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Día: 28 de junio de 2016 (página 1 de 1)

La abstención más alta de la historia

La abstención en las últimas elecciones generales ha sido la más alta desde la transición. La participación no ha llegado al 70 por ciento y bajará todavía más cuando se escrute el voto de los residentes en el extranjero.

Por lo tanto, los “análisis” de los “expertos” son un chiste, que tiene su explicación: la abstención no reparte prebendas y por eso nadie se preocupa de ella o, para decirlo de tal manera que no nos critiquen nuestros lectores: se preocupa mucho menos que de los votantes.

Como cada voto es una parte del aparato del Estado burgués, los “analistas” sólo se preocupan de él, y lo que es aún peor: sólo de ciertos votos, en concreto de los que conceden escaños, por lo que el “análisis” de las elecciones se suele restringir aún más. Basta escuchar cualquier tertulia para darse cuenta de que lo realmente importante ni siquiera son los votos sino más bien los escaños.

A diferencia de los demás países europeos, en España la abstención procede de los sectores más avanzados y progresistas de la sociedad que, cuando padecen algún tipo de flaqueza momentánea, se ponen a votar a las distintas variedades reformistas, que antiguamente era la bazofia de Izquierda Hundida.

Casi una tercera parte de los electores no votamos y, si las cosas siguen igual, no votaremos nunca. Somos la mayoría absoluta y si alguien tuviera en cuenta a las personas y no a los escaños, se preocuparía un poco más por nosotros que por las distintas formas de repartirse el pastel.

En un país realmente democrático alguien se debería interesar por el hecho de que un porcentaje tan grande de electores no vote. Si las elecciones son tan importantes para las personas, ¿cómo es posible que no lo hagan?, ¿quizá porque se han dado cuenta de que son irrelevantes?, ¿saben que nada va a cambiar con un voto u otro?

Al menos algunos de los que no votamos no lo hacemos porque subestimemos las elecciones diciendo que son una porquería inmunda, sino todo lo contrario: nos parecen tan importantes que no podemos participar en tamaña farsa.

No es que estemos con unos y no con otros: estamos en contra de todos ellos, de quienes participan y de quienes nos llaman a participar. Son unos mentirosos compulsivos.

No votamos porque no queremos un cambio de gobierno sino un cambio de Estado. No nos gusta el capitalismo, ni la monarquía, ni la sacrosanta unidad de la patria, ni la bandera… Francamente, no nos gusta casi nada.

Tampoco votamos porque en las condiciones actuales no es así como se va a cambiar nada.

Pero si estamos equivocados sería bueno que alguien se preocupara por nosotros y nos convenciera de nuestro error. Lo que ocurre es que los equivocados son ellos.

La Unión Europea no rescatará a la banca italiana de su quiebra

El gobierno italiano plantea inyectar hasta 40.000 millones de euros a los bancos más próximos a la catástrofe. En los test de estrés que hizo el Banco Central Europeo en octubre de 2014, de los 25 suspensos, 9 fueron para bancos italianos.

Los problemas son los mismos que el resto del capital financiero mundial: endeudamiento y recesión que, aunque se llame “alta morosidad”, es sinónimo de quiebra. Los bancos no están cobrando los préstamos que concedieron.

A diferencia de España, la banca italiana no sólo está cautiva de activos tóxicos procedentes del sector inmobiliario, sino de toda la economía. Otra diferencia es que el capital financiero italiano presume de lo que carece, de fortaleza, y no se reconoce en crisis. A lo máximo reconoce que son sólo algunos bancos los que tienen problemas.

La ceguera no puede ser mayor: mientras el nivel de morosidad -el reconocido de puertas afuera- en España es del 10 por ciento, en Italia es del 18 por ciento.

Como consecuencia de la quiebra, las acciones de los bancos italianos han caído más de un 20 por ciento de media desde principios de este año, hasta el punto de que Monte dei Paschi di Siena, el tercer banco del país, ha llegado a perder más de la mitad de su valor en bolsa.

A mediados de este mes la Bolsa de Milán tuvo que suspender la contratación de algunos de los mayores bancos del país a causa del desplome de sus cotizaciones.

El gobierno italiano ha gastado en sus bancos mucho menos que el español, apenas 3.600 millones de euros entregados a cuatro pequeños bancos regionales y otro poco más al Monte dei Paschi. No pasa nada. Son maestros en el arte del disimulo, aunque ahora piensen recapitalizar a otros.

