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Día: 26 de abril de 2016 (página 1 de 1)

Desde que se aprobó la ‘ley mordaza’ la policía multa a 30 personas al día

Desde la entrada en vigor de la Ley de Seguridad Ciudadana, más conocida como Ley Mordaza, se han tramitado 6.217 sanciones por “faltar el respeto a los miembros de las fuerzas de seguridad”. Esto supone una media de 29,4 sanciones al día entre el 1 de julio de 2015, cuando entró en vigor la ley, y el 28 de enero de 2016.

Desde entonces, las faltas de respeto se han convertido en el segundo motivo de sanción impuesta por la aplicación de la Ley Mordaza, solo por debajo del consumo o tenencia de drogas en lugares públicos, que acumula 18.000 sanciones desde julio.

Los datos proceden de los de expedientes sancionadores tramitados por la Administración General del Estado a través del Ministerio de Interior. Estos datos no incluyen las denuncias de las fuerzas de seguridad que todavía no han sido elevadas o fueron desestimadas por el órgano sancionador. Tampoco incluyen las de las policías autonómicas independientes, como la Ertzaintza y los Mossos d’Esquadra. Por tanto, los datos de Cataluña y País Vasco están infrarrepresentados.

El artículo 37.4 de la Ley Orgánica 4/2015, de protección de la seguridad ciudadana establece como infracción leve “las faltas de respeto y consideración cuyo destinatario sea un miembro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad en el ejercicio de sus funciones”, con multas de entre 100 y 600 euros. Las multas impuestas por este motivo desde la llegada de la Ley Mordaza promedian 145 euros por sanción.

“Ahora el Gobierno es juez y parte sobre una serie de infracciones que antes estaban en manos de jueces independientes”, explica Joaquin Bosch, portavoz de Jueces por la Democracia. El artículo 52 de la ley establece que la “denuncia” del agente constituirá “base probatoria suficiente” para adoptar la resolución que proceda. “En el ámbito judicial la palabra del agente no es suficiente, hay que probarlo”, critica Bosch.

Gracias a estas sanciones, el Gobierno podría recaudar más de 900.000 euros con las sanciones impuestas por “faltar el respeto” a las fuerzas de seguridad. Un cálculo que no tiene en cuenta los posibles pagos voluntarios de los ciudadanos, que solo abonarían el 50% si lo hacen antes de los 15 días de conocer la sanción, o las denuncias presentadas que todavía no han sido elevadas.

Hasta el 28 de enero se han tramitado en España más de 40.000 sanciones en virtud de la nueva normativa. La recaudación por esas sanciones podría alcanzar los 18,3 millones de euros solo en los últimos siete meses.

Respecto a otros artículos polémicos y contestados de la ley, hay 18 sanciones por utilizar fotos de policías o de objetos que puedan identificar a un miembro de las fuerzas de seguridad. Además, se han puesto 71 sanciones por obstruir a la autoridad en el cumplimiento de resoluciones administrativas o judiciales, que incluye, por ejemplo, las personas que traten de impedir un desahucio.

“España es uno de los países menos violentos de la UE”, argumenta Alba Villanueva, portavoz de la plataforma No Somos Delito, que agrupa a más de 70 organizaciones de activistas, ciudadanos y juristas. Denuncia que con la nueva ley de seguridad ciudadana muchas conductas que antes iban por la vía penal -donde hay un juez- ahora pasan o se duplican en la vía administrativa -son los funcionarios los que valoran-.

Los datos se muestran por cada 100.000 habitantes. Incluye los datos de sanciones tramitadas por las Delegaciones del Gobierno desde julio de 2015 hasta el 28 de enero de 2016.

Desde el 1 de julio de 2015 se han tramitado 3.700 sanciones por desobediencia o resistencia a la autoridad o por negarse a identificarse. Villanueva critica que este artículo, al no especificar, permite sancionar conductas de resistencia pasiva, por ejemplo, en sentadas de protesta. “Ahora las sanciones no son resueltas por un juez imparcial sino por un Gobierno que puede tener intereses políticos ante protestas sobre su gestión”, sentencia Joaquim Bosch.

Fuente: http://www.eldiario.es/sociedad/sanciones-diarias-Policia-Ley-Mordaza_0_489951750.html

El coronel Faragalla se ha vuelto muy discreto

Nicolas Beau

El coronel Faragalla, casado con una francesa, fue uno de los hombres más desconocidos y poderosos de la Jamariya [el régimen libio en la época de Gadafi].

