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Día: 3 de enero de 2016 (página 1 de 1)

Rusia aprueba su nueva estrategia militar

El último día del año Putin aprobó la nueva estrategia de seguridad nacional de Rusia, que sustituye a la de 2009, de la que solo se conocen algunos apartados.

El interés nacional de Rusia a largo plazo está en “consolidar la posición de la Federación Rusa como una de las potencias mundiales prominentes, cuya acción está encaminada a garantizar la estabilidad estratégica y la asociación mutuamente provechosa en el contexto de un mundo multipolar”.

La conducta actual de Estados Unidos y de la OTAN constituye una amenaza para Rusia, cuyas prioridades nacionales son el fortalecimiento las defensas del país y la protección de su soberanía e integridad territorial.

Rusia utilizará la fuerza militar sólo cuando los enfoques no violentos resulten ineficaces. “La disuasión estratégica y la prevención del conflicto militar se logran mediante la preservación del potencial de disuasión estratégico en un nivel suficiente, y mediante la garantía de un nivel específico de preparación para el combate en las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa, de otras fuerzas y formaciones militares”, señala el documento.

“El fortalecimiento de Rusia se da en el contexto de nuevas amenazas a la seguridad nacional que son de naturaleza compleja e interdependiente. La política interior y exterior de la Federación Rusa está causando acciones en contra por parte de Estados Unidos y de sus aliados, quienes buscan preservar su dominio en los asuntos mundiales”, agrega.

Para Rusia resulta inadmisible “la creciente actividad militar de la alianza y el acercamiento de su infraestructura militar a las fronteras de Rusia”. Suponen una amenaza a su seguridad nacional “la expansión la fuerza potencial de la OTAN y dotarla de funciones globales que se ejecutan en violación a las normas del derecho internacional, la activación de los bloques militares, su continua expansión, el acercamiento de su infraestructura militar hacia las fronteras rusas”.

No obstante, “la Federación Rusa está a favor de fortalecer la cooperación mutuamente provechosa con los países europeos y con Estados Unidos, y a favor de armonizar los proyectos de integración en Europa y en el espacio post-soviético, para formar un sistema de seguridad colectiva abierto en base en un tratado y marco legal claro que cubra la región euro-atlántica”, subraya el documento.

La otra amenaza importante son las “revoluciones de colores”, “las actividades de organizaciones y grupos asociados radicales que utilizan ideologías nacionalistas y religiosas extremistas, de ONG extranjeras e internacionales y de organizaciones financieras y económicas, así como de individuos privados, encaminadas a socavar la unidad y la integridad territorial de la Federación Rusa, a desestabilizar la situación política y social dentro del país, mediante el estímulo de ‘revoluciones de color’ y la destrucción de los valores espirituales y morales tradicionales rusos… La práctica de derrocar regímenes políticos legítimos, de provocar inestabilidad y conflicto interno, se está haciendo más generalizada”.

El Estado crea los partidos que necesita

Juan Manuel Olarieta

No se si debo sorprenderme de que mi artículo No es el bipartidismo lo que está en crisis haya sido calificado por algún lector de “conspiracionista” por asegurar que el Estado crea los partidos que necesita.

Como casi todo el lenguaje posmoderno, lo de “conspiracionista” procede de Estados Unidos y es una etiqueta que utilizan quienes sirven a la ideología dominante para repudiar aquellas reflexiones que van un poco más allá de la versión oficial. Luego sí: soy “conspiracionista”. Sí: la mayor parte de las explicaciones corrientes me parecen superficiales, propias de tertulianos y charlatanes.

Pero sobre todo: yo no opongo las “conspiraciones” a la lucha de clases. La clase obrera “conspira” cada día contra sus explotadores y estos (y sus instrumentos de dominación) hacen lo mismo de manera centuplicada. Así viene ocurriendo, al menos, desde los tiempos del Imperio Romano hasta ayer sin ir más lejos.

El Estado español, tal y como lo conocemos, nace de una conspiración contra la República, de un intento de golpe de Estado que desembocó en una guerra civil. La conspiración es uno de sus componentes esenciales. No es nada distinto ni de la lucha de clases, ni de la crisis general del capitalismo, sino una de sus expresiones políticas.

