La web más censurada en internet

Día: 1 de febrero de 2016 (página 1 de 1)

La evolución de los prejuicios anti-islámicos

Alain Ruscio

La hostilidad sistemática hacia el Islam está anclada desde muy antiguo en el pensamiento occidental. De esencia cristiana, tiene su fuente en el espíritu de cruzada, florece durante la expansión colonial y tras un tiempo de paréntesis retoma fuerza con la “guerra contra el terrorismo”. La palabra “islamofobia”, que ilustra el concepto, tiene por su parte medio siglo. Si ahora, en nombre de la defensa de la laicidad, algunos intelectuales franceses muy mediáticos no temen asumir la estupidez odiosa que alberga, otros, felizmente, se dedican a denunciarlo.

Históricamente, el enfrentamiento armado ha sido el marco de toda la historia de las relaciones entre Occidente y el mundo musulmán. Fue el primer modo de contacto, primero en la conquista árabe del sur de Europa y, posteriormente, durante las Cruzadas en Oriente. Si nos referimos a la colonización francesa en la época moderna, todas las generaciones de franceses desde 1830 han recibido los ecos de enfrentamientos con el mundo árabe-musulmán en el seno del imperio: la toma de Argel (1830), la guerra dirigida por Abd el-Kader (1832-1847), la revuelta de Kabylie (1871), la lucha contra los Kroumirs y el establecimiento del protectorado en Túnez (1880-1881), la conquista de Marruecos y establecimiento del protectorado (1907-1912), revuelta en Argelia (1916-1917), la guerra del Rif (1924-1926), revuelta y represión en Argelia (mayo de 1945), enfrentamiento con el Istiqlal y el sultán de Marruecos (1952-1956), con el Neo-Destur en Túnez (1952-1954); ciclo que se cierra con la guerra de Argelia (1954-1962). El paréntesis se cierra, pero provisionalmente, porque el concepto de “choque de civilizaciones” vuelve con fuerza a principios del siglo XXI.

La islamofobia, históricamente inseparable del racismo antiárabe, tiene numerosos siglos de existencia. ¿No es notable, por ejemplo, que algunos elementos constitutivos de la cultura histórica de los franceses estén íntimamente ligados a enfrentamientos con el mundo árabe-musulmán? ¿Por que Poitiers, una batalla menor, ha tomado la dimensión de preludio (victorioso) al “choque de civilizaciones”? ¿Por que Charles Martel, un poco bárbaro por cierto, es uno de los primeros héroes de la historia de Francia, una especie de “muralla” de la civilización? Si preguntamos al “francés medio”, o al menos a los que recuerdan las fechas, Poitiers (732) es de las primeras, con la coronación de Carlomagno en 800, la batalla de Marignan en 1515 o la toma de la Bastilla en 1789.

¿Por que la batalla de Roncesvalles en 778, en la que ni un solo musulmán ha combatido, (los enemigos del valiente Roland eran guerreros vascos) se ha convertido en símbolo de la traición de los sarracenos, atacando como traidores en una proporción de 10 a 1? Ni un antiguo colegial francés olvida que trabó conocimiento con la literatura francesa, antaño, con la “Chanson de Roland”. Y nadie borra de su memoria la personificación del Bien en los luminosos caballeros procedentes de Occidente, y la del Mal en los sombríos guerreros de la “nación maldita/más negra que la tinta”.

Muchos siglos antes de los teóricos e ilustradores del pensamiento colonial, el autor escribía: “Los paganos están equivocados, los cristianos tienen el derecho”. La guerra entre “ellos” y “nosotros” comenzaba bajo los auspicios del maniqueísmo mas cándido. Efectivamente, el racismo antiárabe, durante mucho tiempo (¿desde siempre?) inseparable de la islamofobia, tiene muchos siglos de existencia, se remonta a la Edad Media y sigue en el Renacimiento con los “matamoros” de la Reconquista española.

Posteriormente, en la época colonial, la hostilidad se enuncia con la mejor de las buenas conciencias, con el tono de la evidencia: “Es evidente: el Islam es una fuerza de muerte, no una fuerza de vida”. Convencidos de ser portadores de los verdaderos (los únicos) valores de la civilización, los coetáneos de la conquista y posteriormente de la colonización iban del sinsabor a la desilusión: los católicos y los misioneros constataban, decepcionados, que la religión musulmana era una bloque impenetrable; los laicos intransigentes se lamentaban, rabiosos, de que su concepción de la Razón no penetraba en esos cerebros oscurecidos por el fanatismo… Desde entonces, la noción de “árabe” (la mayoría de los franceses denominaba árabes a todos los colonizados en el Magreb) y de “musulmán” se fundirán en una especie de magma incomprensible, impenetrable. Hostilidad de raza y de religión se mezclarán en una única “fobia”.

