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Día: 30 de abril de 2015 (página 1 de 1)

Día internacional de lucha de la clase obrera

Albert Parsons
Primero de Mayo

Cada año, el Primero de Mayo conmemora el asesinato de cinco sindicalistas estadounidenses en 1886 en una de las mayores movilizaciones obreras celebradas en aquel país en reclamación de la jornada laboral de ocho horas.

En julio de 1889 el I Congreso de la II Internacional acordó celebrar el Primero de Mayo como jornada de lucha del proletariado de todo el mundo y adoptó la siguiente resolución histórica: “Debe organizarse una gran manifestación internacional en una misma fecha de tal manera que los trabajadores de cada uno de los países y de cada una de las ciudades exijan simultáneamente de las autoridades públicas limitar la jornada laboral a ocho horas y cumplir las demás resoluciones de este Congreso Internacional de París”.

Como en otras partes del mundo, la situación de los trabajadores en Estados Unidos a finales del siglo XIX era muy difícil. Sin embargo, emigrantes de diversos países europeos acudían allá en busca de una mejor situación económica. En 1886, un escritor extranjero retrató así a Chicago: “Un manto abrumador de humo; calles llenas de gente ocupada, en rápido movimiento; un gran conglomerado de vías ferroviarias, barcos y tráfico de todo tipo; una dedicación primordial al Dólar Todopoderoso”.

Era una ciudad con un proletariado inmigrante, arrastrado por el capitalismo a la periferia de una ciudad industrial. La gran mayoría de los proletarios, especialmente en ciudades como Chicago, eran de Alemania, Irlanda, Bohemia, Francia, Polonia o Rusia. Oleadas de obreros arrojados los unos contra otros, comprimidos en tugurios y azuzados por guerras étnicas. Muchos eran campesinos analfabetos pero otros ya estaban templados por la lucha de clases.

En el invierno de 1872, un año después de la Comuna de París, en Chicago miles de obreros sin hogar y hambrientos a causa del gran incendio, hicieron manifestaciones pidiendo ayuda. Muchos llevaban en pancartas inscritas la consigna Pan o sangre. Recibieron sangre. La represión policial les obligó a refugiarse en el túnel bajo el río Chicago, donde fueron tiroteados y golpeados.

En 1877 otra gran ola de huelgas se extendió por las redes ferroviarias y prendió huelgas generales en los centros ferroviarios, entre ellos Chicago donde, las balas de la policía dispersaron las enormes concentraciones de huelguistas de aquel año.

De aquellas luchas nació una nueva dirección sindical, especialmente de inmigrantes alemanes, conectados con la I Internacional de Marx y Engels. El proletariado alemán tenía una contagiosa conciencia de clase: aprendida, moldeada por una experiencia compleja, profundamente hostil al capitalismo mundial. Como todos los revolucionarios, eran odiados, temidos y difamados al mismo tiempo. A su lado estaba un luchador oriundo de Estados Unidos, Albert Parsons.

Así se dio una fusión de la experiencia política de dos continentes, del tumulto de Europa y el movimiento contra la esclavitud de Estados Unidos. En los agitados años de la emancipación de los esclavos, Parsons era un republicano radical que había desafiado a la sociedad tejana burguesa casándose con una esclava mestiza liberta, Lucy Parsons, que llegó a ser una figura política por sí misma. Albert Parsons militó mucho tiempo en las Ligas de Ocho Horas, pero hasta diciembre de 1885 escribió en su periódico Alarma: “A nosotros, de la Internacional [hacía referencia a la anarquista IWPACOR] nos preguntan con frecuencia por qué no apoyamos activamente al movimiento de la propuesta de ocho horas. Echemos mano de lo que podamos conseguir, dicen nuestros amigos de las ocho horas, porque si pedimos demasiado podríamos no recibir nada. Contestamos: Porque no hacemos compromisos. O nuestra posición de que los capitalistas no tienen ningún derecho a la posesión exclusiva de los medios de vida es verdad o no lo es. Si tenemos razón, pues reconocer que los capitalistas tienen derecho a las ocho horas de nuestro trabajo es más que un compromiso; es una virtual concesión de que el sistema de salarios es justo”.

Tras recuperarse de los sucesos de 1877, el movimiento obrero se extendió como un incendio incontrolable, especialmente cuando se concentró en la demanda de la jornada de ocho horas.

