hombre parece un intruso que estropea un icono que, sin él, resultaría perfecto. Nunca nadie se interesó por su vida. Sin embargo, también merece salir del olvido, y no sólo por aquella medalla obtenida en la carrera de 200 metros lisos, que recorrió en 20:06 segundos, quedando en segundo lugar detrás de Tommie Smith, que batió el récord del mundo.

La velocidad es cosa de negros, como casi todo el atletismo. Simplemente son superiores a los blancos: más veloces, más fuertes y más potentes. En 1968 nadie apostó que alguien como Norman se entrometería en una carrera de negros y lograría la medalla de plata.

Tras la carrera, los dos negros que iban a subir al podio se acercaron a Norman. Sabían que su país era tan racista o más que Estados Unidos. En Australia no sólo existía la segregación racial contra los negros sino también contra las poblaciones aborígenes. ¿Sería Norman otro blanco racista? Le tantearon preguntándole si creía en la igualdad de derechos. Les contestó que sí. Entonces los estadounidenses le confesaron lo que tenían pensado llevar a cabo en el podio.

“Creía que iba a ver miedo en sus ojos, pero lo que vi fue amor”, dijo John Carlos años después. “Estaré con vosotros”, les respondió el australiano con decisión.

Smith y Carlos habían pensado subir descalzos al podio porque no sólo querían reivindicar una condición racial sino la condición de clase de los negros en Estados Unidos, la de quien no tiene nada: la del proletariado.

Falta un detalle que Norman les sugirió: el guante negro, ese que le dio una fuerza definitiva al legendario gesto de los atletas. No tenían más que un único par de guantes por lo que inmediatamente antes de subir a la gloria desistieron, y fue ora vez el australiano el que les dijo que se pusieran un guante cada uno. De ahí que Smith levante el brazo derecho y Carlos el izquierdo.

En aquella época se había formado un movimiento de protesta que se llamaba “Proyecto Olímpico” del que formaban parte numerosos atletas, que se identificaban por una insignia. Como muestra la imagen, los tres portaban aquella insignia.

También muestra que Norman tiene a los dos estadounidenses a su espaldas. No vio la escena y supo que habían ejecutado el plan cuando el estadio enmudeció ante aquel gesto reivindicativo y dejó de cantar el himno de las barras y estrellas.

Al día siguiente la foto fue la primera plana en todos los diarios del mundo. Los 200 metros lisos, los Juegos Olímpicos, las ceremonias… todo pasó a un segundo plano y se habló de racismo, de segregación, de apartheid y de discriminación. Por un momento, gracias a tres atletas, los oprimidos fueron los protagonistas.

A pesar de que, como todos sabemos, “el deporte no tiene nada que ver con la política”, el imperialismo no podía tolerar aquello y tomó represalias. Los dos velocistas negros fueron expulsados inmediatamente del equipo olímpico y tuvieron que abandonar las instalaciones. Al llegar a su país fueron amenazados de muerte en numerosas ocasiones.

También el australiano fue represaliado. Tuvo que abandonar una prometedora carrera como atleta. En los siguientes Juegos Olímpicos no le admitieron en la selección. Hubiera podido convertirse en una de esas viejas glorias del deporte que todos los países sacan a pasear para hinchar los pechos de patriotismo, pero desapareció para siempre de la memoria del atletismo. Se convirtió en un paria, un apestado, un traidor. Décadas después, cuando se celebraron los Juegos Olímpicos de Sidney 2000, el gobierno australiano invitó a todos los medallistas olímpicos a los actos oficiales… excepto a uno: Peter Norman. Australia es un país tan racista que incluso su propia familia renegó de él. No encontró trabajo y cayó en el alcoholismo y una profunda depresión en la que vivió sus últimos años.

Smith y Carlos, en el funeral de Norman
Se equivocarán Ustedes de lleno si suponen que fue represaliado por aquel gesto épico, uno de esos actos que alguien comete en la vida sin pensarlo y luego se arrepiente toda su vida. En absoluto. Podía haber renegado de sí mismo y lamentar su gesto. Se lo preguntaron mil veces a lo largo de su vida, en público y en privado: ¿condenas el acto de Smith y Carlos?, ¿quieres disculparte? Le hubieran devuelto la gloria que merecía si el deporte sólo fuera deporte, pero su respuesta siempre fue la misma: lo volvería a hacer.

La frontera entre la gloria y el ostracismo más oscuro es así de frágil: depende sólo de un pequeño gesto, de un instante de debilidad, de una traición minúscula… Norman demostró algo que el capitalismo no entiende: la dignidad no está en venta y si alguien se prostituye es para siempre. No hay medias tintas. El australiano jamás traicionó a Smith y Carlos. El imperialismo nunca ha podido disfrutar de ese placer porque se tropezó con un australiano íntegro, el vivo espejo en el que todas las personas dignas deberían mirarse cada mañana.

Con el tiempo la historia ha devuelto a Smith y Carlos lo que les robaron durante tantos años. En California una estatua recuerda su aportación a la lucha contra la segregación racial, pero en el podio no está Norman. Nada ni nadie recuerda a Peter Norman, el tercer hombre de la foto, que ni levantó el puño ni era de raza negra. Aquel héroe murió hace 10 años en Melburne de una gangrena. Smith y Carlos se desplazaron para llevar a hombros el féretro del atleta suprimido de los anales del atletismo.

No seamos cómplices tampoco nosotros. No consintamos que la memoria de los héroes, como Peter Norman, se pierda en el olvido.

(*) http://riccardogazzaniga.com/luomo-bianco-in-quella-foto/

Los seguidores de Gbagbo se dirigen a Putin para lograr su libertad

El miércoles de la semana pasada se produjo un acontecimiento que ilustra el papel que empieza a desempeñar Rusia ante muchos pueblos del mundo: una fracción del Frente Popular Marfileño, el partido del antiguo presidente Laurent Gbagbo, se ha dirigido a Putin para que logre su liberación y la de el otro acusado ante el Tribunal de La Haya, Charles Blé Goudé.

A comienzos de este año se abrió en La Haya, Holanda, ante el Tribunal Penal Internacional el juicio contra Gbagbo por crímenes contra la humanidad cometidos en 2011, como consecuencia de las elecciones celebradas aquel año en el país africano. Fue uno de esos golpes de Estado que el imperialismo viene poniendo en marcha desde hace unos años con dirigentes políticos molestos repartidos por los cinco continentes.

Gbagbo está encarcelado desde entonces, mientras la farsa judicial sigue su rutina en medio del tedio y el sopor de los interrogatorios cruzados de los testigos.

Durante este tiempo el partido que dirigía Gbagbo se ha dividido. Aunque ambas facciones luchan por su liberación, sus métodos divergen. El presidente del mismo, antiguo Primer Ministro, Affi Nguessan, está empeñado en las gestiones diplomáticas, la otra facción, encabezada por Abu Drahaman Sangaré, está organizando protestas populares.

Ha sido esta facción la que ha apelado a Putin para que Gbagbo sea liberado de prisión y se cierre el proceso en su contra a fin de que triunfe “la justicia, la verdad, la independencia y la soberanía de los países africanos”, ha manifestado Sangaré en unas declaraciones a los medios de comunicación africanos.

El llamamiento a Putin forma parte de una amplia campaña que se está extendiendo por todo el Continente Negro para exigir la liberación del antiguo Presidente de Costa de Marfil. Rusia es el destinatario de las peticiones de ayuda un creciente descontento internacional que busca un nuevo Robin Hood que rompa sus cadenas.

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