Correspondió a Ernest Renan sintetizar todo el espíritu de una época: “El Islam es la más completa negación de Europa. Es el desprecio de la ciencia, la supresión de la sociedad civil, la espantosa simplicidad del espíritu semítico, la reducción del cerebro humano, cerrándolo a toda idea delicada, a todo sentimiento elevado, a toda búsqueda racional, colocándolo ante una tautología eterna: ‘Dios es Dios’” (La réforme intellectualle et morale, París, Michel Lévy Fréres, 1871).

Un término que se remonta a 1910

Hay que definir este sentimiento; la palabra “islamofobia” parece la más adecuada. Y de forma opuesta a una extendida vulgata, es multisecular. El primer uso de del término data de 1910. Está presente en la pluma de un tal Alain Quellien, hoy olvidado. Propone una definición de una sorprendente modernidad:

“La islamofobia siempre ha existido. Y existen aún prejuicios extendidos contra el Islam entre los pueblos de la civilización occidental y cristiana. Para algunos el musulmán es el enemigo natural e irreconciliable del cristiano y del europeo. El islamismo es la negación de la civilización, y la barbarie, la mala fe y la crueldad es todo lo que se puede esperar de los mahometanos” (La política musulmana en el África occidental francesa, París, Emile Larose).

De esta manera, en su primera aparición escrita, la palabra “islamofobia” estaba acompañada del término “prejuicio” y del concepto de “choque de civilizaciones”. Continuaba una lista impresionante de citas procedentes de todos los horizontes, en donde se multiplicaban los reproches hostiles; el Islam se asimilaba a la guerra santa, a la poligamia, al fatalismo y, en fin, al inevitable fanatismo.

El mismo año Maurice Delafosse, estudiando también el Islam en el África subsahariana, consideraba a su vez:

“Tomado en conjunto, y a excepción de algunos grupos de Mauritania aún hostiles a la dominación europea, la disposición de los musulmanes de África occidental no se opone realmente a nuestra civilización […] Sea lo que sea que digan aquellos para los que la islamofobia es un principio de la administración indígena, Francia no tiene más que temer de los musulmanes en África occidental que de los que no son musulmanes […] La islamofobia no tiene razón de ser en el África occidental” (Revue du Monde Musulman, vol. XI, 1910).

Dos años más tarde, Delafosse publica su obra maestra, en la que retoma literalmente su artículo de 1910, remplazando únicamente los términos “África occidental” por “Alto Senegal – Níger”.

En 1912, el gran sabio Louis Massignon informa de las propuestas de Rachid Ridha, un intelectual egipcio, con ocasión del Congreso Internacional de Ulemas. Evocando las actitudes de las diferentes potencias respecto al Islam, Massignon expresa sus propias opiniones: “La política francesa podrá ser menos islamófoba” que las otras potencias coloniales. Significativamente, titula su artículo “La defensa musulmana”. No hay error: dice “defensa”, y no “ofensiva”.

Tras la guerra, Étienne Dinet, gran pintor orientalista convertido al Islam y su amigo Slimane ben Ibrahim vuelven a utilizar el término en dos obras, una en 1918 y otra en 1921. En la segunda, machacan con cierto placer a un jesuita, el padre Henri Lammens, quien había publicado escritos con pretensiones científicas, en realidad ataques en toda regla contra el Corán y Mahoma. Dinet concluía: “Nos ha parecido necesario desvelar no solamente a los musulmanes, sino también a los cristianos imparciales, a qué grado de aberración puede la islamofobia llevar a un sabio”. La palabra aparece igualmente en la prensa, precisamente en una crítica muy laudatoria de la primera de estas obras: “El fanatismo de Mahoma no está ni en su vida ni en el Corán; es una leyenda inventada por los islamófobos de la Edad Media”.

