Crónica de la decapitación brutal de un periodista

El periodista Daniel Pearl
En 2002 Daniel Pearl era corresponsal del Wall Street Journal en India. Acababan de producirse los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York y Estados Unidos había invadido Afganistán.

El periodista estaba en medio de aquel huracán. Cruzó en enero la frontera con Pakistán para escribir un reportaje sobre Richard Reid, un británico que el 22 de diciembre del año anterior había intentado volar un avión del que era pasajero y que realizaba la ruta entre París y Miami con explosivos escondidos en sus zapatos.

Reid fue juzgado y condenado en Estados Unidos a cadena perpetua en enero de 2003. El motivo del viaje de Pearl era comprobar las relaciones de Reid con el ISI, el servicio secreto pakistaní.

El día 23, cuando acudía a una reunión, fue secuestrado. Una semana después le decapitaron y su cuerpo, brutalmente descuartizado en diez pedazos, apareció meses después.

Los autores de tan atroz crimen, lo grabaron en vídeo y lo difundieron por internet. Dada su condición de estadounidense y periodista, la muerte de Pearl pasó por los ojos de todo el mundo, acompañada de la consabida retahíla de improperios contra el radicalismo, el extremismo, el islamismo, el fanatismo… Para la burguesía todo es culpa siempre de las ideas, sobre todo de algunas ideas. De cualquier cosa menos del imperialismo.

El contacto de Pearl en Karachi era Ahmed Omar Said Sheikh, más conocido como Omar Sheikh, otro británico procedente de una familia con mucho dinero, aficionado al ajedrez y a las artes marciales que se educó en la London School of Economics, donde cursó matemáticas y estadística.

En su libro “In the Line of Fire” el Presidente de Pakistán, el general Musharraf, asegura que Omar Sheikh fue reclutado por el MI6, el espionaje británico, cuando estudiaba en la London School of Economics y que en su primera misión a finales de 1992 le enviaron a la guerra de los Balcanes como parte integrante de la OTAN y la yihad, es decir, del imperialismo.

De Bosnia pasó a Pakistán, donde “luchó” en Cachemira contra India, lo cual significa que formaba parte también del ISI, el espionaje pakistaní, y no precisamente en el último escalafón. Su jefe era Ijaz Shah. Desde luego que formaba parte de Al-Qaeda, donde estaba considerado como “el hijo predilecto de Bin Laden”. Casi resulta aburrido repetir una y otra vez este tipo de vínculos…

El espía y yihadista Omar Sheikh
En 1994 le detuvieron en India cuando -por encargo del ISI- trataba de secuestrar a unos turistas británicos para intercambiarlos por separatistas cachemires encarcelados. Aunque el ISI le pagó los gastos judiciales, le condenaron a una pena de cárcel.

Algunas fuentes han comentado que estando preso, sus jefes de la inteligencia británica le visitaron en más de una ocasión. Otras dicen que entonces ya era miembro de la CIA… Otras no ven ahí ninguna diferencia apreciable…

En cualquier caso, era alguien muy importante dentro del espionaje en Asia central porque en diciembre de 1999 secuestraron un avión comercial indio en Nepal, lo desviaron al aeropuerto y de Kandahar, en Afganistán y, tras ocho días de negociaciones, los 155 pasajeros fueron canjeados por Omar Sheikh y otros tres yihadistas más que también estaban presos en India.

Al salir se trasladó con su familia a Lahore, la segunda ciudad más poblada de Pakistán, situada junto a la frontera con India. Residía en una vivienda para funcionarios del gobierno pakistaní. Seguía trabajando como enlace entre la dirección del gobierno pakistaní y Al-Qaeda.

Cuando en 2001 volaron las Torres Gemelas, su nombre fue uno de los primeros que salió a relucir, a veces bajo el seudónimo de Mustapha Mohammed Ahmed. Además de los saudíes, los pakistaníes también participaron, pues, en los atentados del 11-S. El hilo pakistaní era muy claro y la prensa india lo destapó inmediatamente. El dinero procedía de Arabia saudí y llegó a los saudíes a Estados Unidos a través de Omar Sheikh, o sea, del ISI.

En el mismo momento de los atentados el máximo dirigente de ISI, el general Mahmoud Ahmed, estaba en Washington entrevistándose con la Casa Blanca, con el Departamento de Estado, con la CIA, con el senador Bob Graham, con el congresista Porter Goss, que había sido agente de la CIA…

Al gobierno de Pakistán no se le puede reprochar que no reconociera su culpabilidad en los atentados del 11-S porque purgó inmediatamente al general Mahmoud Ahmed y toda la plana mayor del ISI.