Pero el verdadero problema es que, lo mismo que los bancos, el Estado también tiene la caja vacía. La  deuda pública es la segunda más alta de la Unión Europea, sólo por detrás de Grecia: el 132 por ciento del PIB.

Después del rescate a Grecia y España, a Alemania, o sea, a la Unión Europea, ya no le quedan ganas de seguir poniendo dinero encima de la mesa. El 1 de enero entraron en vigor las nuevas normas de Bruselas sobre crisis bancarias, que ponen fin a la era de los rescates con dinero público. En adelante serán los accionistas, los acreedores y los depositantes los que se hundan junto con sus bancos.

Naturalmente que no todos se hundirán al mismo tiempo y en la misma medida. Los primeros en pagar la factura serán los pequeños ahorradores, esos ingenuos que, el estilo de los preferentistas en España, creen que el capitalismo es eterno y siguen guardando su dinero en un sitio “seguro”.

Además del empobrecimiento brutal de las masas, un verdadero atraco a mano armada, la segunda consecuencia será el fin del minifundismo bancario en Italia, la desaparición de las pequeñas cajas de ahorro y montes de piedad y la concenrtación nacional e internacional del capital financiero.

El lado más ocuro de la ideología burguesa

Kevin Costner en Waterworld
Juan Manuel Olarieta

Como escribió Stalin, una ciencia es diferente de una ideología. Cabe añadir, sin embargo, que ambas están tan íntimamente adheridas una a otra que no es fácil separarlas. Desde luego que los científicos han demostrado que son los menos capaces de hacer esa separación, es decir, de ser conscientes de ella, de apercibirse dónde acaba la ciencia y empieza la ideología.

Siguiendo el mismo argumento, se podría decir lo mismo de una ingeniería, como la informática, que debiera estar aún más claramente delimitada de las ideologías. Basta recorrer las numerosísimas páginas de internet dedicadas a la informática para comprobar que no es así.

También es obvio recordar que la ciencia es algo diferente de la ciencia-ficción, pero los científicos son muy aficionados a ese tipo de novelas porque en ellas creen encontrar ciencia, aunque se trate de la basura escrita por Isaac Asimov.

A eso añadiría por mi cuenta que es fácil encontrar también mucha ciencia-ficción en la ciencia. No hay más que leer las previsiones futuras que para la humanidad nos tiene reservado el calentamiento planetario.

Cualquier diccionario de informática expone conceptos básicos de la ciencia que siempre han sido muy discutidos. Se trata de términos tales como “inteligencia” (“inteligencia artificial”) o “memoria”. Lo mismo que la mayor parte de los conceptos científicos, se definen de una manera simplona, dogmática y acrítica, pasando por alto todas las discusiones habidas acerca de ellos a lo largo de la historia del pensamiento humano.

En otras ocasiones, tanto los científicos como los ingenieros eluden simplemente las definiciones, utilizando expresiones que no saben lo que significan, algo que es bastante característico del positivismo: hablar del funcionamiento de las cosas sin saber lo que son.

Es más, no importa saber lo que son las cosas sino cómo funcionan. Es la actitud de la mayor parte de los usuarios hacia su ordenador o su móvil. El positivismo, que es una ideología -y de las más cutres- tiene una estrecha relación con el utilitarismo: lo que nos importa de las cosas no es lo que son sino su funcionamiento, para qué sirven, lo que esperamos de ellas.

Este tipo de concepciones ideológicas acerca la ciencia-ficción a la ciencia, de manera que no resulta fácil separar a una de otra. Lo mismo que la religión, la ciencia actual se ha llenado de profecías, aunque ahora las llaman de otra manera: pronósticos o previsiones. A los científicos no les basta con explicar lo que pasa sino que se esfuerzan por explicar lo que va a pasar.

Sin embargo, en la etapa actual del capitalismo, dominado por la decadencia y la degeneración, la ciencia-ficción presenta dos características importantes respecto a sus precedentes:

a) su marcado sesgo distópico, pesimista y oscurantista, rasgos que definen al pensamiento burgués actual

b) desde los tiempos de Platón hasta ahora la ficción había venido siendo claramente política: frente a la sociedad existente, el escritor de ficción buscaba algo mejor. Por el contrario, ahora la novela de ficción se disfraza de ciencia y asegura que en el futuro todo será mucho peor.