Una mentira histórica que permanece

La palabra (pero no el concepto) desaparece del vocabulario hasta los años 1970-1980. En 2003, dos escritores, Caroline Fourest y Fiametta Venner, publican en su revista un dossier con un título evocador “¿Islamófobos… o simplemente laicos?”. El titular del artículo introductorio emplea el término “islamofobia” provisto de un prudente y significativo signo de interrogación. Comienza así: “La palabra ‘islamofobia’ tiene una historia que merece ser conocida antes de usarla con ligereza”. Ciertamente. Pero las autoras se desvían y, exposición mediática mediante, han confundido después a decenas de ensayistas, y probablemente a millares de lectores. Porque afirman que las palabras “islamofobia” e “islamófobo” han sido una especie de bombas de efecto retardado colocadas por la revolución iraní, recuperadas más tarde por oscurantistas musulmanes que están repartidos un poco por todas partes en Occidente. Las dos ensayistas afirman que

“[El término islamofobia] ha sido empleado en 1979 por los mullahs iraníes que deseaban presentar a las mujeres que rechazaban el velo como ‘malas musulmanas’, acusándolas de ser ‘islamófobas’. Ha sido la reacción siguiente al asunto Rushdie, por parte de asociaciones islamistas londinenses como Al Muhajiroun o la Islamic Human Rights Commission, cuyos estatutos incluyen la ‘recogida de informaciones sobre los abusos contra los derechos de Dios’. De hecho la lucha contra la islamofobia entra bien en esta categoría, al englobar todos los ataques a la moral integrista (homosexualidad, adulterio, blasfemia, etc.). Las primeras víctimas de la islamofobia son a su entender los Talibanes, ¡mientras que los ‘islamófobos’ más frecuentemente citados por estos grupos son Salman Rushdie o Taslima Nasreen!”

Esta versión, que ignora totalmente la historia colonial del término, se retoma sin ninguna distancia crítica en 2010 por el equipo del “Dictionnaire historique de la Langue Française”: “Islamofobia e islamófobo, términos aparecidos en los años 80”, dando así a esta fecha (un simple error de un siglo) un espaldarazo científico.

“Error” que sigue siendo ampliamente mayoritario, pese a los mil y un desmentidos. Caroline Fourest ha propuesto en 2004, en su ensayo “Frére Tariq”, una relación directa entre el jomeinismo y el pensador musulmán Tariq Ramadan, que el primero habría intentado, en su opinión, implantar ese concepto en Europa, en un artículo de “Monde Diplomatique” de 1998. Pero de hecho, si la palabra figura entre comillas, es porque se menciona tomándola de otro lugar: “Se puede hablar de una especie de ‘islamofobia’, según el título del valioso estudio emprendido en Gran Bretaña por el Runnymede Trust en 1997”. Parece difícil hacer de esta frase parcial un intento subrepticio de introducir un concepto en el debate francés.

Que por otra parte… ya estaba presente. Un año antes, en el mismo mensual, la palabra había sido usada por Soheib Ben Cheikh, muftí de la mezquita de Marsella: “En la treintena impulsiva y cultivada, persigue ‘adaptar el Islam al mundo moderno’, combatir la ‘islamofobia’ y, simultáneamente, el sentimiento de rechazo, de frustración y de ‘aislamiento’ que sufren los musulmanes de Marsella”.

El ‘suspiro’ del hombre blanco

Para las dos escritoras citadas, es la propia palabra “islamofobia” la que hay que prohibir, porque es portadora de “terrorismo intelectual”. Constituiría un arma de los integristas en su lucha contra el laicismo, prohibiendo de hecho toda crítica al Islam. El ensayista Pascal Bruckner, autor de “El suspiro del hombre blanco”, subtitulado “Tercer Mundo, culpabilidad, odio a sí mismo” (1983), y provocador más recientemente en “Tiranía de la penitencia” (2006) comparte, como no podía ser de otra forma, las convicciones de sus jóvenes colegas:

“Forjado por los integristas iraníes a finales de los 70 para oponerse a las feministas americanas, el término ‘islamofobia’, calcado de de ‘xenofobia’, tiene como objetivo hacer del Islam un objeto intocable so pena de ser acusado de racismo […] Asistimos a la fabricación de un nuevo delito de opinión, análogo a lo que se hacía antiguamente en la Unión Soviética contra los enemigos del pueblo. Son palabras que contribuyen a infectar la lengua, a oscurecer su sentido. ‘Islamofobia’ forma parte de esos términos que hay que prohibir con urgencia en el vocabulario” (Libération, 23 de noviembre de 2010).