Para mi esto es tan obvio que no voy a abundar en ello. Únicamente diré que quienes opinan de otra manera, que son bastantes, no saben a lo que se enfrentan, es decir, no saben qué es exactamente este Estado, cómo funciona y sobre todo: no han estudiado su historia. No me refiero a las historietas típicas con las que los libros de texto engañan a los estudiantes de instituto cuando hablan de la transición, sino a la historia real.

Cuando hablamos de partidos políticos, debemos empezar por el principio de todo, por el Estado franquista que, a diferencia de otros regímenes parecidos, como el nazi alemán o el fascista italiano, no procede de un partido político sino al revés: el Estado franquista creó por decreto su propio partido, llamado FET y de las JONS, con los desechos que tenía más a mano.

La transición continuó exactamente las mismas prácticas franquistas. La UCD no sólo se creó desde el Estado sino desde el gobierno y en torno al entonces presidente del gobierno: Adolfo Suárez. Pero hay algo más: una marioneta como Suárez era incapaz de crear algo así. A Suárez tuvieron que darle todo masticado, incluida la UCD.

Lo mismo se puede decir del actual PP, antes AP (Alianza Popular) y antes Godsa (Gabinete de Orientación y Documentación, Sociedad Anónima), creada, financiada y dirigida por oficiales del servicio secreto de Carrero Blanco.

El alquiler de la sede en Barcelona del Partido Español Nacional Socialista, luego llamado Círculo Español de Amigos de Europa y luego reconvertido en Librería Europa, es decir, uno de los primeros grupos nazis, lo pagaba ese mismo y omnipresente servicio secreto.

Los últimos años del Partido Carlista son la mejor ilustración de lo que estoy diciendo: al mismo tiempo que en 1969 le nombraron al Borbón para suceder a Franco, el Estado se dispuso a desembarazarse de la otra dinastía, la de Carlos Hugo, con todo tipo de manejos, que fueron desde el impulso de una escisión hasta la matanza de Montejurra en 1976, todo ello planificado desde las conocidas cloacas franquistas.

El PSOE es otro partido cortado por ese mismo patrón: tras la experiencia de la Revolución los Claveles en Portugal, el gobierno franquista provocó una escisión en el PSOE para sacudirse de encima a los viejos carcamales republicanos que dormitaban en Francia desde el final de la guerra civil, capitaneados por Rodolfo Llopis, para sustituirlos por sus fieles cachorros (Felipe González, Alfonso Guerra, Enrique Múgica, Nicolás Redondo), capaces de ejercer como oposición domesticada al franquismo, enterrar el recuerdo de la República, apuntalar al capitalismo, mantener las bases militares de la OTAN y combatir a los comunistas, entre otros objetivos que les impusieron.

En 1974 el Estado franquista, por medio de los servicios secretos de Carrero Blanco, llevó a los futuros dirigentes del PSOE hasta Suresnes, cerca de París, para que pudieran cruzar la frontera sin contratiempos, celebraran su Congreso y se hicieran con las riendas del Partido. Luego no es el PSOE quien crea la transición sino la transición quien crea un PSOE a su imagen y semejanza, tal y como lo necesita.

Desde 1939 hasta hoy el Estado fascista legaliza a algunos partidos e ilegaliza a otros, financia a los fieles y castiga a los infieles, reúne coaliciones y provoca escisiones, impulsa a ciertos lacayos y excomulga a otros, cede sus locales para que unos se reúnan libremente al tiempo que impide las de los otros, difunde los mensajes de unos en los medios públicos de comunicación y silencia los de los otros…

La moderna sociología política califica a los Estados occidentales como “Estados de partidos”. Los partidos son su gran coartada. El Estado los necesita para que le vistan con los ropajes de la libertad y la democracia. No puede permitirse el lujo de que desaparezcan sin antes crear otros nuevos exactamente iguales a los anteriores, plenamente adaptados a la nueva situación de bancarrota política.

Al mismo tiempo, hay otro lujo no menos trascendente que el Estado tampoco puede permitirse: que aparezcan partidos que busquen su destrucción, es decir, partidos revolucionarios.

Papados y conciliarismos

Bianchi

Navidades, Semanas Santas, Difuntos, son fechas propicias en que toca salir a escena a personas que no se visten por los pies, purpurados, curas, cardenales, papas y demás alcanfores ensotanados. Luego se recluyen en sus cuarteles a la espera del nuevo ciclo religioso-político que los reclame en el escenario para que ruja la platea.