En aquella época había dos grandes organizaciones de trabajadores en Estados Unidos. La Noble Orden de los Caballeros del Trabajo (The Noble Orden of the Knights of Labor), mayoritaria, y la Federación de Gremios Organizados y Tradeuniones (Federation of Organized Traders and Labor Union). En el IV Congreso de esta última, celebrado en 1884, Gabriel Edmonston presentó una moción sobre la duración de la jornada de trabajo, que decía: “Que la duración legal de la jornada de trabajo sea de ocho horas diarias a partir del Primero de Mayo de 1886. La moción se aprobó y se convirtió en una reivindicación también para otras organizaciones no afiliadas al sindicato”.

El Primero de Mayo de 1886 los trabajadores debían imponer la jornada de ocho horas y cerrar las puertas de cualquier fábrica que no accediera. La demanda de ocho horas se iba a transformar de una reivindicación económica de los trabajadores contra sus patronos inmediatos, en la reivindicación política de una clase contra sus explotadores.

El plan recibió una tremenda y entusiasta acogida. Un historiador escribe: “Fue poco más que un gesto que, debido a las nuevas condiciones de 1886, se convirtió en una amenaza revolucionaria. La efervescencia se extendió por todo el país. Por ejemplo, el número de miembros de la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo subió de 100.000 en el verano de 1885 a 700.000 al año siguiente”.

El movimiento de las ocho horas recibió un apoyo tan ferviente porque la jornada de trabajo típica era de 18 horas. Los trabajadores debían entrar a la fábrica a las 5 de la mañana y retornaban a las 8 ó 9 de la noche; así, muchos trabajadores no veían a su mujer e hijos a la luz del día. Los obreros, literalmente, trabajaban hasta morirse; su vida la conformaba el trabajo, un pequeño descanso y el hambre. Antes de que los trabajadores como clase pudieran alzar la cabeza hacia horizontes más lejanos, necesitaban momentos libres para pensar y formarse. En las calles, trabajadores alzados cantaban:

Nos proponemos rehacer las cosas.
Estamos hartos de trabajar para nada,
escasamente para vivir,
jamás una hora para pensar.

Antes de la primavera de 1886 comenzó una ola de huelgas a escala nacional. Dos meses antes del Primero de Mayo, escribe un historiador, “ocurrieron repetidos disturbios [en Chicago] y se veían con frecuencia vehículos llenos de policías armados que corrían por la ciudad”. El director del Chicago Daily News escribió: “Se predecía una repetición de los motines de la Comuna de París”.

En febrero de 1886 la empresa McCormick, de Chicago, despidió a 1.400 trabajadores, en represalia a una huelga que los trabajadores de la empresa, dedicada a la fábrica de maquinaria agrícola, habían realizado el año anterior. Los Pinkerton, una especie de policía privada empresarial, vigilaban todos los pasos de los huelguistas, fueron contratados muchos esquiroles, pero la huelga duró hasta el Primero de Mayo. Al mantenerse la huelga y al aproximarse la fecha del día clave que el IV Congreso había señalado, se iba asociando la idea de coordinar esas dos acciones.

Ese día se paralizaron 20.000 trabajadores en distintos Estados, en demanda de la jornada de ocho horas de trabajo. Los trabajadores en huelga de la empresa McCormick también se unieron a la protesta.

El Primero de Mayo era el día clave para exigir el nuevo horario; todos los comentarios y expectativas eran centralizadas en aquella fecha, más aún, se aprovechó el descontento de los trabajadores y la huelga de Chicago.

Aquel día los obreros de los mayores complejos industriales de Estados Unidos declararon una huelga general. Exigían la jornada laboral de ocho horas y mejores condiciones de trabajo.

La prensa burguesa reaccionó en contra de las protestas de los trabajadores; por ejemplo, ese mismo día el periódico New York Times decía: “Las huelgas para obligar el cumplimiento de la jornada de ocho horas pueden hacer mucho para paralizar la industria, disminuir el comercio y frenar la renaciente prosperidad del país, pero no podrán lograr su objetivo”. Otro periódico, el Philadelphia Telegram dijo: “El elemento laboral ha sido picado por una especie de tarántula universal, se ha vuelto loco de remate. Pensar en estos momentos precisamente en iniciar una huelga por el logro del sistema de ocho horas”.