Por su parte, Claude Imbert, fundador y editorialista histórico de “Point”, semanario a la vanguardia en este tema, emplea e incluso reivindica la palabra en una declaración a la cadena de televisión LCI el 24 de octubre de 2003:

“Hay que ser honesto. Yo mismo soy un poco islamófobo. No me importa decirlo […] Tengo el derecho, no soy el único que piensa en este país que el Islam (y digo bien, el Islam, no hablo de los islamistas) en tanto que religión aporta una debilidad de diferentes arcaísmos, aporta una manera de considerar a la mujer, de desvalorizar a la mujer, además de una voluntad de suplantar la ley del Estado por el Corán, que efectivamente, me hace islamófobo”.

Esta declaración suscitó diferentes críticas, que llevaron al periodista a replicar, a la semana siguiente, en la misma emisión: “El Islam, desde el siglo XIII, se ha calcificado, y ha tendido sobre el conjunto de pueblos una especie de camisa de fuerza, una especie de yugo”. Se consideraba “irritado” por la acusación de racismo de la que era objeto: “La islamofobia […] se aplica a una religión, el Islam, no a una etnia, nación, pueblo, y tampoco a individuos que constituyen el pueblo de los musulmanes”.

¿Es útil proseguir la lista de estos nuevos combatientes, de estos modernos “debeladores de infamias”? Cada día, cada hora tal vez, tienen oportunidades de repetir sus verdades, en los semanarios con portadas de papel satinado, en la televisión, en cenáculos, sin temor de los disidentes ultra minoritarios… o ausentes.

Si el uso del concepto a la mínima oportunidad por algunos musulmanes fundamentalistas puede y debe irritar, parece sin embargo difícil discutir que los islamófobos existen y actúan. Todo acto hostil, todo gesto brutal, todo insulto contra un/una musulmán en tanto que musulmán, contra una mezquita o sala de oración, solo puede ser calificado de islamófobo. Y, ya que hay islamófobos, y que ahora constituyen una corriente que se expresa en el seno de la sociedad francesa, ¿cómo no calificar a esto de islamofobia?

Los musulmanes de Francia no tienen ninguna necesidad de abogados. En su inmensa mayoría hostiles al aumento (real) del integrismo, sitúan su combate en el campo de la defensa de un Islam verdadero, moderno, tolerante y fiel a las fuentes.

Rechazar la lógica de enfrentamiento

Paralelamente, se ha perfilado una fuerte reacción, por parte de autores que no se sitúan en absoluto en una visión religiosa, para rechazar y denunciar la lógica del enfrentamiento. Mientras que el uso mismo de la palabra les parece a muchos una concesión a los terroristas (al menos del pensamiento), Alain Gresh coloca como título oportuno “Islamofobia” en un innovador artículo en Monde Diplomatique (noviembre de 2001). En 2004, el sociólogo Vincent Geisser publicaba en la editorial La Découverte el primer estudio sintético sobre la cuestión, “La nouvelle islamophobie”. Al año siguiente, otro investigador, Thoman Deltombe, diseccionaba en el mismo editor “L’islam imaginaire. La construction mediatique de l’islamophobie en France, 1975-2005”.

Los ensayos más recientes de Edwy Plenel, “Pour les musulmans” (La Découverte, 2013) y de Claude Askolovitch, “Nos mal-aimés, ces musulmans que la France ne veut pas” (Grasset, 2013) han entablado una contraofensiva. En el último se afirma, en su capítulo de conclusiones:

“Lo que Francia ha construido tras veinticinco años, tanto por la derecha como por la izquierda, a fuerza de escándalos, de leyes y de rechazos, de mentiras nostálgicas, es la idea de la ‘diferencia’ musulmana, intransigente la razón y a la República; la proclamación de un identidad en peligro, nacional o republicana, y todo será lícito -legalmente- para mantenerla”.

Entre los católicos progresistas, la misma respuesta: “Esquizofrenia. Mientras que las revoluciones árabes testimonian sed de democracia por parte de los musulmanes, el miedo al Islam envenena la atmósfera en Francia y, ante las elecciones, el espantajo se agita más que nunca. ¿No quiere Sarkozy un debate sobre el lugar del Islam en la República? Toma así uno de los temas favoritos del Frente Nacional” (Revista Golias, núm. 137, marzo de 2011).