Bergoglio, el papa Francisco, jesuita argentino, prorrumpió gestero y debutó (por marzo de 2013) prestímano. Naturalidad estudiada o prosopopeya fingida, no sabemos. Ahora, de unas semanas acá, funge de cansino en el paso y quedo en el habla, o sea, se va pareciendo a lo que se le pide a un genuino Papa (con la excepción del atlético Wojtyla). Se concluyó que este hombre, este papa, es un derviche que es fana(tico) de San Lorenzo (de Almagro, barrio bonaerense, un club de fútbol) y paga -religiosamente, ¿no es cierto?- lo que debe en Santa Marta, cual pensión urbana, durante el tiempo que duró el cónclave que lo eligió.

Haga o deje de hacer este individuo, persiste la monarquía absoluta que representa la teocracia vaticana. El Vaticano es un Estado (gracias a Mussolini en 1927) y el Papa su Jefe (de Estado). Y por encima de él nadie, salvo Dios: «el papa juzga a todos y no puede ser juzgado por nadie fuera de Dios». Son los Inocencio III o Gregorio IX, precursores de la teología política secularizada en los reyes absolutistas e «irresponsables» igual que «consagra» la Constitución española a la figura del Rey, antes Juan Carlos I y ahora su hijo, Felipe VI.

La Iglesia romana copió las instituciones del decadente Imperio romano y las monarquías medievales copiaron a la Iglesia agustiniana de signo «providencialista». Pero no siempre fue así Existió lo que se dio en llamar el Conciliarismo, doctrina que considera al Concilio Universal como la suprema autoridad de la Iglesia elevándolo por encima del papado.

Había tendencias papales (decretalistas) y tendencias conciliares. La cuestión Papa o Concilio en la baja Edad Media, adquirió importancia cuando la teoría de la supremacía papal se mostró incapaz de resolver el gran cisma de occidente (1378-1417) que acabó con tres papas nombrados hasta que el Concilio de Constanza (1414-1418) y el de Basilea, llamados «conciliaristas», porque defendieron que la autoridad del Concilio está por encima de la del Papa. Hans Küng, un teólogo suizo católico que suele gustar a los «heterodoxos» de la Curia y aledaños, calificó a Constanza como «el gran concilio ecuménico de la Reforma».

El conciliarismo, más democrático, vale decir, como el «febronianismo» (de Frebonio, obispo del siglo XVIII), o el episcopalismo, más próximos al protestantismo ergo:al incipiente capitalismo, decía que ninguna ley pontificia (o encíclica) tiene valor si no es aprobada antes por los obispos. El Parlamento seglar es -sería- el Concilio y el Papa el Ejecutivo, pero un «primun inter pares», un resto del estamentalismo de la nobleza feudal. Luego vino el absolutismo papal en forma de infalibilidad (Concilio Vaticano I) a medida que se extendía el laicismo y el anticlericalismo en el siglo XIX, y también el constitucionalismo en los países europeos (Küng, por ejemplo, está en contra de esa infalibilidad papal).

En fin, amigos, acá el refranero español viene al pelo: si no quieres caldo, dos tazas. Vean si no: dos reyes (a falta de uno) en España, dos papas en el Vaticano (en Aviñón hubo tres). Son verdaderos profesionales.

Buenos días.

Estados Unidos estudió masacrar a los habitantes de los países socialistas

Estados Unidos consideró la sistemática destrucción de las poblaciones de las ciudades de Berlín Este, Moscú, Pekín y Varsovia, según los archivos desclasificados publicados recientemente por The National Security Archive.

«El Comando Estratégico Aéreo (SAC, por sus siglas en inglés) tenía por objetivos prioritarios exponer a la población civil a altos y mortíferos niveles de lluvia radioactiva», según relata la institución encargada de analizar estos documentos.

No se excluía de esta exposición radioactiva ni siquiera a las «fuerzas aliadas» de Estados Unidos en la parte occidental de Alemania.

Los autores del plan consideraban la «destrucción sistemática» no solo de objetivos urbano-industriales del bloque soviético sino también de «los habitantes de Moscú, Pekín, Varsovia y Berlín Este».

El documento secreto, fechado en 1959, consta de 800 páginas que constituyen una de las fuentes de estudio más interesantes para estudiar el periodo de la guerra fría en cuanto a los planes de guerra nuclear del bloque estadounidense.

Fuente: http://mundo.sputniknews.com/america_del_norte/20151224/1055202058/eeuu-nuclear-guerra-fria.html

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