Ese Primero de Mayo de 1886 fue tan agitado como se había pronosticado. Se realizó una huelga general en Wilkawee, donde la policía mató a 9 trabajadores. En Louisville, Filadelfia, San Luis, Baltimore y Chicago, se produjeron enfrentamientos entre policías y trabajadores, siendo el acto de ésta última ciudad el de mayor repercusión. Chicago, donde también estaba la huelga de los trabajadores de la empresa McCormick, fue el símbolo de la lucha y el sacrificio de los trabajadores. Allí los sucesos fueron especialmente trágicos. Para reprimir a los huelguistas, la burguesía urdió una provocación: el 4 de mayo en la plaza de Haymarket, donde se estaba celebrando una masiva asamblea obrera, estalló una bomba. Era la señal para que los policías de la ciudad y los soldados de la guarnición local abriesen fuego contra los huelguistas.

Los sucesos acaecidos en Estados Unidos en mayo de 1886 tuvieron una inmensa repercusión mundial. Al año siguiente, en muchos países los obreros se declararon en huelga simultáneamente, símbolo de su unidad y fraternidad, por encima de fronteras y naciones en defensa de una misma causa.

Como resultado de la huelga los patronos cerraron las fábricas. Más de 40.000 trabajadores se pusieron en pie de lucha. Comenzó una represión masiva no sólo en Chicago, principal centro del movimiento huelguístico, sino también por todo Estados Unidos. La burguesía desató una de sus típicas campañas de propaganda de odio hacia la clase obrera y los sindicatos. A los obreros, los encarcelaban a centenares y ocho dirigentes del proletariado de Chicago resultaron procesados: Albert Parsons, August Spies, Samuel Fielden, Michael Schwab, Adolph Fischer, George Engel, Luis Lingg y Óscar Neebe.

El sistema judicial hizo el resto: pasó por alto su propia legalidad y, sin prueba alguna de que los acusados tenían algo que ver con la explosión en Haymarket, dictó una sentencia cruel e infame: siete de los procesados fueron condenados a la pena de muerte, todos excepto Óscar Neebe, que fue condenado a 15 años de prisión. Y eso que se había demostrado plenamente que sólo dos de los procesados estaban en el mitin cuando estalló la bomba.

Aquel crimen legal tenía un solo objetivo: no permitir que se extendiesen las protestas obreras y atemorizar por mucho tiempo a los obreros. Un capitalista de Chicago reconoció: “No considero que esta gente sea culpable de delito alguno, pero deben ser ahorcados. No temo la anarquía en absoluto, puesto que se trata de un esquema utópico de unos pocos, muy pocos chiflados filosofantes y, además, inofensivos; pero considero que el movimiento obrero debe ser destruido”.

¡Un día de rebelión, no de descanso! ¡Un día no ordenado por los portavoces chulescos de las instituciones, que tienen encadenados a los trabajadores! ¡Un día en que el trabajador haga sus propias leyes y tenga el poder de ejecutarlas! Todo sin el consentimiento ni aprobación de los que oprimen y gobiernan. Un día en que con tremenda fuerza, el ejército unido de los trabajadores se movilice contra los que hoy dominan el destino de los pueblos de todas las naciones. Un día de protesta contra la opresión y la tiranía, contra la ignorancia y las guerras de todo tipo. Un día para comenzar a disfrutar de ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y ocho horas para lo que nos dé la gana.

(Octavilla que circulaba en Chicago en 1885)

‘La masacre de Maidan fue cosa nuestra’

Januzs Korwin-Mikke
El esperpento de la foto es el eurodiputado polaco Janusz Korwin-Mikke, quien recientemente se ha jactado en Wiadomosci de que fue él y otros de su misma calaña quienes el año pasado ordenaron la masacre de la Plaza de Maidan, en Kiev, con la que justificaron el golpe de Estado fascista y la guerrra subsiguiente.

Llueve sobre mojado. El eurodiputado no dice nada nuevo, pero confirma que los francotiradores que dispararon indiscriminadamente sobre la multitud causando la muerte de 40 manifestantes y 20 policías actuaron bajo sus órdenes y las de otros commo él.

Por la pajarita que siempre lleva en el pescuezo, se habrán dado Ustedes cuenta de que el eurodiputado Korwin-Mikke no es un político de segunda división, sino el candidato a las elecciones presidenciales de Polonia del próximo 11 de mayo.