Otro eco contemporáneo, bajo la pluma de Jean Baubérot, especialista de la sociología de las religiones y del laicismo:

“Desde diversos ángulos, se asiste a la multiplicación de indignaciones primarias, ideas estereotipadas que quieren tener el valor de pruebas mediante la repetición por miles en los medios de comunicación de masas. La evolución global es inquietante, y esto se debe a la vez al aumento de los extremismos que se identifican con tradiciones religiosas (en plural) y de un extremo centro que quiere imponerse socialmente como el (no) pensamiento único y rechaza todo lo que no coincide […] Occidente es el ‘mundo libre’ provisto de todas las virtudes, ante un Islam monolítico y diabolizado” (Le Monde, 6 de octubre de 2006).

En el mismo artículo figura un paralelismo entre el antisemitismo de los tiempos del “affaire Dreyfuss” y el incremento de la islamofobia a principios del siglo XXI: “Tales estereotipos son permanentes: solo cambian las minorías a las que transforman en chivos expiatorios. La lucha contra la intolerancia no dispensa de la lucha contra la estupidez del odio”. En estos tiempos, en los que los personajes que nos dirigen no tienen más que la palabra “guerra” en la boca y en la pluma, son frases reconfortantes.

Fuente: http://orientxxi.info/magazine/islamophobie-un-mot-un-mal-plus-que-centenaires,1155

El pueblo, ¡qué gran invento!

Bianchi

Recuerdo que cuando ocurrió el descarrilamiento del tren cerca de Compostela hace un par de años, o por ahí, los medios de comunicación (?) convencionales y ordenancistas, generalistas que se dice, o de propaganda, que también se dice, convinieron en destacar el comportamiento solidario y la reacción espontánea del pueblo prestando ayuda y socorro inmediato a los malhadados siniestrados del tren Alvia Madrid-Ferrol (porque se dice «Ferrol» y no «El Ferrol» que viene de la época del Generalísimo y encorajina asaz a los ferrolanos). Se le lisonjea al pueblo, qué bien, espléndido. Ahora es «pueblo» y no «público». Es tal el énfasis y desgañitamiento que destilan en sobar, masajear y enjabonar al «pueblo» -esas buenas gentes sencillas que te prestan el botijo o la llave inglesa- que tal pareciera que lo acaban de descubrir.

Como si no terminaran de creerse que el «pueblo» es capaz de prestar sin interés ayuda a quien lo necesita y sin que se lo pidan. Acostumbrados como están a engañar, alienar, manipular al «pueblo», al personal, a la gente como dirían los «podemitas», fingen sorprenderse de este antidarwinismo social y ayuda mutua a lo Kropotkin ajena a la lucha por la vida spenceriana -y no darwinista- en la jungla de asfalto que es la antropología capitalista a la que contribuyen a mantener y reproducir vendiéndose peor que las rameras.


Vuelven a mentir. Jamás han creído en el «pueblo» (o lo dibujan lleno de tics costumbristas como en «Crónicas de un pueblo», una serie de televisión española de los años setenta) ni en la «ciudadanía» salvo cada cuatro años para que les legitimen en las urnas y dar carta blanca a nuevos latrocinios y corruptelas. Siempre que dicen, simulando adularlo, como quien mastica agua, algo imposible, que «el pueblo no es tonto» es que piensan justo lo contrario, pues, si no lo fuera, sobra el comentario. La burguesía, que ya no tiene más aspiración que mantenerse en el machito y conservar sus propiedades amén de colocar a sus hijos, no tiene, empero, más objetivo que la contrarrevolución permanente: impedir que la desalojen, que la derroten. Y para ello aliena, embrutece y cloroforma al colectivo. Y, si hace falta, a sí misma. Y atomiza al individuo haciéndole creer que es «alguien» -un «ciudadano»-, sumiéndolo, también y de paso, en «su» problema, es «tu» problema, el individuo deslocalizado, desahuciado en lo psíquico (aparte la vivienda). Él se lo buscó. Sálvese el sistema y perezca el individuo: todos calvinistas, pietistas.

Es como subir en un autobús -la metáfora no es mía, lo leí por ahí-. Hay dos momentos: primero, cuando todo el mundo puede sentarse sin compañía y así lo hacen, y, después, cuando no hay más remedio que sentarse con otra persona (que, por supuesto, no tenga pintas «raras»). Si te sientas al lado de alguien pudiendo hacerlo solo, eres sospechoso de no se sabe bien qué. Quizá, potencialmente, de dar la vara y la brasa. Esto, hoy, se evita con los auriculares, ¿vieron?