La purga del espionaje, lo mismo que los atentados de las Torres Gemelas, eran consecuencia de un giro en la táctica del imperialismo en Asia central. Formaban parte de una purga mucho más general. Los talibanes ya no interesaban. Había que cerrar una etapa. Habían sido útiles para luchar contra la Unión Soviética, pero su etapa de gobierno en Kabul (1996-2001) había demostrado que no había ninguna sintonía con Washington. Lo que había era una guerra abierta.

El 11-S sirvió a Estados Unidos de excusa para invadir Afganistán, una operación militar imposible de llevar adelante sin la ayuda del ISI. De ahí la visita del general Mahmoud Ahmed a Washington, donde la CIA comprobó que Ahmed estaba tan estrechamente relacionado con los talibanes que tampoco podían contar con él para la guerra de Afganistán. Necesitaban otro ISI y Musharraf se lo sirvió en bandeja depurando a su dirección.

A partir de entonces, a través del FBI y de toda la prensa occidental la complicidad se presentó en los siguientes términos: es posible que el general Mahmoud Ahmed y sus adjuntos estuvieran implicados en el 11-S, pero se trataba de una decisión personal suya que no comprometía al ISI.

A partir de entonces el FBI empezó a borrar las primeras pistas sobre el verdadero nombre y la nacionalidad de Omar Sheikh con las típicas cortinas de humo: un egipcio llamado Shaykh Saiid, un saudí llamado Sa’d Al-Sharif, un keniata llamado Cheikh Sayyid el Masry… El FBI llegó a decir que Omar Sheikh no existía, que era un nombre falso…

Un día antes del secuestro de Pearl, el 22 de enero de 2002, el director del FBI Robert Mueller viajó a Pakistán para que el nuevo ISI asumiera el ocultamiento de sus propias responsabilidades en el 11-S. A su vez, el espionaje pakistaní trasladó el acuerdo a su agente Omar Sheikh: no le extraditarán a Estados Unidos, para lo cual debían dejar al margen todo lo relativo al 11-S.

En ese mismo momento se produce el secuestro y asesinato del periodista Pearl, que servirá como coartada para el negocio. Aunque Sheikh se entrega voluntariamente a la policía pakistaní, la prensa lo presenta como una detención y un gran éxito, otro más, del gobierno de Pakistán en la “guerra contra el terrorismo”.

Así empieza una comedia judicial. En su interrogatorio Sheikh “confiesa”, se acusa de un delito que no ha cometido (muerte de Pearl) para tapar el que sí ha cometido (atentados de Nueva York). Según el pacto con sus jefes, será enviado a una cárcel pakistaní en la que no permanecerá muchos años, cualquiera que sea la condena nominal.

Los imperialistas tampoco quieren tirar de la manta. El 3 de marzo el mentiroso de Colin Powell, antiguo general del Ejército y entonces al frente del Departamento de Estado asegura que no existen vínculos entre ISI y el atroz asesinato de Pearl. Lo mismo que las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, era otra de sus falacias, o sea, una falacia dentro de una farsa.

Con excepción del periódico británico “The Guardian”, siguiendo las instrucciones de Powell, todos los altavoces mediáticos del imperialismo liberan al gobierno de Pakistán de cualquier tipo responsabilidad, tanto en el 11-S como en el asesinato de Pearl.

Pero el apaño da un siniestro giro cuando el fiscal pide la pena de muerte. Sheikh se da cuenta de que sus jefes le han traicionado y quieren silenciarle para siempre. El juicio oral, que comienza en abril, sería su última oportunidad de pagar a los traidores con la misma moneda.

Pero también eso estaba previsto. El juicio es otra farsa judicial al estilo pakistaní. Se celebra dentro de la cárcel de Hyderadad, ante un tribunal especial secreto. No hay ningún auditorio al que dirigirse. Tras tres meses de peripecias seudojudiciales, el 15 de julio le condenan a muerte. Otros tres más son condenados a cadena perpetua.

Los imperialistas estadounidenses y británicos aplauden la condena. Sheikh apela pero la farsa se consuma: “Es otro ejemplo más del liderazgo de Pakistán en la lucha contra el terrorismo”, dice Ari Fleisher el portavoz del Departamento de Estado.

La “guerra contra el terrorismo” nunca existió, y mucho menos tras el 11-S, cuando Estados Unidos invadió Afganistán y necesitó la “ayuda” de ISI para “combatir” a los talibanes.

Cuando en Kunduz los “marines” estaban a punto de aplastarlos, retrasaron la ofensiva para que los helicópteros pakistaníes pudieran evacuar a la plana mayor de los talibanes y de Al-Qaeda, incluida la familia de Bin Laden…

Fuente: http://www.fromthewilderness.com/timeline/AAsaeed.html

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