El coronel Yahia Abdsalam Faragalla, denominado “Yayia” familiarmente, fue sin duda uno de los hombres clave de la relación franco-libia bajo Gadafi. Mediante sus veinticinco sociedades de import-export, este oficial del ejército del Aire controlaba una gran parte del comercio de petróleo, de alimentos, de piezas de recambios, de neumáticos y también de material sanitario. Francia era uno de sus socios privilegiados, y con motivos, este fiel a Gadafi se había casado joven con una francesa del sudoeste.

Dominando el francés a la perfección, el coronel Faragalla conocía muy bien a parte de la clase política tricolor. Curiosamente, nadie se ha interesado nunca por su suerte, ahora que sus días discurren tranquilos entre Tobruk y El Cairo, dos ciudades con mucha presencia de seguidores del desaparecido jefe del estado libio. Se le ve menos en París, en donde tiene una vivienda y en Tarbes, de donde es originaria su esposa.

El coronel adquirió sus galones mediante una brillante carrera en el ejército del Aire de Gadafi, convirtiéndose en uno de sus jefes. Cercano hoy al general Haftar, a quien conoció desde los años 70, este nostálgico de la Jamariya se deja ver a veces en Tobruk, en donde cuenta con algunas relaciones sólidas. Muchos de los pilotos del ejército de Haftar han estado formado parte de unidades a su mando. 

Pero su influencia en el reino del Guía procede sobre todo del papel clave que jugó en el seno de las estructuras tribales. La longevidad en el poder del jefe de la Jamariya está en gran medida ligada a su ascendiente sobre las tribus libias. La principal, los Uarfalla siempre estuvo en la agenda de Gadafi, que sabía cultivar bien a sus protegidos. El coronel Faragalla fue el gran tesorero de esta tribu, y de ahí el número faraónico de mercados que controlaba, en nombre de todos.

Hasta los últimos días, el coronel Faragalla puso todo su empeño en la batalla de Trípoli. Apenas una semana antes de la caída de Gadafi en agosto de 2011, los restos de invitados extranjeros fieles a la Jamariya se refugiaban en el hotel Corinthia, una impresionante torre en donde hoy se encuentra la embajada de Qatar. Entre ellos se encontraba el príncipe de Borbón-Parma, el ensayista belga Michel Collon y un puñado de hombres de negocios franceses y belgas que tenían sus asuntos en Libia. Unos guías fieles y convencidos de la victoria final les llevaban a los lugares destruidos por la OTAN.

Algunos de estos simpatizantes fueron a expresar su indignación a las cuatro cadenas de televisión que se mantenían en Libia, y para cantar las alabanzas del régimen. Es lo que hizo de buen grado uno de ellos, especialista de import-export, que nos ha contado su aventura, deseando mantener el anonimato. “Mi paso por las televisiones libias fue algo formidable, dice riendo, se me reconocía por la calle, y las muchachas me pedían en matrimonio”.

Ante su proclamado compromiso con Gadafi, los emisarios del jefe del Estado le prometían algunas compensaciones constantes y sonantes. Se le presenta en el hall del hotel el coronel Faragalla, quien en un francés perfecto le invita a una de las oficinas de sus sociedades, “Al Madmon Oil Services”, en la calle Sralia, el corazón de Trípoli. Nuestro hombre de negocios aceptó gustosamente.

Pero el coronel Faragalla no le recibe solo. A su lado está el jefe del Banco Central libio, Farhat Omar Bengdara, también miembro de la poderosa tribu de los Uarfalla y hoy en día refugiado en Turquía. Comienza la conversación.

“¿Creen ustedes que Gadafi puede ganar? Esta solo frente a la OTAN”
– “Seguro, los rusos no nos dejarán caer”
, quieren creer los dos hombres

Se llega a los asuntos serios. El jefe del Banco Central propone un contrato de barriles de petróleo. El otro no conoce nada, y estará más interesado en la entrega de contenedores de alimentos. “¿Contenedores?”, replica el coronel Faragalla. “Pero usted bromea; trabajamos con barcos completos”. Se despiden en excelentes términos, acordando volver a verse en Francia, en la bonita ciudad de Tarbes donde el coronel Faragalla residía de cuando en cuando.

Tras la caída de Gadafi las visitas a Francia del militar se han hecho cada vez más raras. ¿Por qué tanta discreción?

Fuente: http://www.mondafrique.com/discret-intermediaire-regna-commerce-entre-kadhafi-france/

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