Estas cosas -dar conversación, que se decía antes, en tiempos complejos, como todos, pero más descomplicados- no pasaban ayer, en tiempos más sociables, o que se le figuran, ¿no es cierto? Si alguien hablaba alto -no tenía que medir dos metros para hacerlo, es broma-, casi todos pegan la hebra. Se impone lo social, lo aristotélico, pero nos quieren burbujas inyectables con la aguja hipodérmica del discurso dominante que es el de la ideología dominante y predominante. Pero, aprovechando una tragedia -la del tren siniestrado-, cuyas causas son estructurales pero lo fácil es culpar al maquinista, como se hizo después, a una persona, han decidido pasar la mano por el lomo del «pueblo». Y estos idiotas, que toman sus miserias espirituales por condición universal, les preguntan por qué hacen lo que hacen -como quien pregunta a un extraterrestre-  y les responden que cualquiera en su lugar también lo hubiera hecho. Menos ellos, pero tocaba agasajar a quien paga y no manda.

La ‘oposición’ siria vuelve a demostrar quiénes son sus verdaderos jefes

Riad Hijab, del Alto Comité Negociador
La servidumbre se demuestra tanto en la guerra como en la paz y la de la “oposición” siria hacia sus amos (Estados Unidos, Arabia saudí, Turquía) no es diferente de cualquier otra.

A pesar de la rueda de prensa del jueves en Riad, las presiones han tenido sus frutos y el Alto Comité Negociador estuvo presente en la apertura de las negociaciones de paz en Ginebra.

Es más que evidente: si esas mismas presiones las hubieran ejercido para impedir la guerra, se habrían evitado los 260.000 muertos y los millones de refugiados.

Para salvar la cara, el Alto Comité Negociador dijo que Staffan de Mistura, el emisario de la ONU para Siria, les había dado garantías de que sus exigencias iban a ser atendidas.

Lo cierto es que la “oposición” ha puesto de nuevo en evidencia, para que no quepan dudas, quiénes son los verdaderos padrinos de esta guerra y que el Departamento de Estado ha perdido la buena sintonía que siempre ha tenido con sus fieles vasallos sobre el terreno: Arabia saudí y Turquía.

En Washington se han resignado a los hechos consumados: la caída de Bashar Al-Assad, la prioridad en Riad y Ankara, es imposible. Más resulta contraproducente en el momento actual, al menos para los intereses estadounidenses.

Los imperialistas han perdido su confianza en la “oposición” porque, como han demostrado en cinco años de guerra, ni se ha convertido ni se va a poder convertir nunca en una alternativa al gobierno de Damasco.

El dinero sin fondo, el adiestramiento militar, el equipamiento técnico, el desgaste político, el esfuerzo diplomático… todo ha sido en vano y, en ocasiones, contraproducente.

Masivo ataque neonazi contra refugiados africanos en Estocolmo

El viernes una multitud de cientos de neonazis enmascarados agredió a refugiados africanos y cualquiera que no tuviera rasgos étnicos caucásicos en la estación central de trenes de Estocolmo, la capital de Suecia.

Durante el fin de semana la policía sueca ha detenido a cuatro personas acusadas de la agresión.

Las agresiones, según un panfleto distribuido por el Movimiento de Resistencia Sueco (una organización de filiación neonazi centrada en proteger la pureza racial del país escandinavo) iban dirigidos especialmente contra los niños de origen africano.

Según el diario Aftonbladet, el panfleto se titula “¡Ya basta!” y amenaza con propinar “a los niños norteafricanos de la calle” el “castigo que se merecen”.

El texto no deja lugar a dudas, afirmando que el ataque pretendía “limpiar de inmigrantes criminales del norte de África asentados en el área alrededor de la Estación Central”.

El panfleto nazi también celebra la muerte de una trabajadora social que fue apuñalada hace unos días en un albergue para niños inmigrantes huérfanos.

En su comunicado los nazis añaden que durante mucho tiempo los emigrantes “han robado y molestado a los suecos. La policía ha mostrado claramente que le faltan los medios para mantener a raya sus crímenes, por lo que no vemos otra alternativa que darles nosotros mismos el castigo que merecen”.

Desde el año pasado Suecia ha recibido al menos a 160.000 refugiados.