Lo que la ciencia-ficción esconde ahí es un afán de dominio, exactamente el mismo que en la utopía de Platón de hace dos mil años: si éste quiso un mundo dirigido por filósofos, los distopistas de hoy quieren un mundo dirigido por científicos, si bien hoy a cualquier idiota le califican como “científico”, lo cual es muy peligroso.

La conclusión “científica” de la burguesía es la siguiente: mejor no cambiar nada porque no va a mejorar lo que ya tenemos. Insisto en que esa conclusión no la presenta la burguesía de un modo político sino científico. Lo que nos quiere transmitir no es una opinión; no es lo que le gustaría que sucediera sino lo que sucederá de una manera inexorable.

No hay más que leer uno de esos infames artículos seudocientíficos en los que algún cretino lleva a cabo en nombre de la “ecología” una de esas simulaciones informáticas para demostrar que el nivel de las aguas oceánicas seguirá subiendo y que todo va a acabar en un desastre como el de la película “Waterworld”.

A pesar de que la ficción es pura imaginación, fuera de los países socialistas, no conozco relatos acerca de un mundo mejor, sin miseria, sin desempleo, sin ignorancia, sin opresión… La ciencia-ficción no proyecta hacia el futuro un mundo distinto sino el mismo capitalismo con todas sus lacras multiplicadas hasta el infinito, como en la película “Atmósfera cero”.

Hoy la ciencia lleva a cabo una parte de sus experimentos en los ordenadores, no en la naturaleza ni en los laboratorios. Son simulaciones informáticas, a pesar de lo cual se publican en las revistas científicas como si tuvieran tal naturaleza científica. A ese tipo de diversiones algunos le dan un carácter demostrativo, por lo que de ahí deduzco otras dos conclusiones, a cada cual más absurda:

a) que la manera de confirmar o refutar una hipótesis científica no se lleva a cabo en el mundo real sino en el virtual, que se confunden cada vez más confusamente, al más puro estilo Matrix

b) que lo que tratan de demostrar no es un fenómeno que existe o ha existido en el pasado sino de algo que existirá en el futuro o que posiblemente no exista nunca

Para la burguesía el futuro no depende de las clases sociales sino de la ciencia. Es otro legado del positivismo infiltrado para no parecer lo que es: pura ideología.

En la medida en que la ciencia actual está cada vez más mediatizada por un instrumental (aceleradores, telescopios, ordenadores) cada vez más grande, tiene un componente técnico cada vez mayor, por lo que la técnica suplanta a la ciencia cada vez más, de manera que se han empezado a otorgar Premios Nóbel de ciencia a los ingenieros, es decir, no por descubrir cosas nuevas sino por nuevas aplicaciones de algo ya conocido.

A la confusión de lo real con lo virtual la burguesía le añade una segunda confusión, la del hombre con la máquina. Es la ideología del robot, que diluye las diferencias entre ambos al estilo Blade Runner. Si el hombre es un autómata, las máquinas tienen propiedades síquicas típicas de los seres humanos.

Este hilo ideológico se puede estirar cuanto sea necesario porque, como muestran los tópicos de la ficción moderna, los ordenadores tienen vida propia. Las máquinas son una proyección del ser humano tal y como la burguesía lo ve en la actualidad: como un ser malvado, hasta tal punto de que su maldad mecánica se vuelve contra el ser humano que lo ha creado. Es el caso de Hal, el ordenador de la película “2001, una odisea del espacio”, Skynet, el ordenador de Terminator o Joshua, el de “Juegos de guerra”.

Los relatos de ciencia-ficción son una religión moderna y, por lo tanto, ideológicos. Repiten el mito del Génesis en versión informática. Del mismo que en el Paraíso los hombres, criaturas de Dios, se volvieron contra su creador, los ordenadores se han vuelto contra los hombres que los crearon.

El carácter de la moderna ideología burguesa se podría expresar de una manera aún más cruda: ha olvidado para siempre el principio de las cosas, el paraíso, y sólo se acuerda del final, el apocalipsis. Se ha introducido a fondo en su lado más oscuro. Tenebroso, diría.

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