“Maidan fue una operación nuestra. Yo me sentaba en el Parlamento europeo al lado del ministro estonio de Asuntos Exteriores Urmas Paet. En una entrevista con la jefa de la diplomacia europea en aquella época, Catherine Ashton, este último reconoció que fueron nuestros hombres los que en realidad dispararon en la Plaza Maidan y no los del presidente ruso Vladimir Putin o del antiguo Jefe de Estado ucraniano Viktor Yanukovich”, ha confesado el eurodiputado.

Respecto a los motivos de la matanza, el eurodiputado polaco tampoco revela nada que no supiéramos: “Lo hicimos para ganarnos la simpatía de Washington”. Sin pelos en la lengua, Korwin-Mikke califica la actual guerra en el Donbas como una agresión de Estados Unidos contra Rusia.

No obstante, había otro objetivo adicional, un poco más miserable que el anterior, si cabe: a Polonia le interesaba una Ucrania “independiente” pero lo más débil posible.

En una entrevista a Wirtualna Polska, el canditato presidencial añade algún detalle adicional, que tampoco era totalmente desconocido: “Si, [la matanza de Maidan] fue una operación nuestra. Incluso entrenamos a los francotiradores en Polonia”.

Como es evidente, estas declaraciones tienen mucho jugo y no seguiremos dando la paliza volviendo a denunciar las mentiras de la prensa europea que acusó al anterior presidente ucraniano Yanukovich -y a Putin- del crimen que provocó el golpe de Estado en Kiev. Con esas mentiras ya contamos, y también contamos con que no se van a hacer eco de estas declaraciones del eurodiputado polaco.

Ahora conviene insistir en que en nuestra amada Europa tenemos a un eurodiputado que no se corta un pelo al confesar que ha organizado una masacre en un tercer país, Ucrania, que no forma parte de la Unión Europea y -recordemos- que dicha masacre tuvo como propósito declarado que Ucrania formara parte de la Unión Europea.

¿Cómo se sienten todos esos eurodiputados al lado de un asesino múltiple que se vanagloria de sus crímenes?, ¿no son ya los paladines de los derechos humanos en el mundo?, ¿se han convertido en los paladines de las masacres?

Pero hay otro aspecto más: nos están diciendo que Ucrania padece una guerra como consecuencia de las injerencias externas de otro país: la Rusia de Putin. ¿En serio son esas las injerencias externas que padece Ucrania?

El ejército francés viola a los niños en centroáfrica

El diario británico The Guardian acaba de publicar un informe confidencial de la ONU dirigido al gobierno francés en el que relata de manera pormenorizada las violaciones de niños centroafricanos de 7 a 9 años de edad en Bangui, la capital del país invadido por el imperialismo desde 2013.

El informe refiere los abusos sexuales y “sodomía” cometidos por la soldadesca gala contra niños a los que califica como “hambrientos y abandonados”. Las violaciones se cometieron en un centro de acogida de la capital africana en el que se refugian los niños que huyen de las zonas de guerra.

Los hechos consignados por la ONU y la UNICEF se cometieron el año pasado. A cambio de los contactos sexuales, los soldados franceses ofrecían alimentos a los niños. El periódico británico narra el horror imperialista con relatos de los propios niños a la ONU y la UNICEF.

“Los niños pudieron suministrar una buena descripción de los soldados implicados”, dice The Guardian. “Un niño de 11 años dice haber sido violado mientras salía en busca de alimento. Otro de 9 años describe una agresión sexual cometida contra uno de sus amigos por dos soldados franceses en el campo de refugiados mientras regresaban de un puesto de control para encontrar algo para comer”.

La revelación del informe confidencial ha supuesto la destitución hace unos días de Anders Kompass, un alto dirigente de la ONU. Según The Guardian fue la persona que filtró el informe al gobierno francés. Su objetivo era involucrarles en los hechos, ya que la ONU ha reconocido que es incapaz de detener estos graves crímenes contra la infancia.

Parece ser que el gobierno francés ha iniciado una investigación interna y reservada.

La presencia del ejército francés en la República Centroafricana se remonta a diciembre de 2013 y lleva el nombre de Operación Sangaris. Tenía por objeto desencadenar un golpe de Estado que desalojara del poder al anterior gobierno, que mantenía buenas relaciones con Gadafi y había firmado un acuerdo económico con China. Constituye la séptima intervención militar directa en el aquel país desde que en 1960 obtuvo la independencia por vez primera.

Fuente: UN aid worker suspended for leaking report on child abuse by French troops, http://www.theguardian.com/world/2015/apr/29/un-aid-worker-suspended-leaking-report-child-abuse-french-troops-car

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