Los manifestantes atacan a dos militares durante una movilización en París

El sábado se manifestaron en París unas 20.000 personas (5.500 según la policía) para protestar por la prolongación del estado de urgencia impuesto tras los atentados de 13 de noviembre. El otro objetivo de la protesta es el proyecto de ley para privar de la nacionalidad francesa a quienes cometan atentados calificados de “terroristas”.

Los convocantes fueron los sindicatos CGT, FSU, el sindicato de los jueces, así como diversas asociaciones, tales como Attac, Derecho a la Vivienda, Los Derechos Primero, entre otras.

Durante la manifestación unos 20 participantes vestidos de negro y encapuchados atacaron a dos militares que no portaban su uniforme.

A uno de los militares le abrieron una ceja de un golpe y fue atendido en el mismo lugar de los hechos por los bomberos. Al otro los manifestantes le quitaron el teléfono móvil y huyeron corriendo. Este último participó en la dispositivo militar del gobierno tras la puesta en marcha de la “Operación Vigipirate”, que encomendó a los militares el desempeño de tareas policiales en pleno centro de París.

La policía indaga si los militares fueron atacados a causa de que descubrieran su condición, o si fueron equiparados a los neonazis por su vestimenta o corte de pelo.

En diciembre otros cinco militares fueron atacados, algunos de ellos con armas de fuego, en dos ocasiones en la localidad de Toulouse, al sur de Francia. Aunque una de ellas ocurrió a la salida de una discoteca y la prensa la describió como una “pelea de borrachos”, lo cierto es que la policía califica los hechos como “terrorismo” a causa de las palabras que profirieron los atacantes.

Los abogados alegaron que sus defendidos padecieron una provocación por parte de los militares. Uno de los atacantes ya había sido condenado antes por otras agresiones dirigidas contra militares.

El Banco Central de Japón impone tipos de interés negativos

El viernes el Banco Central de Japón recortó su tipo de interés al -0,1 por ciento. Es la primera vez que lleva los tipos de interés a un terreno negativo y constituye una bomba nuclear a la guerra de divisas iniciada en 2010.

El Banco de Japón se une así a otros tres países, Suecia, Suiza y Dinamarca, y al Banco Central Europeo, que ya cuentan con tasas de interés negativas. Los depósitos en el Banco Central Europeo tienen una tasa negativa de -0,3 por ciento, los de Dinamarca -0,65 por ciento; los deSuiza -0,75 por ciento y los de Suecia -1,1 por ciento.

La medida del Banco de Japón significa un castigo de 0,1 por ciento a las instituciones que quieran guardar su exceso de reservas en el banco central. Se debe pagar al banco central por el privilegio de estacionar el dinero. Busca aumentar el gasto y con ello dar un estímulo a la economía. Sin embargo, la historia reciente muestra que las bajas tasas de interés solo estimulan a las bolsas por la vía de la especulación financiera.

La medida confirma el desplome del capitalismo en las metrópolis más fuertes. Es también una respuesta a la deflación prolongada que ha sumido a Japón en el estancamiento pese a la expansión cuantitativa. Una vez más las políticas monetarias han fracasado y lo que resta son medidas de choque como castigar los depósitos para que la gente gaste cuanto antes y así se estimule la inflación.

El capitalismo vuelve a situarse en un punto muerto y la debilidad del crecimiento de Estados unidos en el cuarto trimestre es un anticipo que la Reserva Federal no aumentará la tasa de interés en marzo. Al contrario, si el desplome y el desempleo comienzan a golpear más fuerte a Estados Unidos, deberá revertir el giro en la política monetaria realizado en diciembre.

La desesperada medida del Banco representa un último recurso y pone de relieve la debilidad de la inflación que puede desatar nuevos y cruentos enfrentamientos en la guerra de divisas. La desaceleración China y la caída del precio del petróleo no han hecho más que amplificar las turbulencias internacionales, agotando las herramientas de los bancos centrales dado que las tasas de interés en la mayoría de los países se encuentran en niveles cercanos a cero.

Las nulas perspectivas de crecimiento económico y la debilidad del precio del petróleo hacen casi imposible la viabilidad de cualquier proyecto nuevo de inversión. Además, la persistencia de la deflación, con una caída generalizada de los precios en una amplia gama de mercancías, la convierte en un problema de envergadura. En el entorno deflacionario donde los precios y la inversión van a la baja, pagar un préstamo aunque sea con tasas de interés cercanas a cero se hace muy arriesgado.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies